sábado, 10 de enero de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Esperando a que alguien abra
Diez voces desde un santuario donde los perros no llegan sanos, pero llegan a salvo

Por Jose Rafael Moya Saavedra

En el santuario franciscano de la Ciudad de México no entran perros sanos. Entran cuerpos cansados, miradas desconfiadas, historias que no se cuentan solas.

Aquí no hay rescates espectaculares ni finales inmediatos. Lo que hay es tiempo.

·       Tiempo para que un animal vuelva a dormir sin sobresalto.

·       Tiempo para que una herida cierre sin prisa.

·       Tiempo para que el miedo baje la guardia.

Los perros que llegan no lo hacen en “condiciones óptimas”. Llegan con fracturas mal soldadas, con piel enferma, con dientes gastados por la ansiedad o por el hambre. Llegan viejos antes de tiempo. Algunos llegan sin saber qué es una caricia. Otros, sin entender por qué ya no están donde siempre estuvieron.

En este santuario —inspirado en la tradición franciscana del cuidado de toda criatura— nadie pregunta primero si el perro es adoptable. La prioridad no es que sea bonito, joven o dócil. La prioridad es que esté a salvo. Que coma. Que descanse. Que no le peguen. Que no lo vuelvan a abandonar.

·       Aquí se cura, sí. Pero no siempre con medicina.

·       A veces se cura dejando al perro en paz.

·       A veces se cura hablándole bajito.

·       A veces se cura aceptando que no todos volverán a confiar del todo.

El santuario no es un escaparate. Es un lugar de llegada. Un espacio donde se entiende que el abandono no es un accidente, sino una práctica repetida. Que el maltrato no siempre deja marcas visibles. Que la indiferencia también hiere.

Sensibilizar sobre el trabajo de estos lugares implica decir la verdad completa: rescatar no es romantizar. Cuidar no es presumir. Salvar no siempre es adoptar. Muchas veces, salvar es simplemente no dejar morir solo a quien ya lo perdió todo.

Los perros del santuario franciscano no llegaron bien. Llegaron vivos. Y eso, en una ciudad que aprende tarde a hacerse responsable, ya es una forma de esperanza.

 Diez voces desde el santuario

Los textos que siguen no son ficción, aunque estén escritos en primera persona.
Tampoco son fábulas.

Cada testimonio parte de historias reales que se repiten a diario en el santuario franciscano de la Ciudad de México: abandono por vejez, explotación, maltrato, accidentes, pérdidas. La voz que habla no pretende sustituir la verdad, sino acercarla.

Humanizar no es inventar sentimientos. Es traducir lo que el cuerpo, la conducta y el tiempo revelan. Los perros no llegan aquí sanos ni enteros; llegan vivos, y eso basta para empezar a contar.

Estas diez voces no buscan conmover a cualquier precio. Buscan mostrar lo que ocurre cuando un animal deja de ser un problema y se convierte en responsabilidad compartida. No hablan de rescates heroicos ni de finales garantizados. Hablan de procesos lentos, de heridas que no siempre cierran y de cuidados que no se exhiben.

Leerlos implica aceptar una premisa incómoda: el santuario no repara todo lo que la sociedad rompe, pero ofrece algo que suele faltar afuera —tiempo, respeto y permanencia.

Las historias empiezan aquí.

Cuando llegan al santuario

1. No llegué completo

No crucé la reja del santuario con todo conmigo.
Me faltaba una oreja, la cadera me dolía y ya no confiaba en las manos.

Antes aprendí a esconderme.
A no mirar.
A aguantar.

Aquí no me pidieron mover la cola.
Solo quedarme.

No me curaron de inmediato.
Primero me dejaron descansar.
Eso también sana.

 

2. Me usaron

Mi cuerpo sirvió mientras fue útil.
Parí sin pausa, sin nombre, sin descanso.

Cuando ya no pude más, me dejaron.
Como se deja una herramienta gastada.

Llegué flaca y vacía.
Aquí nadie me pidió dar nada.

Por primera vez, comer no fue premio.
Fue derecho.

 

3. No entendí el golpe

El ruido fue seco.
Luego el suelo.

Desperté sin poder levantarme.
La calle siguió.

Llegué con miedo al movimiento y dolor en cada intento.
No me preguntaron qué había hecho.
Me preguntaron qué necesitaba.

Todavía cojeo.
Pero ya no huyo.

 

4. Fui una caja

No recuerdo a mi madre.
Recuerdo el cartón.

El frío entra fácil cuando uno es pequeño.
El hambre también.

Llegué cubierto de pulgas y miedo.
Aquí me enseñaron el calor antes que el nombre.

Sigo creciendo lento.
Pero crezco.

 

5. Me pegaron para que cuidara

Decían que así se aprende.

Aprendí a temer a las voces fuertes.
A vigilar sin dormir.

Llegué con los dientes gastados y la mirada dura.
No me pidieron cuidar nada.

Me enseñaron a soltar.

 

6. Sobreviví

No nací para pelear.
Me hicieron.

Mi cuerpo conserva cicatrices viejas.
Mi cabeza, jaulas.

Aquí nadie gritó.
Nadie retó.

Aprendí que el silencio también protege.

 

7. Me quedé solo

Éramos dos.
Luego uno.

Esperé en una puerta que no volvió a abrirse.
Días.

Llegué flaco y confundido.
Aquí no me preguntaron por mi humano.

Me enseñaron que la ausencia también puede acompañarse.

 

8. La cadena

Nunca corrí.

Mi mundo fue un círculo.
Polvo y espera.

Llegué con el cuello herido y las patas débiles.
La primera noche dormí sin metal.

Todavía me quedo quieto.
Pero ya no es por miedo.

 

9. Después del agua

El ruido era más grande que yo.

Corrí hasta cansarme.
Me encontraron temblando, cubierto de lodo.

Aquí me secaron despacio.
Sin prisa.

No todo se perdió.
Yo no.

 

10. Nadie me eligió

Pasé jaulas.
Miradas.

Siempre había otro más joven.
Más bonito.

Llegué viejo, gris, lento.
No me prometieron adopción.

Me prometieron respeto.
Y eso fue suficiente.

 

Un santuario no es un lugar al que se llega bien.

Es un lugar al que se llega vivo.

No llegan perros perfectos.

Llegan historias rotas que todavía respiran.

 

jueves, 8 de enero de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Perros bajo resguardo, datos bajo llave: lo que realmente ocurre tras el operativo en Cuajimalpa

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Por ahora, lo único cierto es esto: casi mil perros y gatos ya no están en el Refugio Franciscano de Cuajimalpa y han quedado bajo control del gobierno de la Ciudad de México. Todo lo demás —rescates, secuestros, campos de exterminio o bienestar animal— se disputa en una batalla de narrativas donde la información pública sigue siendo fragmentaria y opaca.

Operativo del BIENESTAR Animal

https://youtu.be/prcaFDQAp9U?si=hFwXNzrWTH1Twa4P

https://www.facebook.com/share/v/1KaYjMzr3w/


El operativo: cifras oficiales, preguntas abiertas

La fiscalía general de Justicia de la Ciudad de México cateó el predio del Refugio Franciscano y reportó el aseguramiento de 936 animales, en su mayoría perros. De acuerdo con la autoridad, 798 presentaban indicios compatibles con maltrato o crueldad, como hacinamiento extremo, desnutrición y enfermedades derivadas de la negligencia prolongada.

