miércoles, 13 de mayo de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026 y malestar mexicano

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Hay momentos en la vida pública en los que el decorado no alcanza. Se cambian luminarias, se pintan bardas, se re-encarpetan avenidas y se inauguran líneas de transporte como si el país fuera un escenario que solo requiere mejores luces. El Mundial 2026 parece construirse bajo esa lógica: una operación de iluminación a gran escala. Pero debajo del asfalto recién extendido y de las campañas de “país anfitrión responsable”, persiste algo que no termina de disiparse. No es solamente el desgaste urbano ni el transporte saturado. Es el sedimento del malestar acumulado, de las cuentas pendientes con los vivos y con los muertos, de una violencia y una desigualdad que no caben en los videos promocionales.

Mientras la narrativa oficial intenta vender el torneo como un parteaguas —la oportunidad de “lavar la imagen”, atraer inversiones y demostrar que México puede organizar eventos de primer mundo—, otra línea de tiempo corre en sentido contrario. Transportistas anuncian bloqueos; campesinos preparan nuevos paros; maestras y maestros discuten en asambleas si el balón rodando debe entenderse como tregua o como momento de presión; madres buscadoras miran el calendario de partidos con el ojo clínico de quien ha aprendido a detectar cuándo el país, aunque sea por unos segundos, voltea hacia lo que normalmente prefiere ignorar.

El Mundial, más que una fiesta, comienza a perfilarse como una vitrina en disputa. Y la pregunta ya no es si permitirá mostrar un México moderno, sino cuánto de las fisuras del país terminará filtrándose por las grietas del espectáculo.

En la sala de espera del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, una madre buscadora mira dos pantallas al mismo tiempo. En una, los comentaristas ensayan la alineación de México para el partido inaugural; en la otra, casi sin volumen, aparece la nota sobre una fosa recién localizada en el estado donde desapareció su hijo. A su alrededor hablan del clima, del estadio, de si la selección llegará bien. Ella no levanta la vista cuando anuncian la ceremonia inaugural. Extiende sobre sus piernas la fotografía plastificada de su muchacho y la limpia despacio, con el mismo cuidado con el que otros limpian la pantalla del teléfono antes de grabar el primer gol.

Guadalajara, por ejemplo, no puede entenderse únicamente en clave de postal futbolera. La ciudad lleva años funcionando como laboratorio de violencia y control territorial. La escena se repite: un operativo contra un grupo criminal, vehículos incendiados en los accesos metropolitanos, transporte público suspendido, ciudadanía encerrada en casa mientras circulan videos de narcobloqueos. La sede mundialista no se levanta en un vacío, sino sobre esa memoria inmediata de parálisis inducida.

Cada anuncio de partido y cada video promocional de la FIFA con drones sobrevolando el Estadio Akron convive con otra imagen: la de una ciudad sitiada por actores que no necesitan boletos ni acreditaciones para alterar la narrativa internacional.

A unas cuadras del Estadio Azteca, en Santa Úrsula Coapa, unos niños juegan una cascarita entre bardas desconchadas cubiertas por anuncios del Mundial. El balón rebota contra un póster donde un jugador sonríe bajo el eslogan “Aquí se hace historia”. Del otro lado de la calle, varios vecinos cuelgan una manta improvisada: “No al desalojo por el estadio”. El partido continúa como si nada. Pero cada vez que la pelota golpea la barda, el eco parece repetir la misma palabra: fuera.

En la Ciudad de México la tensión adquiere otra forma. Aquí el riesgo principal no son convoyes armados incendiando carreteras, sino la acumulación de agravios sociales que convergen exactamente en el mismo espacio que el gobierno pretende convertir en escaparate global. El Estadio Azteca y sus alrededores —colonias presionadas por el aumento de rentas, comercios desplazados por obras, vialidades alteradas al ritmo de la industria del espectáculo— se han convertido en un ensayo general intensivo de gentrificación legitimada bajo el discurso del legado urbano.

Mientras el relato oficial habla de modernización, movilidad y desarrollo, en la vida cotidiana aparecen desalojos silenciosos, pérdida de vivienda accesible y crisis de agua cada vez más visibles. No se trata realmente de pacificar la ciudad; se trata de encapsular el Mundial.

En una vecindad de Pedregal de Santa Úrsula, la televisión transmite imágenes en 4K del Estadio Azteca iluminado: drones sobrevolando el inmueble, fuegos artificiales, tomas cerradas sobre las nuevas butacas. En el patio, una manguera pinchada deja caer un hilo de agua sobre cubetas alineadas. Una mujer comenta que “qué bonito se ve el estadio”, mientras calcula si el tinaco alcanzará para el resto de la semana. La ceremonia de inauguración avanza en la pantalla; el agua, en cambio, se corta sin previo aviso.

Ahí se cruzan las marchas feministas que denuncian desapariciones y violencia de género con las protestas de vecinos desplazados por el encarecimiento de la zona, y con las madres buscadoras que colocan fichas de sus hijos desaparecidos a unos metros de los accesos al coloso de Santa Úrsula. La fiesta, si ocurre, transcurre entre cercos, vallas, retenes y rutas alternas. Es un Mundial atravesado por bloqueos, plantones y protestas estratégicas; un torneo que difícilmente conseguirá expulsar el conflicto hacia los márgenes porque el propio dispositivo del espectáculo necesita ocupar el corazón político y emocional de la ciudad.

