domingo, 31 de mayo de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2025, cierto olor a podrido

El otro Mundial: desplazamiento, fosas y marbetes en las ciudades que México quiere mostrar al mundo

Por Jose Rafael Moya Saavedra

México se prepara para el Mundial 2026 con la mirada puesta en el turismo, la inversión y la proyección internacional. Sin embargo, diversos conflictos sociales y demandas pendientes mantienen abierto el debate sobre los retos internos que el país enfrenta mientras busca mostrar una imagen de estabilidad y desarrollo.

En las tres ciudades sede mexicanas el mismo patrón se repite con variaciones locales: obras faraónicas conviven con vecinos expulsados de sus barrios, colectivos que buscan a sus muertos mientras la maquinaria pesada levanta estadios, y comunidades que recibirán marbetes para entrar a sus propias casas durante los días de partido. El espectáculo que FIFA venderá al mundo durará 39 días. Las crisis que lo rodean llevan décadas.

La ciudad que se embellece expulsando a sus habitantes

En Santa Úrsula Coapa, a pocas cuadras del Estadio Azteca —rebautizado Estadio Ciudad de México para el torneo—, María Estela no celebra el Mundial. Lo teme. El agua ya escasea en su barrio y el desarrollo inmobiliario ha duplicado los alquileres en la zona. "También nos preocupa que el predial suba hasta el punto de no poderlo pagar y que nos veamos obligados a irnos", dice. No quiere vender. Quiere quedarse. Pero el mercado tiene otros planes.

Su caso no es aislado. Entre julio y octubre de 2025 se registraron unas 2,600 denuncias por despojo en la Ciudad de México, frente a 3,300 en todo 2019 — casi el mismo volumen en cuatro meses — según datos citados por colectivos ante el Foro Urbano Mundial de ONU-Hábitat. El mismo foro donde el gobierno capitalino, con llamativa ironía, defendía su "agenda anti-gentrificación".

El corredor de Calzada Tlalpan — desde Doctores hasta Santa Úrsula Coapa — es hoy el epicentro del desplazamiento. Según la consultora 4S Real Estate, existen 400,000 unidades de renta temporal frente a apenas 10,000 de renta permanente en la zona. El especialista Leonardo González Tejeda lo califica sin rodeos: "el desplazamiento de los locales es un juego de discriminación", según Mi Bolsillo. La consultora Deloitte proyecta además que el número de anfitriones en Airbnb subirá un 61% como consecuencia directa del torneo.

El Frente Antigentrificación lo nombra sin eufemismos: "limpieza social". En un comunicado de diciembre de 2025 advertían que "las personas de la tercera edad son las principales víctimas de los diversos eventos de despojo cobijados por proyectos urbanos que potencialmente benefician intereses inmobiliarios privados".

La gentrificación tiene otra cara menos discutida: la del trabajo. La jefa de Gobierno Clara Brugada declaró que 2026 sería "el año del reordenamiento del comercio informal" y fijó como meta retirar a 4,500 comerciantes de la vía pública. Jairo Geovanni acomoda su pequeña parrilla desde el zaguán de su casa. El negocio que antes operaba en la banqueta quedó reducido a su domicilio por las nuevas regulaciones. Patricia Carrillo, vecina de Santa Úrsula Coapa, lo dice sin ambages: "No sé qué vamos a hacer los comerciantes... no va a haber nada de puestos", según reportó CNN en Español. La alternativa oficial — un nuevo mercado público en la zona — sigue en construcción. Nadie sabe cuándo estará listo.

El problema estructural es más profundo. Más del 55% de los trabajadores en México están en la economía informal, según la ENOE. La Asociación Mexicana de Empresas de Capital Humano alertó en mayo que los aproximadamente 112,000 empleos temporales que generará el torneo — según Deloitte — corren el riesgo de reproducir la informalidad estructural del país, según Yahoo Noticias/EFE. En otras palabras: el Mundial podría generar trabajos que se parezcan exactamente a los que está desplazando.

La advertencia más contundente llegó desde afuera. Human Rights Watch advirtió en mayo que el torneo podría convertirse en "un posible desastre en materia de derechos humanos". La directora Minky Worden fue categórica: "aunque la Copa del Mundo siga siendo la más grande, no será la mejor en términos de derechos humanos", según KCH Comunicación. Lo que ocurre al sur de la Ciudad de México le da contenido concreto a esa advertencia.

Guadalajara: la ciudad que busca entre fosas mientras construye estadios

La contradicción más brutal del Mundial 2026 en México tiene coordenadas precisas: el municipio de El Salto, Jalisco, a unos cinco kilómetros del Aeropuerto Internacional de Guadalajara y a pocos más del Estadio Akron, sede de cuatro partidos del torneo. Ahí, desde el 25 de abril, el colectivo Madres Buscadoras de Jalisco excava un predio que operó como sitio de inhumación clandestina desde 2010. El hallazgo: más de 60 bolsas con restos humanos, cuerpos completos y personas calcinadas. "No ha habido un día que no sea positivo", dijo Cecilia Flores a los medios, según EFE.

La fosa de El Salto no es un caso excepcional sino un episodio más de una geografía del horror. El grupo Buscadores Guerreros de Jalisco localiza un promedio de dos fosas al mes en el área metropolitana. Algunas contienen un solo cuerpo, otras más de 40, otras 95 o más, según El País. Mientras la maquinaria pesada trabajaba sin parar en las obras mundialistas, Jaime Aguilar, vocero de los Buscadores Guerreros, lanzó la acusación más incómoda: "Cuando pedimos una retroexcavadora para que nos ayude en nuestras búsquedas, nunca hay ninguna disponible".

El contraste entre la maquinaria disponible para los estadios y la que falta para encontrar a los muertos sintetiza la jerarquía de prioridades del Estado mexicano frente al evento. Jalisco es el estado con más personas desaparecidas de todo México: más de 16,000 carpetas de investigación abiertas al 30 de abril de 2026. A nivel nacional, la cifra supera las 130.000 personas.

Frente a ese volumen, el Colectivo Luz de Esperanza eligió el lenguaje del torneo para hablar del dolor. Convirtió fichas de búsqueda en cromos al estilo Panini, con los rostros de desaparecidos vistiendo la camiseta de la selección mexicana. La pregunta debajo de cada estampa: "El balón vuelve a la cancha... ¿nuestros desaparecidos cuándo volverán a casa?", según El País. Más de 120 familias tienen previsto viajar a la Ciudad de México para protestar durante el partido inaugural del 11 de junio.

