sábado, 9 de mayo de 2026

 



Mundial 2026: un cierto olor a podrido

Cambio de calendario escolar, coincidencias y otras cosas que vuelven mal pensado a cualquiera

Por José Rafael Moya Saavedra

Seguramente todo es coincidencia.

Aparece un escándalo político incómodo…
crecen las amenazas de protestas…
se acerca el Mundial…
y de pronto millones de estudiantes salen antes de vacaciones.

Pero claro: adelantar el calendario escolar no tiene absolutamente nada que ver con movilidad, control urbano, conversación pública o administración del ánimo social.

Es solo por el calor…
y por el futbol.

Por eso comparto estas dos notas.
Una sobre el negocio que se mueve detrás del Mundial.

Y otra sobre cómo el balón también puede servir para reorganizar ciudades, agendas y silencios.

Aunque quizá todo esto solo lo piense… un mal pensado.

                                                                   I.- 

Mundial 2026: cuando el balón también sirve para distraer

Calendarios escolares, Rocha Moya y la política de mover la conversación

Hay algo revelador en la forma en que apareció el anuncio.

De pronto, a pocas semanas del Mundial 2026, la Secretaría de Educación Pública informó que el ciclo escolar terminaría más de un mes antes de lo previsto. La justificación oficial mezcló dos argumentos emocionalmente difíciles de combatir: el calor extremo y el Mundial.

La medida afectaría a más de 32 millones de estudiantes.

Y de inmediato estalló el ruido:

·       padres de familia,

·       maestros,

·       redes sociales,

·       conductores de radio,

·       columnistas,

·       memes,

·       discusiones sobre logística familiar,

·       vacaciones adelantadas,

·       niños sin clases,

·       escuelas cerradas.

El país entero empezó a hablar del calendario escolar.

Y mientras eso ocurría, otra noticia golpeaba con fuerza desde Estados Unidos.

El Departamento de Justicia acusaba al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, de presuntos vínculos con “Los Chapitos” y con redes ligadas al tráfico de fentanilo y cocaína.

La acusación no tocaba a cualquier figura.

Golpeaba a un personaje profundamente asociado al discurso moral y educativo del oficialismo:
ex rector,, ex senador, ex presidente de la Comisión de Educación, promotor de la narrativa de transformación institucional.

Y entonces apareció una coincidencia demasiado útil para ignorarla.

              Porque mientras la conversación pública podía girar hacia:narco-política, captura institucional, crimen organizado, y gobernabilidad, la agenda se desplazó hacia: vacaciones, calor, Mundial, y qué harán millones de familias con niñas y niños un mes antes fuera de clases.

No existe prueba documental de que la SEP haya diseñado el movimiento específicamente para tapar el caso Rocha Moya.

Pero en comunicación política las pruebas directas rara vez aparecen así.

Lo que sí existen son patrones.

Y el patrón aquí resulta llamativo:

  • un escándalo altamente tóxico para el gobierno,
  • una medida nacional capaz de generar conversación masiva,
  • y el Mundial funcionando como coartada perfecta para justificar una alteración extraordinaria del calendario escolar.

Porque el Mundial 2026 no solo sirve para vender cerveza, turismo o megaproyectos urbanos.

También sirve para mover la conversación pública.

El futbol tiene una capacidad única: ocupar emocionalmente el espacio nacional.

Y en términos políticos eso vale oro.

Mientras se debate si habrá clases o vacaciones, la discusión sobre narcotráfico, poder político y vínculos criminales pierde oxígeno mediático.

Ahí es donde el Mundial empieza a funcionar no solo como espectáculo global… sino como instrumento de administración narrativa.

“Quizá el problema no sea que el Mundial distraiga. El problema es descubrir cuántas cosas pueden esconderse detrás del ruido del estadio.”

                                                             II.-

Mundial 2026: cuando la ciudad aprende a replegarse

Vacaciones adelantadas, protestas y el futbol como administración del espacio público

El anuncio llegó disfrazado de logística.

Calor extremo.
Mundial de futbol.
Protección de estudiantes.
Ajustes necesarios.

Y de pronto, más de 32 millones de alumnos terminarían clases semanas antes de lo habitual.

Oficialmente, la decisión busca proteger a niñas y niños de temperaturas extremas y facilitar la operación del Mundial 2026.

Extraoficialmente, el movimiento tiene otro efecto: vaciar parcialmente la ciudad.

Porque mientras la Secretaría de Educación adelantaba el cierre del ciclo escolar, afuera empezaban a crecer otras convocatorias.

·       La CNTE hablaba ya de paros indefinidos y movilizaciones durante el torneo.

·       Transportistas amagaban con bloqueos carreteros el día inaugural.

·       Madres buscadoras preparaban protestas simbólicas cerca del Azteca.

·       Colectivos contra la gentrificación organizaban “retas antimundialistas” para denunciar desplazamientos y turistificación.

Y entonces el calendario escolar cambió.

No hay prueba documental de que la medida haya sido diseñada para desactivar protestas.

Pero los efectos políticos son difíciles de ignorar.

