OTRA PERSPECTIVA
La marcha del Tigre: Un grito contra nadie
Por José Rafael Moya Saavedra
El festejo por los siete años de
la llamada “Cuarta Transformación” en el Zócalo dejó una estampa
elocuente: miles cantando, banderas en alto, un discurso triunfalista… y
detrás, como telón que nadie quiso ver, una flota interminable de autobuses que
convirtió a la Ciudad de México en estacionamiento político.
La C. Presidenta Sheinbaum habló
de espontaneidad, de un pueblo que “se volcó” a celebrar. Pero la
realidad material —esa que no entiende de discursos— mostró otra cosa: una
movilización aceitada por operadores, estructuras corporativas, recursos
públicos y el viejo método del acarreo, ahora vestido de regeneración.
La 4T quiso demostrar que no
necesita del pasado. El Zócalo demostró que todavía lo carga a cuestas.
La espontaneidad que llegó con chofer, tanque lleno y
viáticos
Circularon cifras entre choferes
y operadores: 30 mil pesos por autobús, más viáticos. Las unidades
comenzaron a llegar desde el día anterior; algunas viajaron más de 30 horas.
Imágenes mostraron camiones estacionados en Eje 1 Norte, Reforma,
Circunvalación, Congreso de la Unión y calles aledañas al primer cuadro.
No se trata de rumores. Se trata
de evidencia.
Una movilización espontánea no
requiere hoteles, ni listas de asistencia, ni puntos de control, ni estructuras
estatales “invitando” a empleados a participar. Y, aun así, la narrativa
oficial insistió en que “la gente llegó sola”.
La pregunta es simple y devastadora: si el respaldo fuera
realmente orgánico, ¿para qué tanto autobús?
El viejo corporativismo que volvió sin pudor
No pasó desapercibida la
presencia de la CROC, el STPRM, el SNTE y otras organizaciones que
fueron, durante décadas, la columna vertebral del corporativismo priista. Hoy
marchan detrás de la 4T con la misma disciplina, estructura y beneficios de
antaño.
Se suponía que el movimiento era
una ruptura con el pasado. Pero la realidad deja claro que la 4T no desmontó el
corporativismo: lo heredó, lo reconfiguró y ahora lo utiliza sin sonrojo.
El músculo del “pueblo
organizado” resultó ser el mismo de siempre, solo con otro color en la
playera.
Las cifras infladas y la narrativa juvenil hecha a mano
La C. Presidenta habló de 600
mil asistentes. La física del espacio público dice otra cosa: ni el Zócalo
ni sus calles aledañas pueden albergar tal número.
La aritmética oficial parece más
un acto de voluntad que un cálculo técnico. Se proyecta fuerza, sí… pero
también se confiesa necesidad.
La “Marcha del Tigre”,
presentada como expresión juvenil espontánea, terminó siendo una marcha con
ruta, horario, transporte y difusión oficialista. La espontaneidad, como los
milagros, no se decreta desde arriba.
Un festejo en tiempos de desgaste
Sheinbaum respondió a las
críticas de autoritarismo apelando a mecanismos de democracia directa. Pero el
contexto pesa:
- protestas
sociales en crecimiento,
- inseguridad
expuesta (el caso Uruapan como herida abierta),
- aprobación
presidencial en su punto más bajo del sexenio,
- confrontaciones
internas en Morena disfrazadas de unidad.
Y para colmo, la presencia del gobernador
de Michoacán en el Zócalo —mientras su estado enfrenta incendios, violencia
y crisis social— alimenta la percepción de funcionarios más preocupados por
aplaudir al centro que por gobernar su territorio.
Los datos recientes que incomodan
En las últimas horas se
confirmaron varios hechos que tensan aún más la narrativa oficial:
- Caravanas
campesinas fueron retenidas o ralentizadas en accesos a CDMX.
- Trabajadores
federales reportaron haber sido “convocados” en horario laboral.
- Chats
de operadores filtrados revelan cuotas obligatorias de asistencia.
- Se
identificaron vehículos del DIF, ayuntamientos y dependencias en la
movilización.
Nada de esto huele a
espontaneidad. Todo huele a sistema.
La 4T gritó… pero nadie respondió
El Zócalo estuvo lleno, sí. Pero
un Zócalo lleno no siempre significa un país convencido.
La 4T quiso celebrar siete años
de transformación, pero terminó exponiendo siete décadas de continuidad
política. El viejo régimen no murió: solo cambió de manos.
La gran paradoja del día es que
el movimiento que se dice del pueblo tuvo que transportar al pueblo para
demostrarlo. Y eso, en política, tiene un peso simbólico devastador: quien
necesita mover personas para simular apoyo, no confía en el respaldo que dice
tener.
Al final, el festejo fue un grito
hacia el cielo. Un grito diseñado, coreografiado y amplificado…
pero que, en esencia, no iba dirigido a nadie.
Porque el verdadero destinatario
no estaba en el Zócalo: estaba en el país que sigue esperando resultados, no
festivales.
Ese país —el de carne y hueso— no viajó en autobús.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario