domingo, 14 de junio de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026… APESTA

Gradas vacías para el pueblo, butacas de lujo para la élite

Por Jose Rafael Moya Saavedra 

El Mundial 2026 se vendió como "la Copa de las Américas": más partidos, más sedes, más gente. Pero el arranque dejó una imagen incómoda: asientos vacíos en la inauguración, protestas afuera del estadio y boletos que cuestan, para muchos, más que un año de ahorro. El juego bonito se juega en la cancha; el juego sucio se juega en la taquilla.

La FIFA habla de inclusión y "fútbol para todos", pero en la práctica montó un dispositivo económico que filtra por ingresos quién entra al estadio y quién se queda del lado del televisor o de la calle. Si en el primer ensayo vimos el filtro del pasaporte y el aparato migratorio, aquí aparece otro filtro igual de eficaz: el del precio.

1. El Mundial más caro de la historia

Los números son claros. Para esta edición, la FIFA fijó un rango oficial de entradas que va de unos 60 dólares para los boletos más baratos de fase de grupos hasta alrededor de 6,730 dólares para las localidades de mayor categoría en la final. En la primera ola de ventas generalizadas, las entradas más baratas para la final se situaron en 4,185 dólares, siete veces más que el equivalente en Catar 2022, mientras que las más caras llegaron a 8,680 dólares.

Seguir a una selección desde el partido inaugural hasta la final, calculan organizaciones de aficionados, implica un gasto mínimo de 6,900 dólares por persona sólo en boletos, cerca de cinco veces más que en el Mundial anterior. Y eso sin contar vuelos, hospedaje, comida ni traslados entre ciudades sede, que en el triángulo Estados Unidos–México–Canadá pueden duplicar o triplicar el costo final.

Mientras tanto, la FIFA se reserva un argumento de defensa: asegura que "habrá entradas para todos los bolsillos" y presume la existencia de un número limitado de boletos a 60 dólares, incluidos algunos para la final. Lo que el discurso omite es la letra chiquita: ese precio de 60 dólares se limita a una categoría especial ("Supporter Entry" o "grada básica") que representará apenas alrededor del 10% del cupo por selección y será distribuido por las federaciones nacionales, por sorteo, entre hinchas ya registrados.

Es decir: sí, existen gangas simbólicas; pero el diseño general del sistema está pensado para maximizar ingresos, no para garantizar acceso masivo.

2. Monopolio y "traición monumental"

La reacción de las hinchadas organizadas no tardó. Asociaciones como Football Supporters Europe (FSE) y redes de consumidores como Euroconsumers acusaron a la FIFA de abusar de su posición de monopolio en la venta de boletos. Para ellas, el problema no es sólo que los precios sean altos, sino que el ente rector controla el sistema completo: plataforma, calendario de ventas, criterios de elegibilidad y condiciones de reventa.

En marzo de 2026, FSE y Euroconsumers presentaron una queja formal ante la Comisión Europea, denunciando precios "astronómicos", prácticas poco transparentes y el uso de precios dinámicos —a la manera de aplicaciones de transporte— que permiten modificar el costo de los boletos según la demanda, incluso después de anunciados. En un comunicado, FSE habló de una "traición monumental": la FIFA, dicen, había prometido precios accesibles y terminó montando un sistema pensado para exprimir al máximo la disposición a pagar de quienes sueñan con ir al Mundial.

Las organizaciones piden a la Comisión Europea una intervención concreta: obligar a la FIFA a eliminar el sistema de precios dinámicos, congelar los precios actuales y mejorar la transparencia antes de la siguiente fase de ventas. Es un choque inédito: hinchadas que apelan a un regulador supranacional para ponerle freno al organismo que, en teoría, gobierna el fútbol mundial.

La tensión revela algo más profundo: el Mundial ya no se discute sólo en términos deportivos o de derechos humanos, sino también como mercado concentrado, con prácticas de monopolio y abuso de posición dominante.