El tema del crimen organizado es inseparable de cualquier análisis de la seguridad en las sedes mexicanas, pero en Guadalajara adquiere su dimensión más documentada. Dos funcionarios y dos integrantes del CJNG confirmaron por separado al periodista Ioan Grillo que los cárteles ordenaron a sus operadores "no meterse con el Mundial". La Policía de Jalisco está más pendiente de las células criminales menores que podrían no acatar la tregua informal, según El Financiero. Que la seguridad de un evento FIFA descanse, en parte, sobre la palabra de un cártel resume la paradoja de la Guadalajara mundialista.

El operativo "Última Milla" restringe la movilidad en un radio de tres kilómetros alrededor del estadio los días de partido. El regidor de Morena Chema Martínez cuestionó el modelo en términos duros: "Toda la inversión tiene que ver con obras fachada. No tenemos agua para la gente, pero sí la vamos a garantizar para millones de turistas", según Página 24 Jalisco. La queja conecta directamente con la de María Estela en Santa Úrsula Coapa: el agua escasea para los de siempre, pero no escaseará para el espectáculo.

Monterrey: marbetes para entrar a casa propia y promesas incumplidas

A diferencia de las otras dos sedes, Monterrey ha recibido menor cobertura mediática sobre sus fricciones mundialistas. Pero las tensiones existen y tienen nombre de colonia: La Quinta, en el municipio de Guadalupe, aledaña al Estadio BBVA. El operativo vial para los días de partido incluye un detalle que generó indignación entre los residentes: recibirán marbetes para poder ingresar a sus propios barrios.

El símbolo es elocuente. Cruz Rolando de la Fuente lo dijo en reunión con autoridades: "Desde la construcción del estadio se han realizado múltiples promesas que nunca se cumplieron", según Milenio. En una ciudad que lleva décadas construyendo su imagen de metrópoli empresarial y ordenada, el Mundial expone una relación entre el Estado y sus ciudadanos que no admite parafraseo: los vecinos necesitan un permiso para volver a casa.

En materia de infraestructura, Monterrey comparte con la Ciudad de México el mismo diagnóstico: compromisos anunciados que no se materializaron. El analista Javier Tejado Dondé señaló que los anuncios del gobernador de Nuevo León — ampliación del metro, más de mil camiones para mover aficionados — "quedaron en datos y ruedas de prensa". En esa lectura, Guadalajara fue la sede que mejor cumplió sus preparativos porque "prácticamente ya tenía todo listo". Las otras dos llegaron al torneo con deudas pendientes hacia sus propios habitantes.

En el plano del crimen organizado, el patrón es el mismo que en Jalisco. El Cártel del Noreste opera activamente en la zona metropolitana de Monterrey, y la instrucción a sus operadores también fue "no meterse con el Mundial". La tregua informal — no firmada, no negociada por el Estado, no verificable — opera como un acuerdo tácito entre el mundo del espectáculo global y el crimen local. Lo que eso revela sobre la arquitectura real del poder en las ciudades sede es una pregunta que los comunicados oficiales de seguridad prefieren no formular.

39 días de espectáculo, décadas de deuda: lo que el Mundial no puede tapar

Una queja recorre con "gran vehemencia" las calles de las ciudades sede: que el gobierno mexicano ha priorizado la seguridad de los extranjeros sobre la de su propia población. El Mundial dura 39 días. Las crisis de desapariciones, desplazamiento y precariedad laboral llevan décadas.

Lo que los tres casos revelan en conjunto no es una serie de problemas locales mal gestionados, sino la lógica interna de los grandes eventos deportivos cuando se instalan sobre territorios con deudas estructurales sin resolver. El modelo FIFA no aterriza en un vacío: aterriza sobre geografías marcadas por la expulsión de los pobres de sus barrios, la búsqueda de muertos que el crimen organizado acumula, y la promesa reiterada — y sistemáticamente incumplida — de que el desarrollo llegará para todos.

La gentrificación del sur de la Ciudad de México, las fosas de El Salto y los marbetes de La Quinta no son episodios separados. Son expresiones distintas del mismo principio: frente al evento de escala global, los derechos cotidianos de los habitantes se vuelven un problema logístico a administrar, no una obligación a garantizar. El comerciante desplazado, la madre buscadora sin retroexcavadora, el vecino que necesita un permiso para entrar a su casa — todos quedan fuera del encuadre oficial.

La pregunta periodística que el Mundial 2026 deja abierta no es si México puede organizar un torneo de ese tamaño. Puede, y lo hará. La pregunta es qué precio pagan quienes viven donde se instala el espectáculo, y qué queda cuando los turistas se van: si las fosas siguen sin cerrarse, si los comerciantes siguen sin mercado, si los alquileres no bajan y los marbetes no desaparecen. El balón siempre vuelve a la cancha. La deuda social, en cambio, no tiene árbitro que pite el final.

 

viernes, 29 de mayo de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026: cierto olor a podrido

La ciudad mundialista y la ciudad real
Protección civil a doce días del silbatazo inicial

Por Jose Rafael Moya Saavedra

A doce días de que el mundo ponga los ojos sobre la Ciudad de México, el gobierno capitalino sigue publicando reglas para organizar la fiesta. No es un detalle administrativo. Es una señal de que la ciudad aún está ajustando su arquitectura de riesgos cuando la cuenta regresiva ya entró en sus últimas horas.

La fecha no es menor.

Cuando una ciudad recibe el evento deportivo más importante del planeta, cabría esperar que los instrumentos de gestión integral de riesgos estuvieran consolidados desde meses atrás, probados mediante simulacros, coordinados entre dependencias y plenamente conocidos por organizadores, alcaldías, cuerpos de emergencia y ciudadanía.

Lo que sorprende no es que existan lineamientos. Lo sorprendente es el momento en que aparecen. Si la gestión integral de riesgos pretende anticipar amenazas, resulta paradójico que parte de la regulación específica para los Festivales Futboleros emerja cuando la cuenta regresiva prácticamente ha terminado.

Sin embargo, la publicación de estos lineamientos a escasos días del inicio del torneo deja una pregunta inevitable: ¿la ciudad está terminando de prepararse o apenas está terminando de regularse?

El acuerdo tiene elementos positivos.