Lo que aparece deteriorado no es el futbol en sí mismo. Un Mundial no deja de ser una excusa, un amplificador de tensiones previas. Lo que aflora es la distancia entre la promesa y la experiencia cotidiana. Se prometió pacificación y llegó la normalización de los muertos y desaparecidos. Se ofreció combatir la corrupción y terminó consolidándose una nueva arquitectura de impunidad selectiva. Bajo la consigna de poner a 'los pobres primero”

En ese contexto, utilizar el Mundial como escenario de protesta deja de parecer un capricho y se convierte en una lectura lúcida de cómo funciona la atención en el capitalismo contemporáneo. Los movimientos sociales saben que una marcha más puede diluirse en la rutina informativa. En cambio, una protesta frente al estadio el día inaugural, un bloqueo carretero durante la llegada de selecciones o un performance de madres buscadoras en una fan zone tienen la capacidad de romper la burbuja mediática global.

El cálculo es sencillo: si el Estado decide concentrar recursos simbólicos, económicos y de seguridad en el espectáculo, entonces ese mismo espectáculo se convierte en el punto de máxima vulnerabilidad política.

El gobierno, mientras tanto, juega en dos tableros simultáneos. En el primero, el de la comunicación política, insiste en que el Mundial representa confianza internacional, modernidad y estabilidad. En el segundo, el de la operación cotidiana, debe negociar con transportistas, contener conflictos magisteriales, administrar tensiones territoriales y enfrentar organizaciones criminales cuya capacidad de paralizar regiones enteras sigue intacta.

Ahí aparece otra forma de descomposición: la fragilidad de una gobernabilidad sostenida muchas veces en pactos informales, negociaciones de emergencia y la esperanza de que nada estalle justo cuando las cámaras del mundo estén encendidas.

La experiencia internacional muestra que esta tensión no es exclusiva de México. Brasil 2014 vivió protestas masivas contra el gasto público y la desigualdad bajo la consigna “No son solo 20 centavos”; en Sudáfrica 2010 la discusión giró en torno a pobreza, desplazamiento urbano y violencia; en Qatar 2022 las críticas se concentraron en derechos laborales y control político. Los mega eventos rara vez borran los conflictos estructurales: normalmente los iluminan.

En México, sin embargo, la fractura adquiere una dimensión particularmente dolorosa por la convivencia permanente entre celebración y duelo. Organizar una fiesta global mientras persiste una crisis de desapariciones no resuelta implica apostar por una especie de anestesia colectiva. Se pide a la sociedad “voltear a ver lo positivo”, como si la alegría y la indignación fueran emociones incompatibles.

Pero las calles suelen desmentir ese guion. Es posible celebrar un gol y, al mismo tiempo, recordar que existen cuerpos sin identificar, carpetas sin investigar y familias que siguen buscando en fosas clandestinas mientras en otra parte se ensaya una ceremonia de inauguración.

Quizá el verdadero ensayo general no sea el de los equipos afinando tácticas en la cancha, sino el de una sociedad ensayando nuevas formas de hacerse visible frente al espectáculo. Lo que está en juego no es solamente si el Mundial “saldrá bien” a ojos de la FIFA y los patrocinadores, sino qué lectura hará la ciudadanía de este experimento de país-escaparate.

Si el torneo terminará siendo recordado como un paréntesis eufórico que no modificó nada, o como el momento en que distintas luchas encontraron un territorio compartido para escribir sus agravios sobre la misma pantalla global.

En esa ambivalencia se moverá el México del Mundial 2026: entre la promesa de fiesta y la persistencia del duelo, entre la operación de imagen y la operación de memoria. El balón, cuando ruede, no borrará las ausencias ni silenciará el rumor subterráneo del enojo. Más bien podría amplificarlos.

Y quizá ahí se encuentra el verdadero problema del decorado: por más luces que se enciendan y por más banderas que se cuelguen, hay fisuras del país que ya no aceptan permanecer fuera de cuadro.

 

 

Anexo

Radiografía del conflicto alrededor del Mundial 2026

Si todo esto parece demasiado abstracto, basta mirar con lupa quiénes están alzando la voz y cómo han decidido usar el Mundial como palanca. Detrás de cada escena —la madre en el aeropuerto, la cascarita en Santa Úrsula, la vecindad sin agua— hay organizaciones, agendas, calendarios y territorios concretos. Lo que sigue no es un inventario neutro, sino la radiografía de ese sistema de presiones que intenta colarse en la toma abierta del espectáculo

Lo que aparece en las calles no son protestas aisladas, sino un sistema de presión distribuido donde distintos actores han identificado el Mundial como un momento óptimo de visibilidad política, negociación y disputa por la narrativa pública.

La siguiente matriz resume actores, demandas, tácticas, territorios y momentos críticos que podrían converger durante el torneo.

 

Vista en conjunto, la matriz deja una conclusión incómoda: el problema no es únicamente la posibilidad de protestas durante el Mundial, sino la coexistencia entre una operación global de espectáculo y una sociedad que sigue intentando hacerse escuchar entre desapariciones, desigualdad, violencia y despojo.

El balón puede ordenar el calendario. Lo que no garantiza es el silencio.

 


OTRA PERSPECTIVA

Ya nos lo habían advertido: hantavirus, distopía y la costumbre de ignorar las señales

Por José Rafael Moya Saavedra

Abril y mayo de 2026 devolvieron a la conversación pública una palabra que parecía reservada para boletines epidemiológicos, tesis de virología o memorias regionales del miedo: hantavirus. El detonante fue un brote asociado a un crucero que había zarpado desde Ushuaia y que, conforme avanzó el viaje, fue dejando a su paso síntomas, evacuaciones, confirmaciones de laboratorio, muertes y una secuencia de comunicados oficiales que intentaban contener algo más difícil que el virus mismo: la imaginación social del desastre. La Organización Mundial de la Salud y el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades insistieron en que no se trataba del inicio de una nueva pandemia y que el riesgo para la población general era muy bajo, pero la sola necesidad de repetirlo reveló el tamaño de la ansiedad acumulada.