3. La respuesta cosmética: el boleto de 60 dólares

Ante la ola de críticas, la FIFA reaccionó con una medida de contención simbólica: anunciar boletos de 60 dólares para "aficionados leales" de las selecciones participantes, incluidos partidos de eliminación directa y la propia final. Se presentó como un gesto de sensibilidad social, una forma de recuperar el espíritu de "fútbol del pueblo" en medio de la tormenta de precios.

Pero los detalles muestran otra cosa. La categoría "Supporter Entry" implica un cupo muy limitado; en la práctica, se habla de cerca de mil entradas por partido y por equipo, distribuidas vía las federaciones nacionales entre hinchas que cumplan requisitos de registro, antigüedad o pertenencia a clubes oficiales. La entrada barata no está en manos del público general, sino de estructuras federativas que históricamente han sido poco transparentes y con clientelas muy marcadas.

Al mismo tiempo, los precios generales se mantienen en rangos que van, según categorías, de los 180 a 700 dólares para partidos de grupos, subiendo de forma escalonada en octavos, cuartos, semifinales y final. La lógica comercial permanece intacta: las pocas entradas "populares" funcionan como vitrina para tapar un modelo de explotación intensiva del deseo de estar ahí.

Hay aquí un eco de lo que ya vimos en otros campos: programas sociales focalizados que conviven con estructuras tributarias regresivas, subsidios mínimos rodeados de mercados depredadores. El Mundial adopta la misma narrativa: una pequeña cuota de accesibilidad para legitimar un esquema general de exclusión por precio.

4. Inauguración con gradas vacías y calles llenas

La inauguración en México expuso con crudeza el choque entre la economía del Mundial y la realidad social. Mientras dentro del estadio se veían bloques de butacas vacías, afuera, en las calles de la Ciudad de México, se multiplicaban las protestas de maestras y maestros de la CNTE, madres buscadoras, trabajadores y colectivos que marchaban contra la precariedad, las desapariciones y las prioridades del gasto público.

Crónicas de esos días hablan de al menos ocho protestas simultáneas en la capital, con intentos de acercarse al estadio inaugural frenados por cercos de seguridad y policía antidisturbios. Las madres buscadoras llegaron hasta los límites del Azteca —rebautizado para el torneo— con pancartas que recordaban más de 133,000 personas desaparecidas en el país y una impunidad que supera el 99%.

La escena es potente: dentro del estadio, butacas sin vender por los precios elevados y por una venta que no ha logrado colocar todos los boletos; fuera, familias que no podrían pagar esos asientos aunque quisieran, reclamando por vidas ausentes y por un Estado que parece más dispuesto a invertir en fiesta mundialista que en búsquedas y justicia.

En respuesta a la combinación de gradas vacías y críticas públicas, la FIFA ha tenido que recortar precios de ciertos partidos y flexibilizar políticas de venta para tratar de evitar el bochorno de estadios semivacíos en televisión global. Pero incluso esas rebajas de última hora no alteran la lógica de fondo: el torneo fue diseñado como un producto de alta gama en un contexto regional de desigualdad extrema.

5. Mundial de lujo en territorios precarizados

La pregunta de fondo, en clave de riesgo y justicia, es sencilla: ¿qué significa montar un dispositivo de consumo de lujo en territorios atravesados por violencia, pobreza y crisis de derechos humanos? El Mundial 2026 no aterriza en un vacío, sino en ciudades donde el salario mínimo no alcanza, la vivienda se encarece y las infraestructuras públicas se deterioran mientras los paquetes corporativos de hospitalidad se venden en dólares.

Para buena parte de las clases populares en México y en muchos países que envían hinchadas, el Mundial se vuelve una experiencia mediada por pantallas: se ve en plazas públicas, bares, casas; el estadio se convierte en un espacio para quienes pueden pagar el precio de entrada a la burbuja. A la exclusión económica se suma la sensación de que la Copa del Mundo llegó no tanto para celebrar a la gente como para capitalizar la ciudad: gentrificar zonas, justificar obras, ofrecer imagen de vitrina a costa de desplazar problemas estructurales.