Tras el cateo, los animales quedaron bajo resguardo temporal del gobierno capitalino y fueron trasladados a distintas instalaciones públicas y clínicas veterinarias.

Días después, la propia Fiscalía confirmó que 21 animales murieron tras recibir atención veterinaria especializada, debido al estado crítico en que se encontraban. Además, 57 animales (37 gatos y 20 perros) fueron hospitalizados por desnutrición severa, enfermedades renales, respiratorias y dermatológicas.

Línea de tiempo | Caso Refugio Franciscano (Cuajimalpa)

Antes del operativo

El refugio opera desde hace años en un predio de Cuajimalpa, con denuncias previas sobre condiciones sanitarias y un conflicto entre asociaciones por la posesión del terreno. No existía un padrón público verificable de animales ni de capacidad instalada.

Cateo y aseguramiento

La Fiscalía cateó el predio y aseguró 936 animales, de los cuales 798 presentaban indicios de maltrato.

Traslado y resguardo estatal

Los animales fueron distribuidos entre la Brigada de Vigilancia Animal, albergues públicos, hospitales y clínicas veterinarias.

Primer saldo oficial

La Fiscalía confirmó 21 animales muertos bajo custodia estatal y 57 hospitalizados por padecimientos graves.

Narrativas en disputa

Desde redes del refugio y activistas se denunció “secuestro” y posible “exterminio”. El gobierno negó esas versiones y sostuvo que se trata de un rescate por bienestar animal.

Opacidad persistente

Coberturas televisivas hablan de “alrededor de 30 animales muertos”, sin precisar momento ni causa. No existe un padrón público nominal que permita seguir el destino individual de más de 800 animales.

“Perros secuestrados” y “campos de exterminio”: la narrativa del refugio

Desde redes sociales del propio refugio y de personas cercanas, comenzó a circular una narrativa que acusa al gobierno de haber “secuestrado” a los perros y de pretender desaparecerlos, usando expresiones como “campo de concentración” o “campo de exterminio”.

Estos señalamientos no surgen en el vacío. Se alimentan de una desconfianza histórica hacia los centros de control animal de la ciudad, conocidos durante años como “antirrábicos” o “cementerios caninos”, asociados a sacrificios masivos, eutanasias sin supervisión y escasa transparencia.

Sin embargo, hasta el momento no existe evidencia pública que confirme la existencia de campos de exterminio formales ni órdenes de sacrificio masivo relacionadas con este caso específico.

El discurso oficial y sus límites

La jefa de Gobierno, Clara Brugada, ha señalado que el conflicto de fondo es un litigio por el terreno entre asociaciones privadas, y que la actuación del gobierno se limita a garantizar el bienestar animal. También ha anunciado una iniciativa de Ley para Albergues, con estándares más estrictos de sanidad y espacio.

Sin embargo, hasta ahora no se han publicado padrones, planos, aforos ni protocolos detallados que permitan evaluar si las instalaciones receptoras cuentan con la capacidad real para absorber de golpe a cientos de animales.

Recuadro | Datos duros del operativo y sus vacíos

Indicador

Cifra confirmada

Observación clave

Animales asegurados

936

Aseguramiento masivo

Animales con indicios de maltrato

798

Justificación legal

Animales muertos bajo custodia

21 (oficial)

Daño irreversible

Muertes reportadas por TV

≈ 30

Cifras inconsistentes

Animales hospitalizados

57

Estado crítico

Trasladados al Ajusco

≥ 304

Capacidad no documentada

Animales con padrón individual público

Ninguno

Opacidad total

Animales sin trazabilidad pública

> 800

Riesgo institucional

Protocolos públicos de eutanasia

No publicados

Falta de control externo

El riesgo real: eutanasia administrativa sin transparencia

Aunque no hay pruebas de exterminio sistemático, especialistas y activistas coinciden en que el riesgo existe cuando cientos de animales quedan bajo control estatal sin mecanismos claros de vigilancia.

La experiencia documentada en la CDMX muestra que, sin padrones públicos ni supervisión independiente, los animales asegurados pueden terminar en:

  • eutanasias masivas justificadas como “irrecuperables”,
  • desaparición administrativa,
  • adopciones sin trazabilidad ni criterios claros.

No siempre se les llama exterminio. A veces se les llama “BIENESTAR”.

Un contexto que no ayuda: cifras fragmentadas y opacidad

No existe en la CDMX una base de datos pública y unificada que permita saber:

  • cuántos animales entran a centros de control,
  • cuánto tiempo permanecen,
  • cuántos son adoptados,
  • cuántos son sacrificados,
  • bajo qué protocolos y con qué supervisión.

Estimaciones difundidas por académicos y retomadas por prensa han llegado a hablar de hasta 300 mil eutanasias mensuales en la ciudad, una cifra ampliamente cuestionada por su magnitud, pero reveladora de un problema central: nadie puede confirmar ni desmentir con datos oficiales completos.

A ello se suma que Iztapalapa, demarcación gobernada durante años por Clara Brugada, concentra históricamente el mayor número de denuncias por maltrato animal en la ciudad: entre 2021 y 2023 acumuló 19% de todas las denuncias de la CDMX, según datos de la PAOT.

¿Dónde están los perros?

El gobierno ha informado que los animales fueron llevados principalmente a:

  • un albergue en el Ajusco (Tlalpan),
  • la Brigada de Vigilancia Animal en Xochimilco,
  • hospitales y clínicas veterinarias en casos críticos.

Crónicas periodísticas señalan que el albergue del Ajusco es un predio amplio, pero adaptado de manera acelerada para recibir a más de 300 perros adicionales, sin que se hayan publicado planos, aforos oficiales ni criterios de espacio por animal. En la Brigada de Vigilancia Animal, aunque existe personal especializado, la capacidad original no estaba diseñada para absorber cientos de animales de golpe.

Lo que sí se puede exigir, hoy

En medio del ruido, hay exigencias mínimas y razonables que no requieren adjetivos ni consignas:

  1. Un padrón público y nominal de todos los animales asegurados, con fotografía, estado de salud y ubicación actual.
  2. Auditorías independientes a los centros de resguardo, con participación de colegios veterinarios, universidades y organizaciones serias de bienestar animal.
  3. Prohibición expresa de eutanasia masiva sin dictamen individual, supervisión externa y registro público.

Sin datos, no hay confianza. Sin transparencia, el discurso de bienestar animal queda reducido a una narrativa más en una ciudad con larga historia de opacidad institucional.

Por ahora, los perros están bajo resguardo. La información, no.