Lo inquietante no fue solamente el brote, sino la familiaridad de la escena. Otra vez apareció la pedagogía tardía de las autoridades, la inflación mediática de las hipótesis, la circulación de bulos y la súbita sorpresa de un mundo que lleva décadas recibiendo advertencias sobre zoonosis, deterioro ambiental, vigilancia epidemiológica insuficiente y sistemas sanitarios que reaccionan mejor a la crisis que a la prevención. El hantavirus, por su escala y sus particularidades, no era el apocalipsis; era algo más perturbador: la prueba de que el desorden contemporáneo ya no necesita catástrofes absolutas para exhibir su fondo distópico.

El regreso del aviso

El episodio de abril y mayo tuvo un componente dramático evidente: un crucero, pasajeros confinados, sospechas de contagio, laboratorios en varios países, desembarcos vigilados y una cronología internacional que parecía escrita por una ficción de anticipación. Según la OMS y el ECDC, el foco se vinculó a una cepa Andes, la variante de hantavirus conocida por haber mostrado transmisión entre personas en circunstancias concretas y cercanas, aunque la vía principal de contagio siga siendo la exposición a secreciones y excretas de roedores infectados. La historia, por ello, se movió en una zona ambigua y poderosa para la escritura: lo bastante real para obligar a la cautela, lo bastante excepcional para activar imaginarios de contagio expansivo.

La ciencia hacía tiempo que había emitido sus advertencias. Los hantavirus no son nuevos, su relación con reservorios animales está documentada desde hace décadas y su control depende de vigilancia ambiental, reducción de exposición a roedores, saneamiento de espacios cerrados y capacidad oportuna de detección clínica y laboratorial. Incluso en mayo, en medio del ruido, los mensajes institucionales siguieron siendo notablemente sobrios: evitar alarmismo, vigilar contactos estrechos, reforzar prevención y recordar que no había evidencia de una transmisibilidad semejante a la del SARS-CoV-2. El problema, entonces, no fue la ausencia de conocimiento sino la forma en que las sociedades administran la advertencia: la escuchan como si se tratara de un género literario, no de un mandato político.

La distopía no llega: se normaliza

Las grandes distopías no suelen comenzar con explosiones espectaculares, sino con una degradación progresiva de lo visible. Primero se vuelve normal escuchar que hay riesgos estructurales; después se vuelve normal no hacer nada; finalmente se vuelve normal vivir dentro de las consecuencias y llamar excepcional a lo que ya era previsible. El hantavirus encaja con precisión en esa lógica. No porque su brote reciente anuncie por sí mismo un colapso global, sino porque muestra cómo el mundo contemporáneo ha convertido la prevención en una retórica secundaria frente a la movilidad masiva, la devastación de hábitats, la precarización sanitaria y la administración mediática del miedo.

CNN destacó que la destrucción de hábitats y el cambio climático contribuyen al aumento de casos en Argentina, conectando la enfermedad con modificaciones ecológicas de largo plazo y no sólo con accidentes individuales. Esa observación altera por completo el marco moral del problema. Si la zoonosis se relaciona con transformaciones ambientales inducidas por los propios modelos de desarrollo, entonces el brote deja de ser una anomalía biológica y pasa a ser un síntoma político. La distopía, en ese punto, no reside en el virus, sino en el ecosistema social que necesita destruir condiciones de equilibrio para luego sorprenderse por sus efectos.

La otra cara de esa normalización es informativa. El País, Milenio y otros medios registraron cómo, junto al seguimiento del brote, resurgieron conspiraciones, analogías automáticas con la pandemia de COVID-19 y contenidos falsos que presentaban al hantavirus como una amenaza global inminente o como un secreto deliberadamente ocultado. En ese ecosistema, la mentira no compite con la verdad: la desgasta. La población recibe al mismo tiempo datos precisos y ficciones virales; el resultado es una mezcla de hipervigilancia emocional y parálisis racional. Ninguna imagen distópica necesita más que eso: una sociedad informada y desorientada a la vez.

Además, conviene ampliar la reflexión sobre la instrumentalización política del miedo. En el imaginario audiovisual, The X-Files convirtió el virus en una figura de sospecha estatal: no solo una amenaza biológica, sino un dispositivo narrativo capaz de justificar excepciones, opacidad y concentración de poder. Kurtzweil introduce precisamente esa torsión: la crisis sanitaria puede leerse como coartada para decisiones extraordinarias, para la suspensión práctica de libertades y para la expansión de aparatos de control. Esa intuición, aun formulada desde la ficción conspirativa, resulta útil como advertencia crítica: cuando el miedo organiza la política, la emergencia corre el riesgo de volverse método. La pregunta de fondo no es únicamente quién produce la amenaza, sino quién administra sus efectos, quién capitaliza el pánico y qué salvaguardas democráticas se erosionan mientras la población acepta medidas excepcionales como si fueran inevitables

Los libros ya habían escrito esta escena

La literatura de pandemias y catástrofes lleva mucho tiempo explicando que las enfermedades importan menos por su biología que por lo que revelan acerca del orden social. En La peste, Albert Camus muestra una ciudad que tarda en reconocer el desastre y una comunidad obligada a medir su ética en medio del encierro, la estadística y la fatiga moral. No es una novela sobre un patógeno concreto, sino sobre la resistencia frente a la costumbre de negar lo que ya estaba frente a los ojos. Su enseñanza para leer el hantavirus hoy es directa: los brotes exponen menos la maldad de la naturaleza que la fragilidad ética de las instituciones y de los hábitos colectivos.

