lunes, 30 de marzo de 2026

 

Otra Perspectiva

El Mundial sobre fosas

Por José Rafael Moya Saavedra

La tarde de la reinauguración del Estadio Banorte, mientras las cámaras seguían la entrada de las selecciones, una mujer levantaba una cartulina con el rostro de su hijo desaparecido. No estaba ahí por México ni por Portugal. Estaba ahí porque entendió que, para que alguien mire lo que falta, a veces hay que plantarse justo donde todos los demás quieren ver un espectáculo.

Mientras México se prepara para recibir al mundo en la Copa Mundial de la FIFA 2026, hay lugares donde el aplauso no alcanza a tapar el ruido de la tierra removida. El país se alista para mostrarse moderno, capaz, hospitalario: estadios renovados, operativos de seguridad, inversiones millonarias, discursos de orgullo nacional. Todo parece indicar que estamos listos para el espectáculo.

Pero hay otra escena.

Afuera del recién rebautizado Estadio Banorte, en la Ciudad de México, y en los alrededores del Estadio Akron, en Guadalajara, no solo hay banderas y filtros de acceso. También hay madres con fichas de búsqueda, colectivos que denuncian desplazamiento y territorios marcados por hallazgos de restos humanos: en el entorno de Akron, por ejemplo, las autoridades han contabilizado cientos de bolsas con restos en distintos puntos desde hace años.

El contraste no es menor. Es estructural.

El Mundial no es solo un torneo. Es un dispositivo que reordena prioridades, redefine territorios y decide, muchas veces sin decirlo, qué historias se vuelven visibles y cuáles se empujan fuera de cuadro. Bajo la lógica del megaevento, la ciudad se vuelve escaparate: se limpia, se embellece, se reorganiza para ser vista.

Pero lo que no desaparece... Insiste.

En el sur de la capital, la reapertura del estadio vino acompañada de protestas vecinales por agua, vivienda y presión inmobiliaria. La palabra "gentrificación" dejó de ser un concepto académico para convertirse en experiencia cotidiana de quienes ven cómo su barrio empieza a encarecerse y transformarse para otros: renta turística, obras que no consultan a nadie, negocios pensados más para el visitante que para el vecino.

Y junto a esa disputa urbana, otra mucho más profunda: la de las desapariciones.

Madres buscadoras se hicieron presentes en los alrededores del estadio no para boicotear el partido, sino para algo más elemental: ser vistas. Recordarle al país —y al mundo— que hay una crisis que no se suspende por calendario deportivo.

En Guadalajara, el panorama es aún más brutal. En las inmediaciones del Estadio Akron, sede mundialista, colectivos han documentado durante años la localización de cientos de bolsas con restos humanos. La geografía del entretenimiento convive, literalmente, con la geografía del hallazgo forense.

Dos realidades superpuestas.

Dentro del estadio: luces, pantallas, narrativa global.
Fuera: duelo, búsqueda, memoria.

Lo ocurrido recientemente en la reinauguración del Estadio Banorte lo dejó claro: el espectáculo puede estar listo, pero la gestión integral del riesgo —social, urbano, humano— sigue siendo el eslabón más débil. Porque aquí no hablamos solo de logística, accesos o seguridad privada. Hablamos de un sistema de riesgos superpuestos: multitudes, consumo de alcohol, tensiones sociales acumuladas, protestas, violencia estructural y una narrativa oficial que intenta mantener todo bajo control.

Pero no todo cabe en el control.

Ni en el encuadre.

El Mundial, en este contexto, se convierte en algo más que un evento deportivo: es una vitrina que pone a prueba la capacidad del país para sostener una narrativa sin que la realidad la fracture. Y la realidad ya está hablando.

No en los discursos, sino en los márgenes.
No en la transmisión oficial, sino en las calles que rodean los estadios.

Banorte y Akron son hoy dos laboratorios de la misma paradoja: estadios de clase mundial montados sobre ciudades atravesadas por desapariciones, fosas y procesos de gentrificación que amenazan con expulsar a quienes les dieron vida a esos barrios mucho antes de que la FIFA se fijara en ellos.

La pregunta, entonces, no es si México está listo para organizar una Copa del Mundo. La pregunta es otra, más incómoda:

¿Qué significa celebrar un Mundial en un país donde hay que ir a los estadios para que alguien mire lo que falta?

