domingo, 21 de diciembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

¿Quién decidió que “estamos mejor”?

Por José Rafael Moya Saavedra

Decir “estamos mejor” no es una constatación neutra. Es un acto de poder simbólico.

No describe la realidad: la ordena. No abre un debate: lo clausura. Funciona como una frase totalizante que pretende resolver, en cuatro palabras, discusiones complejas sobre violencia, economía, bienestar y futuro. Y, sobre todo, define quién tiene la autoridad para decir cómo estamos y quién debe limitarse a aceptar esa definición.

Ese es el verdadero fondo del problema.

Del eslogan al diagnóstico forzado

En la política contemporánea, “estamos mejor” opera como un atajo discursivo. Después de enumerar ciertos logros —programas sociales, aumentos salariales, caídas parciales en algunos delitos— se llega a una conclusión general que no admite matices: el país avanza, el rumbo es correcto, la crítica es exagerada o interesada.

El eslogan sustituye al diagnóstico.

El problema no es que se presenten avances reales —los hay—, sino que se use esa selección de datos para imponer una lectura total de la realidad, como si los indicadores favorables anularan automáticamente todo lo demás.

La realidad que no cabe en la consigna

No se trata de percepciones vagas. Hay hechos difíciles de reconciliar con la idea de una normalidad superada.

En 2024, México registró alrededor de 26 700 personas asesinadas, con tasas que siguen ubicando al país en rangos de violencia sostenida incompatibles con cualquier estándar democrático estable. Puede haber descensos respecto a picos previos, pero hablar de superación es, como mínimo, prematuro.

En pobreza ocurre algo similar. Las mediciones oficiales muestran una reducción significativa: cerca de 29.6 % de la población en situación de pobreza, una caída relevante frente a 2018. Sin embargo, eso convive con más de 46 millones de personas pobres, casi la mitad del país sin acceso a seguridad social y amplios sectores sin servicios de salud funcionales.

En el bolsillo familiar el contraste es aún más claro. El salario mínimo ha tenido una recuperación histórica, un logro real y medible. Pero el costo de la canasta alimentaria recomendable pasó de alrededor de 9 500 pesos mensuales en 2018 a más de 14 500 en 2024. Aun con los aumentos, una persona que gana el mínimo no cubre sus necesidades básicas sin endeudarse o precarizarse.

¿Estamos mejor?
¿Mejor que quién, mejor para quién, mejor en qué?

El mecanismo: selección interesada de indicadores

Aquí aparece el mecanismo central.

Se eligen los datos que confirman el relato y se silencian los que lo incomodan. Se presume la reducción parcial de homicidios, pero se omite que los niveles siguen siendo históricamente altos. Se celebra la salida de personas de la pobreza, pero se minimiza la persistencia de la pobreza laboral y la fragilidad del empleo.

Es una forma de sesgo de confirmación institucional: al discurso público solo entran los indicadores que permiten decir “estamos mejor”. Los demás se tratan como ruido, exageración o ataque político.

Quién controla el micrófono

La disputa ya no es solo económica o social. Es epistemológica.

¿Quién decide qué cuenta como prueba legítima?
¿Quién define qué datos importan y cuáles pueden descartarse?
¿Y qué lugar ocupa la experiencia cotidiana frente al boletín oficial?

Cuando el gobierno afirma que “estamos mejor”, no solo informa: delimita la realidad aceptable. Se configura un monopolio de la interpretación donde la estadística seleccionada vale más que la colonia sin agua, el hospital saturado o el miedo a salir de noche.

Cuando quienes dicen “yo no veo que estemos mejor” son descalificados como conservadores, desinformados o ingratos, el problema deja de ser político y se vuelve una forma de violencia epistemológica: invalidar la percepción de ciertos grupos sobre su propia vida para imponerles cómo deberían sentirse.