Station Eleven, de Emily St. John Mandel, plantea otra lección: después de la disrupción sanitaria, lo que sobrevive no es sólo la infraestructura, sino la cultura, la memoria y la necesidad de darle forma narrativa a la pérdida. Su potencia no radica en pronostícar una pandemia concreta, sino en comprender que, tras el colapso, lo decisivo no es únicamente cuántos mueren sino qué tipo de comunidad puede imaginarse entre los restos. Leída desde el episodio del hantavirus, la novela recuerda que la prevención también es una práctica cultural: sociedades que desprecian la memoria de sus vulnerabilidades se condenan a vivir cada advertencia como si fuera la primera.

Severance, de Ling Ma, ofrece una variación decisiva para este ensayo. Allí la enfermedad convive con la burocracia, el automatismo laboral y la repetición de rutinas vaciadas de sentido, como si el verdadero contagio fuese la imposibilidad de interrumpir el sistema incluso cuando ya se ha vuelto absurdo. Esa es quizá la imagen más fiel del presente: se emiten alertas, se publican protocolos, se multiplican estudios, y aun así la maquinaria material del mundo —turismo, logística, negocios, comunicación en tiempo real— sigue operando como si la advertencia fuera un mero ruido de fondo.

En el cine, Contagion de Steven Soderbergh sigue siendo una referencia porque dramatiza con notable realismo la cadena completa del brote: rastreo, incertidumbre, rumor, desesperación política y búsqueda de una respuesta científica. Aunque no trate de hantavirus, resulta útil porque revela la gramática del miedo contemporáneo: el problema nunca es sólo el virus, sino la velocidad con la que la información, la desconfianza y el deseo de culpables viajan junto con él. Esa misma gramática se activó en mayo de 2026, cuando el brote del crucero fue narrado tanto como evento sanitario como presagio emocional.

En síntesis, estos libros y películas no "predijeron" el hantavirus. Hicieron algo más valioso: describieron la arquitectura emocional, política y simbólica en la que cualquier brote termina siendo leído. Ya nos habían advertido que las epidemias no sólo enferman cuerpos; también exponen sistemas de desigualdad, erosionan pactos de confianza y vuelven visible la precariedad de las sociedades que prefieren reaccionar antes que prevenir.

Hantavirus como espejo del presente

El hantavirus posee rasgos que lo vuelven especialmente fértil para un ensayo distópico. Su asociación con roedores lo sitúa en el cruce entre vivienda, basura, abandono territorial y desequilibrio ecológico; su letalidad potencial lo vuelve dramático; y su relativa baja frecuencia lo hace ideal para el tipo de miedo que no se instala por saturación sino por irrupción. No es el virus omnipresente, sino el recordatorio de que los bordes del sistema —puertos, bodegas, casas cerradas, periferias urbanas, trayectos turísticos— siguen produciendo amenazas que la fantasía de control tecnocrático no logra domesticar del todo.

Además, la discusión pública reciente mostró otra constante de época: la necesidad compulsiva de comparar cualquier foco infeccioso con la última gran catástrofe global. Los desmentidos oficiales repitieron que el hantavirus no se transmite como la COVID-19 y que no había elementos para hablar de pandemia, precisamente porque el público y los medios leyeron el episodio a través del trauma reciente. El presente, así, queda atrapado entre dos deformaciones: subestimar los riesgos hasta que estallan o magnificarlos hasta volver imposible la comprensión serena. Ese péndulo también es distópico, porque incapacita para la política razonable y nos condena a la alternancia entre negligencia y sobresalto.

México reaccionó, como otros países, con avisos epidemiológicos y llamados a fortalecer la detección de posibles casos, recordando que la prevención requiere capacidad estatal y no sólo información pública. El dato es importante porque desplaza la reflexión del terreno abstracto al institucional. No basta con saber que existen zoonosis; hace falta traducir ese saber en vigilancia, laboratorios, protocolos de puertos y aeropuertos, saneamiento y pedagogía pública sostenida. Cuando esas tareas llegan tarde o se viven como trámites secundarios, la advertencia científica se transforma en materia literaria: ya no actúa como prevención, sino como archivo de lo que no se quiso hacer.

Nuestro comentario: la advertencia no era profecía, era programa de acción

La tentación de escribir sobre hantavirus en clave distópica puede llevar a un error: convertir el brote en metáfora pura y olvidar su dimensión material. El desafío consiste en hacer lo contrario. No usar la distopía para exagerar el miedo, sino para leer con mayor nitidez los mecanismos mediante los cuales una sociedad vuelve tolerable lo evitable. Si "ya nos lo habían advertido", esa frase no debe leerse como lamento retrospectivo, sino como acusación contra una cultura política que administra los avisos científicos como si fueran piezas de opinión.

Las obras mencionadas enseñan algo en común: las crisis sanitarias no inventan el desorden, lo revelan. Camus muestra la negación; Mandel, la necesidad de memoria; Ling Ma, la automatización del absurdo; Contagion, la interdependencia entre ciencia, rumor y poder. Leídas a la luz del brote de abril y mayo, esas obras convergen en una idea central: el verdadero fracaso no es no haber previsto el nombre exacto del próximo virus, sino haber ignorado durante décadas las condiciones que hacen más probable su aparición y más dañina su gestión.

Por eso, el comentario final no debería ser apocalíptico, sino político. El hantavirus no anuncia el fin del mundo, pero sí impugna la comodidad con la que el mundo actual separa salud pública, ambiente, movilidad y desigualdad social. La distopía no está en imaginar un planeta devastado por un patógeno invencible; está en aceptar como normal que las advertencias científicas circulen durante años sin convertirse en prioridades presupuestales, educativas y territoriales. El problema nunca fue que nadie lo viera venir. El problema es que demasiados aprendieron a ver venir el riesgo sin sentirse obligados a cambiar nada.