Porque si el legado del 2026 se mide solo en infraestructura, turismo, plusvalía y rentas al alza alrededor de los estadios, será un éxito parcial... y una omisión profunda. Un verdadero legado tendría que incluir algo más difícil de mostrar en pantalla: memoria, justicia y el derecho de las personas a no desaparecer... ni de la ciudad, ni del país, ni de la historia.

domingo, 25 de enero de 2026

 

Otra Perspectiva

La ciudad sin cuerpos

Asistencia, expulsión y mercado en la ciudad vitrina

Por Jose Rafael Moya Saavedra

La Ciudad de México presume una infraestructura pública de cuidados. Protocolos, programas, brigadas y albergues conforman una narrativa institucional que habla de derechos, atención integral y justicia territorial. Sin embargo, bajo esa capa asistencial opera otro dispositivo menos visible, pero constante: la expulsión de cuerpos vulnerables del territorio.

No se trata de errores aislados ni de contradicciones menores. Es un doble dispositivo que funciona como manual: cara blanda para legitimar, cara dura para reordenar el espacio. El resultado es una ciudad que cuida en el discurso y limpia en la práctica.

La promesa: cuidar sin desplazar

El marco normativo es claro. El Protocolo Interinstitucional de Atención Integral a Personas que Viven en Situación de Calle prohíbe expresamente el desplazamiento forzado, la reclusión y cualquier internamiento sin consentimiento. La Constitución de la ciudad reconoce a esta población como grupo de atención prioritaria y obliga a garantizar sus derechos.

El gobierno capitalino refuerza esa promesa con albergues, Centros de Atención e Integración Social, brigadas nocturnas, atención médica, vacunación y programas como Transición entre la Calle y el Hogar. La narrativa es impecable: nadie debe ser movido contra su voluntad; nadie debe ser tratado como estorbo.

La práctica: retirar para ordenar

Pero la ciudad que se vive cuenta otra historia. En camellones, parques, banquetas y bajo puentes se ejecutan operativos para “recuperar espacios públicos”. Se desmontan campamentos, se retiran pertenencias y se presiona a las personas a trasladarse a albergues. Formalmente no hay detención; materialmente hay desplazamiento.

Lo mismo ocurre con campamentos de migrantes: se anuncian desmantelamientos por “seguridad” o “conflictos vecinales” y se ofrecen traslados que, en la práctica, no siempre son voluntarios. La asistencia funciona como cobertura de un control territorial que limpia zonas centrales y corredores de alta visibilidad.

El cuerpo no se encierra. Se mueve.
El espacio no se discute. Se despeja.

El nudo: animales, personas y territorio

Este patrón no es exclusivo de la población en calle. Es la misma lógica que atraviesa otros conflictos urbanos recientes. Animales de refugio, adultos mayores despojados, familias desalojadas y personas sin techo comparten un destino común: su expulsión permite reordenar territorio.

Los animales “rescatados” vacían predios estratégicos. Los adultos mayores “restituidos en proceso” ven su vida suspendida mientras el inmueble queda bajo custodia. Las familias desalojadas liberan edificios para la reconversión. Las personas en calle son retiradas para sostener la imagen de ciudad segura y turística.

El mercado no aparece en el operativo. Aparece después.

La ciudad vitrina

Aquí el objetivo no es solo el suelo privatizable. Es el orden visual, la circulación limpia, la reputación urbana. En el Centro Histórico y zonas céntricas, la presencia de cuerpos que no consumen, no pagan renta y no encajan en la postal se vuelve un problema de gestión.

La asistencia legitima la expulsión.
La legalidad amortigua el conflicto.
El mercado capitaliza el resultado.

Cierre: gobernar sin cuerpos

La ciudad no está fallando en su promesa de cuidado. Está funcionando bajo otra lógica. Una donde los cuerpos vulnerables son fricciones que deben retirarse para que el territorio circule como activo.

No se les priva de derechos en el papel.
Se les priva de lugar.

Así se construye una ciudad sin cuerpos: ordenada, rentable y limpia, pero cada vez menos habitable.

 

🧩 Tabla final definitiva — Matriz Animales–Territorio–Mercado

Caso

Cuerpo vulnerable

Territorio en disputa

Lógica de mercado / beneficiarios

Franciscanitos (Cuajimalpa)

Perros y gatos viejos, enfermos o difíciles de adoptar; víctimas reales y dispositivo emocional del “rescate”.