Obliga a los Festivales Futboleros a contar con Programas Especiales de Protección Civil. Exige rutas diferenciadas de acceso y salida. Regula aforos, estructuras temporales, instalaciones eléctricas, drones, escenarios, pantallas gigantes y capacitación de brigadas. También establece obligaciones específicas para bares, restaurantes, hoteles y establecimientos mercantiles que pretendan ampliar temporalmente su capacidad de atención durante el torneo.

En apariencia, la ciudad habla el lenguaje correcto.

Prevención.
Mitigación.
Continuidad de operaciones.
Reducción de riesgos.
Resiliencia.

Pero la gestión del riesgo no se mide por la calidad de los documentos. Se mide por la capacidad real para transformar el territorio.

Y es ahí donde comienzan las preguntas incómodas.

Durante años la conversación pública sobre el Mundial se concentró en el Estadio Ciudad de México.

Hoy sabemos que el verdadero desafío se encuentra fuera de él.

El Mundial se derramará sobre plazas públicas, deportivos, parques, corredores turísticos, restaurantes, hoteles, centros comerciales y barrios enteros.

La fiesta no estará contenida en un estadio.

La ciudad completa será el escenario.

Por primera vez el Mundial no se jugará solamente en un estadio. Se jugará también en mercados, parques, deportivos, plazas públicas y barrios enteros.

Y precisamente por eso el aspecto más revelador del acuerdo no es sólo lo que ordena, sino dónde pretende aplicarse.

La narrativa institucional habla de Festivales Futboleros distribuidos en las dieciséis alcaldías.

Detrás de esa expresión aparentemente neutra existen al menos dieciocho espacios concretos que condensan historias, conflictos, desigualdades y riesgos muy distintos entre sí.

Cada sede representa una ciudad diferente.

·       No es lo mismo instalar una pantalla gigante en Plaza Garibaldi que hacerlo en la Central de Abasto.

·       No es lo mismo operar un festival en el Bosque de Tláhuac que en Parque La Bombilla.

·       No es lo mismo gestionar una multitud en una Utopía de Iztapalapa que en un parque de Benito Juárez o Miguel Hidalgo.

Cada espacio tiene historias, vulnerabilidades, conflictos, capacidades institucionales y relaciones sociales propias.

Y sin embargo el acuerdo parece asumir que todos pueden gestionarse mediante una misma lógica administrativa.

Garibaldi, por ejemplo, es uno de los espacios más simbólicos de la ciudad.

Es también un territorio asociado históricamente al turismo nocturno, el consumo de alcohol, la economía informal y la percepción de inseguridad.

Ahí, la narrativa del "festival familiar" convivirá con dinámicas urbanas que existían mucho antes de que la FIFA decidiera llegar a México.

La Central de Abasto presenta otro escenario.

Cada día circulan por ella miles de comerciantes, compradores, vehículos de carga y trabajadores.

Convertir temporalmente ese espacio en una sede de celebración mundialista implica superponer dos ciudades distintas: la ciudad que trabaja y la ciudad que festeja.

La pregunta es sencilla.

¿Puede una infraestructura diseñada para la logística alimentar además una concentración masiva de espectadores sin generar nuevas vulnerabilidades?

En el Bosque de Tláhuac aparece otra tensión.

Lo que para algunos representa una oportunidad económica y recreativa, para otros puede traducirse en ruido, residuos, saturación vial y restricciones temporales al uso cotidiano del espacio público.

Situaciones similares podrían surgir en Parque La Bombilla, Parque Tezozómoc, Parque de las Américas, Parque de la Consolación o Deportivo Xochimilco.

Todos ellos son espacios construidos para la convivencia diaria de los vecinos.

Durante varias semanas funcionarán como infraestructura del espectáculo global.

Y entonces surge una pregunta fundamental: ¿estos espacios serán tratados como territorios vivos o simplemente como escenarios disponibles?

La Gestión Integral de Riesgos enseña que los desastres no son producto exclusivo de las amenazas.

Surgen de la interacción entre exposición, vulnerabilidad y capacidad de respuesta.

Bajo esa lógica, los principales riesgos de los Festivales Futboleros podrían no provenir de una falla estructural ni de una pantalla mal instalada.

Podrían surgir de conflictos mucho más complejos: movilidad insuficiente, saturación vial, comercio informal desbordado, violencia de género, consumo excesivo de alcohol, trata de personas, discriminación, tensiones entre vecinos y autoridades o, simplemente, de la incapacidad material para supervisar simultáneamente dieciocho sedes distribuidas por toda la ciudad durante más de un mes.

Y aquí aparece otra de las grandes ausencias del acuerdo.

La protección civil está claramente desarrollada.

La resiliencia urbana todavía no.

Y la diferencia no es menor.

La protección civil administra emergencias; la gestión integral de riesgos administra vulnerabilidades.

La primera se pregunta qué hacer cuando ocurre una contingencia.

La segunda intenta comprender por qué esa contingencia puede transformarse en desastre.

La protección civil verifica extintores, rutas de evacuación, brigadas y protocolos de respuesta.

La gestión integral de riesgos analiza además las condiciones sociales, económicas, urbanas e institucionales que incrementan la exposición y la vulnerabilidad de las personas frente a una amenaza.

Por ello, mientras los lineamientos dedican páginas completas a señalización, aforos, estructuras temporales y procedimientos administrativos, dedican mucho menos espacio a preguntas fundamentales sobre movilidad, conflictos vecinales, capacidad hospitalaria, participación comunitaria. Y esa omisión resulta particularmente relevante cuando se pretende gestionar concentraciones humanas distribuidas en dieciocho sedes distintas a lo largo de la ciudad.

Tampoco profundizan en otro asunto esencial: la continuidad operativa.

·       ¿Qué ocurrirá si coinciden una lluvia torrencial, una falla eléctrica y una concentración masiva?

·       ¿Qué pasará si colapsan simultáneamente los sistemas de movilidad en varias alcaldías?

·       ¿Qué capacidad hospitalaria estará disponible para atender emergencias múltiples?

·       ¿Qué escenarios se han construido para una contingencia mayor?

Las respuestas no aparecen con claridad.

Y quizá sea porque la prioridad principal no es gestionar el riesgo cotidiano de la ciudad, sino garantizar que la vitrina funcione.

Porque existe una diferencia entre la ciudad que verá la FIFA y la ciudad que viven sus habitantes.

La FIFA verá pantallas gigantes.

Los vecinos vivirán cierres viales.

La FIFA verá derrama económica.

Los residentes enfrentarán saturación de servicios y encarecimiento temporal de la vida cotidiana.

La FIFA verá festivales culturales.

