Otra Perspectiva | Parte 2
El precedente venezolano: recursos, soberanía y el nuevo
umbral de intervención
Cuando la energía redefine los límites de la fuerza
Por José Rafael Moya Saavedra
Conviene no olvidar que este
precedente no se juega solo en mapas y tableros geopolíticos. Nace de una
intervención concreta que ya está dejando muertos, desplazados, hospitales
colapsados y barrios enteros en zozobra en Venezuela. El mensaje hacia México,
Brasil o Colombia parte, en última instancia, de una realidad brutal: un
país con nombre y gente de carne y hueso cuyo tejido social vuelve a ser
sacrificado en nombre de la “seguridad” y de la energía.
Desde esa experiencia concreta
—no desde una abstracción académica— se proyecta hoy una advertencia hacia el
resto de la región.
I. La lógica que se consolida: autoritarismo + recursos =
amenaza
El caso venezolano refuerza una
ecuación peligrosa. No se trata solo de derechos humanos, narcotráfico o
democracia —argumentos ya habituales en la retórica internacional— sino de una
lógica más profunda de geopolítica de recursos, en la que petróleo, gas,
litio, minerales críticos y agua estratégica pesan tanto o más que los
principios jurídicos.
El mensaje implícito es
inquietante: si un gobierno es presentado como autoritario, mantiene conflictos
con Estados Unidos y controla recursos estratégicos clave, puede ser
reencuadrado como “amenaza a la seguridad” y quedar expuesto a operaciones de
cambio de régimen de facto.
Esta elasticidad del argumento
—narco-terrorismo hoy, seguridad energética mañana— rebaja el umbral para el
uso de la fuerza y vuelve más frágiles las fronteras entre disputa diplomática,
sanción económica y acción militar. El “precedente venezolano” no es, en ese
sentido, una hipótesis futura: es el resultado directo de una operación
militar que hoy mismo fractura aún más una sociedad ya golpeada por años de
crisis y autoritarismo.
Esta lógica no es solo una
inferencia analítica. Ha sido expresada de manera directa desde la Casa Blanca.
Donald Trump declaró que Estados Unidos “va a dirigir Venezuela hasta que pueda
darse una transición segura” y que, mientras tanto, se venderá el petróleo
venezolano. En otra intervención pública afirmó que “tomaron todo nuestro
petróleo no hace mucho tiempo, y lo queremos de vuelta”, acompañando esas
palabras con la orden de un “bloqueo total y completo” de los petroleros
sancionados que entran y salen del país. Estas afirmaciones confirman que la
operación no puede entenderse únicamente como una acción antinarcóticos: el
control de la renta petrolera es un objetivo explícito, no colateral.
II. Estados bajo foco: México, Brasil y Colombia
México: energía, litio y la sombra histórica
Para México, el precedente
venezolano reactiva temores históricos profundamente arraigados. Sectores
estratégicos como el petróleo, el gas, el litio y otros minerales críticos
quedan inevitablemente bajo observación, sobre todo cuando se cruzan con tensiones
comerciales, migración o narrativas de seguridad vinculadas al narcotráfico.
El riesgo no es una intervención
militar directa inmediata, sino la acumulación de presión política, jurídica y
económica, acompañada de discursos que puedan presentar decisiones soberanas
como amenazas regionales. En ese escenario, la defensa de la autonomía
energética deja de ser solo una política pública y se convierte en un problema
de seguridad nacional.
Brasil: Amazonía, recursos y seguridad “global”
Brasil enfrenta un desafío
distinto pero igualmente sensible. La Amazonía, su enorme riqueza energética y
mineral, y su relación con China y otros actores extrahemisféricos lo colocan
en una posición ambigua. Conflictos ambientales, deforestación o alineamientos
geopolíticos podrían, en un contexto adverso, reencuadrarse como problemas de
“seguridad global”, habilitando presiones más duras.
La experiencia venezolana
demuestra que la frontera entre preocupación ambiental legítima y pretexto
estratégico puede volverse peligrosamente difusa, especialmente cuando los
recursos naturales están en el centro de la disputa.
Colombia: el aliado disciplinado
En Colombia, donde la cooperación
con Washington en drogas y seguridad ha sido intensa durante décadas, el
mensaje no es menos claro. Las advertencias públicas de Donald Trump al
presidente colombiano muestran cómo sanciones, recortes de ayuda y amenazas
veladas pueden usarse para disciplinar incluso a aliados formales.
La lección es incómoda: la
alineación no garantiza inmunidad, solo reduce el margen de disenso.