En Estados Unidos, la lógica es similar pero con otro rostro: abonados y dueños de palcos que ven cómo se alteran cláusulas de uso de sus asientos, pequeños aficionados que encuentran precios fuera de su alcance, comunidades latinas que llenan los estadios en MLS pero que aquí quedan marginadas por un sistema de precios pensado para turistas de alto poder adquisitivo y corporativos. En Canadá, la promesa de fiesta nacional se cruza con un mercado interno pequeño y un fuerte peso de la televisión de pago, lo que refuerza el rol del Mundial como evento más televisado que presencial.

El resultado es un torneo que, en la práctica, se parece más a un foro económico que a una fiesta popular: un espacio donde la experiencia "nativa" del fútbol en las gradas se subordina al valor de los paquetes VIP y a los ingresos proyectados por FIFA y sus socios.

6. Anti-juego limpio: cuando el marcador lo define el dinero

Si hablamos de juego limpio, el criterio mínimo debería ser la igualdad de condiciones para acceder al espectáculo. Aquí, como en el caso migratorio, esa igualdad no existe: el precio del boleto funciona como una tarjeta roja preventiva para la mayoría.

La FIFA puede alegar que nadie está obligado a ir al estadio, que el fútbol se puede ver por televisión y que siempre hubo boletos caros. Pero la escala de esta edición cruza un umbral: cuando la entrada más barata a una final equivale a varios meses de salario en muchos países y cuando seguir a una selección cuesta más que una maestría pública, no hablamos de "caro", hablamos de exclusión estructural.

En ese sentido, el Mundial 2026 ofrece una radiografía incómoda: mientras se moraliza sobre el comportamiento de los jugadores, se sancionan gritos discriminatorios en las tribunas o se ajustan reglas para evitar pérdida de tiempo, se normaliza un sistema económico que expulsa a millones del espacio donde el fútbol tendría que ser más democrático: la grada.

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OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026… APESTA

El juego bonito en manos del aparato migratorio

Por Jose Rafael Moya Saavedra 

El fútbol mundial llegó por fin a Estados Unidos, México y Canadá con el mismo guion de siempre: fiesta, inclusión, "juego limpio" como palabra mágica. Pero basta seguir el rastro de los visados negados, los interrogatorios interminables y las deportaciones silenciosas para ver otra historia: la Copa del Mundo 2026 se disputa desde los aeropuertos, los formularios consulares y las salas de migración, mucho antes del silbatazo inicial.

El Mundial 2026 podría convertirse en el primer gran torneo global organizado bajo una lógica de seguridad nacional permanente. No se trata únicamente de fútbol, sino de la tensión entre dos proyectos opuestos: la promesa de apertura universal que representa la FIFA y el fortalecimiento de los aparatos de control fronterizo que caracteriza a buena parte de las democracias occidentales contemporáneas.

La postal más honesta del torneo no está en la ceremonia inaugural, sino en una fila silenciosa frente a un mostrador de migración en Chicago o Los Ángeles, donde el agente decide quién entra a la fiesta y quién se queda afuera. La FIFA habla de fair play; el Estado anfitrión, en cambio, opera con otra lógica: la del riesgo, el enemigo interno, el pasaporte sospechoso.

1. Antecedentes: el Mundial que nació con un veto

La semilla de este "Mundial del miedo" no se plantó en 2026, sino años antes, cuando la política migratoria de Donald Trump convirtió a buena parte del planeta en lista de espera o directamente en lista negra. En 2025, Human Rights Watch ya advertía que una proclamación migratoria ampliada excluía o restringía la entrada a personas de al menos 12 países —entre ellos Irán, Somalia, Siria y Yemen— mientras el presidente de la FIFA prometía a Trump que Estados Unidos "daría la bienvenida al mundo" en 2026.