Cantinflas y el desfase permanente

No es casual que, frente a este tipo de discursos, resurja una y otra vez la ironía atribuida a Cantinflas:

Estamos peor, pero estamos mejor, porque antes estábamos bien, pero era mentira…”

La frase circula hoy como un dicho popular canonizado más que como una cita filológicamente verificable. Su fuerza no está en el guion original, sino en su capacidad para capturar una forma de hacer política en América Latina.

La ironía describe un desfase: la distancia entre lo que se vive y lo que se dice desde el poder. Hoy ese desfase se parece peligrosamente a lo que en psicología se llama gaslighting: insistir en una versión oficial de la realidad hasta que las personas duden de su propia percepción.

Cuando se repite que “estamos mejor” pese a violencia persistente, economías familiares al límite y servicios públicos deteriorados, el mensaje implícito es claro: si no lo ves, el problema eres tú.

El riesgo democrático

Aceptar sin debate la frase “estamos mejor” tiene un costo alto. Se deja de medir, de comparar y de corregir.

El eslogan ocupa el lugar del diagnóstico, y sin diagnóstico no hay política pública seria: solo administración de la inercia y propaganda. Una democracia madura no necesita que le repitan que va bien; necesita datos discutibles, discrepancias legítimas y capacidad de corrección cuando la realidad lo exige.

La pregunta incómoda

Tal vez la pregunta correcta no sea solo si estamos mejor o peor, sino quién puede decirlo sin ser cuestionado.

¿Gobiernos? ¿Consultoras? ¿Medios? ¿Organismos autónomos? ¿La calle?

Disputar la frase “estamos mejor” no es un ejercicio de pesimismo. Es un acto de responsabilidad pública. Porque cada vez que dejamos pasar un eslogan sin pedirle evidencia, cedemos un pedazo del derecho colectivo a nombrar nuestra propia realidad.

Y ese derecho, una vez entregado, rara vez se recupera intacto.

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA (Columna Invitada)

LO QUE VIENE PARA MÉXICO

 Orlando Carrillo

De entrada, para poder referirme a lo que viene, usaría el término "muy complicado".

Si imaginamos un régimen que, por una parte, está muy interesado en que la ciudadanía no le ponga "reversa" y/o un "alto" a su proyecto y, por otra parte, se le está complicando el control de los recursos financieros públicos que son la fuente de sus programas sociales clientelares, lo que hará este régimen es endurecerse aún más para contener (como una camisa de fuerza muy apretada) la inconformidad y el hartazgo de varios sectores de la población.

Eso es lo que veo: hay, todavía, una estabilidad macroeconómica y una estabilidad financiera que hace posible que el régimen aspire a permanecer sin choques internos que pongan en riesgo su continuidad, pero el punto crítico es que estas dos variables estructurales están entrando a un terreno frágil y de mayor incertidumbre.

Si México entrase en una inestabilidad política y social es porque está la va a causar el propio régimen de la 4T si percibe inminente el cambio de rumbo empujado por lo que él le llama "derecha conservadora", que en realidad no es más que diversas fuerzas sociales, políticas y económicas de México que están detectando las regresiones como elementos que están dañando sus propios intereses y su propia estabilidad, y ven en su conjunto una vuelta sin retorno para México.

La reacción en su conjunto de la mayoría de los agentes de poder en México que tienen el control de diversos gobiernos y órganos de la República será de una agresiva resistencia al cambio y a su desplazamiento por la vía democrática.

De ahí que el mayor riesgo sistémico para México en el 2026 y 2027 es la toma de decisiones radicales y desesperadas del propio régimen que puede romper la fragilidad macroeconómica y financiera que todavía México tiene.

Y esta reacción ya empezó a notarse con las nuevas leyes autoritarias que están tejiendo esa camisa de fuerza.

              Imaginemos a un energúmeno que comienza a despertarse.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

Paralelismos entre el discurso de Ana Corina Sosa y lo que ocurre en México

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Hoy no fue un analista, ni un editorial, ni un informe técnico el que me hizo mirar a México con otros ojos.

Hoy fue Ana Corina Sosa, venezolana, hija de María Corina Machado, quien, desde el estrado del Nobel de la Paz, puso en palabras algo que muchos mexicanos intuimos, pero no siempre nos atrevemos a decir: lo que pasó en Venezuela no es una rareza histórica; es una advertencia.