Referencias

Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. (2025). Comunicados sobre el cateo y aseguramiento de animales en el Refugio Franciscano, Cuajimalpa. Gobierno de la Ciudad de México.
https://www.fgjcdmx.gob.mx

Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. (2025). Informe sobre atención veterinaria, hospitalización y fallecimientos de animales asegurados. Gobierno de la Ciudad de México.
https://www.fgjcdmx.gob.mx

Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México. (2025). Información institucional sobre resguardo temporal de animales y operación de albergues públicos. Gobierno de la Ciudad de México.
https://www.sedema.cdmx.gob.mx

Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México. (2025). Brigada de Vigilancia Animal: funciones, programas y atención a animales rescatados. Gobierno de la Ciudad de México.
https://www.ssc.cdmx.gob.mx

Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial de la Ciudad de México. (2024). Estadísticas de denuncias por maltrato animal por alcaldía. Gobierno de la Ciudad de México.
https://www.paot.cdmx.gob.mx

Congreso de la Ciudad de México. (2023). Diagnóstico sobre población canina en situación de calle y políticas de control animal. Congreso de la Ciudad de México.
https://www.congresocdmx.gob.mx

La Silla Rota. (2024). Iztapalapa concentra el mayor número de denuncias por maltrato animal en la CDMX. https://www.lasillarota.com

Televisa Noticias. (2025). Autoridades confirman muertes y hospitalización de animales tras operativo en Cuajimalpa. https://noticieros.televisa.com

Milenio. (2025). Traslado de perros del Refugio Franciscano genera polémica por condiciones y destino final. https://www.milenio.com

Universidad Autónoma Metropolitana. (s. f.). Estudios y diagnósticos sobre control de población canina y eutanasia en la Ciudad de México. Universidad Autónoma Metropolitana.

Nota:
Algunas referencias institucionales corresponden a comunicados y reportes oficiales publicados en portales gubernamentales sin un documento único consolidado. La ausencia de un padrón público nominal de animales asegurados limita la verificación individual del destino de cada animal, lo cual se señala explícitamente como parte del hallazgo periodístico.

 

domingo, 4 de enero de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Parte 3

Venezuela: el laboratorio de la transición tutelada

Por jose Rafael Moya Saavedra

Durante años, Venezuela fue presentada como el caso emblemático de una lucha entre autoritarismo y democracia. Un relato claro, casi pedagógico: un régimen agotado, una oposición democrática, una presión internacional creciente y, al final del camino, una transición encabezada por fuerzas legítimas que devolverían el poder al voto ciudadano.

Ese relato hoy se ha fracturado.

No porque el régimen haya recuperado legitimidad, sino porque el diseño de salida que comienza a perfilarse ya no coloca a la democracia como punto de partida, sino como una posibilidad futura, condicionada a la estabilidad, al control y a los intereses estratégicos.

El desplazamiento del liderazgo opositor

En ese contexto, el distanciamiento público del presidente estadounidense Donald Trump respecto de María Corina Machado marcó un punto de inflexión. Más allá del tono o de la literalidad de sus declaraciones, el mensaje político fue inequívoco para amplios sectores de la oposición venezolana: Machado dejó de ser considerada una opción central para gobernar Venezuela en un escenario de transición.

Trump cuestionó su capacidad de representación y dejó claro que no existía interlocución directa ni reconocimiento explícito de su liderazgo como eje del poder post-Maduro. Para una oposición que había construido buena parte de su narrativa internacional en torno a figuras como Machado o Edmundo González, el giro fue leído como una ruptura con la promesa de una transición democrática liderada desde dentro.

No se trató solo de una desautorización personal, sino de algo más profundo: la señal de que el liderazgo opositor podía ser instrumental, útil como presión política, pero prescindible en el momento de diseñar el poder real.

Negociar sin el régimen… pero no sin el sistema

Paralelamente, comenzaron a aparecer señales de apertura a un esquema distinto: una transición sin Nicolás Maduro, pero no necesariamente sin chavismo. La disposición a dialogar con figuras del aparato gobernante —en particular con la vicepresidenta Delcy Rodríguez— apuntó a un modelo pragmático: preservar estructuras institucionales existentes para evitar el colapso total del Estado, aunque ello implique reciclar cuadros del régimen.

Este enfoque no es novedoso en la historia de las intervenciones internacionales. Estados Unidos ha recurrido en otras ocasiones a transiciones híbridas, donde se combina tutela externa, élites locales funcionales y un discurso de estabilización gradual. La democracia, en estos casos, no desaparece del todo, pero queda postergada, supeditada a condiciones de seguridad, gobernabilidad y control territorial.

El mensaje implícito es claro: el problema ya no es la legitimidad de origen, sino la capacidad de administrar el país sin que se desborde.

¿Gobernar, administrar o tutelar?

La polémica en torno a las palabras exactas utilizadas desde Washington —si se habló de “gobernar”, “administrar” o “encargarse” de Venezuela durante la transición— es relevante, pero no decisiva. Lo central no es la semántica, sino la idea que se normaliza: la posibilidad de una tutela externa indefinida, sin calendario claro de devolución del poder y sin un rol protagónico garantizado para las fuerzas democráticas venezolanas.

En este esquema, la soberanía deja de ser un principio inmediato y se convierte en una meta condicional. Primero el orden, luego la política. Primero la estabilidad, después las elecciones. Primero la administración del problema, más adelante —quizá— la restitución plena del poder al pueblo venezolano.

Reacciones internas: alivio, rechazo y fractura

Las reacciones dentro de Venezuela y en su diáspora han sido profundamente ambivalentes. Para algunos sectores, la caída de Maduro y la promesa de reconstrucción bajo tutela extranjera representan un mal necesario, una salida pragmática tras años de colapso. Para otros, la idea de que un país sea dirigido desde fuera resulta inaceptable, incluso si el régimen autoritario ha sido derrotado.

La oposición democrática enfrenta así un dilema severo: apoyar un proceso que puede sacar al chavismo duro del poder, pero que al mismo tiempo deslegitima la lucha por la soberanía, o rechazarlo y arriesgarse a quedar marginada de un rediseño político ya en marcha.

Del lado del chavismo, la narrativa es previsible: denuncias de colonialismo y llamados a la resistencia nacional. Sin embargo, incluso dentro de ese campo se abren fisuras entre quienes ven en la tutela externa una amenaza absoluta y quienes la consideran una vía de supervivencia política.

Riesgos internos: seguridad, gobernabilidad y economía

En el plano interno, el escenario es frágil. Expertos plantean al menos tres trayectorias posibles: una transición relativamente ordenada con élites negociando su salida; un protectorado de facto con chavismo “reciclado”; o una deriva hacia la violencia irregular si sectores armados del régimen resisten y el control territorial se fragmenta.

El riesgo de una “iraquización” —milicias, economías criminales, territorios fuera de control— no es una exageración retórica, sino una posibilidad real si la tutela se prolonga sin legitimidad social ni hoja de ruta clara.

En lo económico, la administración directa o indirecta por parte de Washington abre la puerta al retorno acelerado de petroleras estadounidenses y a una reactivación parcial de PDVSA. Esto podría generar ingresos y cierta estabilización macroeconómica. Pero sin mecanismos claros de redistribución y reparación social, el discurso de reconstrucción puede transformarse rápidamente en percepción de saqueo, alimentando nuevas tensiones.

El papel bisagra de las Fuerzas Armadas venezolanas

Más que un actor más dentro del juego de élites, las Fuerzas Armadas venezolanas operan como bisagra entre una transición contenida y una deriva hacia la guerra irregular. El desenlace dependerá en buena medida de si la cúpula militar opta por pactar una salida negociada, aceptar un esquema de administración tutelada desde el exterior o, por acción u omisión, permitir la fragmentación del mando.

