miércoles, 10 de junio de 2026

 

OtTRA PERSPECTIVA 

Mundial 2026: cuando las banderas históricas incomodan

Por Jose Rafael Moya Saavedra        

En vísperas del Mundial 2026, las marchas anunciadas por la CNTE, madres buscadoras, campesinos, transportistas y colectivos urbanos en la Ciudad de México no introducen demandas nuevas, sino que reactivan agendas históricas —pensiones magisteriales, verdad y justicia por desapariciones, seguridad en carreteras, defensa del territorio y de la vivienda— que durante años fueron reconocidas por Morena como parte del repertorio legítimo de las luchas populares contra el neoliberalismo. El punto de quiebre aparece cuando esas agendas desbordan los canales de interlocución que el gobierno considera aceptables y se colocan en el corazón del gran escaparate político del sexenio: la inauguración del Mundial. Allí, el lenguaje oficial cambia de registro y comienza a describir las mismas protestas como “provocaciones” e incluso como acciones que “parecen de ultraderecha”, no porque sus causas hayan perdido legitimidad, sino porque cuestionan el monopolio gubernamental sobre la administración del conflicto y sobre la imagen internacional del país.

La ciudad partida en dos

La escena del Mundial en la capital condensa dos relatos incompatibles. Por un lado, el gobierno federal y el gobierno capitalino presentan la inauguración como prueba de orden, modernización y capacidad de gestión; por otro, diversos movimientos sociales anuncian que usarán exactamente ese momento para exhibir que debajo de la vitrina persisten conflictos no resueltos por la propia Cuarta Transformación. Esa simultaneidad no es un accidente de calendario, sino una disputa por el significado del espacio público y por el derecho a ocupar el instante de máxima visibilidad.

La CNTE ha llamado a paro nacional y ha invitado a buscadoras, padres de Ayotzinapa y campesinos a converger en un boicot político al Mundial, mientras otros grupos preparan movilizaciones hacia el Centro y las inmediaciones del estadio. Las autoridades capitalinas, en respuesta, insisten en que habrá diálogo y en que la movilidad y la logística del torneo están garantizadas, subrayando que también debe protegerse el derecho de la población a disfrutar el evento. En esa formulación ya se advierte un desplazamiento del problema: el conflicto deja de leerse desde sus causas de fondo y empieza a formularse como una amenaza al funcionamiento de la ciudad-espectáculo.

Demandas anteriores al Mundial

Magisterio

Las exigencias de la CNTE no surgieron con el torneo. Sus reclamos actuales remiten a una secuencia histórica identificable: rechazo a la Ley del ISSSTE de 2007, oposición a la reforma educativa, demanda de mejores condiciones salariales y objeciones al régimen de promoción y permanencia docente. El Mundial opera aquí como amplificador, no como origen; la organización ya había anunciado movilizaciones y el propio gobierno reconocía que existían temas pendientes en la interlocución con el magisterio.

El dato políticamente relevante es que Morena llegó al poder denunciando la reforma educativa del ciclo anterior y presentándose como interlocutor de un magisterio agraviado. Por eso el giro discursivo actual resulta tan significativo: cuando la CNTE amenaza con trasladar su presión al escenario del Mundial, la respuesta presidencial ya no se limita al reconocimiento de la legitimidad de las demandas, sino que incorpora la idea de “provocación” y la sospecha de conductas que “parecen de ultraderecha”.

Buscadoras y víctimas

La agenda de los colectivos de búsqueda y de los familiares de víctimas también precede ampliamente al Mundial. La exigencia de verdad, justicia, búsqueda efectiva y reparación se consolidó desde la etapa de militarización iniciada en los sexenios anteriores, y la 4T asumió desde su arranque que la escucha a las víctimas sería uno de sus sellos distintivos. La presencia de buscadoras y padres de Ayotzinapa en las convocatorias actuales responde a la percepción de que las mesas y los mecanismos institucionales no han producido resultados suficientes frente a la magnitud de la crisis.

Lo decisivo es que estas demandas fueron incorporadas por Morena a su léxico moral y político. En sus documentos básicos, el partido se presenta como instrumento de lucha de los sectores agraviados por el régimen neoliberal y reivindica explícitamente una agenda de derechos, justicia social y defensa de las mayorías. Cuando las víctimas colocan esa deuda en el centro del escaparate mundialista, dejan de ser únicamente el símbolo ético del cambio prometido y se convierten en una perturbación del guion gubernamental.

Campesinos y transportistas

Las organizaciones campesinas y de transportistas que anuncian movilizaciones durante la inauguración han planteado demandas de larga duración: seguridad en carreteras, freno al robo de carga, protección a granos básicos, precios de garantía y financiamiento al campo. También en este caso la oportunidad política del Mundial sirve para nacionalizar el conflicto y elevar el costo de ignorarlo, con acciones anunciadas no solo en la capital sino en las otras sedes mexicanas.

Estas agendas se inscriben de manera directa en el propio programa de acción de Morena, que habla de defensa de la soberanía alimentaria, de justicia social para productores y de fortalecimiento de los sectores populares frente a los efectos del modelo neoliberal. Sin embargo, al trasladarse del expediente administrativo a la calle y al calendario FIFA, los actores que encarnan esas causas pasan a ser descritos primordialmente como generadores de caos vial y afectación a terceros.

Colectivos urbanos y vivienda

La crítica a la turistificación, al encarecimiento de la vivienda y al desplazamiento asociado a grandes eventos forma parte de una agenda urbana preexistente en la capital. La llegada del Mundial intensifica ese repertorio de agravios porque las zonas aledañas al estadio y los corredores de movilidad se vuelven objeto de operativos, restricciones y presiones para producir una postal ordenada de la ciudad.

El problema de fondo es que Morena también construyó parte de su legitimidad en la capital denunciando el despojo inmobiliario y defendiendo el derecho a la ciudad de sectores populares y comerciantes. Cuando esos mismos sujetos rechazan ser desplazados en nombre del espectáculo global, la reacción institucional tiende a representarlos como obstáculos para que “a la ciudad le vaya bien”, en vez de tratarlos como portadores de una crítica consistente con el archivo político del propio partido.

El archivo de Morena: cuando las banderas históricas incomodan

Morena no solo convivió discursivamente con estas causas; buena parte de su identidad pública se organizó alrededor de la idea de representar al “pueblo” agraviado por las políticas del viejo régimen. En sus documentos básicos, el partido se define como “instrumento de lucha del pueblo” contra el neoliberalismo y reivindica explícitamente a trabajadores, campesinos, pueblos indígenas, víctimas de violencia y sectores populares como sujetos centrales de su proyecto. En esa gramática política, los plantones, bloqueos y boicots formaban parte del repertorio legítimo de resistencia frente a la injusticia estructural, no de un catálogo de anomalías morales.

Ese archivo doctrinario resulta relevante porque explica por qué múltiples movimientos sociales consideraron durante años que existía una afinidad política natural entre sus demandas y el proyecto de la Cuarta Transformación. La defensa de la educación pública, la justicia para las víctimas, la soberanía alimentaria, el derecho a la ciudad y la protección de los sectores populares no aparecieron como causas externas al discurso de Morena, sino como parte de su identidad fundacional.

