sábado, 6 de diciembre de 2025

 

 OTRA PERSPECTIVA

La marcha del Tigre: Un grito contra nadie

Por José Rafael Moya Saavedra

El festejo por los siete años de la llamada “Cuarta Transformación” en el Zócalo dejó una estampa elocuente: miles cantando, banderas en alto, un discurso triunfalista… y detrás, como telón que nadie quiso ver, una flota interminable de autobuses que convirtió a la Ciudad de México en estacionamiento político.

La C. Presidenta Sheinbaum habló de espontaneidad, de un pueblo que “se volcó” a celebrar. Pero la realidad material —esa que no entiende de discursos— mostró otra cosa: una movilización aceitada por operadores, estructuras corporativas, recursos públicos y el viejo método del acarreo, ahora vestido de regeneración.

La 4T quiso demostrar que no necesita del pasado. El Zócalo demostró que todavía lo carga a cuestas.

La espontaneidad que llegó con chofer, tanque lleno y viáticos

Circularon cifras entre choferes y operadores: 30 mil pesos por autobús, más viáticos. Las unidades comenzaron a llegar desde el día anterior; algunas viajaron más de 30 horas. Imágenes mostraron camiones estacionados en Eje 1 Norte, Reforma, Circunvalación, Congreso de la Unión y calles aledañas al primer cuadro.

No se trata de rumores. Se trata de evidencia.

Una movilización espontánea no requiere hoteles, ni listas de asistencia, ni puntos de control, ni estructuras estatales “invitando” a empleados a participar. Y, aun así, la narrativa oficial insistió en que “la gente llegó sola”.

La pregunta es simple y devastadora: si el respaldo fuera realmente orgánico, ¿para qué tanto autobús?

El viejo corporativismo que volvió sin pudor

No pasó desapercibida la presencia de la CROC, el STPRM, el SNTE y otras organizaciones que fueron, durante décadas, la columna vertebral del corporativismo priista. Hoy marchan detrás de la 4T con la misma disciplina, estructura y beneficios de antaño.

Se suponía que el movimiento era una ruptura con el pasado. Pero la realidad deja claro que la 4T no desmontó el corporativismo: lo heredó, lo reconfiguró y ahora lo utiliza sin sonrojo.

El músculo del “pueblo organizado” resultó ser el mismo de siempre, solo con otro color en la playera.

Las cifras infladas y la narrativa juvenil hecha a mano

La C. Presidenta habló de 600 mil asistentes. La física del espacio público dice otra cosa: ni el Zócalo ni sus calles aledañas pueden albergar tal número.

La aritmética oficial parece más un acto de voluntad que un cálculo técnico. Se proyecta fuerza, sí… pero también se confiesa necesidad.

La “Marcha del Tigre”, presentada como expresión juvenil espontánea, terminó siendo una marcha con ruta, horario, transporte y difusión oficialista. La espontaneidad, como los milagros, no se decreta desde arriba.

Un festejo en tiempos de desgaste

Sheinbaum respondió a las críticas de autoritarismo apelando a mecanismos de democracia directa. Pero el contexto pesa:

  • protestas sociales en crecimiento,
  • inseguridad expuesta (el caso Uruapan como herida abierta),
  • aprobación presidencial en su punto más bajo del sexenio,
  • confrontaciones internas en Morena disfrazadas de unidad.

Y para colmo, la presencia del gobernador de Michoacán en el Zócalo —mientras su estado enfrenta incendios, violencia y crisis social— alimenta la percepción de funcionarios más preocupados por aplaudir al centro que por gobernar su territorio.

Los datos recientes que incomodan

En las últimas horas se confirmaron varios hechos que tensan aún más la narrativa oficial:

  • Caravanas campesinas fueron retenidas o ralentizadas en accesos a CDMX.
  • Trabajadores federales reportaron haber sido “convocados” en horario laboral.
  • Chats de operadores filtrados revelan cuotas obligatorias de asistencia.
  • Se identificaron vehículos del DIF, ayuntamientos y dependencias en la movilización.

Nada de esto huele a espontaneidad. Todo huele a sistema.

La 4T gritó… pero nadie respondió

El Zócalo estuvo lleno, sí. Pero un Zócalo lleno no siempre significa un país convencido.

La 4T quiso celebrar siete años de transformación, pero terminó exponiendo siete décadas de continuidad política. El viejo régimen no murió: solo cambió de manos.

La gran paradoja del día es que el movimiento que se dice del pueblo tuvo que transportar al pueblo para demostrarlo. Y eso, en política, tiene un peso simbólico devastador: quien necesita mover personas para simular apoyo, no confía en el respaldo que dice tener.

Al final, el festejo fue un grito hacia el cielo. Un grito diseñado, coreografiado y amplificado…
pero que, en esencia, no iba dirigido a nadie.

Porque el verdadero destinatario no estaba en el Zócalo: estaba en el país que sigue esperando resultados, no festivales.

Ese país —el de carne y hueso— no viajó en autobús.

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

  Otra Perspectiva La ciudad sin cuerpos Asistencia, expulsión y mercado en la ciudad vitrina Por Jose Rafael Moya Saavedra La Ciudad de Méx...