En un extremo del espectro, una cadena de mando relativamente cohesionada podría facilitar un reordenamiento institucional controlado, reduciendo el riesgo de violencia abierta. En el otro, la combinación de colectivos armados, mandos regionales autónomos y economías ilícitas abriría la puerta a un escenario de conflicto de baja intensidad, con territorios disputados y autoridad difusa.

En el cálculo de diversos centros de estudio, los militares no son solo ejecutores del poder, sino árbitro armado de la transición: pueden funcionar como garante de un pacto de salida o como multiplicador de la violencia si se fracturan en facciones rivales.

Venezuela como precedente regional

Más allá de sus fronteras, Venezuela se convierte en un caso de estudio inquietante para América Latina. La combinación de crisis institucional, crimen organizado y recursos estratégicos ofrece el marco perfecto para justificar esquemas de “estabilización” que relativizan la soberanía en nombre del orden.

Otros gobiernos de la región observan con atención —y con inquietud— el efecto demostración. La idea de que un país pueda ser tutelado “por su propio bien” reabre fantasmas históricos y redefine los límites de la intervención en el siglo XXI.

Un linaje incómodo de transiciones tuteladas

Lo que hoy se perfila en Venezuela no es una anomalía histórica. Se inscribe en un linaje de experiencias donde la comunidad internacional —o una potencia en particular— administró, de facto, el poder político en nombre de la estabilización.

En Bosnia y Herzegovina, tras los Acuerdos de Dayton de 1995, se instauró la figura del Alto Representante internacional, con facultades para vetar leyes, destituir autoridades electas y dirigir la reconstrucción institucional. La democracia existía en las urnas, pero las decisiones estratégicas residían fuera de Sarajevo.

En Kosovo, después de la intervención de la OTAN en 1999, Naciones Unidas asumió la administración civil mientras fuerzas internacionales garantizaban la seguridad. Durante años, la soberanía fue más una promesa que una realidad, subordinada a la lógica de estabilidad.

En ambos casos, la tutela se presentó como temporal, pero tendió a prolongarse. La promesa de transición chocó con las necesidades de control del actor externo, generando tensiones persistentes entre gobernabilidad y soberanía plena.

Venezuela se inserta así en ese linaje de arreglos donde gobernar “por ahora” corre el riesgo de convertirse en una normalidad difícil de revertir.

Cierre

El problema ya no es quién gobierna Venezuela, sino desde cuándo aceptamos que gobernar “por ahora” sea una forma legítima de hacerlo.

Referencias

  • International Crisis Group. (2023). Responding to Venezuela’s Political Deadlock. Brussels.
  • United States Congressional Research Service. (2024). Venezuela: Political Developments and U.S. Policy. Washington, D.C.
  • Brookings Institution. (2023). Managed Transitions and External Tutelage in Fragile States. Washington, D.C.
  • Corrales, J., & Penfold, M. (2015). Dragon in the Tropics: Venezuela and the Legacy of Hugo Chávez. Brookings Institution Press.
  • Smilde, D. (2023). The Limits of Opposition Unity in Venezuela. Washington Office on Latin America (WOLA).
  • International Institute for Strategic Studies (IISS). (2023). The Military Balance: Venezuela. London.
  • Insight Crime. (2024). Venezuela’s Armed Actors, Militias and Criminal Economies.
  • RAND Corporation. (2022). Security Sector Fragmentation in Political Transitions.
  • U.S. Energy Information Administration (EIA). (2024). Venezuela Country Analysis Brief.
  • OPEC. (2023). Annual Statistical Bulletin.
  • Monaldi, F. (2022). Oil, Politics and Power in Venezuela. Harvard Kennedy School.
  • Chandler, D. (2006). Empire in Denial: The Politics of State-Building. Pluto Press.
  • Knaus, G., & Martin, F. (2003). Travails of the European Raj. Journal of Democracy, 14(3), 60–74. (Bosnia)
  • Caplan, R. (2005). International Governance of War-Torn Territories. Oxford University Press. (Kosovo)
  • Diamond, L. (2005). Iraq and the Limits of Democracy Promotion. Foreign Affairs.
  • Fukuyama, F. (2004). State-Building: Governance and World Order in the 21st Century. Cornell University Press.
  • Krasner, S. D. (2004). Sharing Sovereignty: New Institutions for Collapsed and Failing States. International Security, 29(2).

Nota editorial

Las interpretaciones aquí expuestas se apoyan en análisis comparados y fuentes académicas y periodísticas de referencia. El texto no afirma planes formales de ocupación o gobierno directo, sino examina escenarios plausibles derivados de discursos, antecedentes históricos y patrones de intervención observados.

 

Otra Perspectiva | Parte 2

El precedente venezolano: recursos, soberanía y el nuevo umbral de intervención

Cuando la energía redefine los límites de la fuerza

Por José Rafael Moya Saavedra

Conviene no olvidar que este precedente no se juega solo en mapas y tableros geopolíticos. Nace de una intervención concreta que ya está dejando muertos, desplazados, hospitales colapsados y barrios enteros en zozobra en Venezuela. El mensaje hacia México, Brasil o Colombia parte, en última instancia, de una realidad brutal: un país con nombre y gente de carne y hueso cuyo tejido social vuelve a ser sacrificado en nombre de la “seguridad” y de la energía.

Desde esa experiencia concreta —no desde una abstracción académica— se proyecta hoy una advertencia hacia el resto de la región.

I. La lógica que se consolida: autoritarismo + recursos = amenaza

El caso venezolano refuerza una ecuación peligrosa. No se trata solo de derechos humanos, narcotráfico o democracia —argumentos ya habituales en la retórica internacional— sino de una lógica más profunda de geopolítica de recursos, en la que petróleo, gas, litio, minerales críticos y agua estratégica pesan tanto o más que los principios jurídicos.

El mensaje implícito es inquietante: si un gobierno es presentado como autoritario, mantiene conflictos con Estados Unidos y controla recursos estratégicos clave, puede ser reencuadrado como “amenaza a la seguridad” y quedar expuesto a operaciones de cambio de régimen de facto.

Esta elasticidad del argumento —narco-terrorismo hoy, seguridad energética mañana— rebaja el umbral para el uso de la fuerza y vuelve más frágiles las fronteras entre disputa diplomática, sanción económica y acción militar. El “precedente venezolano” no es, en ese sentido, una hipótesis futura: es el resultado directo de una operación militar que hoy mismo fractura aún más una sociedad ya golpeada por años de crisis y autoritarismo.

Esta lógica no es solo una inferencia analítica. Ha sido expresada de manera directa desde la Casa Blanca. Donald Trump declaró que Estados Unidos “va a dirigir Venezuela hasta que pueda darse una transición segura” y que, mientras tanto, se venderá el petróleo venezolano. En otra intervención pública afirmó que “tomaron todo nuestro petróleo no hace mucho tiempo, y lo queremos de vuelta”, acompañando esas palabras con la orden de un “bloqueo total y completo” de los petroleros sancionados que entran y salen del país. Estas afirmaciones confirman que la operación no puede entenderse únicamente como una acción antinarcóticos: el control de la renta petrolera es un objetivo explícito, no colateral.

II. Estados bajo foco: México, Brasil y Colombia

México: energía, litio y la sombra histórica

Para México, el precedente venezolano reactiva temores históricos profundamente arraigados. Sectores estratégicos como el petróleo, el gas, el litio y otros minerales críticos quedan inevitablemente bajo observación, sobre todo cuando se cruzan con tensiones comerciales, migración o narrativas de seguridad vinculadas al narcotráfico.

El riesgo no es una intervención militar directa inmediata, sino la acumulación de presión política, jurídica y económica, acompañada de discursos que puedan presentar decisiones soberanas como amenazas regionales. En ese escenario, la defensa de la autonomía energética deja de ser solo una política pública y se convierte en un problema de seguridad nacional.

Brasil: Amazonía, recursos y seguridad “global”

Brasil enfrenta un desafío distinto pero igualmente sensible. La Amazonía, su enorme riqueza energética y mineral, y su relación con China y otros actores extrahemisféricos lo colocan en una posición ambigua. Conflictos ambientales, deforestación o alineamientos geopolíticos podrían, en un contexto adverso, reencuadrarse como problemas de “seguridad global”, habilitando presiones más duras.

La experiencia venezolana demuestra que la frontera entre preocupación ambiental legítima y pretexto estratégico puede volverse peligrosamente difusa, especialmente cuando los recursos naturales están en el centro de la disputa.

Colombia: el aliado disciplinado

En Colombia, donde la cooperación con Washington en drogas y seguridad ha sido intensa durante décadas, el mensaje no es menos claro. Las advertencias públicas de Donald Trump al presidente colombiano muestran cómo sanciones, recortes de ayuda y amenazas veladas pueden usarse para disciplinar incluso a aliados formales.

La lección es incómoda: la alineación no garantiza inmunidad, solo reduce el margen de disenso.

No son solo los gobiernos los que leen con inquietud este giro. Sindicatos, organizaciones campesinas e indígenas, movimientos socioambientales y redes feministas de la región entienden que, si la combinación “autoritarismo + recursos” puede convertirse en excusa para intervenciones, también sus propias luchas pueden ser reencuadradas como “amenazas” cuando chocan con megaproyectos energéticos o mineros. Desde México hasta Brasil y Colombia, actores sociales que defienden territorios, ríos y bosques leen el caso venezolano con un doble temor: al autoritarismo interno y a la posibilidad de que, en nombre de la “seguridad energética”, sus reclamos sean tratados como riesgos a neutralizar y no como demandas democráticas.

III. Erosión de normas y militarización de la disputa por recursos

Juristas y analistas coinciden en que la acción en Venezuela debilita la prohibición del uso de la fuerza sin mandato multilateral. Si se normaliza que una potencia alegue “narco-terrorismo”, “recuperación de activos” o “seguridad energética” para intervenir donde hay petróleo o minerales críticos, las controversias económicas y diplomáticas pueden militarizarse con mayor facilidad.

Esta preocupación fue expresada de manera explícita desde las Naciones Unidas. El Secretario General manifestó estar “profundamente alarmado” por la escalada en Venezuela y advirtió que la acción militar de Estados Unidos “constituye un precedente peligroso”, enfatizando la obligación de respetar plenamente la Carta de la ONU.

Este deterioro normativo no afecta solo a América Latina. Si se tolera que una potencia invoque estos argumentos para intervenir donde tiene intereses estratégicos, Europa y el propio Sur Global quedarán en peor posición para oponerse, mañana, a acciones similares de otras potencias —China, Rusia u otras— que utilicen el mismo tipo de justificaciones. Lo que hoy se normaliza en Venezuela se convierte en argumento disponible para cualquiera que quiera doblar las reglas mañana.

IV. Impacto energético: volatilidad, precios y reordenamiento regional

La intervención en Venezuela añade volatilidad estructural al mercado energético hemisférico, particularmente en el segmento del crudo pesado. El riesgo de interrupciones adicionales, el encarecimiento del diésel y la mayor incertidumbre para países dependientes del suministro venezolano son efectos inmediatos.

A mediano plazo, si Estados Unidos pasa a “administrar” de facto el sector petrolero venezolano y prioriza a sus propias refinerías y aliados, otros países latinoamericanos pueden quedar relegados. La energía deja de ser solo mercancía: vuelve a ser instrumento de poder.

V. Dependencia y subordinación: el riesgo silencioso

La afirmación de Washington de que va a “dirigir” Venezuela, incluido su sector petrolero, instala un modelo de tutela que trasciende el caso venezolano. Este esquema puede presionar a otros Estados a alinear su política energética para evitar sanciones, exclusión de mercados o castigos financieros.

El efecto colateral es una reducción del margen soberano para estrategias propias de transición energética, nacionalismo de recursos o alianzas con actores no occidentales. La energía deja de ser una herramienta de desarrollo y se convierte en mecanismo de disciplinamiento geopolítico.

VI. El Caribe y Cuba: seguridad energética bajo presión

La intervención golpea de manera directa a Cuba, altamente dependiente del crudo venezolano en condiciones preferenciales. La reducción, redirección o control externo estricto de esos flujos incrementa el riesgo de apagones y racionamiento, profundiza la crisis económica interna y refuerza la capacidad de presión externa sobre la isla.

A nivel regional, el debilitamiento del eje energético Caracas–La Habana reduce opciones de suministro blando en el Caribe y aumenta la dependencia de importaciones a precios de mercado desde Estados Unidos u otros proveedores, con efectos políticos y sociales de largo plazo.

VII. Conclusión: cuando la energía se convierte en campo de batalla

La intervención en Venezuela no solo redefine su futuro inmediato. Redefine las reglas implícitas del juego para los países con recursos estratégicos. La energía, lejos de ser un factor de cooperación, vuelve a convertirse en un campo de disputa militarizada.

El riesgo mayor no es un conflicto puntual, sino la normalización de la fuerza como instrumento de política energética. En ese escenario, rutas marítimas, puertos e infraestructura crítica pasan a ser objetivos potenciales, elevando costos, inseguridad y dependencia.

La lección es clara y dura: cuando los recursos se vuelven excusa, la soberanía se vuelve condicional.

Referencias

Amnistía Internacional. (2024). Venezuela: Represión, impunidad y cierre del espacio cívico. Amnistía Internacional.
https://www.amnesty.org

BBC News. (2026, enero 4). US operation in Venezuela sparks global concern over sovereignty and international law. BBC.
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Council on Foreign Relations. (2025). Venezuela’s crisis and U.S. policy options. CFR Backgrounder.
https://www.cfr.org

Human Rights Watch. (2024). World Report 2024: Venezuela. Human Rights Watch.
https://www.hrw.org

International Energy Agency. (2024). Oil market report. IEA.
https://www.iea.org

Office of the United Nations High Commissioner for Human Rights. (2024). Report on the human rights situation in the Bolivarian Republic of Venezuela. United Nations.
https://www.ohchr.org

Organisation of American States. (2024). Electoral integrity and democratic breakdown in Venezuela. OAS.
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Reuters. (2026, enero 3). Trump says U.S. will “direct” Venezuela during transition after military operation. Reuters.
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Reuters. (2026, enero 4). U.N. warns U.S. action in Venezuela sets “dangerous precedent”. Reuters.
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United Nations. (1945). Charter of the United Nations. United Nations.
https://www.un.org/en/about-us/un-charter

United Nations Secretary-General. (2026, enero). Statement on the situation in Venezuela. United Nations.
https://www.un.org/sg

United Nations High Commissioner for Refugees. (2024). Global trends: Forced displacement in 2023. UNHCR.
https://www.unhcr.org

U.S. Department of State. (2026). Statement on actions against the Maduro regime.
https://www.state.gov

World Bank. (2024). Venezuela economic update. World Bank Group.
https://www.worldbank.org

sábado, 3 de enero de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Venezuela: cuando la caída del tirano no es sinónimo de libertad

Soberanía, petróleo y el costo de una transición impuesta

Por José Rafael Moya Saavedra

La salida de Nicolás Maduro del poder era, para amplios sectores de la sociedad venezolana, una necesidad histórica. No se trataba ya de una disputa ideológica, sino de la constatación de un agotamiento político, económico y moral que había convertido al Estado en un aparato de control, exclusión y supervivencia para una élite cada vez más reducida. Sin embargo, el modo en que ese desenlace se produjo —mediante una operación militar extranjera encabezada por Estados Unidos— plantea una paradoja profunda: la caída de un régimen ilegítimo no garantiza una transición legítima cuando el método anula la soberanía popular.