La novedad del momento actual es que esa gramática parece invertirse cuando el conflicto toca el corazón simbólico del nuevo poder. En la conferencia matutina de inicios de junio de 2026, ya con el Mundial encima y con la CNTE instalada en la capital, Claudia Sheinbaum afirmó que su gobierno no caería en la “provocación” de reprimir las protestas magisteriales, pero al mismo tiempo sostuvo que ciertos actos de violencia en esas movilizaciones “parecen de ultraderecha”. En declaraciones posteriores insistió en que algunos grupos dentro del magisterio “están haciendo juego a la ultraderecha” y que existen sectores interesados en proyectar una imagen de caos en México a las puertas de la Copa del Mundo.

Aquí aparece el punto más duro del argumento. Las demandas no son nuevas, tampoco lo son sus protagonistas. Lo que cambia es el marco desde el cual son observados. Mientras las exigencias permanecen dentro de las mesas de diálogo y los mecanismos institucionales que el gobierno administra, continúan formando parte del universo de las “banderas históricas”. Cuando esas mismas causas deciden utilizar el mayor escaparate político y mediático del sexenio para aumentar su visibilidad, comienzan a ser descritas como provocaciones, riesgos para la gobernabilidad o acciones funcionales a intereses ajenos.

La categoría “ultraderecha” cumple entonces una función política específica. Permite reconocer en abstracto que existen agravios legítimos y, al mismo tiempo, cuestionar las formas concretas mediante las cuales esos agravios buscan hacerse visibles. También ofrece una protección discursiva frente a la crítica por izquierda: si el conflicto puede atribuirse a infiltraciones, provocadores o intereses externos, el gobierno evita reconocer que algunos de los mismos actores sociales que durante años reivindicó como fuente de legitimidad hoy expresan frustración frente a promesas incumplidas.

El resultado es una transformación en la percepción pública. El maestro que exige una pensión digna, la madre que busca a su hijo desaparecido, el campesino que reclama condiciones para producir o el comerciante que se resiste al desplazamiento dejan de aparecer únicamente como portadores de demandas históricas y comienzan a ser representados como quienes amenazan con alterar la celebración nacional. Esa es quizá la paradoja más significativa del Mundial 2026: las mismas luchas que ayudaron a construir la legitimidad política de la Cuarta Transformación son las que, en determinadas circunstancias, terminan siendo presentadas como una incomodidad para el poder.

Mesas de diálogo y promesas incumplidas

Las mesas de diálogo han sido una herramienta central del estilo político de los gobiernos morenistas frente a conflictos sociales. En el caso del magisterio, la interlocución con SEGOB y SEP ha sido presentada reiteradamente como prueba de apertura gubernamental, aun cuando la CNTE sostiene que sus demandas centrales siguen irresueltas y por eso exige diálogo directo con la presidencia. En el caso de otros colectivos, el patrón es similar: reconocimiento público de la legitimidad de los reclamos, apertura de canales institucionales y, al mismo tiempo, persistencia de los agravios que originaron la movilización.

Desde una perspectiva analítica, esto permite leer las mesas no solo como espacios de negociación, sino como mecanismos de contención del conflicto. Mientras las demandas se mantienen dentro de esos circuitos, el gobierno puede reivindicar la escucha como parte de su legitimidad democrática. Pero cuando los movimientos deciden alterar la normalidad de un evento estratégico como el Mundial, el desborde se vuelve intolerable precisamente porque cuestiona la capacidad del gobierno para regular los tiempos, los formatos y la visibilidad de la protesta.

La función política de la acusación de ultraderecha

La categoría “ultraderecha” cumple aquí una función defensiva. Permite al gobierno reconocer en abstracto que existen agravios reales y, al mismo tiempo, deslegitimar las formas concretas de protesta que cuestionan su narrativa de orden y transformación. También le permite blindarse frente a la crítica por izquierda: si el desborde puede ser atribuido a provocadores o infiltrados, entonces se evita admitir que los propios sujetos históricos que el partido invocó como fuente de legitimidad hoy expresan frustración frente a promesas incumplidas.

Este desplazamiento no elimina la legitimidad de las demandas, pero sí reorganiza el terreno de la percepción pública. El maestro precarizado, la madre buscadora, el campesino endeudado o el comerciante desplazado dejan de aparecer ante la opinión pública como portadores de un reclamo justo y pasan a ser representados como quienes “casi arruinan el Mundial”. Esa es, probablemente, la operación política más importante del momento: no la resolución del conflicto, sino la reescritura del sentido de quienes lo encarnan.

Conclusión

El conflicto en torno al Mundial 2026 no enfrenta simplemente el derecho a la protesta con el derecho al espectáculo. En el fondo pone en cuestión si un gobierno que se definió, en sus propios documentos básicos, como “instrumento de lucha del pueblo” contra el neoliberalismo y que hizo suyos los reclamos de maestros, víctimas, campesinos y barrios populares, puede seguir hablando en nombre de esas luchas cuando son ellas mismas las que irrumpen en el corazón de su celebración nacional.

Las movilizaciones de la CNTE, de las madres buscadoras, de los campesinos y de los colectivos urbanos no cambian de naturaleza cuando pasan por Reforma rumbo al Estadio: siguen siendo demandas de pensiones dignas, verdad y justicia, soberanía alimentaria y derecho a la ciudad, las mismas que Morena reivindicó como banderas históricas para llegar al poder. Lo que sí cambia es el encuadre oficial: en la víspera del Mundial, la presidenta Claudia Sheinbaum describe ciertos actos de protesta como “provocaciones” que “parecen de ultraderecha” y advierte que algunos grupos están “haciendo juego” a un bloque conservador que busca sembrar una imagen de caos en México.

Integrar esta secuencia en una bibliografía clara no es un adorno académico, sino una forma de documentar la paradoja política del momento: las mismas luchas que el partido‑movimiento inscribió en su relato fundacional como prueba de la dignidad popular son hoy recodificadas desde el poder como amenazas funcionales a la ultraderecha cuando se niegan a aceptar los límites del diálogo administrado y usan el Mundial —la vitrina más cara del sexenio— para recordarle al gobierno lo que todavía no ha cumplido.

 