 

martes, 12 de mayo de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026: la ciudad detrás del espectáculo

Por José Rafael Moya Saavedra

Durante un mes, la Ciudad de México intentará parecerse a la versión de sí misma que quiere exportar al mundo. 

  • ·       Pantallas gigantes.
  • ·       Corredores turísticos blindados.
  • ·       Transporte vigilado.
  • ·       Policías bilingües.
  • ·       Campañas de hospitalidad.
  • ·       Las zonas de ventiladores son impecables.
  • ·       Drones sobrevolando avenidas.
  • ·       Estadios convertidos en vitrinas globales.

La narrativa oficial ya está construida: modernidad, turismo, derrama económica, orgullo internacional y una ciudad preparada para recibir al planeta.

Pero toda gran escenografía tiene zonas fuera de cuadro.

Y quizá ahí comienza la verdadera historia del Mundial 2026.

              Porque mientras las cámaras enfocan la fiesta, la ciudad real seguirá respirando debajo del espectáculo: la ciudad del transporte saturado, de las periferias olvidadas, de la violencia cotidiana, de la desigualdad estructural, de la precariedad laboral y de los grupos vulnerables que rara vez aparecen en los promocionales oficiales.

La propia Ciudad de México ha hecho algo poco frecuente en la antesala de un mega evento deportivo: reconocer explícitamente sus riesgos.

La "Agenda de Derechos Humanos rumbo al Mundial 2026", integrada por 119 acciones interinstitucionales, no se limita a enunciar compromisos abstractos. Reconoce amenazas concretas:
trata de personas, explotación sexual y laboral, incremento de violencias contra mujeres, niñas, niños y adolescentes, así como expresiones de racismo, homofobia, xenofobia y consumo problemático de alcohol y drogas.

En términos diagnósticos, el documento es difícil de impugnar.

Sin embargo, ese mismo reconocimiento abre una interrogante más exigente: ¿qué tan preparado está el Estado para gestionar de manera efectiva aquello que ya sabe que ocurrirá?

Porque el Mundial no introduce violencias nuevas.

Las acelera.

Las redistribuye.

Y en algunos casos, las oculta bajo la lógica de la excepcionalidad y del espectáculo global.

La experiencia internacional demuestra que los grandes eventos deportivos suelen funcionar como amplificadores urbanos.

La concentración masiva de visitantes, la expansión de economías formales e informales y la presión por garantizar una imagen internacional "ordenada" generan condiciones propicias para la intensificación de mercados ilegales, la explotación laboral, la violencia de género y la invisibilización estratégica de problemáticas incómodas.

Los grandes eventos no inventan las redes de explotación; les multiplican clientes, flujo y anonimato.

Mientras el turismo crece, también crecen las economías clandestinas que suelen moverse alrededor del consumo, la prostitución forzada, la trata y la informalidad precarizada.

Pero esos riesgos no se distribuyen de manera pareja en la ciudad. Para las mujeres y las niñas, el aumento del turismo y de las economías nocturnas suele traducirse en mayores posibilidades de explotación sexual y violencia de género en espacios donde el anonimato es la norma, no la excepción. Para las personas migrantes y refugiadas, los operativos "de seguridad" pueden significar detenciones arbitrarias, extorsiones, revisiones selectivas y un margen todavía más estrecho para circular sin miedo.

La población LGBT+ enfrenta el riesgo de agresiones en contextos marcados por la masculinidad futbolera y el consumo de alcohol, mientras que los adolescentes de barrios periféricos suelen ser vistos más como amenazas a contener que como jóvenes a proteger.

Y mientras el discurso institucional habla de inclusión, la ciudad puede comenzar a endurecer mecanismos silenciosos de exclusión.

Porque históricamente, muchas ciudades sede han recurrido a procesos de "limpieza urbana" disfrazados de reordenamiento:

·       desplazamiento de vendedores ambulantes,retiro

·       de población callejera,presión

·       sobre migrantes,hipervigilancia


de ciertas zonas y blindaje turístico selectivo.

La paradoja es brutal: mientras el Mundial habla de integración global, las ciudades pueden volverse más agresivas con quienes no encajan en la postal de la FIFA.

En este contexto, la Agenda de Derechos Humanos debe leerse no solo como una herramienta preventiva, sino también como un artefacto político que revela tensiones estructurales.

Porque reconocer el riesgo no equivale necesariamente a tener capacidad real para contenerlo.

La ausencia de indicadores públicos claros, presupuestos específicos verificables y mecanismos independientes de monitoreo deja abierta la posibilidad de que muchas acciones terminen funcionando más como contención discursiva que como transformación efectiva.

Y ahí aparece otro tema incómodo: la administración de la narrativa.

Porque el Mundial no solo organiza partidos.

También organiza aquello que merece ser visto.

Habrá perímetros blindados, filtros de acceso, control de movilidad, zonas altamente vigiladas y espacios hiperregulados donde el espectáculo deberá mantenerse limpio, ordenado y comercialmente rentable.

Pero fuera de esos perímetros seguirá existiendo la otra ciudad: la que no aparece en la toma aérea.

La que convive diariamente con desapariciones, feminicidios, precariedad y miedo.

La que seguirá enfrentando problemas estructurales mucho después de que termine el último partido.

Ahí el papel del periodismo será fundamental.

No solamente para narrar goles.

Sino para documentar tensiones sociales, contradicciones urbanas y costos humanos que suelen esconderse detrás de los grandes eventos globales.

México llegará al Mundial siendo, al mismo tiempo, país sede y uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo fuera de zonas de guerra.

La misma ciudad que será retratada en 4K es aquella donde muchos reporteros siguen cubriendo desapariciones, violencias y corrupción con miedo y sin garantías.

Esa contradicción debería bastar para encender alertas.