Porque una escuela no solo enseña.

También organiza.

·       Ahí circulan convocatorias.

·       Se coordinan padres de familia.

·       Se discuten paros.

·       Se forman redes barriales.

·       Se construye comunidad cotidiana.

Cerrar la escuela antes de tiempo no solo modifica clases.

Modifica la capacidad de articulación social.

Y además desplaza el peso hacia los hogares.

Porque una familia con niñas y niños en casa durante semanas tiene menos margen para:

  • asistir a marchas,
  • sostener plantones,
  • participar en bloqueos,
  • o movilizarse durante jornadas largas.

La ciudad empieza entonces a replegarse.

·       Menos estudiantes en transporte público.

·       Menos concentración cotidiana.

·       Menos densidad urbana en ciertas zonas.

·       Más fácil controlar corredores turísticos, estadios y puntos sensibles.

El Mundial no solo necesita seguridad.

1.       Necesita circulación limpia.

2.       Necesita que Reforma fluya.

3.       Que Tlalpan no colapse.

4.       Que el Centro Histórico no se convierta en protesta permanente frente a las cámaras internacionales.

Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿qué tanto del “orden mundialista” depende también de disminuir la capacidad cotidiana de movilización social?

Porque el futbol tiene algo que pocos fenómenos logran: reorganizar emocionalmente a una ciudad entera.

·       La gente cambia rutas.

·       Horarios.

·       Hábitos.

·       Rutinas.

·       Prioridades.

Y el gobierno lo sabe.

Por eso el Mundial no funciona solamente como torneo deportivo.

Funciona como administración temporal del espacio público.

Mientras las transmisiones muestran estadios llenos y corredores iluminados, la ciudad aprende lentamente a hacer algo más: desaparecer del encuadre.

“Quizá el Mundial no necesite prohibir las protestas. Le basta con reorganizar la ciudad para que protestar resulte cada vez más difícil.”

 

 

 

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

Los mercenarios del negocio: Corporaciones, constructoras y el gran mercado detrás del balón

Por José Rafael Moya Saavedra

El Mundial 2026 no solo será un torneo de futbol.

Será un gigantesco corredor de negocios.

Mientras millones de personas verán goles, himnos y estadios iluminados, detrás de las pantallas se moverá otra maquinaria mucho más poderosa: la del dinero.

Porque el futbol contemporáneo ya no se organiza solamente desde la pasión deportiva.

Se organiza desde:

  • corporaciones globales,
  • grupos financieros,
  • constructoras,
  • televisoras,
  • plataformas digitales,
  • patrocinadores,
  • inmobiliarias,
  • operadores turísticos,
  • bancos,
  • apuestas,
  • y empresas creadas al vapor que aparecen justo cuando el presupuesto mundialista empieza a circular.

El Mundial se vende como fiesta de las naciones. Pero funciona como un mercado planetario. Y México se convirtió en uno de sus nuevos territorios de explotación.

I. Los gigantes globales

El futbol convertido en supermercado planetario

Encima del balón aparecen siempre los mismos nombres.

Adidas
Coca-Cola
Visa
McDonald's
Hyundai/Kia,
Qatar Airways
Aramco
Lenovo
Bank of America
Airbnb

Todas ellas venden algo más que productos.

·       Venden pertenencia.

·       Experiencia.

·       Identidad emocional.

El Mundial es la excusa perfecta para convertir emociones colectivas en consumo masivo.

Y ahí aparece una contradicción brutal para México.

Porque muchas de las empresas que patrocinan la “fiesta del deporte” son también parte del ecosistema comercial ligado a:

  • obesidad,
  • diabetes,
  • hipertensión,
  • alcoholismo,
  • consumo compulsivo,
  • y gentrificación turística.

Mientras el país enfrenta crisis de salud pública, el Mundial multiplica la publicidad de refrescos, cerveza, comida ultra procesada y apuestas.

El futbol funciona entonces como legitimador emocional del mercado.

II. Los empresarios mexicanos del Mundial

Patriotismo corporativo y negocios disfrazados de orgullo nacional

Después aparece la élite empresarial mexicana.

No como invitada.

Como socia.

El Mundial activó un enorme cinturón de corporaciones nacionales que encontraron en el torneo una oportunidad perfecta para mezclar patriotismo, marketing y ganancias.

Ahí están:

  • Banorte
  • FEMSA
  • Grupo Modelo
  • Bimbo
  • Cemex
  • Lala
  • Liverpool
  • Telcel / América Móvil
  • Arca Continental
  • Grupo Aeroportuario del Pacífico (GAP)
  • OMA Aeropuertos

El discurso empresarial habla de:

·       “orgullo mexicano”,

·       “mostrar al mundo lo hecho en México”,

·       “legado nacional”.

Pero debajo del marketing aparece otra realidad: cemento, créditos, cerveza, retail, logística, turismo, apuestas y consumo acelerado.

El Mundial se vuelve una gigantesca plataforma de monetización emocional.

Y ahí el nacionalismo sirve como empaque comercial.