No son solo los gobiernos los que
leen con inquietud este giro. Sindicatos, organizaciones campesinas e
indígenas, movimientos socioambientales y redes feministas de la región
entienden que, si la combinación “autoritarismo + recursos” puede convertirse en
excusa para intervenciones, también sus propias luchas pueden ser reencuadradas
como “amenazas” cuando chocan con megaproyectos energéticos o mineros. Desde
México hasta Brasil y Colombia, actores sociales que defienden territorios,
ríos y bosques leen el caso venezolano con un doble temor: al autoritarismo
interno y a la posibilidad de que, en nombre de la “seguridad energética”, sus
reclamos sean tratados como riesgos a neutralizar y no como demandas
democráticas.
III. Erosión de normas y militarización de la disputa por
recursos
Juristas y analistas coinciden en
que la acción en Venezuela debilita la prohibición del uso de la fuerza sin
mandato multilateral. Si se normaliza que una potencia alegue
“narco-terrorismo”, “recuperación de activos” o “seguridad energética” para
intervenir donde hay petróleo o minerales críticos, las controversias
económicas y diplomáticas pueden militarizarse con mayor facilidad.
Esta preocupación fue expresada
de manera explícita desde las Naciones Unidas. El Secretario General manifestó
estar “profundamente alarmado” por la escalada en Venezuela y advirtió que la
acción militar de Estados Unidos “constituye un precedente peligroso”,
enfatizando la obligación de respetar plenamente la Carta de la ONU.
Este deterioro normativo no
afecta solo a América Latina. Si se tolera que una potencia invoque estos
argumentos para intervenir donde tiene intereses estratégicos, Europa y el
propio Sur Global quedarán en peor posición para oponerse, mañana, a acciones
similares de otras potencias —China, Rusia u otras— que utilicen el mismo tipo
de justificaciones. Lo que hoy se normaliza en Venezuela se convierte en
argumento disponible para cualquiera que quiera doblar las reglas mañana.
IV. Impacto energético: volatilidad, precios y
reordenamiento regional
La intervención en Venezuela
añade volatilidad estructural al mercado energético hemisférico,
particularmente en el segmento del crudo pesado. El riesgo de interrupciones
adicionales, el encarecimiento del diésel y la mayor incertidumbre para países
dependientes del suministro venezolano son efectos inmediatos.
A mediano plazo, si Estados
Unidos pasa a “administrar” de facto el sector petrolero venezolano y prioriza
a sus propias refinerías y aliados, otros países latinoamericanos pueden quedar
relegados. La energía deja de ser solo mercancía: vuelve a ser instrumento
de poder.
V. Dependencia y subordinación: el riesgo silencioso
La afirmación de Washington de
que va a “dirigir” Venezuela, incluido su sector petrolero, instala un modelo
de tutela que trasciende el caso venezolano. Este esquema puede presionar a
otros Estados a alinear su política energética para evitar sanciones, exclusión
de mercados o castigos financieros.
El efecto colateral es una
reducción del margen soberano para estrategias propias de transición
energética, nacionalismo de recursos o alianzas con actores no occidentales. La
energía deja de ser una herramienta de desarrollo y se convierte en mecanismo
de disciplinamiento geopolítico.
VI. El Caribe y Cuba: seguridad energética bajo presión
La intervención golpea de manera
directa a Cuba, altamente dependiente del crudo venezolano en condiciones
preferenciales. La reducción, redirección o control externo estricto de esos
flujos incrementa el riesgo de apagones y racionamiento, profundiza la crisis
económica interna y refuerza la capacidad de presión externa sobre la isla.
A nivel regional, el
debilitamiento del eje energético Caracas–La Habana reduce opciones de
suministro blando en el Caribe y aumenta la dependencia de importaciones a
precios de mercado desde Estados Unidos u otros proveedores, con efectos
políticos y sociales de largo plazo.
VII. Conclusión: cuando la energía se convierte en campo
de batalla
La intervención en Venezuela no
solo redefine su futuro inmediato. Redefine las reglas implícitas del juego
para los países con recursos estratégicos. La energía, lejos de ser un
factor de cooperación, vuelve a convertirse en un campo de disputa
militarizada.
El riesgo mayor no es un
conflicto puntual, sino la normalización de la fuerza como instrumento de
política energética. En ese escenario, rutas marítimas, puertos e
infraestructura crítica pasan a ser objetivos potenciales, elevando costos,
inseguridad y dependencia.
La lección es clara y dura: cuando
los recursos se vuelven excusa, la soberanía se vuelve condicional.
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