Su relato sobre Venezuela es, en varios puntos, un espejo anticipado de lo que podría ocurrir —o comienza a ocurrir— en México si no reaccionamos a tiempo.

1. Democracias que se confiaron de más

Ana Corina describe cómo Venezuela pasó de ser una de las democracias más estables de la región a una dictadura. No fue de golpe: fue por confianza excesiva en el carisma, y descuido en la defensa de las instituciones.

En México, también hemos tenido una transición ejemplar y décadas de construcción institucional. Y, sin embargo, hoy vemos:

  • desprecio público hacia organismos autónomos,
  • capturada la Corte,
  • intentos de control sobre el árbitro electoral,
  • y una narrativa que descalifica a cualquiera que no coincide con el poder.

El eco venezolano es evidente: si una democracia no se defiende todos los días, se agota.

2. El uso político de la pobreza

Ana Corina recordó cómo el régimen venezolano convirtió la renta petrolera en instrumento de control: la ayuda se daba como premio a la obediencia.

En México, sin llegar a ese extremo, se normaliza:

  • el uso político de programas sociales,
  • la opacidad en sus padrones,
  • la amenaza velada de “te quitamos el apoyo” si piensas distinto.

Venezuela nos muestra el final de ese camino: la necesidad convertida en cadena.

3. La destrucción paulatina de contrapesos

En el discurso se narra la captura del poder judicial, la manipulación del poder electoral y la persecución a la prensa.

En México vemos:

  • descalificaciones sistemáticas a jueces y magistrados,
  • ataques al INE y a otras autoridades electorales,
  • estigmatización constante de periodistas críticos.

La pregunta que la voz de Ana Corina deja flotando es incómoda pero necesaria: ¿queremos esperar a que los contrapesos sean simbólicos, o vamos a defenderlos mientras aún existen?

4. La división del país entre “pueblo” y “enemigos”

Venezuela fue desgarrada con la lógica del enemigo interno: pobres contra ricos, pueblo contra oposición, leales contra traidores.

En México, el lenguaje oficial lleva años hablando de:

  • “pueblo bueno” vs. “fifís”,
  • “adversarios” y “traidores”,
  • medios “vendidos” y organizaciones “simuladoras”.

Lo que Ana Corina describe desde Venezuela es precisamente lo que la historia enseña:
cuando el poder divide, la nación se rompe por dentro.

5. El éxodo como síntoma extremo

Ella habló de millones de venezolanos que tuvieron que irse. No como proyecto de vida, sino como huida.

México tampoco es ajeno:

  • migración por pobreza,
  • migración por violencia,
  • desplazamiento interno silencioso.

Lo que para Venezuela es tragedia consumada, para México es una luz ámbar encendida.

6. La reconstrucción a partir de un acto cívico sencillo

Ana Corina contó cómo una primaria ciudadana, aparentemente pequeña, reconstruyó la confianza de los venezolanos en sí mismos.

México aún tiene:

  • elecciones competitivas,
  • sociedad civil viva,
  • organizaciones, parroquias, comunidades, universidades.

La lección es clara: si los ciudadanos se organizan y participan con seriedad, la historia no está escrita.

Lo que Ana Corina le dice, sin nombrarlo, a México

Sin mencionar a México, Ana Corina Sosa nos habló directamente:

  • Nos recordó que la democracia no se hereda: se cuida.
  • Nos mostró que el culto a la persona por encima de la ley siempre termina en abuso.
  • Nos advirtió que la pobreza manejada desde el clientelismo abre la puerta a la sumisión.
  • Nos enseñó que el exilio y la ruptura familiar son el último grito de una nación herida.

Y, sobre todo, nos dijo algo que vale para Venezuela y para México: “Si queremos tener democracia, debemos estar dispuestos a luchar por la libertad.”

La niña venezolana —porque sigue siendo joven, aunque hable con la madurez de quien ha visto demasiado— nos ha dado a los mexicanos un espejo.