Fuentes consultadas

  • Movimiento Regeneración Nacional. (2018). Declaración de principios de Morena. Comité Ejecutivo Nacional de Morena.
  • Movimiento Regeneración Nacional. (2024). Declaración de principios de Morena (versión actualizada). Instituto Nacional Electoral.
  • Movimiento Regeneración Nacional. (2024). Programa de Morena: El país por el que luchamos. Comité Ejecutivo Nacional de Morena.
  • Movimiento Regeneración Nacional. (s. f.). Documentos básicos de Morena [folleto informativo en línea].
  • Alcalde Luján, L. M. (2025, 15 de junio). “La presidenta Sheinbaum no está sola, la acompaña el pueblo de México, la verdad y Morena” [Publicación en Instagram del CEN de Morena].
  • Morena Nezahualcóyotl. (2026, 12 de marzo). Nuestra bandera es símbolo de historia, lucha y esperanza del pueblo de México [Publicación en Facebook].
  • Morena Ciudad de México. (2026, 12 de marzo). Morena CDMX conmemora el Día de la Bandera [Publicación en X].
  • Expansión Política. (2026, 1 de junio). La CNTE llama a buscadoras, padres de los 43 y campesinos a paro nacional y boicot al Mundial. Expansión Política.
  • El Financiero. (2026, 7 de junio). Buscadoras, transportistas y campesinos: todas las marchas en CDMX para la inauguración del Mundial 2026. El Financiero.
  • Infobae México. (2026, 2 de junio). Manifestaciones escalan a días de la inauguración del Mundial 2026 en México: campesinos y maestros anuncian movilizaciones en sedes mundialistas. Infobae.
  • Grupo Animal Político. (2026, 4 de junio). CNTE, transportistas y Ayotzinapa: estas son las protestas que desafían la inauguración del Mundial. Grupo Animal.
  • Milenio. (2026, 8 de junio). Protestas y bloqueos amenazan la inauguración del Mundial 2026 en CDMX. Milenio–Récord.
  • Infobae México. (2026, 2 de junio). CNTE, madres buscadoras y padres de los 43: las protestas que amenazan con boicotear el Mundial 2026. Infobae.
  • Expansión Política. (2026, 7 de junio). Buscadoras, CNTE, campesinos y comerciantes llaman a mega manifestación durante la inauguración del Mundial. Expansión Política.
  • Reporte Índigo. (2026, 29 de marzo). Mundial 2026: crisis social y protestas amenazan inauguración en CDMX. Reporte Índigo.
  • El Financiero. (2026, 2 de junio). No vamos a caer en represión a la CNTE antes del Mundial, afirma Claudia Sheinbaum [Conferencia matutina]. El Financiero.
  • Infobae México. (2026, 2 de junio). Violencia en protestas de la CNTE parece de ultraderecha, afirma Sheinbaum. Infobae.
  • EFE. (2026, 2 de junio). Sheinbaum dice que no caerá en la “represión” de las protestas de la CNTE en vísperas del Mundial 2026. Agencia EFE.
  • Proceso. (2026, 17 de marzo). Sheinbaum pide a la CNTE que sus movilizaciones sean pacíficas; amenazan con plantones rumbo al Mundial. Proceso.
  • Grupo Animal Político. (2026, 2 de junio). Sheinbaum descarta encuentro con la CNTE y rechaza caer en provocaciones de cara al Mundial 2026 [Video]. Grupo Animal.
  • Infobae México. (2026, 2 de junio). Pese a demandas de colectivos, autoridades de la CDMX aseguran que capitalinos tienen derecho a “disfrutar” del Mundial 2026. Infobae.
  • Expansión Política CDMX. (2026, 7 de junio). Brugada garantiza Mundial 2026 pese a protestas y llama a diálogo con colectivos. Expansión Política.
  • Expansión Política. (2026, 28 de mayo). Turistas llenan CDMX, Jalisco y Nuevo León mientras protestas se intensifican a días del Mundial. Expansión Política.
  • Amnistía Internacional. (2026, 4 de junio). La humanidad debe triunfar: Defender los derechos y abordar la represión en la Copa Mundial de la FIFA 2026. Amnistía Internacional.
  • Infobae México. (2026, 29 de mayo). Protesta social en riesgo durante el Mundial 2026: colectivos piden garantizar respeto a la libertad de expresión. Infobae.

  • Almeida, P. (2020). Movimientos sociales: La estructura de la acción colectiva. CLACSO.
  • Zepeda, R. (2011). Las teorías de los movimientos sociales y el enfoque de la movilización de recursos. Estudios Sociológicos, 29(85), 163–188.

martes, 9 de junio de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

El Mundial 2026…. Apesta¡¡¡¡

Crónica de un país que organizó una fiesta que no le pertenece

Por Jose Rafael Moya Saavedra

 

Hay olores que no se anuncian. Llegan antes de que uno sepa de dónde vienen: algo en el aire que todavía no tiene nombre pero que el cuerpo ya reconoce. Así empezó este Mundial.

Meses antes del silbatazo inaugural, cuando la Ciudad de México todavía se llenaba de pantallas y espectaculares con colores de la Copa, algo no encajaba. No era el escepticismo del que no le gusta el fútbol. Era algo más físico, más concreto: la sensación de que la fiesta estaba siendo construida para alguien más. Que los que la organizaban no eran los mismos que iban a vivirla. Que la ciudad era el escenario y su gente, el decorado.

Ese olor vago ya tiene nombre. El 9 de junio de 2026, a dos días de la inauguración, se puede decir con toda claridad:

El Mundial 2026 apesta.

Lo que se prometió y lo que llegó

México ha sido sede del Mundial tres veces. Quienes recuerdan 1970 hablan de una ciudad apropiada: televisores a color en las vitrinas de las tiendas, conversaciones en los mercados, barrios que seguían los partidos en radios transistorizados. En 1986, el futbol llegó después del sismo. El país estaba herido y, sin embargo, o quizás por eso, la apropiación fue total: la Copa como respiro colectivo, como prueba de que algo todavía funcionaba en un país que acababa de enterrar a sus muertos entre escombros.

Nada de eso ocurre en 2026.

Una encuesta de Mitofsky lo dijo con brutalidad estadística: 0% de los encuestados considera que los boletos son baratos. Solo el 4% ve probable asistir a un partido. El 18% cree que los estadios están listos. Una encuesta de la UNAM encontró que las preocupaciones de los capitalinos frente al Mundial son el tráfico, el encarecimiento, la contaminación y la desigualdad —no la expectativa, no la fiesta.

No es nostalgia. Es una radiografía.

El precio del espectáculo ajeno

Para ver a México jugar en casa, el boleto más barato ronda los cinco mil pesos. El partido inaugural, en el Estadio Azteca, cuesta entre 19 mil y 44 mil. La final en Estados Unidos, más aún. Los palcos VIP para los cinco partidos en la Ciudad de México se ofrecieron en hasta 1.5 millones de dólares.

La FIFA habla de "opciones asequibles". Habla también de "la fiesta del pueblo". Lo dice Infantino con la seguridad de quien nunca ha tenido que elegir entre el gas y una entrada al estadio.

El modelo es simple: la escasez se administra, el acceso se estratifica, la emoción se vende por niveles. Los que pueden pagan la experiencia completa —hospitalidad, zona premium, traslado blindado. Los que no pueden miran desde fuera, desde un Fan Fest con dos entradas, desde una Fan Zone en algún deportivo de su alcaldía. Todos son, según la narrativa oficial, parte de la misma fiesta.

Pero no lo son.

El Zócalo amurallado

El 9 de junio, la Plaza de la Constitución está cercada. No por la FIFA. Por el gobierno, para contener a los maestros de la CNTE.

Las vallas metálicas no rodean el Fan Fest: rodean el derecho a la protesta. Las calles que llevan al corazón de la ciudad —Madero, 20 de noviembre, Tacuba, 5 de Mayo— están tomadas por campamentos del magisterio. No como provocación estética: como la última expresión de quienes llevan años pidiendo que alguien les conteste.

Los maestros de la CNTE llevan nueve días consecutivos en la calle. Sus demandas no son nuevas: abrogación de la reforma al ISSSTE de 2007, eliminación de los esquemas derivados de la reforma educativa de 2019, pensiones dignas sin Afores, aumento salarial del 100% al sueldo base. Son demandas que en 2025 tampoco se atendieron. Que en 2024 tampoco. Que llevan la cuenta de los años acumulados como el maestro Proceso Columbo lleva la cuenta del ojo que perdió en una manifestación en la capital.