III. Los mercenarios locales

Constructoras exprés y negocios nacidos al vapor

Pero el verdadero olor a podrido empieza más abajo.

·       En las licitaciones.

·       En las obras rápidas.

·       En los contratos urgentes.

·       En las empresas que nadie conocía… hasta que apareció el dinero FIFA.

Porque alrededor del Mundial comenzaron a surgir constructoras con características inquietantes:

  • creación reciente,
  • poca experiencia,
  • oficinas dudosas,
  • socios desconocidos,
  • y contratos millonarios obtenidos en tiempo récord.

Tres nombres empiezan a repetirse.

Arquitectura Ruhe

Contratos para renovación de más de 500 canchas y ciclovías mundialistas pese a tener apenas alrededor de un año de existencia cuando obtuvo las licitaciones.

ISCON Soluciones Integrales

Obras ligadas a corredores y ciclovías conectadas al circuito mundialista Azteca–Centro.

Gakida Arquitectura

Contratos multimillonarios para infraestructura urbana con trayectoria limitada previa.

Aquí aparece el verdadero mercenario del Mundial:

·       no el futbolista,

·       sino el contratista.

El operador que entiende que FIFA no espera. Que los gobiernos tienen prisa. Y que cuando hay urgencia política, la supervisión suele relajarse.

Entonces aparecen:

  • sobrecostos,
  • adjudicaciones cuestionables,
  • obras exprés,
  • calidad dudosa,
  • y contratos inflados bajo el discurso del “legado”.

IV. Los que realmente juegan el Mundial

Mientras las ciudades levantan ciclovías a marchas forzadas, desplazan ambulantes y pintan corredores turísticos para la fotografía internacional, otro torneo avanza silenciosamente detrás del balón:

el torneo de los negocios.

Porque el Mundial 2026 no solo moviliza aficionados.

Moviliza:

  • contratos,
  • licencias,
  • patrocinios,
  • obra pública,
  • publicidad,
  • turismo,
  • consumo masivo.

Y en esa cancha aparecen tres niveles de jugadores: las corporaciones globales, los grandes grupos empresariales mexicanos y los mercenarios locales de las obras mundialistas.

Ahí empieza a percibirse con más claridad ese cierto olor a podrido.

 

V. Fichas de los negocios del Mundial en México

Quién gana, qué vende… y qué intenta ocultarse

Nivel

Quiénes son

Qué venden / capturan

Cómo encajan en el “olor a podrido”

Global (socios y patrocinadores FIFA)

Adidas, Coca-Cola, Visa, McDonald's, PepsiCo / Lay’s-Sabritas, Diageo, Qatar Airways, Hyundai-Kia, Aramco, Lenovo, Bank of America, entre otros

Derechos de patrocinio global, publicidad en estadios, uso de marca FIFA, venta masiva de refrescos, comida chatarra, alcohol, ropa deportiva, servicios financieros y turismo internacional

Corporaciones que convierten el Mundial en máquina de consumo “aspiracional” en un país con epidemias de obesidad, diabetes y violencia ligada al alcohol. Capturan gran parte de la renta simbólica y económica del torneo mientras presentan el consumo como felicidad, éxito y pertenencia global

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Nacional “respetable” (grandes grupos mexicanos)

Cemex, Bimbo, FEMSA, Grupo Modelo, Banorte, AT&T México, Telcel, Chedraui, Liverpool, Coppel, ADO, GAP Aeropuertos, OMA Aeropuertos, Lala, Alpura, Mabe; además de marcas del Tri como Comex, Caliente.mx, Amazon México, Henkel y Volvo México

Patrocinios a la Selección y transmisiones, campañas tipo “Lo Hecho en México”, venta de cerveza, refresco, snacks, transporte, retail, banca, apuestas, telefonía, logística y hospedaje

Grupos que usan el Mundial como vitrina patriótica para reforzar marcas y negocios ya dominantes. El torneo se vuelve excusa perfecta para vender cemento, crédito, cerveza, refresco, viajes y consumo 24/7 mientras el discurso habla de “orgullo nacional” e “inversión histórica”

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Mercenario local (obras y contratos mundialistas)

Arquitectura Ruhe, ISCON Soluciones Integrales en Diseño y Construcción, Gakida Arquitectura y otras empresas señaladas en reportajes sobre obras mundialistas en CDMX

Contratos para renovación de más de 500 canchas, ciclovías y corredores tipo Zócalo–Azteca; obra pública “de legado”: pavimentos, mobiliario urbano, iluminación e intervenciones estéticas. Solo algunas obras en CDMX suman cerca de 100 millones de pesos en 2025

Intermediarios que capitalizan la prisa política por “entregar obras” antes de la llegada de FIFA: empresas recientes o con trayectoria limitada que obtienen licitaciones relevantes y concentran recursos públicos en maquillajes urbanos acelerados, con riesgos de sobrecosto, baja calidad y opacidad. Son el rostro más visible del mercenarismo local del Mundial

VI. El negocio debajo del discurso

Hay tres niveles empresariales funcionando simultáneamente.