El caso venezolano obliga a sostener dos ideas simultáneas, incómodas pero necesarias: el madurismo debía terminar, pero su caída por intervención extranjera abre un escenario igualmente problemático, marcado por tutelaje externo, disputa por recursos estratégicos y una democracia naciente con cimientos frágiles.

I. El agotamiento del madurismo: una caída anunciada desde dentro

Mucho antes de la intervención militar estadounidense de enero de 2026, el régimen de Nicolás Maduro ya había perdido sus principales fuentes de legitimidad. El fraude electoral de 2024, ampliamente denunciado por observadores independientes y organizaciones de derechos humanos, terminó de clausurar la posibilidad de una continuidad democrática. A ello se sumaron años de represión sistemática, encarcelamiento de opositores, cierre del espacio cívico y uso del aparato estatal para perpetuarse en el poder.

El colapso económico fue el telón de fondo permanente: hiperinflación sostenida, depreciación extrema del bolívar, dolarización de facto sin protección social, destrucción del salario y una economía incapaz de generar bienestar mínimo. El éxodo de casi ocho millones de venezolanos desde 2015 no fue una conspiración externa, sino la expresión más clara de un contrato social roto.

En este contexto, existía un consenso amplio —transversal ideológicamente— sobre la ilegitimidad del gobierno de Maduro. La pregunta no era si debía terminar, sino cómo.

II. La intervención estadounidense: de la retórica antinarcóticos al cambio de régimen

El 3 de enero de 2026, Estados Unidos lanzó la operación militar “Absolute Resolve”, con ataques aéreos en el norte de Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, trasladado fuera del país bajo custodia estadounidense. Washington presentó la acción como parte de la “guerra contra el narco-terrorismo”, acusando al mandatario de encabezar redes criminales vinculadas al tráfico de drogas y a grupos armados.

Sin embargo, los hechos desbordaron rápidamente ese marco retórico. La captura de un jefe de Estado, los bombardeos en zonas urbanas, la declaración pública de Donald Trump afirmando que Estados Unidos “va a dirigir Venezuela hasta una transición” y la insinuación de un posible despliegue de tropas colocaron la operación en otro terreno: el de un cambio de régimen impuesto por la fuerza.

Juristas, expertos en derecho internacional y el propio secretario general de la ONU advirtieron que se trataba de un precedente peligroso, al margen del sistema multilateral y sin autorización expresa del Consejo de Seguridad. Incluso gobiernos aliados al fin del madurismo expresaron preocupación por la ruptura del principio de no intervención.

Desde el punto de vista del derecho internacional, el problema no es solo político, sino normativo. La Carta de las Naciones Unidas establece, en su artículo 2(4), la prohibición casi absoluta del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, salvo en dos supuestos estrechos: la legítima defensa ante un ataque armado o una autorización expresa del Consejo de Seguridad. La operación contra Venezuela no encaja limpiamente en ninguno de esos marcos. La invocación de una supuesta lucha contra el “narco-terrorismo” no convierte automáticamente una campaña de bombardeos y la captura de un jefe de Estado en legítima defensa, y tampoco existió una resolución del Consejo de Seguridad que habilitara el uso de la fuerza.

En paralelo, algunos defensores de la intervención intentaron apoyarse en la retórica de la responsabilidad de proteger, una doctrina diseñada para prevenir genocidios y crímenes masivos cuando los Estados no protegen a su población. Pero uno de los consensos mínimos en torno a este principio es que no puede convertirse en coartada para cambios de régimen unilaterales ni para acciones militares decididas por una sola potencia en función de sus intereses estratégicos. Al aplicar de manera extensiva y oportunista lenguajes antiterroristas y humanitarios a un caso atravesado por petróleo, geopolítica y cálculo electoral, la operación contra Venezuela no fortalece el derecho internacional: lo erosiona.

III. Petróleo: el eje estructural que ordena el conflicto

Ningún análisis serio sobre Venezuela puede eludir el papel central del petróleo. El país posee las mayores reservas probadas del mundo, pero llega a esta coyuntura con una infraestructura devastada por años de mala gestión, sanciones y corrupción.

Donald Trump fue explícito: las grandes petroleras estadounidenses entrarían a Venezuela, invertirían miles de millones, repararían la infraestructura y recuperarían su inversión con el propio petróleo venezolano. Según sus palabras, “no costará nada” a Estados Unidos.

Esta franqueza, lejos de disipar sospechas, confirmó que el control político del país está indisolublemente ligado a la reorganización del control energético. No se trata solo de democracia, sino de quién administra y se beneficia de la renta petrolera futura.

IV. No solo Estados Unidos: los otros beneficiarios del petróleo venezolano

Sería un error reducir la historia reciente de Venezuela a un esquema simplista de expoliación unilateral por parte de Washington. Antes de la intervención, el madurismo ya había comprometido severamente la soberanía petrolera del país.

China se convirtió en el principal comprador de crudo venezolano tras el endurecimiento de sanciones, absorbiendo en algunos periodos cerca de dos tercios de las exportaciones mediante esquemas opacos y pagos en especie vinculados a deuda. Rusia operó como socio logístico y financiero clave, facilitando triangulaciones para colocar crudo en Asia y suministrando insumos esenciales. Irán aportó asistencia técnica para sortear sanciones, mientras Cuba recibió volúmenes menores pero estratégicos para su sistema eléctrico.

El resultado fue que el régimen hipotecó porciones crecientes de la renta petrolera futura, reduciendo el margen de decisión soberana. La intervención estadounidense no “libera” el petróleo: lo disputa y lo reordena.

V. ¿Fin necesario o camino equivocado?

Desde dentro de Venezuela, muchas voces sostuvieron una posición clara y compleja: rechazo simultáneo a Maduro y a la intervención extranjera. Colectivos ciudadanos, organizaciones de derechos humanos e incluso sectores de izquierda crítica coincidieron en que el autoritarismo debía terminar, pero no mediante una operación militar externa.