Los barrios vivirán ruido, tránsito y presión sobre sus espacios públicos.

La FIFA verá una ciudad ordenada.

Los habitantes seguirán enfrentando baches, inundaciones, infraestructura envejecida, transporte saturado y riesgos que no desaparecen porque haya comenzado una Copa del Mundo.

La FIFA verá una ciudad lista para la fiesta.

Los vecinos seguirán viviendo una ciudad que todavía batalla con sus riesgos cotidianos.

Porque los reflectores del Mundial duran un mes. Las vulnerabilidades de una ciudad duran años.

En el papel, la ciudad huele a resiliencia. En la calle, muchas veces sigue oliendo a improvisación, a prisa de último minuto, a reglamentos que llegan cuando los escenarios ya están montados y las cámaras internacionales están por encenderse.

Y quizá ahí radica la principal enseñanza de estos lineamientos.

No revelan únicamente cómo se prepara una ciudad para recibir un Mundial.

Revelan cómo una ciudad decide administrar sus riesgos cuando se convierte en escaparate global.

La protección civil aparece entonces como una herramienta indispensable, pero también como un espejo.

Un espejo que refleja nuestras fortalezas institucionales, pero también nuestras carencias.

Porque el Mundial durará unas cuantas semanas.

Porque cuando el último gol se celebre, cuando la última pantalla sea desmontada y cuando los turistas regresen a casa, la ciudad seguirá aquí.

Seguirán aquí las alcaldías.

Seguirán aquí los barrios.

Seguirán aquí los vecinos.

Y seguirán aquí los riesgos.

Entonces sabremos si el Mundial dejó una ciudad más resiliente o simplemente una ciudad mejor maquillada para la fotografía.

jueves, 28 de mayo de 2026

 

Mundial 2026: Cierto olor a podrido en la Ciudad de México

Por Jose Rafael Moya Saavedra

I. Entrada: El ajolote y la soberanía perdida

El 26 de mayo de 2026, FIFA ordenó retirar un ajolote gigante de la explanada del Estadio Azteca. No representaba riesgo alguno. Su delito: ser "mascota pirata" que violaba las 357 marcas registradas por la corporación suiza para monopolizar cada símbolo comercial asociado al torneo. En su propia ciudad, México descubrió que no puede decidir qué exhibir. Un anfibio endémico en peligro crítico de extinción que habita los canales de Xochimilco no tiene cabida en un evento que se celebra literalmente en su hábitat.

Mientras el ajolote es catalogado como pirata, FIFA opera con impunidad absoluta: exención fiscal total, cero cargas económicas en organización y cláusulas contractuales que obligan a los gobiernos locales a "asumir la carga económica correspondiente, de modo que FIFA no soporte directa ni indirectamente" ningún costo. Hasta el estadio que durante décadas se llamó Azteca y ahora luce el nombre "Banorte" debe eliminar ese cartel gigante durante el Mundial para llamarse asép ticamente "Estadio Ciudad de México".

Algo huele mal cuando una ciudad renuncia a su soberanía simbólica, cultural y fiscal para ser escaparate temporal de intereses corporativos globales. Y el olor se vuelve insoportable cuando se revisan los costos reales que pagan quienes nunca entrarán al estadio.

II. El secreto de Estado: ¿Cuánto pagó la CDMX por ver lo que ya es suyo?

El 25 de mayo de 2026, Clara Brugada anunció que el gobierno capitalino compró derechos para transmitir gratuitamente los partidos del Mundial en espacios públicos. La noticia se vendió como victoria social. La trampa está en lo que no dijo: cuánto pagó con dinero público por esos derechos.

Brugada explicó que "debido a que la FIFA es quien fija los costos, su gobierno entró en negociaciones" pero "no precisó el monto". Secreto de Estado. Mientras tanto, los ciudadanos que financian esa compra con impuestos deben pagar adicionalmente entre $1,499 y $2,000 pesos si quieren ver los 104 partidos desde casa. Solo 32 partidos serán gratuitos por televisión abierta.

La paradoja es obscena: pagas impuestos para que el gobierno compre derechos de transmisión pública, pero si quieres ver desde tu sala debes pagar otra vez. FIFA cobra a gobiernos, cobra a ciudadanos, no paga impuestos y expulsa símbolos locales. El modelo perfecto del extractivismo deportivo.

III. Los 16 mil millones que se ven: infraestructura para tres semanas

El gobierno de la CDMX destinó 16 mil millones de pesos en infraestructura para el Mundial: 12 mil millones de recursos locales y 4 mil millones del Fondo Mixto. El desglose incluye:

  • Movilidad: Entre 5,186 y 7 mil millones de pesos (incremento de 186% respecto a 2024)
  • Infraestructura general: Más de 6 mil millones de pesos
  • Seguridad: 600 millones adicionales para C5 y cámaras de vigilancia
  • 150 esculturas de "arte verde" en 90 puntos de la ciudad

Clara Brugada financia todo mediante deuda pública e impuestos locales, reviviendo fideicomisos que López Obrador había cuestionado. El fondo contempla inversión anual cercana a 10 mil millones de pesos.

El discurso oficial lo presenta como "legado urbano duradero". La percepción ciudadana es distinta: intervenciones cosméticas con altos costos sociales inmediatos. Mientras se embellece para turistas que vendrán por tres semanas, los problemas estructurales se profundizan para quienes viven ahí permanentemente.

IV. Lo que no se ve pero se huele: gentrificación, despojo y "limpieza social"

Desalojos acelerados y alzas brutales

Desde diciembre 2025, manifestantes denuncian un aumento "acelerado" de desplazamientos forzados en zonas céntricas, atribuidos directamente a la preparación del Mundial. Colectivos defensores del derecho a la vivienda convocaron explícitamente a boicotear el Mundial 2026, advirtiendo que acelera procesos de gentrificación y despojo.

Las rentas en colonias cercanas al Estadio Azteca aumentaron hasta 155%. Vecinos de Santa Úrsula Coapa, Coyoacán y Tlalpan reportan incrementos que los obligan a abandonar hogares donde vivieron generaciones. El predial subió hasta 30% en 17 colonias periféricas al estadio. La proliferación de Airbnb presiona a inquilinos tradicionales, elevando exponencialmente el riesgo de desplazamiento.

Activistas LGBT+ denunciaron una "limpieza social" en Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. María Dolores González Saravia, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la CDMX, alertó sobre grupos vulnerables en riesgo: personas en situación de calle, trabajadoras sexuales, comerciantes ambulantes, migrantes y comunidades en pobreza.