De nosotros depende usarlo como advertencia a tiempo, y no como lamento tardío.


TELEMUNDO

https://www.telemundo.com/noticias/noticias-telemundo/internacional/video/vea-todo-el-discurso-de-la-hija-de-maria-corina-machado-tras-recibir-por-ella-el-nobel-de-tmvo13079241

 



domingo, 7 de diciembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

EL ZÓCALO COMO ESPEJO: 6 DE DICIEMBRE… LA UNIDAD ARRIBA, EL CORPORATIVISMO ABAJO

Por Rafael Moya

El Zócalo volvió a funcionar como un espejo del sistema político mexicano. En lo alto del templete se pronunciaron discursos de armonía, continuidad y fuerza popular. Abajo, sobre los adoquines, el país real se abría paso entre empujones, líneas imaginarias y gremios que disputaban metros cuadrados como si en ellos se jugara un pedazo de su futuro político.

No fue una concentración ciudadana, sino la escenificación precisa de un viejo orden que nunca terminó de irse. Contingentes sindicales divididos por bloques, líderes marcando territorio, organizaciones que llegaron desde la madrugada para asegurar presencia, contratos, visibilidad. Una coreografía exacta del corporativismo que dio forma al régimen del siglo XX y que, pese al discurso transformador, sigue respirando con una vitalidad que sorprende menos de lo que incomoda.

Arriba, el mito de la unidad; abajo, la eterna lucha por la renta política.

Es difícil negar lo evidente: mientras el discurso oficial habla de pueblo organizado y respaldo popular, los sindicatos compiten entre sí como en los viejos desfiles del PRI de los ochenta. Petroleros, electricistas, burócratas, telefonistas, docentes movilizados con horas de anticipación, no por fervor sino por alineamientos que garantizan beneficios futuros. La imagen pública es de cohesión; la lógica interna es de transacción.

Lo que vimos no fue resurrección, sino continuidad. El viejo PRI no regresó: solo se mudó de sede.

Las formas cambian, la estética cambia, los colores cambian. Pero la estructura profunda —esa relación utilitaria entre poder y corporaciones— permanece intacta. La plaza pública sigue siendo territorio de negociación, no de ciudadanía. Cada gremio cuenta cuerpos, mide banderas, asegura su espacio frente al Palacio Nacional como quien valida su vigencia ante el poder en turno.

Y mientras arriba se habla de transformación, abajo la maquinaria corporativa demuestra que, en México, ninguna transición política logra del todo desterrar los mecanismos que sostienen al sistema. No importa cuántas veces se repita el discurso del cambio: el país real sigue mostrando que la dependencia entre gobierno y sindicatos no se ha roto; apenas ha cambiado de dueño.

Ahí está el fondo del asunto.

Los gobiernos seguros de sí mismos no necesitan llenar plazas; necesitan fortalecer instituciones.

Los gobiernos inseguros, en cambio, reemplazan el respaldo genuino con la presencia movilizada.

El Zócalo, una vez más, mostró de qué lado nos encontramos.

 

sábado, 6 de diciembre de 2025

 

 OTRA PERSPECTIVA

La marcha del Tigre: Un grito contra nadie

Por José Rafael Moya Saavedra

El festejo por los siete años de la llamada “Cuarta Transformación” en el Zócalo dejó una estampa elocuente: miles cantando, banderas en alto, un discurso triunfalista… y detrás, como telón que nadie quiso ver, una flota interminable de autobuses que convirtió a la Ciudad de México en estacionamiento político.

La C. Presidenta Sheinbaum habló de espontaneidad, de un pueblo que “se volcó” a celebrar. Pero la realidad material —esa que no entiende de discursos— mostró otra cosa: una movilización aceitada por operadores, estructuras corporativas, recursos públicos y el viejo método del acarreo, ahora vestido de regeneración.

La 4T quiso demostrar que no necesita del pasado. El Zócalo demostró que todavía lo carga a cuestas.