·       Las corporaciones globales venden experiencia mundialista.

·       Las élites mexicanas convierten el torneo en negocio patriótico.

·       Y los mercenarios locales monetizan la urgencia política de entregar obras antes de la llegada de la FIFA.

Todos dependen de la misma lógica: que el Mundial ocurra sin que la conversación pública mire demasiado debajo del escenario.

Porque mientras las campañas hablan de “legado”, “modernización” y “orgullo nacional”, debajo de la superficie aparecen:

  • contratos acelerados,
  • consumo disfrazado de identidad,
  • ciudades maquilladas,
  • y dinero público moviéndose bajo presión internacional.

VII. El Mundial como negocio total

Quizá el futbol siga siendo auténtico dentro de la cancha.

Pero fuera de ella el Mundial ya funciona como otra cosa:

una plataforma de extracción económica global.

Cada gol mueve:

  • publicidad,
  • apuestas,
  • tráfico aéreo,
  • hospedaje,
  • datos,
  • ventas,
  • patrocinio,
  • créditos,
  • y contratos.

El problema no es que haya negocio.

El problema es cuando el negocio empieza a devorarse por completo al evento.

·       Cuando las ciudades se remodelan más para las marcas que para los ciudadanos.

·       Cuando el espacio público se limpia más para las cámaras que para la gente.

·       Cuando el orgullo nacional termina funcionando como campaña de marketing corporativo.

Entonces el Mundial deja de parecer una fiesta popular. Y empieza a parecer una gigantesca feria privada administrada por corporaciones, gobiernos y contratistas.

Una feria donde el balón todavía rueda… pero el verdadero partido se juega en otra cancha.

Porque mientras el mundo mira el estadio, detrás de las gradas alguien sigue cobrando la verdadera taquilla del Mundial.

Y cuando termine la fiesta, probablemente quedarán menos goles que contratos… y menos legado que olor a concreto húmedo, deuda pública y negocios privados. 

viernes, 8 de mayo de 2026

 

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

Discursos, promesas... y las ciudades que intentan maquillarse para el mundo

Por Jose Rafael Moya Saavedra

El Mundial 2026 no llegará solamente a estadios.

Llegará a aeropuertos saturados.
A ciudades parchadas a contrarreloj.
A corredores turísticos recién pintados.
A periferias que seguirán fuera de cuadro.
A gobiernos que prometen legado mientras intentan controlar la imagen antes de que lleguen las cámaras internacionales.

México quiere mostrarse como potencia organizadora, país moderno y escaparate continental. Los discursos oficiales hablan de transformación urbana, movilidad sustentable, seguridad tecnológica e inversión histórica.

Pero debajo del render aparece otra cosa.

Un cierto olor a podrido.

No el olor popular del fútbol mexicano: fritanga, cerveza derramada y humo de tacos afuera del estadio. No. Otro aroma. Más profundo. Más político.

El olor de la simulación.
El olor de las obras apresuradas.
El olor de gobiernos que descubren las fracturas urbanas justo cuando el mundo está por observarlas.

I. Ciudad de México

La capital que quiere verse mundialista

La Ciudad de México quiere presentarse como el corazón moderno del Mundial.

El discurso de Clara Brugada habla de una "Ciudad de Derechos y Libertades", con movilidad sustentable, regeneración urbana y el "Mundial más seguro de la historia". Sobre el papel, la capital entra en una transformación gigantesca: 600 mil metros cuadrados de espacio público renovado, 500 canchas rehabilitadas, decenas de miles de cámaras y luminarias nuevas, miles de patrullas y corredores turísticos remozados para recibir a la FIFA. Pero la ciudad real huele distinto: a concreto fresco que se seca bajo presión de calendario, a drenajes abiertos en Santa Úrsula, a comerciantes ambulantes recogiendo sus puestos porque "ya viene el Mundial" y la prioridad es despejar el cuadro, no resolver la vida cotidiana.

Tlalpan.
Azteca.
Centro Histórico.
Reforma.
Aeropuerto.

La periferia sigue esperando otro campeonato: el del agua diaria, el transporte digno y las banquetas transitables.

Mientras el gobierno promete el "Mundial más seguro", la apuesta parece descansar más en hipervigilancia que en resolver las raíces de la violencia cotidiana. La ciudad será probablemente una de las más monitoreadas de América Latina... aunque eso no garantice sentirse más segura.

Aquí el Mundial no solo quiere organizar fútbol.

Quiere administrar la imagen de la ciudad.

Por eso el ambulantaje se "reordena".
Los indigentes se "canalizan".
Los viene-viene se "retiran".

No desaparecen los problemas.
Solo se desplazan fuera del encuadre.

Porque la lógica mundialista no exige resolver la desigualdad.
Exige que no salga en televisión.

La capital no es una excepción, es apenas el primer panel del escaparate. Si en la Ciudad de México el Mundial se vive como operación de imagen sobre una ciudad rota, en Guadalajara la fórmula se repite con otro vocabulario: el de la metamorfosis urbana.