Esa tensión se veía con nitidez en la llamada oposición social venezolana: redes de organizaciones de base, sindicatos, movimientos estudiantiles, comunidades populares y colectivos de derechos humanos que durante años enfrentaron al madurismo sin alinearse con agendas de cambio de régimen dictadas desde Washington. En barrios del oeste de Caracas, en ciudades fronterizas como San Cristóbal o en las zonas petroleras de Anzoátegui y Zulia, abundaban testimonios que resumían una posición tan sencilla como incómoda: “Maduro tiene que irse” y “no queremos marines ni bombas decidiendo por nosotros”. Esa mezcla de cansancio, dignidad y desconfianza hacia cualquier forma de tutela externa estructura buena parte del sentido común popular.

Colectivos de familiares de presos políticos, gremios de salud y educación, así como articulaciones de trabajadores petroleros críticos del chavismo, insistían justamente en esa doble línea: exigían el fin de la represión y el autoritarismo, pero rechazaban que la salida llegara en forma de operación militar extranjera. Para ellos, la intervención no solo violaba la soberanía nacional, sino que además ponía en riesgo lo poco que quedaba de tejido social y capacidad organizativa autónoma. Una transición nacida bajo tutela externa corre el riesgo de intercambiar una élite cerrada por otra, dejando intacta la exclusión de quienes han sostenido, con su migración y su sobrevivencia cotidiana, el peso real de la crisis.

Al mismo tiempo, sería ingenuo ignorar que una parte de la oposición política, especialmente sus sectores más alineados con Washington y con ciertas diásporas en Estados Unidos y Europa, celebró abiertamente la intervención y la captura de Maduro. Para esos actores, la operación militar aparece como la consumación de una estrategia de años: sanciones, aislamiento diplomático y, finalmente, un desenlace forzado desde afuera. El problema es que cuanto más central sea ese sector en la reconfiguración del poder post-Maduro, más difícil será sostener que la nueva arquitectura política nace de la voluntad popular y no de un acuerdo entre élites locales y potencias externas. La transición corre así el riesgo de arrastrar, desde su origen, un déficit profundo de legitimidad.

VI. La factura humana: el costo que nunca se negocia

Mientras se discuten doctrinas, recursos y equilibrios geopolíticos, la población paga el precio inmediato. Los bombardeos nocturnos en Caracas y otras ciudades dejaron muertos y heridos, daños a infraestructura urbana, apagones y miedo generalizado. Hospitales ya colapsados enfrentan la crisis con menos insumos, mientras aumentan los riesgos para la niñez, las mujeres y los grupos indígenas.

El deterioro económico acelerado y la incertidumbre política auguran nuevas olas migratorias hacia países vecinos, profundizando una de las mayores crisis de desplazamiento del mundo. Ningún cambio de régimen es limpio cuando se hace desde el aire.

VII. Conclusión: la libertad no se exporta en aviones

Venezuela necesitaba salir del madurismo. Esa afirmación no admite ya demasiada discusión. Pero la forma en que ese final ocurrió abre un dilema más profundo sobre soberanía, democracia y recursos estratégicos.

La historia latinoamericana ofrece suficientes ejemplos de transiciones tuteladas que derivaron en nuevas dependencias. La democracia no nace de custodias extranjeras ni de protectorados de facto. Sin soberanía popular, no hay reconstrucción legítima, solo administración del daño.

Cuando la caída del tirano no la decide el pueblo, la libertad llega hipotecada. Y el petróleo, una vez más, aparece como el hilo conductor de una tragedia que todavía está lejos de cerrarse.

Epílogo regional

El precedente que no se detiene en Venezuela

Lo ocurrido en Venezuela no puede leerse como un episodio aislado ni como una excepción histórica. El verdadero alcance de esta intervención está en el precedente que establece: la idea de que los recursos naturales pueden convertirse en justificación flexible para presiones extremas y acciones de fuerza.

En un mundo atravesado por la disputa energética, el acceso a hidrocarburos, minerales críticos y recursos estratégicos vuelve a ocupar un lugar central en la definición de amenazas y aliados. Cuando la narrativa de seguridad se combina con la geopolítica de los recursos, la soberanía deja de ser un principio incondicional y pasa a convertirse en una variable negociable.

Para América Latina, la señal es clara y perturbadora. Países con grandes reservas energéticas, minerales estratégicos o posiciones geopolíticas relevantes observan ahora cómo el umbral del uso de la fuerza se ha desplazado. Lo que ayer era disputa diplomática o presión económica, mañana puede ser reencuadrado como problema de seguridad hemisférica.

La pregunta que deja Venezuela abierta ya no es solo cómo reconstruir un país devastado, sino cómo evitar que la región entera vuelva a convertirse en escenario de tutelajes, intervenciones y guerras por recursos. Esa discusión —sobre soberanía, energía y poder— no ha hecho más que comenzar.

(Continuará en la segunda entrega de esta serie.)

Referencias

Amnesty International. (2024). Venezuela: Human rights crisis deepens amid political repression. https://www.amnesty.org

Human Rights Watch. (2024). Venezuela: Events of 2023–2024. https://www.hrw.org

International Crisis Group. (2024). Venezuela’s authoritarian entrenchment and regional risks. https://www.crisisgroup.org

Corrales, J., & Penfold, M. (2023). Dragon in the tropics: Venezuela and the legacy of Hugo Chávez (2nd ed.). Brookings Institution Press.

Freedom House. (2024). Freedom in the World 2024: Venezuela. https://freedomhouse.org

United Nations. (2026). Statement by the Secretary-General on the situation in Venezuela. https://www.un.org

Akande, D. (2021). The legality of foreign intervention and regime change. European Journal of International Law, 32(1), 1–25. https://doi.org/10.1093/ejil/chab001

International Monetary Fund. (2024). World Economic Outlook: Venezuela country data. https://www.imf.org

World Bank. (2024). Macro poverty outlook: Venezuela. https://www.worldbank.org

United Nations High Commissioner for Refugees (UNHCR). (2024). Venezuela situation: Regional refugee and migrant response. https://www.unhcr.org

International Organization for Migration (IOM). (2024). Venezuelan displacement crisis. https://www.iom.int

UNICEF. (2024). Children affected by Venezuela’s prolonged crisis. https://www.unicef.org

U.S. Energy Information Administration. (2024). Venezuela country analysis brief. https://www.eia.gov

Monaldi, F. (2023). The political economy of oil in Venezuela. Baker Institute for Public Policy, Rice University. https://www.bakerinstitute.org

International Energy Agency. (2023). Oil market report. https://www.iea.org

Ellis, E. (2022). China’s engagement with Venezuela and implications for the region. Center for Strategic and International Studies. https://www.csis.org

Reuters. (2023). Venezuela oil exports surge to China via shadow fleet. https://www.reuters.com

U.S. Department of Justice. (2020). United States v. Nicolás Maduro Moros et al. https://www.justice.gov

Transparency International. (2023). Corruption perceptions index: Venezuela. https://www.transparency.org

Insight Crime. (2023). Venezuela: Organized crime and state capture. https://insightcrime.org

International Commission of Jurists. (2022). Counter-terrorism and international law: misuse of legal frameworks. https://www.icj.org

Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). How democracies die. Crown Publishing Group.

 

jueves, 1 de enero de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Tragedia ferroviaria: culpables sin rostro

Cuando el poder se indigna por las imágenes y no por las causas

Por José Rafael Moya Saavedra

I. La tragedia visible

En el Istmo no hubo “incidente”.
Hubo funerales.