Un ojo. Perdido en una protesta. Mientras se instalan pantallas gigantes y zonas de experiencias interactivas a doscientos metros.

"No somos Díaz Ordaz"

Eso dijo Claudia Sheinbaum en su conferencia matutina. La frase fue necesaria porque la comparación ya circulaba sola, con sus propias piernas.

Nadie invoca al expresidente que ordenó la matanza del 2 de octubre de 1968 si no siente que la comparación tiene algún fundamento. El aparato que rodea al Estadio Ciudad de México —grupos Zorros, grupos Ateneas, policía bancaria, bloqueo del tren ligero, cierre de Calzada de Tlalpan— no es un operativo de bienvenida. Es un operativo de contención.

La diferencia entre contención y represión no es ideológica: es táctica. El gobierno de Sheinbaum ha comprendido que no puede reprimir abiertamente a los maestros mientras el mundo mira. La nota internacional que quieren evitar es exactamente esa: "el gobierno de México reprime al magisterio en vísperas del Mundial". Por eso la frase. Por eso los grupos especializados en vez de la policía uniformada. Por eso el lenguaje de los "provocadores externos".

Pero el maestro que perdió el ojo no era un provocador externo. Era un maestro.

El Plan Kukulkán —casi cien mil elementos de seguridad coordinados para el torneo— puede controlar perímetros, corredores, flujos. No puede controlar nueve días de presencia continua dispersa en cinco puntos simultáneos. No puede controlar el sur de la ciudad, que hoy está bloqueado porque la CNTE llegó hasta los accesos del Estadio y el tren ligero quedó suspendido sin aviso. No puede controlar, sobre todo, lo que subyace a la protesta: décadas de deuda acumulada.

El hambre de justicia ya venció la indiferencia. Y el operativo de seguridad más grande de la historia reciente de la Ciudad de México no tiene respuesta para eso.

La historia no se repite de la misma manera. Cambian los métodos. Cambian los uniformes. Cambian las justificaciones. Lo que permanece es la tensión entre la protesta y el poder.

El acelerador de lo que ya estaba

El Mundial no trajo la violencia estructural a México. La encontró aquí y la amplificó.

En los meses previos, los colectivos de madres buscadoras anunciaron que aprovecharían la visibilidad internacional para hacer audibles sus casos. Los colectivos feministas convocaron acciones durante el torneo. Los transportistas, los agricultores, otros sindicatos —todos identificaron el mismo principio: el Mundial concentra las cámaras del mundo en un territorio que, si se mueve, se vuelve noticia global.

En el Centro Histórico, el MUNAL lleva días cerrado. Los comerciantes del barrio llevan semanas contando pérdidas. Las personas en situación de calle que habitaban esas aceras fueron desplazadas antes de que llegaran las vallas. En colonias como Coyoacán y Santa Úrsula, los vecinos que resistieron las restricciones de acceso del perímetro mundialista siguen peleando por entrar a sus propias casas.

Ninguno de estos datos aparece en el relato oficial. El relato oficial tiene pantalla de 500 metros cuadrados, capacidad para 55,000 personas y set de DJ.

La disciplina moral selectiva

FIFA multó a la Federación Mexicana por el grito homofóbico. Lo hizo en Qatar 2022, en Rusia 2018, en Brasil 2014. Lo seguirá haciendo. El TAS confirmó la sanción. Los estadios se cerrarán parcialmente si el cántico se repite.

La firmeza es real. También lo es su selectividad.

La misma organización que sanciona con rigor el grito discriminatorio opera con perfecta comodidad frente a los boletos de 44,000 pesos, los palcos de 1.5 millones de dólares, los contratos de hospitalidad que convierten el acceso en mercancía de lujo. La violencia del estadio es visible, escandalosa, filmable. La violencia del modelo de negocio es abstracta, sistémica, legalmente irreprochable.

La ética que solo persigue lo filmable no es ética. Es gestión reputacional.

El país que mira desde afuera

México es sede. Pero ser sede no significa ser el centro de la fiesta.

En 1970 y en 1986, el Mundial encontraba al país. En 2026, el país tiene que encontrar el Mundial —a través de filtros, de vallas, de Fan Zones en deportivos de alcaldía, de transmisiones en pantallas donde el acceso está sujeto a cupo limitado y prohibición de entrada con paraguas, sombrillas, instrumentos musicales, balones y carriolas.

Sin carriolas. En un evento familiar. En el corazón de la ciudad.

El síntoma no está en ningún documento oficial. Está en esa lista de objetos prohibidos que revela, de manera involuntaria, quién es el público imaginado y quién no.

En 1970 y 1986 el Mundial entró en la vida cotidiana de los mexicanos. En 2026 son los mexicanos quienes deben pedir permiso para entrar al Mundial.

Lo que el olor ya dijo

La putrefacción no ocurre de golpe. Comienza en los bordes, en lo que nadie vigila, en lo que se deja acumular porque atenderlo es incómodo.

Este Mundial acumula:

Un maestro que perdió un ojo durante una protesta. Nueve días de protesta ininterrumpida. Un Zócalo vallado para que quepa una fiesta que desplazó al barrio que lo rodea. Un operativo de casi cien mil elementos que no puede resolver lo que tiene enfrente porque lo que tiene enfrente no es un problema de seguridad —es un problema de justicia. Boletos que cuestan lo que un trabajador gana en dos meses. Palcos que cuestan lo que una familia gana en varias generaciones. Un presidente de la FIFA que habla de "fiesta del pueblo" desde suites que el pueblo no puede pagar. Una presidenta de México que dice "no somos Díaz Ordaz" mientras los grupos Zorros bloquean el tren ligero.

Todo eso junto tiene un olor que ya todos reconocen, aunque no todos lo nombren.

Se llama impunidad estructural. Se llama desigualdad de acceso. Se llama Estado que cuida el espectáculo más que a los espectadores.

Se llama, simplemente, lo que ya sabíamos antes de que llegara el primer equipo.

El Mundial 2026 apesta. Y lo peor es que lo sabíamos desde antes de que empezara.

El Mundial llegó para mostrarle al mundo un país en fiesta.

Terminó exhibiendo un país que todavía no resuelve aquello que intenta ocultar detrás del espectáculo

 

OTRA PERSPECTIVA

El Mundial que se vende más de lo que se vive

Cuando la cobertura deja de construir comunidad

Mundial 2026, Un cierto olor a podrido

Por José Rafael Moya Saavedra

Hay una paradoja difícil de ignorar. Nunca había existido tanto contenido sobre una Copa del Mundo. Nunca había habido tantas pantallas, plataformas, campañas publicitarias, redes sociales, transmisiones especiales y estrategias de mercadotecnia. Sin embargo, a pocos días del arranque de México 2026, una sensación se repite en calles, mercados, oficinas y conversaciones cotidianas: el Mundial no termina de sentirse.

La explicación no parece estar en la falta de cobertura. Quizá ocurra exactamente lo contrario. Tal vez el torneo se ha convertido en un producto tan intensamente comercializado que ha comenzado a perder aquello que durante décadas le dio sentido: la capacidad de construir una experiencia compartida. Porque una cosa es transmitir un Mundial y otra muy distinta lograr que una sociedad lo viva como propio.