II. Guadalajara

La metamorfosis sobre terreno minado

Guadalajara se vende como ciudad en metamorfosis. El gobierno presume una inversión de más de 3,550 millones de pesos en obras rumbo a 2026: vialidades renovadas, fachadas limpias en el Centro Histórico, adecuaciones para el aeropuerto y espacios listos para el Fan Festival internacional. En los vídeos oficiales, la ciudad es una sucesión de plazas pulidas, camellones verdes y turistas caminando sin prisa.

Pero hay otra Guadalajara que no entra en los renders: la de las fichas de búsqueda pegadas en postes, la de las madres rastreadoras, la de las desapariciones que siguen creciendo mientras se promete "la mejor experiencia turística del continente". La ciudad que verá la FIFA es la misma donde, a unos kilómetros de distancia, se siguen abriendo fosas en la periferia. La Minerva sí sale en la toma aérea; las búsquedas en campo quedan fuera de cuadro. Las avenidas remodeladas sí entrarán a los comerciales oficiales; Los cinturones de miedo quedarán fuera del plano.

Aquí el Mundial funciona como un filtro visual: una capa brillante colocada encima de una realidad profundamente incómoda.

Y quizá el mayor problema no sea la violencia misma.

Sino el esfuerzo institucional por invisibilizarla mientras llegan los turistas.

Guadalajara agrega otra capa al olor a podrido: la de una ciudad que intenta esconder su violencia bajo la alfombra de la modernización turística. El tercer panel del tríptico está más al norte, donde el lenguaje cambia de registro: ya no se habla de metamorfosis ni de derechos, sino de negocios, conectividad y prestigio industrial.

III. Monterrey

El estadio brillante y la ciudad sedienta

En Monterrey el discurso mundialista tiene tono empresarial.

Aquí no se habla tanto de inclusión o derechos. Aquí se habla de competitividad global, conectividad, inversión y prestigio internacional.

El Estadio BBVA será modernizado. El aeropuerto ampliado. Las vialidades aceleradas. Todo debe estar listo para que Monterrey se consolide como vitrina industrial de clase mundial.

Pero afuera del render todavía existe otra ciudad.

La que recuerda la crisis de agua.
La que respira contaminación cotidiana.
La que observa cómo los megaproyectos avanzan más rápido que las soluciones básicas para muchas colonias populares.

Aquí el Mundial huele a concreto recién vaciado bajo presión de calendario FIFA.

 México ya conoce el libreto de las obras aceleradas: sobrecostos, improvisación, inauguraciones prematuras y promesas que envejecen rápido.

Mientras los recursos fluyen hacia estadios y corredores logísticos, muchas zonas siguen esperando infraestructura elemental.

Porque el Mundial también exhibe prioridades.

Y en Monterrey parece claro qué llega primero: la vitrina internacional.

Puestas juntas, las tres sedes dejan de ser historias sueltas y se vuelven un patrón. Cambian los acentos, los montos y las heridas abiertas, pero el mecanismo es el mismo: el Mundial como operación de maquillaje sobre problemas estructurales que seguirán ahí cuando se apaguen las luces.

IV. Comparativos

Tres ciudades, una misma lógica

Aunque cada sede tiene su propio discurso, las tres comparten el mismo mecanismo político:

convertir el Mundial en operación de imagen.

Ciudad Narrativa oficial Lo que intenta ocultarse

Ciudad de México Ciudad incluyente, segura y sustentable Desigualdad urbana, ambulantaje desplazado, crisis de movilidad y agua

Guadalajara Metamorfosis y modernización turística Violencia, desapariciones y fractura social

Monterrey Hub industrial y sede global Crisis hídrica, contaminación y desigualdad territorial

Las tres ciudades comparten algo más:

la inversión se concentra donde pasará la cámara.

Corredores FIFA.
Aeropuertos.
Estadios.
Fan Fest.
Rutas turísticas.

No necesariamente donde vive la mayor parte de la población.

V. Conclusiones

Lo que realmente podría exhibir el Mundial

México probablemente organizará buenos partidos. Los estadios estarán llenos, las ceremonias funcionarán, las transmisiones se verán espectaculares. Pero el verdadero examen del Mundial no estará en la cancha, sino en las ciudades que el país decidió fabricar para la cámara. Porque detrás del lenguaje de modernidad e inversión histórica aparecen señales conocidas: obras concentradas en corredores FIFA, megaproyectos acelerados, desplazamientos silenciosos de pobreza e informalidad, hipervigilancia como sustituto de política pública.

Oficialmente, el Mundial 2026 será la gran vitrina de un México moderno, con una capital "incluyente y segura", una Guadalajara "en metamorfosis" y un Monterrey convertido en hub industrial global. La pregunta es qué se verá cuando se apague el show: si un país que realmente transformó sus ciudades o uno que solo aprendió a decorar sus grietas antes de que llegaran las cámaras. Porque hay algo que ni los drones, ni las pantallas gigantes, ni la pintura de última hora consiguen ocultar del todo: ese cierto olor a podrido que queda en el aire cuando el Mundial se va y la ciudad vuelve a ser lo que era.

jueves, 7 de mayo de 2026

 

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

Dos inseguridades, un mismo espectáculo

México intenta contener su violencia. Estados Unidos impone control total. El mismo Mundial se jugará entre dos modelos de seguridad.