Porque mientras la FIFA buscará controlar la imagen global del torneo, muchos periodistas tendrán que moverse entre perímetros de seguridad, restricciones operativas y relatos oficiales cuidadosamente administrados.

El Mundial no solo producirá espectáculo. También producirá control narrativo.

Y quizá uno de los mayores riesgos sea precisamente ese: que el brillo del evento termine funcionando como una enorme operación estética donde las heridas estructurales simplemente se cubran durante unas semanas.

La experiencia comparada no invita al optimismo ingenuo.

En Brasil 2014, las promesas de desarrollo coexistieron con desplazamientos urbanos, represión de protestas y persistencia de explotación laboral.

En Qatar 2022, pese a las reformas ampliamente difundidas, organismos internacionales siguieron documentando abusos contra trabajadores migrantes.

Más recientemente, organizaciones como Human Rights Watch han advertido que varias ciudades sede del Mundial 2026 aún carecen de planes robustos en materia de derechos humanos y de mecanismos verificables de implementación.

La gran pregunta no es si México puede organizar partidos.

La pregunta es otra: ¿puede organizar un Mundial sin profundizar las desigualdades que ya existen?

Porque cuando las luces se apaguen, los turistas regresen a casa y las transmisiones terminen, la ciudad seguirá aquí.

Y entonces quedará el marcador más importante: el de la vida cotidiana de quienes nunca estuvieron en la zona VIP del espectáculo.

El Mundial durará unas semanas.

Las consecuencias urbanas, sociales y humanas podrían quedarse durante años.

Y la verdadera evaluación de esa Agenda de Derechos Humanos no estará en los discursos de inauguración, sino en lo que ocurra —y en lo que no cambie— en esa ciudad que se queda cuando se desmonta la escenografía.

 

NOTAEl documento completo de la "Agenda de Derechos Humanos rumbo al Mundial 2026" de CDMX todavía no está circulando como PDF descargable público; lo que hay son notas oficiales y presentaciones donde se describen sus ejes y algunas de las 119 acciones. (Proceso)

domingo, 10 de mayo de 2026

 

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

La fiesta global y las sombras que nadie quiere enfocar

Por José Rafael Moya Saavedra

Mientras se afinan himnos, fanfests y campañas turísticas para el Mundial 2026, organizaciones internacionales y autoridades ya están activando protocolos contra la trata de personas, la explotación infantil y el turismo sexual.

Algo no termina de encajar.

Porque cuando un mega evento necesita campañas preventivas contra redes de explotación antes incluso del silbatazo inicial, quizá el problema no está en las tribunas, sino debajo de ellas.

La narrativa oficial habla de modernización, orgullo nacional, inversión extranjera y proyección internacional. Los gobiernos venden estadios renovados, aeropuertos ampliados, corredores turísticos, movilidad urbana y festivales culturales. La FIFA vende emoción. Las marcas venden experiencia. Las ciudades venden hospitalidad.

Pero, detrás de los renders, las luces LED y los comerciales emotivos, empieza a aparecer otro vocabulario: trata, explotación sexual, turismo depredador, menores desaparecidos, vigilancia, redes criminales, plataformas de hospedaje opacas y flujos masivos imposibles de controlar completamente.

No es paranoia.
Es antecedente documentado, aunque incómodo.

En otros mundiales recientes, diversos informes y organizaciones han dejado alertas: Sudáfrica 2010 fue señalada por el posible aumento en explotación infantil en contextos de prostitución; Brasil 2014 registró incrementos en denuncias relacionadas con explotación sexual en zonas turísticas; Rusia 2018 expuso vulnerabilidades asociadas a redes internacionales de trata que aprovecharon la movilidad temporal generada por el torneo. Qatar 2022 abrió otra herida: la explotación laboral sistemática de trabajadores migrantes bajo condiciones denunciadas internacionalmente como trabajo forzado.

Ahora el turno es de Norteamérica.

Y México llega a este Mundial con una realidad especialmente delicada.

Las cifras oficiales y de organismos especializados son demoledoras: decenas de miles de niñas, niños y adolescentes captados anualmente para explotación sexual; un crecimiento acelerado en la producción y consumo de material de abuso sexual infantil; y la consolidación de redes ligadas al turismo sexual que colocan a México entre los países más riesgosos para la niñez. Autoridades mexicanas y organismos internacionales ya reconocen públicamente el riesgo de que la Copa del Mundo funcione como catalizador de estas dinámicas criminales, más que como simple espectáculo deportivo.

·       Por eso aparecen campañas como "Mundial sin Trata".

·       Por eso hoteles comienzan a capacitar a su personal.

·       Por eso se crean protocolos silenciosos de auxilio.

·       Por eso se habla de detectar pederastas internacionales en aeropuertos y de verificar parentescos en los registros hoteleros cuando ingresan menores con adultos.

Y ahí surge la pregunta incómoda: ¿En qué momento un torneo de futbol empezó a requerir arquitectura preventiva contra redes globales de explotación humana?

La respuesta quizá sea brutal: desde que los mega eventos dejaron de ser solamente deporte y se transformaron en enormes concentraciones temporales de dinero, movilidad, consumo, anonimato y poder.

Porque el Mundial no solo mueve aficionados. También mueve mercados paralelos.

Mercados legales.
Mercados grises.
Y mercados criminales.

La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando se observa la distribución real del torneo.

Estados Unidos albergará alrededor del 75% de los partidos —incluidas semifinales y final—, mientras México tendrá apenas 13 encuentros y Canadá otros 13, en su mayoría concentrados en la fase de grupos. México y Canadá quedan, en los hechos, relegados al papel de subsedes, mientras que el corazón económico y mediático del evento se instala del otro lado de la frontera.