El ambiente no es solo el estadio

El ambiente de un Mundial no se produce únicamente en la cancha. También se construye en la televisión abierta, en la radio encendida en taxis y mercados, en los espectaculares de la ciudad, en las conversaciones cotidianas y en la percepción de que el torneo está al alcance de la mayoría.

Cuando esa circulación se debilita o se privatiza, el torneo sigue existiendo como evento global, pero pierde densidad popular en la vida diaria.

Ese es uno de los rasgos más visibles de México 2026. A diferencia de 1970 y 1986, cuando la experiencia mediática ayudaba a convertir el Mundial en una cita compartida por amplias capas de la población, la edición de 2026 aparece marcada por una mezcla de fragmentación tecnológica, saturación comercial y acceso desigual.

De la señal compartida al ecosistema fragmentado

En México, la Copa del Mundo 2026 tendrá una cobertura amplia, pero no homogénea. La televisión abierta seguirá siendo relevante, pero una parte importante de la experiencia completa del torneo se desplazará hacia plataformas digitales, servicios de streaming y esquemas de acceso segmentado.

La diferencia parece menor, pero no lo es.

El ambiente también depende de la coincidencia. Cuando millones de personas observan el mismo partido por el mismo canal, comentan simultáneamente los mismos momentos y comparten los mismos relatos, el torneo se transforma en conversación nacional.

Cuando una parte sigue los encuentros por televisión abierta, otra por streaming de pago, otra mediante aplicaciones móviles y otra únicamente a través de clips y resúmenes en redes sociales, el Mundial deja de ser una experiencia intensamente simultánea para convertirse en un consumo fragmentado.

La tecnología amplía las posibilidades de acceso, pero también dispersa la experiencia colectiva.

El costo también enfría la conversación

El encarecimiento no afecta solamente el ingreso al estadio.

También modifica la relación cotidiana con el torneo cuando buena parte de la cobertura completa depende de suscripciones digitales, paquetes especiales o dispositivos conectados.

La promesa de una cobertura "sin precedentes" convive así con una realidad menos integradora: el partido ya no entra simplemente a la casa; entra condicionado por plataformas, paquetes comerciales y pagos escalonados.

Este modelo contribuye a una sensación de distancia social.

Un Mundial puede estar omnipresente como producto y, al mismo tiempo, ausente como experiencia común.

Eso ayuda a explicar por qué muchas personas perciben que el torneo "no se siente" aunque existan campañas promocionales, programación especial y narrativas permanentes de cuenta regresiva.

Publicidad exterior: mucho anuncio, poca apropiación

La publicidad urbana no necesariamente equivale a ambiente popular.

La preparación comercial rumbo al torneo contempla una fuerte presencia de marcas en publicidad exterior, escaparates, mobiliario urbano y campañas asociadas a la exposición internacional que traerá el Mundial.

Sin embargo, esa presencia responde principalmente a la lógica del patrocinio global y de la explotación comercial del acontecimiento.

No necesariamente refleja una apropiación espontánea por parte de barrios, mercados, colonias o redes comunitarias.

Por eso puede haber más pantallas, más espectaculares y más campañas sin que exista una emoción social equivalente.

La calle puede verse invadida por el Mundial y, al mismo tiempo, sentirse menos mundialista.

El exceso de branding difícilmente sustituye la temperatura afectiva que antes producían los adornos improvisados, las banderas colgadas en las ventanas o la conversación futbolera que aparecía naturalmente en cualquier esquina.

Más anuncios, menos relato compartido

La comercialización mediática también altera la manera en que se recibe el torneo.

Los espacios publicitarios asociados al Mundial alcanzan cifras extraordinarias y las estrategias de segmentación permiten dirigir mensajes específicos a públicos específicos.

Desde el punto de vista comercial, el modelo es eficiente.

Desde el punto de vista cultural, la pregunta es otra.

¿Qué ocurre cuando cada espectador recibe un Mundial diferente?

La transmisión deja de sentirse como un ritual compartido y comienza a parecerse a una plataforma de monetización permanente de la atención.

El partido sigue ahí, pero cada pausa, cada pantalla y cada interacción parecen recordar que detrás del espectáculo existe una compleja maquinaria comercial diseñada para capturar tiempo, datos y consumo.

La radio también pierde centralidad

La radio continúa siendo importante para millones de personas, especialmente en movilidad y en sectores populares.

Pero ya no organiza la experiencia mundialista como lo hizo durante décadas.

La conversación se ha desplazado hacia ecosistemas digitales, plataformas audiovisuales y redes sociales que operan con lógicas distintas.

La radio no desaparece.

Simplemente deja de ocupar el centro simbólico desde donde antes articulaba una narrativa nacional compartida.

Su voz sigue presente, pero compite con una multiplicidad de pantallas, algoritmos y contenidos que fragmentan la atención colectiva.

Comparación histórica

Dimensión

México 1970 y 1986

México 2026

Acceso mediático

Señales abiertas dominantes y cobertura nacional compartida.

Streaming, plataformas digitales y acceso fragmentado.

Sensación de simultaneidad

Millones siguiendo los mismos partidos al mismo tiempo.

Audiencias dispersas entre televisión, apps, cable, redes y clips.

Publicidad

Campañas masivas con identidad común y memoria colectiva.

Publicidad hipersegmentada, basada en datos y múltiples plataformas.

Radio

Medio central para seguir el torneo y construir conversación pública.

Medio complementario dentro de un ecosistema digital más amplio.

Calle y entorno urbano

Decoración espontánea y apropiación popular del evento.

Branding corporativo y activaciones comerciales de patrocinadores.

Sentido de pertenencia

Mundial vivido como experiencia nacional.

Mundial consumido como producto global.

Sí afecta el ambiente

El resultado no es un Mundial sin medios.

Es un Mundial con más medios que nunca y, paradójicamente, con menos comunidad perceptible.

La fragmentación del acceso, el predominio de plataformas de pago, la inflación publicitaria y el reemplazo de símbolos populares por branding corporativo reducen la sensación de fiesta compartida.

Por eso la pregunta no es si habrá cobertura suficiente.

La pregunta es qué tipo de ambiente produce esa cobertura.

México 2026 parece diseñado para circular intensamente como producto audiovisual y mercadológico, pero no necesariamente para instalarse como experiencia colectiva en la vida cotidiana.

Y cuando un Mundial deja de respirarse en la televisión abierta, en la radio común, en las conversaciones espontáneas y en la calle ordinaria, inevitablemente también se enfría su ambiente.

Lo paradójico es que México 2026 podría convertirse en el Mundial más visto de la historia y, al mismo tiempo, en uno de los menos compartidos.

Más pantallas no siempre significan más comunidad.

Más publicidad no necesariamente genera más pertenencia.

Más contenidos tampoco garantizan más emoción colectiva.

Quizá por eso, detrás de las transmisiones espectaculares, de las plataformas digitales y de la maquinaria comercial global, comienza a percibirse otro de esos aromas que recorren esta serie.

Porque cuando una fiesta necesita venderse más de lo que logra vivirse, aparece una pregunta incómoda: ¿seguimos hablando de un Mundial o estamos hablando simplemente de un producto extraordinariamente exitoso?

lunes, 8 de junio de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Un Mundial que no se siente

Mundial 2026, Un cierto olor a podrido

Por José Rafael Moya Saavedra

México llega al Mundial de 2026 con una paradoja visible: será por tercera vez sede de la Copa del Mundo, pero una parte importante de la conversación pública no gira alrededor de la fiesta futbolera sino del costo, la seguridad, la desigualdad y la sensación de lejanía social frente al torneo. El contraste con la memoria de 1970 y 1986 no es solo nostálgico; permite leer un cambio estructural en la manera de organizar, vender y blindar el evento.