Por Jose Rafael Moya Saavedra


El Mundial 2026 no se jugará en un solo país.

Se jugará entre dos formas de inseguridad.

        A cien días del inicio, la conversación parece repetirse: ¿es seguro México?, ¿aguantan las sedes mexicanas? El Gobierno responde con cifras, planes y conferencias; la FIFA pide informes y manda inspectores; los medios hablan de presiones para mover partidos a Houston. Todo suena familiar.

        Lo que casi no se dice es que el mismo torneo se disputará también en un país que llega a la Copa con otros miedos: terrorismo, ciberataques, guerras abiertas, crisis migratoria, polarización interna. Mientras México vive bajo la sombra del crimen organizado y una violencia territorial persistente, Estados Unidos opera en modo de alerta permanente, con un aparato de seguridad nacional que no se apaga ni cuando suena el himno de la FIFA.

        El Mundial 2026 es, en realidad, un experimento político: el mismo balón rodará en dos modelos de inseguridad distintos.

 1. MÉXICO: LA VITRINA DEL ESTADO QUE TODAVÍA QUIERE DEMOSTRAR

        En el lado mexicano, el guion ya se conoce. El país llega al torneo bajo tensión: Jalisco, Nuevo León y Ciudad de México son sedes mundialistas y al mismo tiempo escenarios de una violencia estructural que no se resuelve en un ciclo de noticias.

        La respuesta oficial es el Plan Kukulkán: cerca de 100,000 elementos entre fuerzas armadas, Guardia Nacional, policías estatales y municipales, más seguridad privada; fuerzas de tarea conjuntas, defensa aérea, sistemas antidrones, monitoreo digital y cooperación internacional.

        En el papel, México cumple la garantía de seguridad firmada con la FIFA: proteger estadios, hoteles, aeropuertos y fan zones antes, durante y después del torneo. En la práctica, el Plan Kukulkán es también una vitrina: busca mostrar a la comunidad internacional un Estado capaz de ordenar, aunque sea por unas semanas, un territorio que el resto del año se le desborda.

        México no es el país más violento que ha organizado un Mundial, pero llega con una violencia profundamente territorializada: estadios rodeados de colonias en disputa, carreteras marcadas por robos y secuestros, zonas metropolitanas donde las fosas clandestinas conviven con la promoción turística.

Su inseguridad tiene geografía.

 2. ESTADOS UNIDOS: LA NORMALIDAD DE LA GUERRA PERMANENTE

        Del otro lado de la frontera, la historia no es la de un país tranquilo que ofrece refugio al Mundial. Es la de una potencia que organiza el torneo desde una lógica de seguridad extendida.

        El contexto es conocido: tensiones geopolíticas, amenazas terroristas descentralizadas, crimen transnacional y conflictos abiertos. El propio Mundial aparece, en análisis especializados, como un objetivo lógico para ataques híbridos.

        La respuesta es un operativo que integra defensa aérea, tecnología antidrones, ciberseguridad, inteligencia artificial y coordinación entre el Departamento de Seguridad Nacional, el FBI y agencias locales.

        El torneo se trata, en la práctica, como un asunto de seguridad nacional.

        A eso se suma un elemento central: la participación de agencias migratorias como ICE. Su inclusión en el esquema de seguridad ha encendido el debate sobre si un organismo con historial de detenciones y deportaciones debe formar parte visible del entorno del evento.

        En Estados Unidos, la seguridad del Mundial no se separa de la política migratoria ni de la lógica de guerra global. Forma parte del mismo ecosistema.

 3. DOS FORMAS DE MIEDO

        En México, el miedo tiene una gramática conocida: asesinato, desaparición, secuestro, extorsión, territorios bajo control criminal. El objetivo del operativo es contener esa violencia para que no irrumpa en la transmisión global.

        En Estados Unidos, el miedo se formula distinto: terrorismo, ciberataques, sabotaje, disturbios, amenazas híbridas. El dispositivo busca anticipar y neutralizar riesgos antes de que ocurran.

Pero hay otra capa: el miedo de millones de personas a ser detenidas, vigiladas o identificadas en el entorno del torneo.

Son dos formas de miedo distintas.

En México, el Estado parece decir: “podemos contener nuestra violencia cuando el mundo nos mira.”

En Estados Unidos, el mensaje es otro: “podemos controlar todo… incluso si eso implica vigilarlo todo.”

 4. SEGURIDAD, NEGOCIO Y GEOPOLÍTICA

        Ambos países comparten una convicción: el Mundial es asunto de seguridad nacional.

        En México, el torneo funciona como prueba de estrés: si se supera sin incidentes graves, mejora la reputación del país; si falla, refuerza la narrativa de un Estado rebasado. La cooperación con Estados Unidos se presenta como garantía, pero también abre la puerta a mayor influencia del vecino del norte en materia de seguridad.