Hubo salas de hospital donde los familiares esperaron horas sin información. Hubo mantas improvisadas con fotografías impresas en papel común, veladoras encendidas en patios, niños preguntando por adultos que ya no volvieron. Hubo nombres que empezaron a circular antes que cualquier comunicado oficial.

Mientras tanto, desde el poder, la tragedia fue nombrada con palabras asépticas: accidente, hecho lamentable, evento. Términos que no sangran, no lloran, no cargan ataúdes. En esa distancia semántica se abre la primera grieta: las víctimas tienen rostro; el Estado, lenguaje técnico.

Las portadas que mostraron esos rostros no inventaron el dolor. Lo hicieron visible. No añadieron tragedia: la documentaron. En un país acostumbrado a reducir la muerte a cifras, poner nombre y cara es una forma de memoria y de exigencia, no de morbo.

Ahí el título cobra cuerpo: tragedia ferroviaria, culpables sin rostro. Porque en la escena pública, los únicos que aparecen plenamente son quienes perdieron algo irreparable. Los responsables, en cambio, comienzan a diluirse desde el primer día en fórmulas impersonales: la empresa, la autoridad competente, se investigará.

II. Culpables sin rostro: la cadena de decisiones invisibles

Toda tragedia de infraestructura es también una tragedia de decisiones. No ocurre de golpe: se construye en capas. En el caso del Tren Interoceánico, la pregunta no es solo qué pasó, sino quién decidió qué, cuándo y pese a qué advertencias.

Hay varios niveles que rara vez aparecen en las conferencias:

  • quienes concibieron el proyecto bajo plazos políticos que comprimieron márgenes técnicos;
  • quienes licitaron, subcontrataron y supervisaron obra y operación;
  • quienes recibieron alertas —auditorías, reportes técnicos, advertencias comunitarias— y optaron por minimizarlas;
  • quienes autorizaron pruebas, pusieron trenes en marcha y hoy controlan los expedientes.

Ese es el verdadero sentido de los “culpables sin rostro”: no una cacería individual, sino una opacidad estructural que disuelve la responsabilidad en sellos, siglas y trámites. El resultado es conocido: la mala planeación se vuelve abstracta, la negligencia se convierte en “fallo”, y la cadena de mando desaparece detrás de la promesa ritual de que “se llegará hasta las últimas consecuencias”.

Desde una perspectiva de gestión de riesgos, esto no describe un infortunio. Describe un sistema que ignoró señales, subordinó criterios técnicos a urgencias políticas y dejó la prevención en segundo plano. Nada de eso tiene cara en la narrativa oficial. Nada de eso ocupa portadas.

III. La “ética” como dispositivo de control: cuando el poder disciplina al mensajero

La reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum contra El Universal no puede leerse solo como una diferencia de criterios editoriales. Es un acto político de encuadre. Al calificar de “inhumana”, “vil” y “carente de pudor” la publicación de los rostros de las víctimas, el gobierno desplazó deliberadamente la discusión desde la responsabilidad por el daño hacia la moralización del periodismo.

Desde la ética periodística, el asunto es más preciso —y menos conveniente para el poder— de lo que se quiso presentar. Los códigos deontológicos vigentes en México establecen tres principios claros:

  1. Interés público: la publicación de imágenes debe estar justificada por su contribución a la comprensión de un hecho relevante para la sociedad, especialmente cuando implica responsabilidades públicas.
  2. Dignidad y no revictimización: evitar el uso morboso del dolor y cualquier tratamiento que humille o instrumentalice a las personas afectadas.
  3. Protección reforzada de la niñez: niñas, niños y adolescentes no deben ser identificables en contextos de violencia, muerte o desastre; su interés superior prevalece sobre el interés informativo.

Desde este marco, la crítica ética correcta es quirúrgica, no generalizada: sí, la publicación del rostro de una menor fallecida sin difuminar constituye una falta ética concreta, contraria a los propios códigos de la prensa y a los estándares de derechos de la niñez. Ese señalamiento es legítimo, necesario y debe asumirse.

Pero eso no autoriza al poder a declarar “inhumana” la visibilización de las víctimas en su conjunto, ni a descalificar a un medio por nombrar y mostrar el daño cuando ese daño está directamente vinculado a un proyecto estatal. Ese salto retórico no es ético: es estratégico.

Desde la perspectiva de la Gestión Integral del Riesgo, el desplazamiento es aún más problemático. La GIR parte de un principio básico: los desastres no son eventos naturales ni fortuitos, sino el resultado de decisiones humanas acumuladas en contextos de vulnerabilidad. Por eso, uno de sus pilares es la rendición de cuentas: identificar responsables, transparentar procesos, aprender del error para evitar la repetición.

En ese marco, visibilizar a las víctimas no es un exceso, sino una condición para:

  • romper la abstracción del riesgo,
  • vincular consecuencias humanas con decisiones técnicas y políticas,
  • y exigir correcciones estructurales.

Cuando el gobierno centra su indignación en la imagen publicada y no en la cadena de decisiones que produjo el daño, incurre en una inversión ética grave: protege el relato antes que a la prevención.

La invocación presidencial de la “ética” no se dirigió a esclarecer:

  • qué alertas existían,
  • quién decidió ignorarlas,
  • bajo qué criterios se autorizó la operación,
  • ni quién controla hoy la información técnica.

Se dirigió al lente de la cámara.

Ese uso selectivo del lenguaje moral tiene efectos inhibitorios: convierte la ética en advertencia implícita a la prensa —“mostrar esto es indebido”— y no en estándar exigible al propio Estado. No es una ética de la responsabilidad, sino una ética defensiva del poder.

La contradicción se vuelve aún más evidente cuando se observa el uso histórico de imágenes de víctimas por el mismo proyecto político. Durante años, los rostros de otras tragedias fueron aceptados —e incluso incorporados— como símbolos legítimos de memoria, empatía y compromiso moral. Hoy, cuando una portada vincula rostros con mala planeación y falla institucional, esas imágenes pasan a ser calificadas como “inhumanas”.

No estamos ante una discusión sobre sensibilidad. Estamos ante una disputa por el control del significado del dolor.

Desde la ética periodística, la pregunta central no es si incomoda al poder, sino si sirve al derecho de la sociedad a saber.

Desde la Gestión Integral del Riesgo, la pregunta es aún más directa: ¿esa información contribuye a identificar causas y prevenir futuros daños?

Cuando ambas respuestas son afirmativas, lo éticamente cuestionable no es la publicación, sino el intento de disciplinarla.

IV. Devolver el rostro a la responsabilidad

La tragedia ya tiene rostro.
Lo que no lo tiene es la responsabilidad.

No se trata de exhibir caras por venganza ni de convertir el dolor en espectáculo. Se trata de romper la impunidad abstracta que permite que la mala planeación, la negligencia y el uso político de la infraestructura sigan siendo culpables sin nombre, sin cargo y sin consecuencias visibles.

Una democracia no se mide por su capacidad de indignarse ante una portada, sino por su disposición a mirar de frente las decisiones que produjeron el daño. Cuando el poder se escandaliza más por las imágenes que por las causas, el problema deja de ser periodístico. Se vuelve profundamente político.

 Mientras los muertos y heridos tienen nombre y foto, la responsabilidad estatal se esconde tras siglas y conferencias. El poder se indigna por las imágenes, no por las decisiones que hicieron posible la tragedia.

 

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