El Mundial que antes se olía

Hay torneos que se instalan en la vida cotidiana antes del silbatazo inicial. Las reconstrucciones periodísticas sobre México 1970 describen una ciudad tomada por anuncios, vitrinas decoradas, televisores a color y una expectativa que se desplegaba en calles, mercados y hogares. En el caso de México 1986, distintas crónicas y balances recuerdan una atmósfera en la que el futbol operó como un respiro emocional después del sismo de 1985, una especie de verano anímico en un país todavía herido.

Ese recuerdo importa porque permite entender lo que hoy falta. La percepción de que el Mundial 2026 "no se siente" no nace únicamente de una comparación sentimental entre generaciones; surge también de una evidencia concreta: el torneo aparece más asociado al control logístico, al consumo premium y a la gestión de riesgos que a una apropiación popular de la fiesta.

El torneo blindado

Uno de los frentes más delicados ha sido la seguridad. Tras episodios de violencia en México que impactaron directamente la conversación sobre la organización mundialista, medios reportaron que FIFA solicitó informes técnicos sobre las condiciones de seguridad, con atención particular a Guadalajara y al contexto de bloqueos y disturbios. Aunque Gianni Infantino declaró estar "muy tranquilo" con México como sede, el tono de las coberturas deja ver que la tranquilidad oficial convive con evaluaciones de riesgo permanentes.

Este desplazamiento del entusiasmo al expediente técnico cambia la naturaleza simbólica del torneo. El Mundial deja de ser únicamente una promesa de encuentro para convertirse también en un operativo: rutas seguras, perímetros, filtros, control de multitudes, vigilancia y administración reputacional. En ese contexto, la fiesta no desaparece, pero queda subordinada a la lógica del blindaje.

El precio de la exclusión

La distancia entre el Mundial y la gente también se mide en dinero. Para los partidos del Tri en México, los boletos más baratos se ubican alrededor de los 4.955 pesos, mientras que el partido inaugural en México alcanza rangos de entre 19.070 y 44.035 pesos, y la final en Estados Unidos llega a cifras todavía más altas. Paralelamente, el programa Hospitality ofrece experiencias preferentes con precios que en México pueden superar los 83.500 pesos por persona para un solo partido.

A la capa ya elitizada del boletaje oficial se suma el universo de los palcos y paquetes premium. En Ciudad de México, se han documentado ofertas de palcos VIP para los cinco partidos por montos cercanos a 1,5 millones de dólares, así como paquetes menores por cientos de miles de dólares, lo que empuja el torneo hacia una lógica de lujo, inversión y exclusividad. En los hechos, el Mundial se vuelve más accesible para corporativos, clientes de hospitalidad y turismo de alto poder adquisitivo que para la afición local tradicional.

FIFA y la retórica de la fiesta global

Frente a estas críticas, la narrativa de FIFA ha sido consistente. Infantino ha defendido que existen entradas caras, pero también "opciones asequibles", y ha subrayado la demanda masiva del torneo, con cientos de millones de solicitudes y una venta acelerada de boletos como evidencia de legitimidad. En encuentros con ciudades anfitrionas, el presidente de FIFA también ha descrito la Copa del Mundo 2026 como una "inyección de ánimos" y un acontecimiento destinado a irradiar una atmósfera alegre para los aficionados de todo el planeta.

Sin embargo, la idea de una fiesta global no resuelve el problema de la desigualdad de acceso. Que exista una demanda gigantesca no significa que el evento sea socialmente compartido; puede significar, por el contrario, que la escasez administrada y la centralización comercial elevan aún más su valor como mercancía. El lenguaje de la celebración funciona entonces como cobertura simbólica de un modelo de negocio crecientemente excluyente.

El grito, la sanción y la hipocresía

Otro de los olores de este Mundial es el de la disciplina selectiva. La confrontación entre FIFA y la Federación Mexicana por el grito homofóbico lleva más de una década, con multas y litigios reiterados, y en 2026 la FMF perdió una nueva apelación ante el TAS relacionada con sanciones por cánticos discriminatorios ocurridos en Qatar 2022. A ello se suman multas históricas y medidas como cierres parciales de estadio por reincidencia del comportamiento de la afición.

Nada de esto vuelve irrelevante la dimensión discriminatoria del problema. Pero sí revela una asimetría moral: FIFA castiga con severidad un síntoma visible y escandaloso del estadio, mientras opera con mucha más comodidad frente a otras violencias estructurales vinculadas al negocio futbolístico, como la exclusión económica, la desigualdad territorial o la captura corporativa de la experiencia mundialista. La limpieza ética se vuelve más creíble cuando no es selectiva.

Un país que mira desde fuera

La percepción social en sedes mexicanas refuerza esta lectura. Un sondeo de la UNAM reportado por EFE encontró preocupaciones ciudadanas concentradas en tráfico, encarecimiento, contaminación y desigualdad más que en el entusiasmo por la inminencia del torneo. Otra encuesta de Mitofsky registró que solo 18% veía listos los estadios, 0% consideraba baratos los boletos y apenas 4% veía muy probable asistir a un partido.

Ese dato es decisivo porque rompe el mito de que el Mundial se siente automáticamente por el simple hecho de celebrarse en casa. Un torneo puede ser omnipresente en la publicidad y, al mismo tiempo, socialmente distante. Puede llamarse "México 2026" y aun así dejar a buena parte del país en condición de espectador exterior.

Del país anfitrión a la marca anfitriona

La diferencia entre 1970, 1986 y 2026 también puede leerse como una transformación del propio país. Antes, con todas las contradicciones autoritarias de su época, el Mundial lograba infiltrarse en la vida común y ser apropiado por multitudes que lo convertían en experiencia de barrio, de sobremesa y de radio. Ahora, buena parte de su presencia aparece mediada por plataformas de venta, zonas premium, perímetros de seguridad y lenguajes de city marketing.

Lo que cambia no es solo la FIFA; cambia la relación entre ciudad, espectáculo y ciudadanía. El anfitrión ya no es del todo un país, sino una marca territorial que debe mostrarse eficiente, segura, vendible y emocionalmente rentable. En esa conversión, la población local deja de ser el centro de la fiesta y pasa a ser un factor de gestión: consumidor potencial, riesgo logístico o paisaje cultural.

Cierto olor a podrido

El "olor a podrido" no remite a un escándalo único ni a una denuncia cerrada. Nombra la acumulación de síntomas: boletos inaccesibles, palcos obscenos, moral disciplinaria selectiva, ciudades preocupadas por los costos sociales y un entusiasmo oficial que no termina de traducirse en apropiación popular. Lo podrido no está solamente en una oficina de Zúrich ni en una federación nacional; está en el modo en que el mayor espectáculo del futbol se ha ido vaciando de pueblo mientras insiste en hablar en nombre del pueblo.

