OTRA PERSPECTIVA
El 2 de octubre no se olvida: memoria y
advertencia en tiempos de poder concentrado
Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra
“Los sueños que desbordaron las calles”
“Los estudiantes invaden las calles. Manifestaciones así, en México jamás se
han visto, tan inmensas y alegres, todos atados brazo con brazo, cantando y
riendo. Los estudiantes claman contra el presidente Díaz Ordaz y sus ministros,
momias con vendas y todo, y contra los demás usurpadores de aquella revolución
de Zapata y Pancho Villa.
En Tlatelolco, plaza que ya fue moridero de indios y
conquistadores, ocurre la encerrona. El ejército bloquea todas las salidas con
tanques y ametralladoras. En el corral, pronto al sacrificio, se apretujan los
estudiantes. Cierra la trampa un muro continuo de fusiles con bayoneta calada.
Las luces de bengala, una verde, otra roja, dan la señal.
Horas después, busca su cría una mujer. Los zapatos dejan huellas de sangre en
el suelo”.
—Eduardo Galeano, Memoria del Fuego
La tarde del 2 de octubre de
1968, la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco se convirtió en escenario de
una tragedia que aún sangra en la memoria colectiva. Los estudiantes habían
convocado a un mitin pacífico. No buscaban derrocar al gobierno ni tomar las
armas: exigían libertades democráticas, fin a la represión y apertura al
diálogo. Lo que encontraron fue un cerco militar, bengalas que iluminaron el
cielo y ráfagas que no distinguieron entre jóvenes, madres de familia,
periodistas o vecinos que miraban desde las ventanas.
Las cifras oficiales
minimizaron los hechos; la verdad se escondió tras comunicados fríos y archivos
sellados. Pero la memoria ciudadana recogió lo que la historia oficial quiso
enterrar: decenas, quizá cientos de muertos, miles de heridos, detenidos, perseguidos.
Una generación marcada por el miedo y por la certeza de que el Estado, cuando
se siente amenazado, no duda en disparar contra su propia gente.
La memoria como brújula
“El 2 de octubre no se olvida” no es
una consigna vacía. Es la voz de los que no volvieron a casa, el eco de las
madres que nunca dejaron de buscar a sus hijos, y el compromiso de quienes
entienden que la democracia se sostiene en la vigilancia ciudadana y no en la
complacencia.
Para quienes vivieron el 68,
la fecha es una herida abierta. Para los jóvenes de hoy, es una brújula moral:
un recordatorio de que las libertades no se heredan, se defienden día a día. La
memoria de Tlatelolco enseña que la democracia no se regala; se conquista y se
cuida, porque el olvido es el terreno fértil de la repetición.
El espejo del presente
Mirar atrás no es un ejercicio
nostálgico, sino una advertencia. En el México actual, el discurso de la
autoridad insiste en estigmatizar la protesta, deslegitimar a críticos y
opositores, e incluso justificar la militarización como solución a problemas civiles.
El poder concentrado en un solo proyecto político, la subordinación de
instituciones autónomas y el uso del aparato del Estado como herramienta de
control recuerdan demasiado a los vicios del pasado.
La represión ya no se muestra
con tanques en la plaza, pero se siente en la violencia contra periodistas, en
las desapariciones forzadas, en la criminalización de defensores comunitarios y
en el uso selectivo de la justicia. El “enemigo interno”
de 1968 hoy tiene otros nombres y rostros, pero la lógica es la misma:
sofocar la disidencia.
Justicia pendiente, democracia en riesgo
Han pasado más de cinco
décadas y aún no hay justicia plena para las víctimas de Tlatelolco. Los
archivos desclasificados llegaron tarde, las responsabilidades nunca tocaron
las más altas esferas, y la impunidad se consolidó como una constante del
sistema político mexicano.
El verdadero homenaje a los
caídos no está en las flores ni en las marchas anuales, aunque ambas sean
necesarias, sino en evitar que la historia se repita. Porque cuando un gobierno
concentra poder, silencia voces críticas y usa las fuerzas armadas para tareas
civiles, el riesgo de que la represión vuelva a imponerse nunca está lejos.
Una advertencia viva
“El 2 de octubre no se olvida” es
más que una frase en una pancarta: es un mandato. Nos exige recordar que la
democracia se debilita si dejamos que el miedo sustituya al debate, si
permitimos que el Estado sea juez y parte, si normalizamos que las
instituciones obedezcan a una sola voz.
Hoy, en tiempos de discursos
polarizadores y tentaciones autoritarias, el recuerdo de Tlatelolco es
advertencia y brújula. No se trata solo de mirar al pasado, sino de entender
que lo que ocurrió en 1968 puede volver a suceder si olvidamos que la memoria
es un escudo frente a la impunidad.
El 2 de octubre no fue un
capítulo cerrado: fue el inicio de una deuda histórica que México aún no ha
pagado. Y esa deuda solo se salda garantizando que nunca más se dispare contra
los jóvenes por atreverse a soñar con libertad.
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