martes, 28 de octubre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

El altar del día de Muertos: El diálogo de la luz y la memoria

Por José Rafael Moya Saavedra

En México, el altar de muertos es más que una tradición: es una expresión de amor, fe y continuidad.

Cada Día de Muertos, las familias transforman el hogar en un espacio donde la memoria vence al olvido y la vida dialoga con la eternidad.

En medio del aroma del copal, las flores encendidas y los retratos que nos miran desde el pasado, los vivos recordamos que la muerte no interrumpe el vínculo del afecto, sino que lo renueva en otro plano.

Esta reflexión busca honrar el sentido profundo del altar: una conversación de símbolos entre los que se fueron y los que aún seguimos caminando.

Reflexión

El altar de muertos no es un adorno ni una costumbre que se repite por inercia:
es una conversación sagrada entre quienes seguimos respirando y quienes partieron primero.
Cada objeto que lo compone —una flor, una vela, una fotografía—
es una palabra silenciosa que los vivos enviamos al otro lado,
como si en cada ofrenda se escribiera una carta sin papel ni tinta,
una carta que viaja a través del humo del copal y el temblor de las velas.

La fotografía abre la puerta del recuerdo.
No es un retrato: es una llamada.
Su reflejo en el espejo recuerda que, aunque su presencia se asoma,
ya no pertenece al tiempo que medimos los vivos.

Las velas son faros en la oscuridad,
lámparas que anuncian el camino de regreso,
luz que guía y también consuela.
En ellas arde la esperanza de volver a sentir la cercanía de quienes amamos.

El cempasúchil derrama su oro sobre el suelo,
como si el sol hubiera florecido para iluminar el sendero de los ausentes.
Su aroma es memoria y bienvenida:
marca la ruta para las almas y perfuma la casa con alegría.

El copal, en su danza de humo,
purifica el aire y tiende un puente invisible entre mundos.
Su aroma es plegaria, su ascenso es mensaje:
“Ven, hermano, madre, hijo, amigo… esta es tu casa.”

En la mesa, la comida y bebida favoritas esperan sin prisa.
El pan se ofrece no solo al hambre, sino a la nostalgia;
y el agua —junto a la sal— purifica, calma y protege.
El papel picado, frágil y colorido, deja pasar el viento,
recordándonos que la vida es movimiento y respiro breve.

Finalmente, los objetos personales —una libreta, un sombrero, una medalla—
devuelven al alma su historia, su oficio y su risa.
En ellos los vivos decimos: “Te recordamos con tus gestos, con tu voz, con tu forma de andar.”

Así, el altar se convierte en un diálogo de luz y memoria, una comunión donde el amor vence a la distancia, y la muerte se reconoce no como ruptura, sino como tránsito.

Los que partieron regresan por un instante, y los que permanecemos los recibimos con la certeza de que, algún día, también seremos parte de esa conversación eterna que las flores, el fuego y el silencio mantienen viva cada noviembre.

Cada altar es una promesa cumplida: la de no dejar caer el nombre ni la historia de quienes amamos. Es la forma más humana y luminosa de decir: “Sigues aquí.”

Al encender una vela o colocar una flor, los vivos recordamos que la vida y la muerte son un mismo viaje, y que la memoria es el puente que nos mantiene unidos.

En ese resplandor, el alma encuentra camino… y nosotros, consuelo.

jueves, 2 de octubre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA 

2 de octubre: espejo de la memoria, la protesta y el presente

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra 

El 2 de octubre de 1968 sigue siendo uno de los episodios más oscuros y decisivos en la historia de México. La masacre de Tlatelolco no solo marcó a una generación, sino que inauguró una tradición de memoria y protesta que, a más de medio siglo, se mantiene viva. La consigna “2 de octubre no se olvida” ha pasado de ser un grito de denuncia contra la represión estatal a convertirse en un barómetro social que refleja las tensiones actuales: justicia pendiente, memoria en disputa y formas cambiantes de movilización.

Hoy, la marcha del 2 de octubre es al mismo tiempo un ritual de memoria y un espejo crítico de la democracia mexicana. Entre expresiones culturales, protestas pacíficas y actos de violencia, la conmemoración deja ver cómo las nuevas generaciones resignifican el legado del 68.