La contradicción era evidente desde entonces: un país que construyó su campaña política prometiendo muros, vetos y redadas aceptaba convertirse en anfitrión obligatorio de jugadores, árbitros, hinchadas y periodistas de regiones a las que internamente etiqueta como "amenaza". La pregunta que flotaba en informes de ONG y columnas dispersas era directa: ¿qué pasa cuando un mega evento que presume apertura choca con un aparato migratorio diseñado para cerrar puertas?

Las primeras respuestas llegaron antes del Mundial. En julio de 2025, ICE detuvo a un solicitante de asilo que llevó a sus hijos a un estadio para ver la final de un torneo FIFA en Estados Unidos y lo expulsó del país, episodio que Human Rights Watch tomó como síntoma: si esto ocurría en un evento menor, ¿qué podría pasar en 2026, con decenas de miles de migrantes y aficionados extranjeros en las gradas? El caso funcionó como ensayo general de lo que vendría: la lógica de seguridad no se detiene en la puerta del estadio sólo porque la FIFA cuelga banderas de colores.

2. El árbitro que no llegó: neutralidad vetada

Omar Abdulkadir Artan salió de Turquía con todo en regla: árbitro somalí, designado por la FIFA para el Mundial, pasaporte vigente, visa aprobada, credencial de un organismo que presume ser más grande que la ONU. Llegó a un aeropuerto estadounidense y se topó con la frontera real del torneo: un agente que no ve camisetas ni insignias, sino nacionalidad y "país de riesgo".

Fue retenido durante horas, interrogado, sometido a "verificaciones adicionales". Al final, Estados Unidos lo declaró "inadmisible" y lo regresó al punto de origen. No hubo violencia explícita ni foto de esposas, sólo la decisión burocrática de un país sede que en la práctica vetó a un árbitro ya nombrado.

FIFA tuvo que reconocerlo: Artan se queda sin Mundial, no por una lesión ni por bajo rendimiento, sino porque el anfitrión decidió que no cruzaría su frontera. El caso condensa la paradoja: el arbitraje se supone neutral, pero el dispositivo migratorio no lo es. El "juego limpio" se rompe mucho antes de que el silbato suene; se rompe cuando un Estado puede decidir qué árbitros, qué pasaportes y qué cuerpos resultan aceptables para el espectáculo global.

3. Irán: una selección bajo sospecha

Si el árbitro somalí es la historia mínima, Irán encarna el caso estructural. Clasificada como líder de su grupo en Asia, la selección iraní llega al Mundial con un plantel competitivo, pero también con el peso de ser país bajo sanciones, vetos y enemigos declarados de Washington. Los papeles migratorios se vuelven un partido paralelo que el cuerpo técnico no puede controlar con táctica fija.

En la antesala del torneo, medios iraníes y europeos reportaron que Estados Unidos denegó el ingreso a varios miembros de la delegación de Irán, sin dar explicaciones claras más allá de "criterios de seguridad". Teherán denunció públicamente un "trato discriminatorio" y enumeró al menos quince integrantes —entre jugadores, técnicos y directivos— que seguían sin visa aprobada a días de su debut mundialista.

Washington no esconde el marco: cualquier vínculo con la Guardia Revolucionaria Islámica —considerada organización terrorista por Estados Unidos— se vuelve argumento para revisar, retrasar o negar visados, en una lógica de sospecha extendida sobre casi toda la delegación. La selección que llega a competir contra rivales deportivos se topa con una burocracia que la trata como potencial amenaza de seguridad nacional.

El mensaje es doble. Hacia dentro: no importa lo que diga la FIFA, las agencias de seguridad mantienen la última palabra sobre quién pisa el territorio. Hacia fuera: hay países invitados que no lo son tanto, delegaciones a las que se tolera en nombre del espectáculo pero se vigila como si fueran actores hostiles. En los discursos oficiales se habla de diversidad; en las salas de migración se practica la discriminación preventiva.