Predio de 160–165 ha en corredor Cuajimalpa–Santa Fe, con cambio de uso de suelo.

Fundación y fideicomiso; potenciales desarrolladores. El vaciamiento facilita la operación inmobiliaria.

Adulto mayor (Paseos de Churubusco, Iztapalapa)

Persona mayor sola, con defensa limitada; vida suspendida.

Vivienda en zona con alta incidencia de despojo.

Redes de despojo; el inmueble queda bajo custodia estatal mientras el valor se preserva.

Familias desalojadas (Roma / Centro Histórico)

Familias con niños y personas mayores; expulsión violenta.

Edificios en zonas de alta plusvalía y gentrificación.

Reconversión a renta turística/comercial; incremento de valor tras “liberar” el inmueble.

Personas en calle / migrantes (CDMX)

Personas sin techo y migrantes; visibles, no rentables.

Espacio público central y corredores turísticos.

Ciudad vitrina: turismo, eventos, comercio formal; orden visual y reputación urbana.

sábado, 24 de enero de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Serie: Animales–Territorio–Mercado 4

¿Quién gana cuando se rescata?

Los beneficiarios finales

Por Jose Rafael Moya Saavedra

En los operativos de rescate —animal o humano— hay una pregunta que rara vez se formula en voz alta: ¿quién gana cuando todo termina? No quién actúa, no quién ejecuta, no quién aparece en el boletín. Quién se beneficia, cuando el conflicto ya fue neutralizado y el territorio quedó libre.

La respuesta casi nunca está en el lugar del operativo. Aparece después. A distancia. En silencio.

El rescate como etapa, no como fin

El rescate no es el final del proceso, sino una fase intermedia. Una transición entre un espacio conflictivo y un territorio disponible. Primero se retiran los cuerpos vulnerables; luego se estabiliza jurídicamente el predio; finalmente, el suelo entra en otra lógica.

En el caso de los franciscanitos, los animales fueron trasladados, dispersados y colocados bajo custodia institucional. El predio, en cambio, quedó desocupado de vida, pero no de valor. Su destino ya no se discute en términos de cuidado animal, sino de escrituras, fideicomisos y proyectos.

El rescate cumple así una función clave: despejar el terreno sin asumir el costo político de un desalojo inmobiliario directo.

Beneficiarios que no salen en la foto

Los beneficiarios finales no participan en el operativo ni aparecen en las conferencias. No cargan jaulas ni colocan sellos. Esperan. Y cuando el espacio está listo, avanzan.

Fundaciones que concentran propiedad, fideicomisos que administran activos, despachos que litigan con paciencia, desarrolladores que proyectan a largo plazo. Ninguno necesita intervenir en el momento del conflicto. El sistema trabaja para ellos.

En los desalojos de Roma Norte y el Centro Histórico, el patrón es idéntico: familias expulsadas, edificios “liberados”, procesos legales lentos para los expulsados y rápidos para la reconversión. En Iztapalapa, la casa de un adulto mayor queda bajo custodia estatal mientras el tiempo corre a favor del valor del inmueble, no de la vida suspendida de su propietario.

El Estado como facilitador involuntario

El Estado no siempre actúa como beneficiario directo, pero sí como facilitador estructural. No compra, no vende, no desarrolla. Asegura, custodia, congela. Administra el conflicto hasta que deja de ser visible.

La legalidad funciona aquí como amortiguador. Protege el activo mientras dilata la restitución. Garantiza orden, no justicia plena. El territorio queda a salvo; la vida, en pausa.

La ganancia que no se declara

La ganancia no siempre se mide en efectivo inmediato. Se mide en tiempo ganado, en suelo reordenado, en conflictos desactivados. Se mide en la posibilidad de convertir un espacio incómodo en un proyecto rentable.

Cuando nadie parece ganar, alguien ya ganó.
Cuando el rescate se celebra, el negocio apenas empieza.

Cierre: la pregunta que incomoda

Por eso, frente a cada operativo presentado como ejemplar, la pregunta no debería ser solo si se actuó conforme a la ley o con buena intención. La pregunta real es otra:

¿Quién gana cuando se rescata?