La espontaneidad que llegó con chofer, tanque lleno y viáticos

Circularon cifras entre choferes y operadores: 30 mil pesos por autobús, más viáticos. Las unidades comenzaron a llegar desde el día anterior; algunas viajaron más de 30 horas. Imágenes mostraron camiones estacionados en Eje 1 Norte, Reforma, Circunvalación, Congreso de la Unión y calles aledañas al primer cuadro.

No se trata de rumores. Se trata de evidencia.

Una movilización espontánea no requiere hoteles, ni listas de asistencia, ni puntos de control, ni estructuras estatales “invitando” a empleados a participar. Y, aun así, la narrativa oficial insistió en que “la gente llegó sola”.

La pregunta es simple y devastadora: si el respaldo fuera realmente orgánico, ¿para qué tanto autobús?

El viejo corporativismo que volvió sin pudor

No pasó desapercibida la presencia de la CROC, el STPRM, el SNTE y otras organizaciones que fueron, durante décadas, la columna vertebral del corporativismo priista. Hoy marchan detrás de la 4T con la misma disciplina, estructura y beneficios de antaño.

Se suponía que el movimiento era una ruptura con el pasado. Pero la realidad deja claro que la 4T no desmontó el corporativismo: lo heredó, lo reconfiguró y ahora lo utiliza sin sonrojo.

El músculo del “pueblo organizado” resultó ser el mismo de siempre, solo con otro color en la playera.

Las cifras infladas y la narrativa juvenil hecha a mano

La C. Presidenta habló de 600 mil asistentes. La física del espacio público dice otra cosa: ni el Zócalo ni sus calles aledañas pueden albergar tal número.

La aritmética oficial parece más un acto de voluntad que un cálculo técnico. Se proyecta fuerza, sí… pero también se confiesa necesidad.

La “Marcha del Tigre”, presentada como expresión juvenil espontánea, terminó siendo una marcha con ruta, horario, transporte y difusión oficialista. La espontaneidad, como los milagros, no se decreta desde arriba.

Un festejo en tiempos de desgaste

Sheinbaum respondió a las críticas de autoritarismo apelando a mecanismos de democracia directa. Pero el contexto pesa:

  • protestas sociales en crecimiento,
  • inseguridad expuesta (el caso Uruapan como herida abierta),
  • aprobación presidencial en su punto más bajo del sexenio,
  • confrontaciones internas en Morena disfrazadas de unidad.

Y para colmo, la presencia del gobernador de Michoacán en el Zócalo —mientras su estado enfrenta incendios, violencia y crisis social— alimenta la percepción de funcionarios más preocupados por aplaudir al centro que por gobernar su territorio.

Los datos recientes que incomodan

En las últimas horas se confirmaron varios hechos que tensan aún más la narrativa oficial:

  • Caravanas campesinas fueron retenidas o ralentizadas en accesos a CDMX.
  • Trabajadores federales reportaron haber sido “convocados” en horario laboral.
  • Chats de operadores filtrados revelan cuotas obligatorias de asistencia.
  • Se identificaron vehículos del DIF, ayuntamientos y dependencias en la movilización.

Nada de esto huele a espontaneidad. Todo huele a sistema.

La 4T gritó… pero nadie respondió

El Zócalo estuvo lleno, sí. Pero un Zócalo lleno no siempre significa un país convencido.

La 4T quiso celebrar siete años de transformación, pero terminó exponiendo siete décadas de continuidad política. El viejo régimen no murió: solo cambió de manos.

La gran paradoja del día es que el movimiento que se dice del pueblo tuvo que transportar al pueblo para demostrarlo. Y eso, en política, tiene un peso simbólico devastador: quien necesita mover personas para simular apoyo, no confía en el respaldo que dice tener.

Al final, el festejo fue un grito hacia el cielo. Un grito diseñado, coreografiado y amplificado…
pero que, en esencia, no iba dirigido a nadie.

Porque el verdadero destinatario no estaba en el Zócalo: estaba en el país que sigue esperando resultados, no festivales.

Ese país —el de carne y hueso— no viajó en autobús.

 

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