La ombudsperson recordó que situaciones similares ocurrieron en Sudáfrica, Brasil, Rusia y Qatar, donde se documentaron conflictos por uso del suelo, desplazamientos y tensiones entre desarrollo urbano y derechos sociales. "El Mundial no puede convertirse en un pretexto para el despojo", exigen residentes que ven su ciudad transformarse para beneficio ajeno.

Crisis hídrica: agua para hoteles, escasez para hogares

Mientras se construyen desarrollos inmobiliarios irregulares y se embellece el estadio, vecinos denuncian que la infraestructura de agua se prioriza para hoteles mientras el desabasto persiste en hogares. "Mientras se embellece el estadio, nosotros seguimos lidiando con la escasez de agua y el aumento desproporcionado de las rentas", declaró un representante vecinal.

La crisis se agravó con la llegada de personas a nuevos edificios construidos de manera irregular, aumentando la presión sobre un sistema hídrico colapsado. Organizaciones denuncian el despojo de bienes comunes como el agua.

V. El costo invisible: caos, estrés y destrucción cotidiana

Desde inicios de 2025, las obras de "rehabilitación" han generado cierres viales intermitentes, reducción de carriles y desvíos sin previo aviso. Los tiempos de traslado se duplicaron en horas pico. El cierre del 23 de marzo de 2026 en Calzada de Tlalpan provocó congestionamientos de hasta 10 kilómetros.

Comerciantes reportan caídas de hasta 40% en ventas, atribuibles a disminución del flujo peatonal y dificultad de acceso. La Cámara Nacional de Comercio advierte que, sin medidas de mitigación, pequeños negocios enfrentarán cierres definitivos.

Vecinos denuncian daños estructurales en viviendas: "Se cayó el techo. Hasta temblábamos del ruido y de la taladrada del piso", relató una residente. Otros describen: "Las 24 horas ruido, las 24 horas polvo, las 24 horas agua y tráfico". En una ciudad con antecedentes sísmicos, las vibraciones incrementan la preocupación, especialmente tras el colapso de un edificio en demolición en marzo.

La Procuraduría Ambiental recibió reportes sobre ruido excesivo, emisiones de polvo y daños a inmuebles. Locatarios critican la falta de información y consulta previa sobre proyectos que afectan directamente sus vidas.

VI. El patrón global: cuando los mega eventos dejan basura y deuda

El investigador del Instituto de Geografía de la UNAM, Luis Alberto Salinas, advierte sobre especulación inmobiliaria, desplazamiento poblacional y problemas ambientales directamente causados por el Mundial. No es paranoia: es patrón documentado.

Los Juegos Olímpicos de Río 2016 dejaron "aguas de un inquietante color marrón, corrientes de aire con olor a huevo podrido y objetos flotantes" en ríos, playas y lagunas. El biólogo Mario Moscatelli denunció la "muerte" de las lagunas que rodean el Parque Olímpico: "El olor a huevos podridos llega hasta las áreas comunes del Parque".

Brasil, Sudáfrica, Rusia y Qatar documentaron desalojos masivos, especulación inmobiliaria descontrolada, endeudamiento público permanente y estadios elefantes blancos que nadie usa después del evento. Lo que el discurso oficial presenta como "dinamismo económico" es extractivismo sistemático: corporaciones globales capturan ganancias, comunidades locales pagan costos.

VII. Turistificación vs. derecho a la ciudad

La transformación urbana rumbo al Mundial prioriza la "imagen turística" sobre derechos sociales. Lo que Clara Brugada llama "remozamiento global" —intervenciones en Garibaldi, Xochimilco, Zona Rosa, Centro Histórico— implica reconfiguración del espacio urbano que excluye a residentes originales.

Investigadores alertan que el Mundial exhibe rezagos estructurales en movilidad y contaminación que el gobierno no resolvió en décadas, pero ahora maquilla para consumo turístico temporal. "Representa una oportunidad para acelerar el proceso de despojo, limpieza social y gentrificación", denuncian organizaciones.

La Embajada de Estados Unidos emitió alerta de seguridad ante protestas contra la gentrificación, advirtiendo sobre antecedentes de disturbios. El conflicto es inevitable cuando miles pierden hogares para que millones de turistas tengan "experiencia mundial inolvidable".

VIII.: El olor que no se disipa

Algo huele mal en la Ciudad de México rumbo al Mundial 2026. Huele a ajolotes expulsados de su propia tierra mientras jaguares corporativos los sustituyen. Huele a miles de millones gastados en obras cosméticas mientras escasea el agua. Huele a familias desalojadas para embellecer rutas turísticas.

Huele a comerciantes quebrados por obras que nunca consultaron. Huele a deuda pública contraída para eventos de tres semanas. Huele a soberanía nacional negociada por contratos leoninos con FIFA.

El gobierno compra derechos de transmisión con dinero público, pero se niega a revelar cuánto. Invierte 16 mil millones en infraestructura temporal mientras problemas estructurales se profundizan. Permite alzas de 155% en rentas mientras pregona "gobierno del pueblo". Prioriza agua para hoteles mientras vecinos sufren desabasto. Revive fideicomisos cuestionados por el presidente anterior para financiar fútbol.

Cuando una ciudad renuncia a exhibir sus símbolos endémicos, cuando expulsa a sus habitantes para maquillar su imagen, cuando gasta fortunas en tres semanas de espectáculo mientras abandona décadas de rezagos, cuando convierte derechos en mercancía y comunidades en obstáculos, el olor a podrido no viene de las obras ni del polvo.

Viene del modelo mismo: mega eventos deportivos como pretexto perfecto para gentrificación acelerada, despojo legal y transferencia de riqueza pública hacia corporaciones globales. FIFA registró 357 marcas para controlar cada aspecto comercial, pero ninguna responsabilidad por desplazamiento, especulación y despojo que su evento cataliza.

El ajolote expulsado no es anécdota. Es metáfora perfecta: lo endémico, lo local, lo comunitario cede ante la lógica corporativa global. Y ese olor que percibimos no se disipará cuando termine el Mundial. Se quedará en la deuda contraída, en los hogares perdidos, en el agua que nunca regresó, en los comercios cerrados, en los estadios vacíos.