Porque en la ciudad que se gobierna limpiando, el rescate rara vez es el final de la historia. Es, casi siempre, el principio de otra.

viernes, 23 de enero de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Serie: Animales–Territorio–Mercado 3

La ciudad como activo financiero

Despojo, gentrificación y mercado

Por Jose Rafael Moya Saavdedra

En la Ciudad de México, el conflicto urbano ya no se resuelve: se capitaliza. El suelo dejó de ser un espacio de vida para convertirse en un activo financiero que debe liberarse de todo lo que lo frena: personas pobres, animales incómodos, comunidades organizadas, usos no rentables.

Nada de esto ocurre por accidente.

Cuando una vivienda, un refugio o un edificio estorban al valor potencial del suelo, se activa una secuencia conocida: primero la omisión, luego la violencia privada, después la intervención estatal y finalmente la reconversión del territorio. El resultado no es justicia ni bienestar: es revalorización.

Del hogar al activo

Una casa deja de ser hogar en el momento en que se vuelve rentable para otros. Un edificio deja de ser comunidad cuando su ubicación permite multiplicar la renta. Un predio deja de ser refugio o corredor ecológico cuando el cambio de uso de suelo lo convierte en proyecto inmobiliario.

En Roma Norte y el Centro Histórico, familias completas fueron expulsadas de edificios que, semanas después, comenzaron procesos de remodelación, renta turística o reconversión comercial. En Paseos de Churubusco, la casa de un adulto mayor quedó bajo custodia institucional mientras el litigio avanzaba lentamente, congelando la vida del propietario pero preservando el valor del inmueble.

En Cuajimalpa, el Refugio Franciscano ocupaba un predio estratégico en un corredor de altísima plusvalía. Una vez retirados los animales y desarticulada la comunidad que le daba sentido al lugar, el conflicto dejó de ser social y se volvió estrictamente civil. El suelo quedó listo.

Gentrificación operativa

La gentrificación no siempre llega con cafeterías y galerías. A veces llega con golpes, sellos y carpetas de investigación. La violencia no es una anomalía del mercado inmobiliario urbano: es una de sus herramientas menos visibles.

Los desalojos violentos “liberan” inmuebles. Los operativos de rescate “despejan” predios. Las custodias prolongadas “congelan” territorios mientras se decide su futuro. En todos los casos, el tiempo juega a favor del capital: quien puede esperar gana; quien necesita vivir pierde.

El Estado no aparece como desarrollador, pero sí como facilitador involuntario. No compra, no construye, no vende. Permite que el terreno llegue limpio, jurídicamente ordenado y socialmente desactivado al mercado.

Legalidad selectiva, mercado eficaz

La ley actúa con una asimetría brutal. Es lenta para restituir posesiones, pero rápida para asegurar inmuebles. Es garantista en el discurso, pero pragmática en los hechos. No corrige la violencia patrimonial; la encapsula.

Mientras los litigios avanzan, el suelo no pierde valor. Al contrario: se protege como activo. La ciudad aprende así a separar la vida del territorio, conservando uno y sacrificando la otra.

La ciudad que se vende

Este modelo produce una ciudad que se puede ofertar, rentar y financiar, pero cada vez menos habitar. Una ciudad donde el derecho a la vivienda, al arraigo o al cuidado animal se vuelve un obstáculo para la rentabilidad.

Los cuerpos vulnerables —animales viejos, adultos mayores, familias pobres— no son errores del sistema. Son fricciones que deben eliminarse para que el activo circule. Por eso aparecen siempre al inicio del conflicto y desaparecen antes de que el negocio se cierre.

Cierre: cuando el suelo vale más que la vida

La Ciudad de México no está fallando en proteger a sus habitantes. Está funcionando bajo una lógica distinta: la de la ciudad como portafolio. En ella, el suelo importa más que quien lo habita y el mercado decide qué vidas pueden quedarse.

Cuando la ciudad se piensa como activo financiero, la expulsión deja de ser tragedia y se vuelve costo operativo.

Y cuando eso ocurre, la pregunta ya no es quién fue desalojado o rescatado, sino quién gana cuando el territorio queda libre.

jueves, 22 de enero de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Serie: Animales–Territorio–Mercado

Cuando proteger vacía el suelo (cuerpos vulnerables como bisagra)

Por Jose Rafael Moya Saavdedra

Proteger no siempre significa cuidar. A veces significa retirar. Quitar de en medio aquello que estorba para que el territorio pueda reordenarse sin conflicto visible. En la Ciudad de México, los cuerpos vulnerables —animales viejos, personas mayores, familias pobres— se han convertido en bisagras: su desplazamiento permite que el suelo cambie de manos.