La memoria como brújula

La memoria del 68 se ha convertido en una brújula ética para distintos movimientos sociales:

  • Para los estudiantes, es un recordatorio del papel central de la universidad en la democratización del país.
  • Para los colectivos feministas, conecta con la lucha contra la violencia estructural y la exigencia de espacios libres de violencia.
  • Para los defensores de derechos humanos, simboliza la continuidad de la impunidad en casos como Ayotzinapa.
  • Para los sindicatos y organizaciones laborales, es un referente de dignidad frente al autoritarismo.

Comparativo: 1968 vs. protestas actuales

Aspecto

Movimiento del 68

Protestas actuales (2010–2025)

Contexto político

Estado autoritario, presidencialismo absoluto, censura mediática

Democracia electoral con polarización, pero con libertades frágiles y criminalización mediática

Organización

Centralizada (Consejo Nacional de Huelga, CNH)

Horizontal, en redes sociales, colectivos diversos

Formas de protesta

Marchas, mítines, huelgas

Marchas, performances, grafiti, bloqueos, acción digital

Represión

Masacre abierta (Tlatelolco), uso del Ejército

Contención policial, detenciones selectivas, vigilancia digital

Memoria

Silenciada por el Estado; rescatada por sociedad civil

Institucionalizada (conmemoraciones oficiales), pero también disputada en las calles

Narrativa mediática

Control absoluto del régimen

Narrativas fragmentadas: medios destacan tanto memoria como excesos (bloque negro, vandalismo)

El dilema de la forma y el fondo

La protesta forma parte del legado del 68. Sin embargo, el dilema de hoy es la forma:

  • Los murales, performances, música y tendederos de denuncias dignifican la memoria y la conectan con nuevas causas.
  • El vandalismo y saqueo desvirtúan el mensaje, generan rechazo social y sirven de excusa para criminalizar la protesta.

La pregunta clave es: ¿cómo mantener viva la memoria del 68 sin caer en prácticas que diluyen su legitimidad?

Continuidades y rupturas de la represión estatal

Periodo

Características principales de la represión

1968

Despliegue militar masivo, ocupación de universidades, censura total, ejecuciones extrajudiciales, criminalización absoluta

Década 1990–2000

Apertura democrática parcial, pero represión de movimientos como Atenco (2006)

2010–2025

Represión focalizada: detenciones selectivas, abuso policial, vigilancia tecnológica, uso de gas pimienta y extintores en marchas; condena social internacional limita excesos, pero persisten violaciones a DDHH

 

Voces contemporáneas

  • Comité 68: “La memoria no puede reducirse a disturbios. Exigimos verdad, justicia y no repetición.”
  • Académicos UNAM: destacan el 2 de octubre como un “referente ético” para el estudiantado y la universidad.
  • IBERO Puebla: califica al 68 como una “herida colectiva que sigue abierta”.
  • Autoridades CDMX: enfatizan la vigilancia y el control del orden, pero enfrentan críticas por prácticas de criminalización de la protesta.

Referencias clave

  • Lavell, A. & Maskrey, A. (2014). La gestión del riesgo de desastres: una visión desde América Latina. LA RED.
  • Moreno Elizondo, F. (UNAM). El movimiento estudiantil-popular de 1968 y la represión estatal.
  • UNAM (2025). México 68: un legado que perdura. Revista ¿Cómo ves?
  • IISUE-UNAM (2025). Movimientos estudiantiles en México, siglo XX.
  • COMECSO-UNAM (2021). Del 68 al 2018.
  • Scielo (2024). Violencia de Estado en México: el exilio político de 1968.
  • La Jornada (2025). Paro en facultades por el 2 de octubre.
  • El País (2025). Marcha del 2 de octubre: memoria y disturbios.

Colofón

El 2 de octubre no es un ritual vacío. Es un espejo incómodo donde México se mira a sí mismo: su historia de represión, su presente de desigualdad y su futuro incierto en materia de democracia y derechos.

“El 2 de octubre no se olvida, porque aún no termina. La memoria exige justicia, no destrucción sin sentido. La dignidad de los caídos se honra con verdad, con protesta responsable y con una democracia que no repita sus errores.”

miércoles, 1 de octubre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

El 2 de octubre no se olvida: memoria y advertencia en tiempos de poder concentrado

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

“Los sueños que desbordaron las calles”


“Los estudiantes invaden las calles. Manifestaciones así, en México jamás se han visto, tan inmensas y alegres, todos atados brazo con brazo, cantando y riendo. Los estudiantes claman contra el presidente Díaz Ordaz y sus ministros, momias con vendas y todo, y contra los demás usurpadores de aquella revolución de Zapata y Pancho Villa.