Por eso la frase "es un Mundial que no se siente" tiene una potencia mayor de la que parece. No describe solo una ausencia de ambiente: describe un modelo de organización donde la emoción queda subordinada al negocio, la calle al perímetro y la afición a la capacidad de pago. México será sede, pero la pregunta decisiva sigue abierta: ¿de quién será realmente la fiesta?

domingo, 7 de junio de 2026

 


OTRA PERSPECTIVA

La Fiesta Mundialista y la fiesta sobre el barrio

Mundial 2026, Un cierto olor a podrido

Por José Rafael Moya Saavedra

Hay algo en este Mundial que no termina de oler bien. No son los partidos ni los estadios recién pintados, ni las ceremonias de inauguración ensayadas al milímetro. Es otra cosa. Es ese olor agrio que se queda en el aire cuando un país decide convertir sus heridas abiertas en escenografía para la fiesta global del fútbol.

Las autoridades lo han bautizado "Mundial Social México 2026". Prometen 74 "mundialitos" escolares, torneos para niñas, niños, adultos mayores y personas con discapacidad, murales, festivales culturales, rutas arqueológicas y transmisiones gratuitas en plazas públicas. El guion oficial es seductor: un país que se reconcilia consigo mismo corriendo detrás de un balón. Sin embargo, mientras los spots repiten que este será "un Mundial para todas y todos", en los barrios que rodean los estadios el ambiente es distinto: vallas, filtros, cierres viales, acreditaciones, renta en alza y vecinos que descubren que, de pronto, necesitan identificarse para entrar a su propia colonia.

Ahí empieza el olor a podrido.

El relato de la fiesta y el murmullo del desencanto

Desde el poder, la narrativa es clara: el Mundial será un catalizador de cohesión social, bienestar y orgullo nacional. El programa del "Mundial Social" se vende como una cruzada por la salud, la actividad física, la cultura y hasta la robótica, con torneos escolares, recuperación de canchas y rutas turísticas que prometen que nadie se quedará fuera de la celebración. En paralelo, se anuncian fiestas gratuitas en plazas públicas, fan festivales en CDMX, Monterrey y Guadalajara, conciertos, mercados de arte popular y amaneceres arqueológicos para recibir al turismo nacional e internacional.

Pero si uno se asoma a la conversación en redes y a los sondeos de opinión, el tono es mucho menos eufórico. Predominan las críticas a la organización, a los altos costos de boletos y paquetes de hospitalidad, a la comercialización excesiva del torneo y a la sensación de que el Mundial se vive más como negocio y espectáculo para unos cuantos que como fiesta popular. No es casual que figuras como Alejandro González Iñárritu hayan dicho que la FIFA "le quitó el futbol a la gente por avaricia", criticando un torneo repartido en tres países, con una atmósfera diluida y precios prohibitivos para buena parte de la afición mexicana.

La brecha entre el relato luminoso y el murmullo del desencanto es uno de los primeros signos de descomposición. Cuando el Estado insiste en que lo que viene es fiesta, pero una parte importante de la sociedad siente más bien desgaste, cansancio y sospecha, conviene afinar el olfato.

El torneo como amplificador de conflictos

La consultora Integralia ha advertido que el Mundial de 2026 llega en un año de alto riesgo político y social, y que puede actuar como un amplificador de conflictos preexistentes. No se trata solo del riesgo de incidentes aislados alrededor de los estadios, sino de algo más profundo: la coincidencia del torneo con una coyuntura marcada por protestas de transportistas, magisterio, colectivos feministas y familias de personas desaparecidas que ya han recurrido a bloqueos de carreteras, aeropuertos y puntos estratégicos de las ciudades.

El Mundial ofrece un escenario inmejorable para esos reclamos. Allí donde la autoridad ve una oportunidad de "mostrar la mejor cara del país", muchos grupos ven un momento para hacer visible lo que se ha querido mantener fuera de cuadro: impunidad, precariedad, violencia. Lejos de ser un paréntesis de paz, el torneo corre el riesgo de convertirse en una vitrina de la conflictividad que hemos administrado con paliativos, pero que no hemos resuelto.

En términos de riesgo, el problema no es solo la seguridad perimetral de los estadios, sino la fragilidad del pacto social sobre el que se monta la fiesta. Un país con más de cien mil personas desaparecidas, con regiones enteras atravesadas por economías criminales y con instituciones que no han logrado reconstruir la confianza, difícilmente puede desodorizarse con un mes de futbol, por mucho que se multiplicar los fan fests y los mundialitos escolares.

El Mundial contra el barrio

En "El Mundial contra el barrio" escribí que, alrededor del Estadio Azteca y en espacios como el Zócalo, la celebración comienza a sentirse, en algunos barrios, como una ocupación temporal del territorio. Esa sensación hoy está respaldada por reportajes y análisis que muestran cómo el torneo está redefiniendo la vida cotidiana en comunidades cercanas al Azteca, al Akron en Guadalajara y al BBVA en Monterrey.

Infobae describe un paisaje hecho de obras, ruido, polvo, cortes de servicios, cambios en los accesos y nuevas disposiciones laborales que alteran las rutinas de Santa Úrsula, Huipulco y otras colonias aledañas. La rehabilitación y el "entorno mundialista" del Azteca han modificado la forma en que la gente entra y sale de sus calles, mientras operativos como "Última Milla" en Guadalajara restringen la movilidad en varios kilómetros a la redonda obligando a los vecinos a adaptarse a filtros y cierres viales pensados, ante todo, para el flujo de aficionados y turistas.

La UNAM ha advertido que este tipo de mega eventos presionan el mercado inmobiliario, elevan las rentas y pueden agravar la desigualdad urbana en las ciudades sede. Investigadores de geografía social señalan que el Mundial puede detonar procesos de gentrificación al incentivar la llegada de población con mayores ingresos, elevar precios de la vivienda y desplazar a habitantes de bajos recursos, especialmente en zonas de alto valor turístico o deportivo de la capital.

Lo que los PowerPoint llaman "puesta en valor" del entorno urbano, para muchos vecinos huele a despojo. Los colectivos antigentrificación lo han nombrado sin rodeos: "Mundial del despojo", una etiqueta que condensa el temor a que la fiesta sirva de pretexto para acelerar expulsiones, reordenamientos y proyectos inmobiliarios que transforman el barrio sin preguntarle nada a quienes lo habitan.

Cuerpos vulnerables, derechos en suspenso

El olor a podrido tampoco viene solo del cemento. Organizaciones de derechos humanos han recordado que mega eventos como el Mundial suelen traer consigo un aumento de riesgos para trabajadoras y trabajadores precarizados, para mujeres, niñas, niños, personas migrantes y poblaciones habitualmente situadas en los márgenes de la protección estatal.

Amnistía Internacional y otras entidades advierten que la combinación de turismo masivo, consumo de alcohol, mercados sexuales y cadenas de subcontratación abre espacios para la trata de personas, la explotación laboral y otras formas de violencia que rara vez aparecen en la narrativa oficial de la fiesta. En el caso mexicano, estos riesgos se superponen con una crisis de violencia de género, de desapariciones y de violaciones sistemáticas de derechos que hace años rebasó la capacidad de respuesta del sistema de justicia.

Ya hay señales de resistencia desde abajo: colectivos de familias de personas desaparecidas han aprovechado el contexto del Mundial para intervenir el espacio público, pegar fichas de búsqueda cerca de los estadios, organizar actos de memoria y recordar que hay otra lista de nombres —más larga, más dolorosa— que no aparece en las transmisiones ni en las estadísticas de la FIFA. El contraste es brutal: mientras se celebra la llegada de selecciones nacionales y se coleccionan estampas de jugadores, hay familias que siguen buscando a sus hijas e hijos sin que el Estado les garantice verdad ni justicia.