El mecanismo es conocido. Primero aparece una causa moral incuestionable: bienestar animal, derecho a la vivienda, protección de víctimas. Luego viene la intervención estatal, casi siempre tardía, casi siempre espectacular. Al final, lo que queda no es restitución plena, sino un espacio despejado y un expediente abierto.

La bisagra humana y animal

En Cuajimalpa, los franciscanitos fueron presentados como víctimas de maltrato. En Iztapalapa, un adulto mayor fue reconocido como propietario despojado. En Roma y el Centro Histórico, familias enteras fueron tratadas como daños colaterales. Los sujetos cambian; la función es la misma: permitir que el conflicto se traslade del espacio público al terreno técnico.

Una vez fuera los animales, el refugio deja de ser un problema social y se convierte en un litigio civil. Una vez expulsada la familia, el edificio deja de ser hogar y se vuelve activo. Una vez asegurada la casa del adulto mayor, la vida queda en pausa mientras el inmueble entra en custodia.

La protección no devuelve la vida anterior. Administra la pérdida.

El lenguaje que limpia

“Rescate”, “aseguramiento”, “custodia”, “restitución en proceso”. El vocabulario institucional suaviza la violencia y legitima la espera. No hay urgencia para devolver posesiones, vínculos o rutinas. Hay tiempo para sellos, peritajes y fideicomisos.

Ese tiempo es clave. Porque mientras el cuerpo vulnerable espera, el territorio se revaloriza.

Cierre

Cuando proteger implica retirar cuerpos del espacio, el suelo queda libre para otras lógicas. La bisagra cumple su función: el conflicto se desactiva, la indignación se enfría y el mercado entra sin hacer ruido.

Proteger, así, vacía el suelo.

miércoles, 21 de enero de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

El verdadero botín no eran los animales

Serie: Animales, territorio y mercado en la ciudad que se reordena (1)

Por Jose Rafael Moya Saavedra

En el caso de los franciscanitos, la imagen más visible fue la de cientos de perros y gatos “rescatados” por el Estado. Jaulas, traslados, comunicados oficiales y un discurso cerrado: se actuó para proteger a seres sintientes frente al maltrato. Pero esa escena, tan poderosa como emotiva, ocultó el conflicto central.

El verdadero botín no eran los animales.
Era el territorio.

Los perros y gatos funcionaron como el pretexto sensible, el detonador jurídico y emocional que permitió vaciar un predio estratégico en una de las zonas más caras de la ciudad. Una vez retirados los animales y rota la relación entre comunidad, refugio y espacio, el conflicto dejó de ser público, moral y debatible. Se volvió técnico. Civil. Silencioso.

Y ahí, casi siempre, gana el mercado.

Animales: víctimas reales y dispositivo útil

No hay que minimizar el sufrimiento animal. Los franciscanitos —muchos viejos, enfermos o difíciles de adoptar— fueron víctimas reales de estrés, dispersión y posible desaparición. Pero al mismo tiempo, su condición de seres vulnerables fue utilizada como dispositivo legitimador.

La denuncia por maltrato y el lenguaje del “rescate de seres sintientes” abrieron la puerta a un operativo espectacular que permitió retirar cuerpos vivos incómodos del territorio. Una vez fuera los animales, el problema dejó de ser visible como bienestar animal y se trasladó a expedientes, escrituras, fideicomisos y juicios civiles, donde casi nadie puede intervenir salvo las partes involucradas y sus abogados.

El conflicto se desanimalizó.
Y al hacerlo, se despolitizó.

Territorio: el botín silencioso

El predio del Refugio Franciscano no es menor. Se trata de alrededor de 160–165 hectáreas en la zona Cuajimalpa–Santa Fe, un corredor inmobiliario de altísimo valor. Según cálculos del propio equipo legal del refugio, el terreno podría valer entre 1,500 y 2,000 millones de pesos en el mercado actual.

En 2020, la Fundación Haghenbeck se hizo con la propiedad y posteriormente la vendió a un fideicomiso de Banco Ve por Más por aproximadamente 650 millones de pesos, una operación cuestionada por posible subvaluación y por contradecir la voluntad original del benefactor. El mismo mes en que se pacta la venta, se autoriza un cambio de uso de suelo para vivienda y oficinas.