En Tlatelolco, plaza que ya fue moridero de indios y conquistadores, ocurre la encerrona. El ejército bloquea todas las salidas con tanques y ametralladoras. En el corral, pronto al sacrificio, se apretujan los estudiantes. Cierra la trampa un muro continuo de fusiles con bayoneta calada.

Las luces de bengala, una verde, otra roja, dan la señal.
Horas después, busca su cría una mujer. Los zapatos dejan huellas de sangre en el suelo”.

—Eduardo Galeano, Memoria del Fuego

 

La tarde del 2 de octubre de 1968, la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco se convirtió en escenario de una tragedia que aún sangra en la memoria colectiva. Los estudiantes habían convocado a un mitin pacífico. No buscaban derrocar al gobierno ni tomar las armas: exigían libertades democráticas, fin a la represión y apertura al diálogo. Lo que encontraron fue un cerco militar, bengalas que iluminaron el cielo y ráfagas que no distinguieron entre jóvenes, madres de familia, periodistas o vecinos que miraban desde las ventanas.

Las cifras oficiales minimizaron los hechos; la verdad se escondió tras comunicados fríos y archivos sellados. Pero la memoria ciudadana recogió lo que la historia oficial quiso enterrar: decenas, quizá cientos de muertos, miles de heridos, detenidos, perseguidos. Una generación marcada por el miedo y por la certeza de que el Estado, cuando se siente amenazado, no duda en disparar contra su propia gente.

La memoria como brújula

“El 2 de octubre no se olvida” no es una consigna vacía. Es la voz de los que no volvieron a casa, el eco de las madres que nunca dejaron de buscar a sus hijos, y el compromiso de quienes entienden que la democracia se sostiene en la vigilancia ciudadana y no en la complacencia.

Para quienes vivieron el 68, la fecha es una herida abierta. Para los jóvenes de hoy, es una brújula moral: un recordatorio de que las libertades no se heredan, se defienden día a día. La memoria de Tlatelolco enseña que la democracia no se regala; se conquista y se cuida, porque el olvido es el terreno fértil de la repetición.

El espejo del presente

Mirar atrás no es un ejercicio nostálgico, sino una advertencia. En el México actual, el discurso de la autoridad insiste en estigmatizar la protesta, deslegitimar a críticos y opositores, e incluso justificar la militarización como solución a problemas civiles. El poder concentrado en un solo proyecto político, la subordinación de instituciones autónomas y el uso del aparato del Estado como herramienta de control recuerdan demasiado a los vicios del pasado.

La represión ya no se muestra con tanques en la plaza, pero se siente en la violencia contra periodistas, en las desapariciones forzadas, en la criminalización de defensores comunitarios y en el uso selectivo de la justicia. El “enemigo interno” de 1968 hoy tiene otros nombres y rostros, pero la lógica es la misma: sofocar la disidencia.

Justicia pendiente, democracia en riesgo

Han pasado más de cinco décadas y aún no hay justicia plena para las víctimas de Tlatelolco. Los archivos desclasificados llegaron tarde, las responsabilidades nunca tocaron las más altas esferas, y la impunidad se consolidó como una constante del sistema político mexicano.

El verdadero homenaje a los caídos no está en las flores ni en las marchas anuales, aunque ambas sean necesarias, sino en evitar que la historia se repita. Porque cuando un gobierno concentra poder, silencia voces críticas y usa las fuerzas armadas para tareas civiles, el riesgo de que la represión vuelva a imponerse nunca está lejos.

Una advertencia viva

“El 2 de octubre no se olvida” es más que una frase en una pancarta: es un mandato. Nos exige recordar que la democracia se debilita si dejamos que el miedo sustituya al debate, si permitimos que el Estado sea juez y parte, si normalizamos que las instituciones obedezcan a una sola voz.

Hoy, en tiempos de discursos polarizadores y tentaciones autoritarias, el recuerdo de Tlatelolco es advertencia y brújula. No se trata solo de mirar al pasado, sino de entender que lo que ocurrió en 1968 puede volver a suceder si olvidamos que la memoria es un escudo frente a la impunidad.

El 2 de octubre no fue un capítulo cerrado: fue el inicio de una deuda histórica que México aún no ha pagado. Y esa deuda solo se salda garantizando que nunca más se dispare contra los jóvenes por atreverse a soñar con libertad.

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