Algo huele mal. Y no son solo los huevos podridos de Río 2016. Es el modelo entero.

miércoles, 27 de mayo de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

El ajolote expulsado: cuando FIFA dicta qué símbolos puede usar México en su propia casa

Por Jose Rafael Moya Saavedra

I. El absurdo como entrada

El 26 de mayo de 2026, la FIFA ordenó retirar un ajolote gigante de la explanada del Estadio Azteca. No porque representara un riesgo de seguridad, ni porque obstruyera el paso, sino porque violaba "las reglas comerciales" del Mundial 2026. La criatura de fibra de vidrio que el gobierno de Clara Brugada había colocado como símbolo de identidad capitalina fue catalogada oficialmente como "mascota pirata".

El Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) confirmó la orden: el ajolote debe desaparecer antes del inicio del torneo y será sustituido por Zayu, el jaguar oficial que FIFA registró como una de las tres mascotas autorizadas para la Copa del Mundo. En su propia ciudad, México no puede decidir qué símbolos exhibir.

La ironía es brutal: mientras Clara Brugada promovía la "ajolotización" de la capital —desde camiones del transporte público hasta campañas institucionales— FIFA ejercía un control absoluto sobre lo que puede o no aparecer en los "perímetros de exclusividad" alrededor de los estadios sede. El anfibio endémico en peligro de extinción que habita los canales de Xochimilco no tiene cabida en un evento que se celebra en su propio hábitat.

II. El verdadero negocio: 357 marcas registradas

FIFA tiene registradas 357 marcas para la Copa Mundial 2026. Cada logo, cada símbolo, cada palabra asociada al torneo está protegida por candados legales que convierten ciudades enteras en zonas de exclusividad comercial. Solo espacios avalados por FIFA pueden transmitir partidos o usar marcas oficiales; el resto enfrenta sanciones por "uso comercial no autorizado".

Esta maquinaria de control no se limita a mascotas. El estadio que durante décadas se llamó Azteca y que ahora luce el nombre "Banorte" tras un contrato millonario, debe eliminar ese cartel gigante de su fachada durante el Mundial. Durante el torneo se llamará "Estadio Ciudad de México", nombre aséptico que borra identidad y patrocinios locales por igual.

El mensaje es claro: durante la Copa del Mundo, las ciudades sede no se pertenecen a sí mismas. Son escaparates temporales donde solo la estética, los símbolos y los negocios autorizados por FIFA tienen derecho a existir.

III. Lo que sí permite FIFA: gentrificación y despojo

Mientras el ajolote queda fuera por "pirata", FIFA no tiene problema con otros fenómenos que el Mundial acelera:

Desalojos sistémicos: Desde diciembre de 2025, manifestantes denuncian un aumento "acelerado" de desplazamientos forzados en zonas céntricas de CDMX, atribuidos directamente a la preparación para el Mundial. Organizaciones LGBT+ documentaron una "limpieza social" en Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara.

Especulación inmobiliaria brutal: Las rentas en colonias cercanas al Estadio Azteca aumentaron hasta 155%. Vecinos de Santa Úrsula Coapa, Coyoacán y Tlalpan reportan incrementos reales que los obligan a abandonar sus hogares. El predial subió hasta 30% en 17 colonias periféricas al estadio.

Turistificación por Airbnb: La proliferación de alojamientos temporales presiona a inquilinos tradicionales a irse. Investigadores de la UNAM alertan que la llegada masiva de nómadas digitales y el auge de plataformas de hospedaje temporal elevan exponencialmente el riesgo de gentrificación.

Crisis hídrica agravada: Mientras se embellece el estadio y se construyen desarrollos inmobiliarios irregulares, vecinos reportan que la infraestructura de agua se prioriza para hoteles mientras el desabasto persiste en hogares. "Mientras se embellece el estadio, nosotros seguimos lidiando con la escasez de agua y el aumento desproporcionado de las rentas", denunció un representante vecinal.

IV. El discurso oficial vs. la realidad

Clara Brugada prometió un "remozamiento global" de la CDMX que incluye intervenciones en Garibaldi, Xochimilco, Zona Rosa y Centro Histórico, además de 150 esculturas de "arte verde" en 90 puntos de la ciudad. El gobierno invierte en ciclovías, renovación del Tren Ligero y calzadas flotantes peatonales.

Lo que el discurso oficial presenta como "dinamismo económico" y modernización, organizaciones sociales lo denuncian como despojo sistemático. Luis Alberto Salinas, investigador del Instituto de Geografía de la UNAM, advierte sobre especulación inmobiliaria, desplazamiento poblacional y problemas ambientales directamente causados por el Mundial.

Colectivos defensores del derecho a la vivienda llamaron explícitamente a boicotear el Mundial 2026, advirtiendo que el evento acelera procesos de gentrificación y despojo en la capital. "El mundial no puede convertirse en un pretexto para el despojo", exigen residentes que ven cómo su ciudad se transforma para beneficio de quienes vendrán por tres semanas y se irán.

V. La paradoja del símbolo

Hay una ironía profunda en que FIFA expulse al ajolote —especie endémica en peligro crítico de extinción que habita únicamente en los canales de Xochimilco— mientras el Mundial acelera procesos que amenazan precisamente ese ecosistema. El anfibio real enfrenta extinción por contaminación, urbanización descontrolada y crisis hídrica. El ajolote de fibra de vidrio es expulsado por no pagar derechos comerciales a una corporación suiza.

La mascota oficial "Zayu", el jaguar que sustituirá al ajolote representa todo menos lo local: es un diseño corporativo producido en serie para consumo global. No importa que el jaguar no habite naturalmente en la cuenca de México. Lo que importa es que FIFA lo autorice.

VI. Cierre: ¿De quién es la ciudad durante el Mundial?

Cuando una organización internacional puede determinar qué símbolos culturales puede exhibir un país en su propio territorio, cuando las rentas se disparan 155% desplazando a residentes de generaciones, cuando el agua escasea para familias, pero fluye para desarrollos hoteleros, cuando vecinos son desalojados para "embellecer" rutas turísticas, la pregunta incómoda emerge: ¿de quién es la Ciudad de México durante el Mundial 2026?

El ajolote expulsado no es una anécdota pintoresca sobre burocracia deportiva. Es el símbolo perfecto de un modelo donde lo local, lo endémico y lo comunitario ceden ante la lógica corporativa global. FIFA registró 357 marcas para controlar cada aspecto comercial del torneo, pero no registró ninguna responsabilidad por el desplazamiento, la especulación y el despojo que su evento cataliza.