        En Estados Unidos, el Mundial llega en medio de debates sobre migración, presupuestos de seguridad y vigilancia. El torneo permite exhibir capacidades tecnológicas, legitimar dispositivos de control y reforzar una narrativa de fortaleza frente a amenazas globales.

        En ambos casos, la seguridad sirve a algo más grande que el futbol: reputación, influencia, control del relato.

 5. EL MUNDIAL COMO ESPEJO DE LA ÉPOCA

        El Mundial 2026 es un evento de alta visibilidad, concentración masiva de población y enorme impacto psicológico. No hace falta que ocurra un incidente para que funcione como laboratorio: la preparación misma revela cómo entienden los Estados la seguridad hoy.

        En México, la respuesta es un operativo extraordinario sobre una base frágil.
En Estados Unidos, es la extensión de un aparato de vigilancia ya consolidado.

        En ambos, la fiesta del fútbol se monta sobre dispositivos pensados para algo más que proteger porterías.

 6. LA PREGUNTA DE FONDO

La discusión no es cuál país es más seguro.

Es qué entendemos por seguridad.

¿Ausencia de violencia visible?
¿Capacidad de control estatal?
¿Protección para todos… o solo para algunos?

        Porque un estadio puede estar perfectamente protegido… y aun así no ser un espacio igual para todos.

Ahí está la paradoja del Mundial 2026:

        En México, el riesgo es que la violencia se administre para que no se vea. En Estados Unidos, el riesgo es que el control se imponga sin que se cuestione a quién excluye.

        La pregunta decisiva no es si el torneo será seguro. Es para quién será vivible.

 CIERRE

El Mundial será un espectáculo.

        Pero también será una advertencia: no todas las inseguridades se enfrentan igual…

y no todas dejan las mismas consecuencias cuando termina el juego.

        Cuando se apaguen las luces, ni el Plan Kukulkán ni los dispositivos del aparato de seguridad estadounidense desaparecerán.

Se quedarán.

        Y con ellos, la forma en que cada país decidió entender la seguridad cuando el mundo entero estaba mirando.

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

Cuando el balón entra en la doctrina de seguridad hemisférica

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Hay algo que no termina de cuadrar.

Algo que empieza a sentirse detrás del discurso oficial del Mundial 2026.

Todavía no es escándalo.
Todavía no es ruptura.
Todavía no es noticia confirmada.

Pero ya tiene olor.

Y sí: un cierto olor a podrido.

Porque mientras México insiste en vender al mundo la imagen de la fiesta futbolera, de la integración trinacional, del turismo masivo y de los estadios listos, en Washington se está escribiendo otra narrativa. Mucho más fría. Mucho más dura. Mucho más peligrosa.

La nueva estrategia antiterrorista de Estados Unidos, firmada en mayo de 2026 por el presidente Donald Trump, no es solamente un documento de seguridad nacional. Es una declaración de poder hemisférico. Una redefinición del continente bajo lógica de amenaza. Y en esa lógica, México aparece cada vez menos como socio... y cada vez más como problema.

Ahí está el verdadero foco rojo.

Porque el documento ya no habla únicamente de terrorismo clásico.
Habla de:

  • cárteles,
  • migración,
  • tráfico de personas,
  • drogas,
  • precursores químicos,
  • fronteras,
  • actores estatales “incapaces o unwilling”,
  • y operaciones necesarias para proteger territorio estadounidense.

Traducido al lenguaje político real: Estados Unidos está construyendo jurídicamente el argumento para intervenir más profundamente en el hemisferio... y el Mundial aparece en el momento perfecto para justificar controles extraordinarios.

Eso cambia todo.

Porque entonces el torneo deja de ser solamente fútbol.

Y empieza a convertirse en:

  • un laboratorio de seguridad continental,
  • un ensayo de control regional,
  • una plataforma de vigilancia multinacional,
  • y una vitrina geopolítica.

Tal vez uno de los mayores ejercicios de monitoreo hemisférico desplegados en tiempos de paz sobre América del Norte.

Porque lo que comienza a organizarse alrededor del torneo ya no pertenece únicamente al deporte:

  • reconocimiento facial,
  • interoperabilidad de inteligencia,
  • drones,
  • vigilancia aérea,
  • biometría,
  • monitoreo digital,
  • dark web,
  • centros de mando trinacionales,
  • y protocolos de contraterrorismo.

El balón entra a la doctrina: ya no es solo un juego, es un dispositivo de seguridad.

Mientras tanto, Texas espera.

No casualmente.

Texas ya tiene una posición privilegiada:

  • más partidos,
  • mejor infraestructura,
  • estadios NFL,
  • conectividad aérea,
  • centros tecnológicos,
  • músculo económico,
  • y respaldo político total del trumpismo.

Dallas y Houston no son sedes complementarias. Son el corazón operativo del Mundial estadounidense.

Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿De verdad alguien cree que, si la narrativa internacional sobre inseguridad en México crece, Texas no terminará beneficiándose?

Porque el balón también sigue la ruta del dinero.

Y el dinero ama la estabilidad.