Sin embargo, buena parte de las alertas públicas e institucionales sobre trata y explotación sexual se concentran alrededor de las sedes mexicanas.

Eso revela algo más profundo que el futbol.

El Mundial 2026 exhibe también las asimetrías morales y estructurales de Norteamérica: quién pone el negocio principal, quién concentra la narrativa del éxito... y quién carga con la sospecha permanente, la fragilidad institucional y las heridas sociales más visibles. No es que en Estados Unidos o Canadá no existan mercados de explotación, sino que su capacidad para ocultarlos, regularlos o desplazar el foco mediático es distinta.

Mientras los estadios se blindan, afuera persisten ciudades atravesadas por desapariciones, violencia, corrupción, explotación y economías criminales que no desaparecen porque llegue la FIFA.

Simplemente aprenden a convivir con ella.

Y quizá ahí aparece el verdadero riesgo del Mundial 2026: no solamente la trata o la explotación sexual, sino la normalización de una lógica donde el espectáculo global puede coexistir cómodamente con profundas zonas de oscuridad social, siempre que no arruinen la transmisión en vivo.

Como si bastara iluminar el estadio para dejar de mirar alrededor.

Porque hay algo inquietante en todo esto.
Algo difícil de nombrar.

Pero que empieza a sentirse desde ahora.

Un cierto olor a podrido.


https://mexico.un.org/es/313425-presentaci%C3%B3n-de-la-campa%C3%B1a-mundial-sin-trata

Presentación de la campaña MUNDIAL SIN TRATA | Naciones Unidas en México

Y quizá precisamente por eso comienzan a surgir campañas como “Mundial sin Trata”.

No nacen desde el pesimismo.
Nacen desde la experiencia.

Porque organismos internacionales, autoridades y sectores turísticos saben que los mega eventos no solo movilizan aficionados, hoteles y consumo. También pueden abrir espacios para mercados clandestinos que aprovechan el anonimato, la movilidad masiva y la saturación de las ciudades.

Por eso empiezan a aparecer mensajes que hace algunos años habrían parecido impensables dentro del lenguaje oficial de un Mundial:

  • “Eventos deportivos masivos incrementan el riesgo de trata y explotación sexual”.
  • “Si millones se desplazan por el Mundial, millones de ojos pueden ayudar a prevenir este delito”.
  • “Cero tolerancias a la explotación sexual de niñas, niños y adolescentes”.

Detrás de esos slogans hay una realidad incómoda: el futbol global necesita ahora protocolos de protección humana.

Porque mientras las cámaras enfocan goles, ceremonias y fanfests, afuera pueden crecer otros circuitos invisibles:
captación digital de menores,
falsas ofertas laborales,
turismo sexual,
redes criminales,
y explotación disfrazada de entretenimiento.

Los focos rojos ya están identificados:

  • perfiles falsos en redes sociales,
  • invitaciones a trabajos sin contrato,
  • menores acompañados por adultos que no acreditan parentesco,
  • personas vigiladas o incapaces de responder por sí mismas,
  • aplicaciones digitales utilizadas para enganchar víctimas mediante manipulación emocional o económica.

La trata moderna ya no siempre ocurre en callejones oscuros.

Ahora también se mueve en chats, videojuegos, plataformas digitales y aplicaciones móviles.

Por eso la campaña insiste en algo aparentemente simple, pero profundamente importante:

“Si ves algo, di algo”.

No como consigna publicitaria.
Como mecanismo de supervivencia colectiva.

La Línea Nacional contra la Trata de Personas (800 55 33 000) aparece entonces no solo como herramienta institucional, sino como reconocimiento implícito de que el Mundial necesitará vigilancia social además de seguridad deportiva.

Porque blindar estadios no basta.

Un Mundial verdaderamente exitoso no debería medirse solamente por derrama económica, audiencias globales o fotografías espectaculares.

También debería medirse por aquello que logró impedir.

Por las niñas y niños que no fueron captados.
Por las víctimas que sí pudieron pedir ayuda.
Por las redes que sí fueron detectadas.
Por las historias que no terminaron convertidas en estadística.

Y quizá ahí esté el verdadero desafío moral del Mundial 2026: demostrar que el futbol puede convocar multitudes sin convertirse, al mismo tiempo, en terreno fértil para nuevas formas de explotación humana.

Porque un estadio lleno puede impresionar al mundo.

Pero una sociedad capaz de proteger a su niñez debería impresionarlo todavía más.

 


sábado, 9 de mayo de 2026

 



Mundial 2026: un cierto olor a podrido

Cambio de calendario escolar, coincidencias y otras cosas que vuelven mal pensado a cualquiera

Por José Rafael Moya Saavedra

Seguramente todo es coincidencia.

Aparece un escándalo político incómodo…
crecen las amenazas de protestas…
se acerca el Mundial…
y de pronto millones de estudiantes salen antes de vacaciones.

Pero claro: adelantar el calendario escolar no tiene absolutamente nada que ver con movilidad, control urbano, conversación pública o administración del ánimo social.

Es solo por el calor…
y por el futbol.

Por eso comparto estas dos notas.
Una sobre el negocio que se mueve detrás del Mundial.

Y otra sobre cómo el balón también puede servir para reorganizar ciudades, agendas y silencios.

Aunque quizá todo esto solo lo piense… un mal pensado.

                                                                   I.- 

Mundial 2026: cuando el balón también sirve para distraer

Calendarios escolares, Rocha Moya y la política de mover la conversación

Hay algo revelador en la forma en que apareció el anuncio.

De pronto, a pocas semanas del Mundial 2026, la Secretaría de Educación Pública informó que el ciclo escolar terminaría más de un mes antes de lo previsto. La justificación oficial mezcló dos argumentos emocionalmente difíciles de combatir: el calor extremo y el Mundial.