Mientras el anfibio de fibra de vidrio es retirado por "pirata", miles de familias son expulsadas de sus hogares por un proceso que nadie llama así, pero que huele exactamente igual: a despojo legal disfrazado de progreso.

lunes, 25 de mayo de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026: Cierto olor a podrido

Cuando el espectáculo global intenta ocultar las grietas

Por José Rafael Moya Saavedra

En 2026 el mundo verá a México. Verá estadios renovados, pantallas monumentales, zonas de fans, aeropuertos llenos, promocionales turísticos, drones recorriendo ciudades maquilladas para la transmisión internacional. Verá un país que intentará proyectar modernidad, estabilidad y control.

Porque un Mundial no es solamente futbol. Es una operación global de percepción. Y precisamente por eso resulta inquietante lo que empieza a sentirse detrás del espectáculo: cierto olor a podrido.

No se trata del deporte. Ni de la afición. Ni de la fiesta que inevitablemente genera una Copa del Mundo. Se trata de otra cosa: del viejo hábito institucional de esconder fragilidades detrás de eventos espectaculares.

La vitrina perfecta

Los mega eventos sirven para construir narrativas nacionales. Eso ocurrió en Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Catar 2022. Y México no será la excepción. La Copa del Mundo FIFA 2026 servirá para vender gobernabilidad, capacidad logística, seguridad, resiliencia, competitividad y fortaleza institucional. Todo deberá funcionar. O al menos aparentarlo. Porque los mega eventos tienen una lógica muy clara: la percepción internacional no puede romperse. Aunque la realidad sí.

El partido que nadie está mirando

El 23 de junio de 2026 Guadalajara recibirá un partido de fase de grupos particularmente simbólico: Colombia contra el ganador del repechaje intercontinental, donde aparece la posibilidad de participación de la República Democrática del Congo.

En apariencia será solamente otra noche mundialista. Pero fuera del estadio se desarrollará una operación mucho menos visible: la vigilancia epidemiológica internacional. Y eso cambia completamente la lectura del evento.

Porque el 16 y 17 de mayo de 2026 la Organización Mundial de la Salud declaró Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional por el brote de Ébola Bundibugyo en República Democrática del Congo y Uganda. Una cepa particularmente delicada: sin vacuna autorizada, sin tratamiento antiviral específico aprobado, y con antecedentes de alta letalidad.

En respuesta, México activó vigilancia epidemiológica reforzada, avisos preventivos de viaje y protocolos especiales de monitoreo sanitario. No por paranoia. Por cálculo de riesgo.

La otra cara del Mundial

Mientras FIFA prepara ceremonias, transmisiones y zonas VIP, las autoridades sanitarias de Jalisco incrementaron 50% el personal de Sanidad Internacional en aeropuertos y puertos de entrada. Médicos, epidemiólogos y especialistas comenzaron a aplicar cuestionarios sanitarios, revisiones clínicas y protocolos de detección temprana. Además, hospitales de Guadalajara habilitaron áreas específicas de aislamiento para posibles casos sospechosos.

El problema es que toda esa operación invisible revela algo incómodo: detrás del espectáculo existe miedo institucional. Porque cuando un país necesita reforzar vigilancia extraordinaria para proteger un megaevento, significa que incluso el propio gobierno reconoce sus vulnerabilidades. Aunque públicamente hable de control.

"Estamos preparados"

El discurso oficial insiste en ello. "México está preparado y vigilante", declaró la Secretaría de Salud federal al activar protocolos nacionales. Y técnicamente hay razones para sostener parte de esa afirmación.

México cuenta con manuales clínicos, protocolos de aislamiento, lineamientos de bioseguridad, laboratorios de referencia y experiencia acumulada tras el COVID-19. Pero la verdadera pregunta no es si existen documentos. La pregunta es si existe capacidad estructural suficiente para sostener una emergencia compleja bajo presión internacional. Y ahí empiezan las grietas.

El problema no es el virus. Es la estructura.

El propio análisis técnico deja ver varias limitaciones críticas. México no cuenta con una red nacional formal de unidades hospitalarias de aislamiento de alto nivel comparables con estándares internacionales como EUNID o NETEC. No existe información pública clara sobre el número real de camas con presión negativa, la capacidad simultánea de atención, los tiempos de activación ni la cobertura nacional efectiva. La infraestructura especializada parece depender más de adaptaciones hospitalarias temporales que de una arquitectura permanente de bioseguridad.

Y entonces aparece la contradicción más incómoda del Mundial 2026: México quiere proyectar imagen de potencia organizativa global mientras todavía enfrenta fragilidades básicas en resiliencia sanitaria avanzada.

Estadios blindados. Ciudades vulnerables.

FIFA puede blindar estadios. Pero no puede blindar aeropuertos, hoteles, transporte público, hospitales, corredores turísticos ni cadenas humanas de movilidad internacional. Un estadio puede controlarse durante noventa minutos. Una ciudad no. Y mucho menos un país atravesado por desigualdades estructurales en salud, infraestructura y coordinación institucional.

Por eso el verdadero debate no es si llegará o no una emergencia sanitaria durante el Mundial. La pregunta real es otra: ¿qué tan resistente es el sistema mexicano fuera de la escenografía?

El maquillaje del riesgo

Los gobiernos modernos aprendieron algo: la percepción internacional importa tanto como la capacidad real. Por eso los mega eventos suelen producir una peligrosa ilusión de fortaleza. Se remodelan zonas específicas, se blindan corredores, se concentran recursos, se aceleran obras, se despliegan operativos. Pero muchas veces el objetivo principal no es resolver vulnerabilidades. Es administrarlas visualmente.

Y ahí aparece ese olor difícil de ignorar: el olor de la simulación, la opacidad, la improvisación maquillada de eficiencia y la narrativa política construida para televisión internacional.

El verdadero riesgo

Quizá el mayor riesgo del Mundial 2026 no sea el Ébola. Ni siquiera una eventual importación de casos. El verdadero riesgo es creer que organizar un espectáculo global equivale automáticamente a tener instituciones sólidas. Porque los estadios pueden inaugurarse en tiempo récord. La resiliencia nacional no.

Cuando el mundo llegue a México en 2026, no solo observará partidos. También observará hospitales, aeropuertos, capacidad de respuesta, coordinación gubernamental, manejo de crisis, transparencia y fortaleza institucional real.

Porque los mega eventos no eliminan los riesgos. Solamente los iluminan más. Y a veces, justo detrás de las luces más intensas, es donde primero aparece cierto olor a podrido.