Nada de esto es anecdótico.
Es el corazón del conflicto.

Mercado: el motor que no sale en la foto

Una vez vaciado el predio —sin animales, sin personal del refugio, sin conflicto visible— el terreno queda listo para su reconversión. El operativo de “rescate” cumple así una función clave: despejar el espacio sin asumir el costo político de un desalojo directo por intereses inmobiliarios.

El mercado no aparece con uniformes ni comunicados. No necesita hacerlo. Se beneficia del resultado: un territorio liberado, jurídicamente reordenado y socialmente neutralizado. El bienestar animal funciona como envoltura moral de una operación civil–inmobiliaria mucho más amplia.

El patrón se repite

Lo ocurrido en Cuajimalpa no es único. El mismo nudo aparece en otros casos de la ciudad: un cuerpo vulnerable sirve como bisagra para reordenar territorio en función del mercado.

Un adulto mayor despojado en Paseos de Churubusco, en Iztapalapa, cuya casa queda bajo custodia del Estado mientras avanza un proceso legal interminable.

Familias expulsadas de edificios en Roma Norte y el Centro Histórico, donde la violencia “libera” inmuebles para reinsertarlos en el mercado con rentas mucho más altas.

Cambian los sujetos. No cambia la lógica.

Cierre: cuando el conflicto se vuelve técnico

Cuando los animales desaparecen del escenario, el conflicto deja de ser ético y se vuelve técnico. Y cuando se vuelve técnico, deja de interpelar a la sociedad. Se resuelve en oficinas, juzgados y consejos fiduciarios. Ahí donde el mercado se mueve con comodidad.

Por eso el caso de los franciscanitos no es solo un escándalo de bienestar animal. Es una ventana a una forma de reordenar la ciudad donde los cuerpos vulnerables —animales o personas— funcionan como llaves para abrir territorios valiosos.

En la ciudad que se reconfigura, proteger puede ser también una forma de vaciar.
Y muchas veces, el rescate solo es el primer paso del negocio.

Referencias 

Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial de la Ciudad de México. (2023). Informe anual de denuncias por maltrato animal en la Ciudad de México 2021–2023. PAOT.
https://www.paot.org.mx

Gobierno de la Ciudad de México. (2024). Plan integral de bienestar animal de la Ciudad de México. Gobierno de la Ciudad de México.
https://www.cdmx.gob.mx

Congreso de la Ciudad de México. (2023). Ley de protección y bienestar de los animales de la Ciudad de México (última reforma). Gaceta Oficial de la Ciudad de México.
https://www.congresocdmx.gob.mx

Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México. (2023). Informe especial sobre desalojos forzados y derecho a la vivienda en la Ciudad de México. CDHCM.
https://www.cdhcm.org.mx

Harvey, D. (2012). Rebel cities: From the right to the city to the urban revolution. Verso.

Nota editorial

Referencias: PAOT (2023); Gobierno de la CDMX (2024); CDHCM (2023); Harvey (2012).

martes, 20 de enero de 2026

 

Contexto: Desalojos forzados y operativos de aseguramiento en la CDMX forman parte de una estrategia institucional documentada por la CDHCM, la FGJCDMX y el Gobierno de la Ciudad de México (CDHCM, 2023; FGJCDMX, 2024; Gobierno de la CDMX, 2023).

Otra Perspectiva

Gobernar limpiando

Iztapalapa: el laboratorio que se volvió ciudad

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Nada de lo ocurrido con los franciscanitos fue improvisado. Tampoco los desalojos violentos en San Rafael, Roma, Centro Histórico o Paseos de Churubusco. Antes de llegar al centro del poder capitalino, esta forma de gobernar ya había sido probada, normalizada y tolerada en un territorio específico: Iztapalapa.

Ahí se ensayó un modelo. Y funcionó.

Durante años, Iztapalapa concentró dos fenómenos que rara vez se analizan juntos: altas cifras de maltrato animal y un patrón persistente de despojo y desalojos violentos. No como anécdotas aisladas, sino como problemas crónicos administrados sin resolverse. La clave no fue erradicarlos, sino hacerlos gobernables.