La fiesta, en ese contexto, no cancela la violencia: la reconfigura, la desplaza, la cubre con ruido y fuegos artificiales.

La mercancía y la captura de la pasión

Sobre este paisaje se monta la maquinaria comercial del Mundial. Las marcas prometen frescura y glamour mundialista en desodorantes con el logo de la FIFA, campañas que invitan a escanear códigos QR para ganar boletos y productos "edición 2026" que permiten sentirse parte del evento, aunque no se pise un estadio. A la vez, hay diagnósticos que subrayan que este puede ser el Mundial más caro y contaminante hasta la fecha, por el número de partidos, las distancias entre sedes y la huella de carbono asociada a tantos vuelos internos.

Mientras se vende inclusión a través del consumo, buena parte de la afición local observa el Mundial desde la reja: boletos inaccesibles, sistemas de venta opacos, paquetes turísticos fuera de su alcance. La atmósfera festiva se concentra en fan zones patrocinadas y experiencias VIP, mientras en el día a día muchos mexicanos sienten que el torneo se les escapa de las manos, convertido en mercancía premium.

Iñárritu apuntó a eso cuando dijo que el Mundial 2026 "le quitó el futbol a la gente por avaricia". El balón sigue rodando, pero la cancha se ha llenado de intermediarios: marcas, plataformas, brokers de boletos, instituciones que administran los accesos simbólicos y económicos a la fiesta. El "olor a podrido" también es ese: el de una pasión capturada por la lógica de la rentabilidad, donde la comunidad aparece sobre todo como mercado.

¿Qué quedará en el aire cuando pase la fiesta?

El Gobierno insiste en que el Mundial dejará un legado deportivo y urbano: canchas recuperadas, museos visitados, rutas arqueológicas, mejoras de infraestructura y una estela de orgullo compartido. Sin embargo, las advertencias de la UNAM y de especialistas en ciudades van en otra dirección: incremento de rentas, presión sobre el mercado inmobiliario, nuevas formas de exclusión y desigualdad reforzada en los barrios más vulnerables de las ciudades sede.

Infobae ya habla de "obras, empleos y tensiones" como tríada que define el impacto del Mundial en las comunidades de México: sí, hay oportunidades laborales y mejoras en algunos servicios, pero también hay protestas, desplazamientos y un malestar difuso ante ciudades que se vuelven vitrina. Integralia, por su parte, recuerda que los conflictos políticos y sociales no se suspenden por decreto, y que el torneo puede ser un catalizador tanto de esperanza como de frustración.

Quizá, cuando se apaguen las cámaras, la pregunta más honesta no será si "valió la pena" organizar el Mundial, sino qué tipo de país decidió mostrarse al mundo de esta forma: uno que aprovechó la ocasión para fortalecer derechos y reparar daños, o uno que usó el ruido del estadio para esconder lo que no ha querido mirar.

El Mundial pasará por México, eso es seguro. La duda, todavía abierta, es si pasará con nosotros, a nuestro lado, o si pasará sobre nosotros, dejando detrás esa estela de olor a podrido que uno finge no sentir mientras suena el himno de la FIFA y los drones dibujan banderas en el cielo.

 

sábado, 6 de junio de 2026

 


OTRA PERSPECTIVA

Los vecinos expulsados de la fiesta

Un cierto olor a podrido

Por José Rafael Moya Saavedra

La paradoja del Mundial 2026 cabe en una sola pregunta:

¿Cómo puede alguien sentirse extranjero en la colonia donde ha vivido toda su vida?

A pocos días de que el balón ruede, miles de habitantes de los barrios que rodean el Estadio Azteca comienzan a descubrir una realidad incómoda. Para entrar a sus propias calles tendrán que demostrar quiénes son. Para circular por sus colonias deberán acreditar dónde viven. Para estacionar sus vehículos necesitarán registros, censos y permisos especiales.

La fiesta llegó.

Pero no necesariamente para ellos.

Las autoridades explican que las medidas son necesarias. Hablan de seguridad, movilidad, prevención y control de multitudes. Nadie discute que un evento de esta magnitud requiere dispositivos extraordinarios. El problema aparece cuando esos dispositivos convierten al vecino en sospechoso y a la comunidad en un perímetro de seguridad.

De pronto, quienes han vivido durante décadas en Santa Úrsula, Pueblo de Santa Úrsula, Pedregal de Santa Úrsula y colonias cercanas descubren que su vida cotidiana debe adaptarse al calendario de un espectáculo global.

La lógica es sencilla.

El partido tiene prioridad.

El barrio espera.

Los accesos se controlan.

Las calles se cierran.

Las rutas cambian.

Los residentes deben identificarse.

Y el espacio que ayer era comunidad hoy funciona como corredor operativo de un megaevento internacional.

Pero la expulsión no siempre ocurre mediante una reja.

A veces comienza mucho antes.

Comienza cuando aumentan las rentas.

Cuando aparecen inversionistas buscando alojamientos temporales.

Cuando los pequeños comercios pierden espacio frente a negocios diseñados para el visitante.

Cuando el barrio deja de ser hogar para convertirse en producto.

Por eso diversos colectivos han empezado a hablar del "Mundial del despojo".

No porque estén en contra del futbol.

Muchos de ellos crecieron siguiendo a sus equipos, llenando estadios y celebrando victorias.

Lo que cuestionan es otra cosa.

Cuestionan que la ciudad se reorganice para recibir visitantes mientras los habitantes permanentes son tratados como una variable secundaria.

El discurso oficial habla de un "Mundial social".

De una fiesta para todos.

De pantallas gigantes, festivales futboleros, actividades culturales y espacios de convivencia.

Sin embargo, en muchas colonias la experiencia cotidiana se parece menos a una invitación y más a una advertencia.

"Prepárese para cierres."

"Registre su vehículo."

"Presente identificación."

"Anticipe retrasos."

"Evite circular."

El lenguaje de la celebración convive con el lenguaje del control.

Y en medio quedan los vecinos.

No aparecen en los spots.

No salen en las ceremonias.

No levantan la copa.

Son quienes soportan el ruido, las restricciones, los cierres, las filas y las alteraciones de la vida cotidiana para que la fiesta funcione.

La pregunta de fondo no es si el Mundial traerá beneficios económicos o proyección internacional.

La pregunta es más sencilla.

¿Puede llamarse fiesta popular un evento donde algunos habitantes necesitan permiso para entrar a su propia colonia?

Quizá ahí se encuentre una de las contradicciones más profundas del Mundial 2026.

Mientras los organizadores hablan de abrir la ciudad al mundo, muchos vecinos sienten que las puertas de su propio barrio comienzan a cerrarse.

Y cuando una comunidad deja de sentirse anfitriona para convertirse en espectadora de lo que ocurre en su territorio, la celebración deja de pertenecerle.

Entonces la fiesta sigue.

Las luces se encienden.

Las pantallas gigantes transmiten el partido.

Los himnos nacionales retumban en los altavoces.

Y, a unos metros de distancia, alguien muestra una identificación para demostrar que tiene derecho a regresar a casa.

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