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martes, 19 de mayo de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026: Cierto olor a podrido

La explotación laboral detrás de la fiesta global

Por Jose Rafael Moya Saavedra

La ciudad se prepara para el Mundial.

Las pantallas anuncian modernidad.
Los renders prometen movilidad.
Las conferencias hablan de:

•turismo,

•inversión,

•empleos,

•transformación urbana,

•y "la mejor Copa del Mundo de la historia".

Pero debajo de la pintura fresca, del concreto recién vaciado y de las lonas con logotipos internacionales, comienza a sentirse algo más viejo y más conocido: cierto olor a podrido.

Porque mientras FIFA vende espectáculo global, en las entrañas de las obras aparecen señales que recuerdan demasiado a otras historias donde el futbol se volvió negocio... y los trabajadores simples piezas reemplazables. 

 La gran promesa: "el Mundial de los derechos"

Después del escándalo internacional de Qatar 2022, el discurso cambió.

Ahora se habla de:

•derechos humanos,

•supervisión laboral,

•Estándares internacionales,

•inclusión,

•Trabajo digno.

La Secretaría del Trabajo y Fomento al Empleo de la CDMX lanzó incluso campañas con frases como: "Las manos que construyen la ciudad tienen derechos."

Pero el problema de los grandes eventos nunca ha sido el discurso.

El problema siempre aparece cuando uno baja:

del palco a la obra,

•de la conferencia al andamio,

•del render al polvo. 

El reloj como maquinaria de presión

El Mundial no admite retrasos.

Y ahí comienza el verdadero problema.

Porque las obras:

•del Estadio Banorte,

•de la Línea 2 del Metro,

•del AICM,

•de Tlalpan,

•del Tren Ligero,

•y de corredores de movilidad, están trabajando contra el tiempo.

Y cuando el tiempo se comprime:

•las jornadas se alargan,

•la supervisión disminuye,

•los subcontratos se multiplican,

•y los derechos laborales se vuelven "variables operativas".

 

El Estadio Banorte: la vitrina y la sombra

El caso más simbólico está en el antiguo Estadio Azteca.

El recinto donde iniciará el Mundial también podría convertirse en uno de los mayores símbolos de precarización laboral del torneo.

Las cifras impresionan:

•más de 2,000 empleos directos,

•más de 1.4 millones de horas-hombre trabajadas,

•remodelación multimillonaria,

y un estadio prácticamente terminado.

Pero detrás del avance físico comenzaron a surgir denuncias:

•jornadas sin descanso,

•presiones para trabajar fuera de horario,

•despidos por grabar condiciones internas,

•y opacidad frente a observadores internacionales.

La Internacional de Trabajadores de la Construcción y la Madera denunció que FIFA negó inicialmente el acceso a inspecciones independientes. La Internacional de Trabajadores de la Construcción y la Madera (BWI/ICM) denunció que en marzo de 2025 la FIFA le negó el acceso para realizar inspecciones independientes; el ingreso solo se concedió cuatro meses después, el 9 de julio de 2025, tras presión mediática y sindical.

Y entonces apareció una de las frases más incómodas de todo el proceso:

"¿Debemos esperar a que alguien muera? ¿Deberíamos esperar a que alguien muera?" — Ambet Yuson, secretario general de la ICM.

 

El Mundial de los millones... y los salarios de 300 pesos

La contradicción resulta brutal.

Mientras FIFA proyecta ingresos cercanos a: 10.9 mil millones de dólares, 10.9 mil millones de dólares (estimación de Sports Value para el Mundial 2026; el presupuesto oficial de la FIFA proyecta ~8.9 mil millones USD para 2026 y ~13 mil millones para el ciclo 2023-2026), y boletos de final superiores a 6,000 dólares, en las obras aparecen contratos colectivos con salarios máximos cercanos a 300 pesos diarios. 300.84 pesos diarios (tabulador máximo del CCT CATEM-ICA en el Estadio Banorte).

 

Cuadro comparativo

Mundial multimillonario vs condiciones laborales

Indicador

Mundial 2026

Realidad laboral documentada

Ingresos FIFA proyectados

10,9 millones millones USD

Salarios máximos de ~300 pesos diarios

Final de boletos

+6.000 USD

Trabajadores sin contrato formal

Estadios inteligentes

Remodelaciones aceleradas

Jornadas extendidas y presión por plazos

Discurso de derechos humanos

Campañas institucionales

Bloqueo inicial a inspecciones independientes

Promesa de empleo formal

130.000 empleos anunciados

+60% de informalidad en construcción

 

La ciudad de los derechos... construida con trabajadores invisibles

La narrativa oficial insiste en que la CDMX será ejemplo internacional.

Pero el propio Congreso capitalino reconoció en 2026 que: "no existe claridad" sobre las acciones laborales específicas vinculadas al Mundial.

Mientras tanto:

•trabajadores renuncian por falta de pago en Línea 2,

•obreros duermen en el suelo en Tlalpan,

•el AICM trabaja entre polvo y obras inconclusas,

•y las inspecciones laborales parecen llegar siempre después de la denuncia.

 

El verdadero riesgo del Mundial

No es solamente:

•El Caos vial,

•La seguridad,

•o la sobreventa turística.

El verdadero riesgo es moral.

Porque el Mundial 2026 parece estar mostrando algo profundamente contemporáneo: la transformación del trabajador en una pieza desechable del espectáculo global.

Y quizá ahí está el verdadero vínculo con Qatar.

No en los estadios.

No en el clima.

No en la geografía.

Sino en la lógica.

 

La lógica del mega evento

La lógica donde:

•el calendario vale más que el descanso,

•la entrega importa más que la supervisión,

el marketing pesa más que la transparencia,

•y el espectáculo necesita avanzar aunque abajo del escenario alguien esté trabajando agotado, endeudado o invisible.

 Lo más inquietante

Tal vez el Mundial 2026 no será recordado solamente por:

•Goles,

•estadios,

•o récords de audiencia.

Tal vez también será recordado por la pregunta que nadie quiere hacer demasiado fuerte:

¿Quién paga realmente el costo humano de la fiesta global?

Porque mientras el balón empieza a rodar, hay trabajadores que siguen cargando concreto, respirando polvo, y tratando de sobrevivir dentro de una maquinaria que ya aprendió a convertir hasta la pasión futbolera en un modelo industrial de explotación elegante.

Y sí.

Empieza a sentirse,
otra vez,
cierto olor a podrido.

 

 

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