Pero Texas no representa solamente infraestructura.

Representa algo mucho más profundo:

  • frontera militarizada,
  • vigilancia,
  • control territorial,
  • endurecimiento migratorio,
  • despliegue táctico,
  • doctrina de seguridad,
  • y guerra frontal contra los cárteles.

En otras palabras: Texas no aparece únicamente como plan B operativo del Mundial.

Aparece como modelo político de cómo Washington imagina la administración de la seguridad hemisférica.

Porque quizá nadie necesita quitarle oficialmente partidos a México.

Tal vez basta con algo más sofisticado: desgastarlo lentamente como sede confiable.

Sembrar duda.
Incrementar presión.
Endurecer estándares.
Filtrar escenarios de riesgo.
Instalar internacionalmente la idea de vulnerabilidad.

Porque no hace falta anunciar: “México pierde el Mundial”.

Basta con algo mucho más poderoso: que el mundo empiece a verlo como una sede bajo sospecha.

Y si las condiciones se deterioran... entonces aparecerá la “solución responsable”.

Texas.

La sede segura.
La sede estable.
La sede controlada.

El problema es que México llega a este Mundial en uno de sus momentos más delicados:

  • violencia persistente,
  • regiones bajo control criminal,
  • narco bloqueos,
  • desapariciones,
  • crisis forense,
  • extorsión,
  • infiltración política,
  • y una percepción internacional cada vez más erosionada.

Eso convierte cualquier incidente en dinamita narrativa. Porque en este nuevo escenario ya no basta con tener estadios listos.

Ahora hay que demostrar control territorial.

Y ahí es donde el discurso comienza a agrietarse.

La respuesta mexicana ha sido el llamado Plan Kukulkán, presentado por el gobierno en marzo de 2026:
100 mil elementos,
drones,
cámaras,
vigilancia,
despliegue militar,
coordinación táctica,
sistemas antidrones,
reconocimiento facial,
y monitoreo permanente de corredores turísticos, aeropuertos y zonas de aficionados.

Pero incluso eso abre otra pregunta incómoda: ¿En qué momento un Mundial empezó a parecerse a una operación de contrainsurgencia?

Porque el torneo que debía simbolizar integración continental empieza a mostrar otra cara:

  • vigilancia masiva,
  • inteligencia compartida,
  • militarización,
  • control fronterizo,
  • monitoreo biométrico,
  • zonas de exclusión,
  • y doctrina antiterrorista.

El fútbol como perímetro de seguridad nacional.

Y quizá ahí está la verdadera historia.

No en el partido inaugural.
No en la FIFA.
No en los estadios.

Sino en la silenciosa transformación del Mundial en un escenario geopolítico donde se disputa algo mucho más profundo: quién controla el relato de América del Norte, quién define qué territorios son seguros, y quién tiene autoridad para decidir cuándo un país deja de ser socio... y empieza a convertirse en riesgo.

Porque la nueva doctrina estadounidense ya no trata al narcotráfico únicamente como crimen organizado.

Lo trata como amenaza terrorista hemisférica.

Y eso no es semántica.

Eso es doctrina.

Y cuando algo entra oficialmente en categoría de terrorismo:

  • cambian las reglas,
  • cambian los márgenes,
  • cambia la legitimidad de intervención,
  • cambian las prioridades militares,
  • cambian los protocolos de inteligencia,
  • y cambia incluso la narrativa mediática global.

La frontera también cambia.

Porque ya no está solamente en el Río Bravo.

Ahora la frontera se mueve:
al estadio,
al aeropuerto,
al hotel,
al fan fest,
al celular,
al reconocimiento facial,
a las bases de datos,
y a los corredores de vigilancia digital.

La seguridad se vuelve portátil.
Invisible.
Permanente.

El Mundial termina funcionando, así como legitimador emocional de nuevas medidas hemisféricas:

·       más vigilancia,

·       más control,

·       más intercambio de inteligencia,

·       más presencia militar,

·       más monitoreo de personas y movimientos.

Todo en nombre de la protección de millones de aficionados.

Y mientras eso ocurre, reaparece silenciosamente algo que parecía enterrado: la vieja lógica de la Doctrina Monroe.

Solo que ahora ya no se habla de comunismo.

Se habla de narcoterrorismo.

El hemisferio vuelve a ordenarse alrededor de una potencia que decide:

  • qué amenazas existen,
  • qué gobiernos son confiables,
  • qué territorios son seguros,
  • y cuándo intervenir porque un vecino "no puede o no quiere" controlar su espacio.

Quizá el verdadero partido del Mundial 2026 no se juegue en el Azteca, ni en Dallas, ni en Houston.

Tal vez se juegue en otro terreno: el de la percepción internacional, él control hemisférico y la disputa por decidir qué países siguen siendo socios... y cuáles comienzan a ser administrados como zonas de riesgo.

Porque cuando el fútbol necesita drones, biometría, inteligencia militar y doctrina antiterrorista para celebrarse... el balón ya no rueda solo sobre el pasto.

Rueda sobre la geopolítica.

 

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