Iztapalapa: cuando la excepción se vuelve regla

Entre 2021 y 2023, Iztapalapa encabezó las denuncias por maltrato animal ante la PAOT, concentrando cerca de una quinta parte de los reportes de toda la ciudad. Animales encadenados, sin alimento, hacinados o abandonados fueron parte de un paisaje cotidiano que la autoridad no logró —o no quiso— revertir de fondo.

En paralelo, la alcaldía se consolidó como uno de los principales focos de despojo inmobiliario. Adultos mayores, familias con títulos frágiles y viviendas heredadas se convirtieron en blancos recurrentes de redes que combinan violencia privada, documentos irregulares y lentitud institucional. Cuando el Estado intervenía, lo hacía tarde, después del daño, y casi siempre para asegurar inmuebles, no para restituir vidas.

El caso del adulto mayor despojado en Paseos de Churubusco lo resume todo: expulsado con violencia, convertido luego en ejemplo de acción gubernamental, pero sin recuperar de inmediato la posesión material de su casa. La propiedad reconocida, la vida suspendida.

El método

En Iztapalapa se consolidó una secuencia que hoy resulta familiar en toda la Ciudad de México:

Primero, alguien estorba.
Un refugio independiente, una familia sin escrituras blindadas, un adulto mayor solo, animales comunitarios.

Luego, el conflicto se deja crecer.
La omisión no es descuido: es espera.

Después, llega el operativo.
Con policías, sellos, aseguramientos, custodias, comunicados.

Finalmente, el Estado administra el daño.
No restituye de inmediato, no repara redes, no devuelve la vida previa. Controla.

Eso es gobernar limpiando.

Del territorio al discurso

Cuando este modelo se traslada a toda la ciudad, cambia la escala, no la lógica. El bienestar animal, la legalidad y la seguridad se convierten en lenguajes nobles para ejecutar acciones duras. Lo que antes era omisión local, ahora es política pública con narrativa.

El operativo contra el Refugio Franciscano no fue una anomalía: fue la exportación de un método. Igual que los desalojos exprés, igual que los “rescates” que terminan en encierro, igual que las casas aseguradas que no se devuelven.

La ciudad se ordena expulsando.

La ciudad que se quiere, la ciudad que se borra

Este modelo produce una ciudad funcional para el mercado y el discurso, pero hostil para quienes no encajan. Animales viejos, enfermos o difíciles de adoptar. Personas mayores, pobres o sin respaldo legal sólido. Todos caben en la misma categoría implícita: problemas urbanos.

No se les reconoce como sujetos de derechos plenos. Se les gestiona.

El Estado no aparece como garante, sino como administrador del despojo. No evita la violencia; la absorbe. No la corrige; la encapsula. La convierte en expediente, en custodia, en aseguramiento.

Cierre: cuando limpiar se vuelve forma de gobierno

Gobernar limpiando no es una metáfora exagerada. Es una práctica que atraviesa políticas, territorios y discursos. Se ensayó en Iztapalapa, se normalizó en nombre del bienestar y hoy se ejerce en toda la Ciudad de México.

Animales y personas comparten el mismo destino cuando estorban: ser retirados, dispersados y administrados. No para protegerlos mejor, sino para que dejen de incomodar.

En esta ciudad, cada vez más, el problema no es la ilegalidad. El problema es existir fuera del orden deseado.

Y cuando eso ocurre, el Estado no dialoga. Opera.

 

Referencias

Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México. (2023). Informe especial sobre desalojos forzados y derecho a la vivienda en la Ciudad de México. CDHCM.
https://www.cdhcm.org.mx

Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. (2024). Acciones institucionales contra el delito de despojo de inmuebles en la Ciudad de México. FGJCDMX.
https://www.fgjcdmx.gob.mx

Gobierno de la Ciudad de México. (2023). Gabinete contra el despojo: estrategia interinstitucional para la recuperación de inmuebles. Gobierno de la Ciudad de México.
https://www.cdmx.gob.mx

Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial de la Ciudad de México. (2023). Informe anual de denuncias por maltrato animal en la Ciudad de México 2021–2023. PAOT.
https://www.paot.org.mx

Nota editorial

Referencias: CDHCM (2023); FGJCDMX (2024); Gobierno de la CDMX (2023); PAOT (2023).

  Otra Perspectiva El Mundial sobre fosas Por José Rafael Moya Saavedra La tarde de la reinauguración del Estadio Banorte, mientras las cáma...