La medida afectaría a más de 32 millones de estudiantes.

Y de inmediato estalló el ruido:

·       padres de familia,

·       maestros,

·       redes sociales,

·       conductores de radio,

·       columnistas,

·       memes,

·       discusiones sobre logística familiar,

·       vacaciones adelantadas,

·       niños sin clases,

·       escuelas cerradas.

El país entero empezó a hablar del calendario escolar.

Y mientras eso ocurría, otra noticia golpeaba con fuerza desde Estados Unidos.

El Departamento de Justicia acusaba al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, de presuntos vínculos con “Los Chapitos” y con redes ligadas al tráfico de fentanilo y cocaína.

La acusación no tocaba a cualquier figura.

Golpeaba a un personaje profundamente asociado al discurso moral y educativo del oficialismo:
ex rector,, ex senador, ex presidente de la Comisión de Educación, promotor de la narrativa de transformación institucional.

Y entonces apareció una coincidencia demasiado útil para ignorarla.

              Porque mientras la conversación pública podía girar hacia:narco-política, captura institucional, crimen organizado, y gobernabilidad, la agenda se desplazó hacia: vacaciones, calor, Mundial, y qué harán millones de familias con niñas y niños un mes antes fuera de clases.

No existe prueba documental de que la SEP haya diseñado el movimiento específicamente para tapar el caso Rocha Moya.

Pero en comunicación política las pruebas directas rara vez aparecen así.

Lo que sí existen son patrones.

Y el patrón aquí resulta llamativo:

  • un escándalo altamente tóxico para el gobierno,
  • una medida nacional capaz de generar conversación masiva,
  • y el Mundial funcionando como coartada perfecta para justificar una alteración extraordinaria del calendario escolar.

Porque el Mundial 2026 no solo sirve para vender cerveza, turismo o megaproyectos urbanos.

También sirve para mover la conversación pública.

El futbol tiene una capacidad única: ocupar emocionalmente el espacio nacional.

Y en términos políticos eso vale oro.

Mientras se debate si habrá clases o vacaciones, la discusión sobre narcotráfico, poder político y vínculos criminales pierde oxígeno mediático.

Ahí es donde el Mundial empieza a funcionar no solo como espectáculo global… sino como instrumento de administración narrativa.

“Quizá el problema no sea que el Mundial distraiga. El problema es descubrir cuántas cosas pueden esconderse detrás del ruido del estadio.”

                                                             II.-

Mundial 2026: cuando la ciudad aprende a replegarse

Vacaciones adelantadas, protestas y el futbol como administración del espacio público

El anuncio llegó disfrazado de logística.

Calor extremo.
Mundial de futbol.
Protección de estudiantes.
Ajustes necesarios.

Y de pronto, más de 32 millones de alumnos terminarían clases semanas antes de lo habitual.

Oficialmente, la decisión busca proteger a niñas y niños de temperaturas extremas y facilitar la operación del Mundial 2026.

Extraoficialmente, el movimiento tiene otro efecto: vaciar parcialmente la ciudad.

Porque mientras la Secretaría de Educación adelantaba el cierre del ciclo escolar, afuera empezaban a crecer otras convocatorias.

·       La CNTE hablaba ya de paros indefinidos y movilizaciones durante el torneo.

·       Transportistas amagaban con bloqueos carreteros el día inaugural.

·       Madres buscadoras preparaban protestas simbólicas cerca del Azteca.

·       Colectivos contra la gentrificación organizaban “retas antimundialistas” para denunciar desplazamientos y turistificación.

Y entonces el calendario escolar cambió.

No hay prueba documental de que la medida haya sido diseñada para desactivar protestas.

Pero los efectos políticos son difíciles de ignorar.

Porque una escuela no solo enseña.

También organiza.

·       Ahí circulan convocatorias.

·       Se coordinan padres de familia.

·       Se discuten paros.

·       Se forman redes barriales.

·       Se construye comunidad cotidiana.

Cerrar la escuela antes de tiempo no solo modifica clases.

Modifica la capacidad de articulación social.

Y además desplaza el peso hacia los hogares.

Porque una familia con niñas y niños en casa durante semanas tiene menos margen para:

  • asistir a marchas,
  • sostener plantones,
  • participar en bloqueos,
  • o movilizarse durante jornadas largas.

La ciudad empieza entonces a replegarse.

·       Menos estudiantes en transporte público.

·       Menos concentración cotidiana.

·       Menos densidad urbana en ciertas zonas.

·       Más fácil controlar corredores turísticos, estadios y puntos sensibles.

El Mundial no solo necesita seguridad.

1.       Necesita circulación limpia.

2.       Necesita que Reforma fluya.

3.       Que Tlalpan no colapse.

4.       Que el Centro Histórico no se convierta en protesta permanente frente a las cámaras internacionales.

Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿qué tanto del “orden mundialista” depende también de disminuir la capacidad cotidiana de movilización social?

Porque el futbol tiene algo que pocos fenómenos logran: reorganizar emocionalmente a una ciudad entera.

·       La gente cambia rutas.

·       Horarios.

·       Hábitos.

·       Rutinas.

·       Prioridades.

Y el gobierno lo sabe.

Por eso el Mundial no funciona solamente como torneo deportivo.

Funciona como administración temporal del espacio público.

Mientras las transmisiones muestran estadios llenos y corredores iluminados, la ciudad aprende lentamente a hacer algo más: desaparecer del encuadre.

“Quizá el Mundial no necesite prohibir las protestas. Le basta con reorganizar la ciudad para que protestar resulte cada vez más difícil.”

 

 

  OTRA PERSPECTIVA Mundial 2026 y malestar mexicano Por Jose Rafael Moya Saavedra Hay momentos en la vida pública en los que el decora...