4. Irak: "me trataron como terrorista"

Si Irán padece los vetos en bloque, Irak ofrece el testimonio crudo de cómo se siente, en carne propia, ese dispositivo. La delegación iraquí denunció que, al llegar a un aeropuerto estadounidense para instalar su campamento, fue retenida durante horas en controles migratorios. No se trató de una revisión rutinaria: hubo interrogatorios extensos, separación de jugadores, requisiciones agresivas.

Aymen Hussein, figura y goleador de la selección, terminó siete horas frente a funcionarios que lo bombardearon con preguntas y lo trataron, en sus palabras, "como a un terrorista". No hubo cargos ni detención formal, sólo la experiencia de saber que, para el país anfitrión, tu camiseta dice menos que tu lugar de nacimiento y tu nombre en árabe.

El impacto no se quedó en el testimonio. La presión migratoria fue tal que el equipo, pese a tener todos sus partidos de fase de grupos en territorio estadounidense, tuvo que cambiar su base de concentración: no pudo establecer su campamento en Estados Unidos y terminó instalándose en Tijuana, del lado mexicano de la frontera. La geografía del Mundial se distorsiona: selecciones que juegan de un lado, pero duermen del otro, porque la sospecha no les permite quedarse.

Lo que se construye con estos casos no es sólo una anécdota, sino un patrón: jugadores y delegaciones de ciertos países —musulmanes, árabes, africanos— pasan por filtros más duros, interrogatorios más largos, vigilancia más intensa. El fair play se convierte en privilegio geopolítico.

5. Hinchadas bajo vigilancia: el Mundial del miedo

El dispositivo no se agota en canchas y vestidores. A la sombra de estos episodios visibles, se extiende un clima de miedo entre migrantes y aficionados que alguna vez soñaron con seguir a su selección en Estados Unidos. Organizaciones y medios han documentado cancelaciones masivas de entradas por parte de hinchas que temen ser detenidos por ICE, perder su estatus migratorio o quedar atrapados en procesos de deportación si algo sale mal en un control.

Reportajes hablan de un "Mundial del miedo": barrios latinos que se piensan dos veces antes de organizar viajes, agencias de boletos que reciben llamadas no para comprar, sino para revender, grupos de aficionados que deliberan si vale la pena arriesgarse a un interrogatorio humillante en un aeropuerto, aunque tengan papeles "en regla". El costo del miedo se suma al precio de los boletos, ya de por sí prohibitivos para millones.

En paralelo, el debate político intenta poner límites. Desde el Congreso se impulsa la idea de blindar las sedes del Mundial de redadas migratorias, y se reporta que la FIFA sopesa pedir una moratoria temporal a las operaciones de ICE durante los 39 días del torneo. El simple hecho de que sea necesaria una "tregua" para que la fiesta del fútbol no se convierta en feria de deportaciones dice más que cualquier slogan.

El resultado es un mapa desigual: hay hinchadas que llegan a Estados Unidos con los mismos problemas de siempre (costos, distancias, logística), y hay hinchadas que, además, cargan con el miedo específico de ser detenidas, interrogadas, deportadas. El Mundial global no lo es tanto cuando la puerta de entrada funciona como filtro de raza, nacionalidad y perfil político.

5.1 El riesgo como criterio de exclusión

Desde la gestión integral de riesgos existe una diferencia fundamental entre administrar amenazas reales y convertir poblaciones enteras en objetos de sospecha.

El aparato migratorio contemporáneo opera cada vez más bajo una lógica de perfilamiento preventivo: nacionalidad, religión, procedencia geográfica o historial migratorio se transforman en indicadores de riesgo.

El problema es que cuando la sospecha sustituye a la evidencia, la gestión del riesgo deja de ser una herramienta de protección para convertirse en un mecanismo de exclusión.

El Mundial 2026 muestra esa tensión de manera particularmente visible. En nombre de la seguridad se construyen filtros que afectan de forma desigual a jugadores, árbitros, periodistas y aficionados según el país del que provengan.

6. El fair play que no empieza en la cancha

A estas alturas, decir que el Mundial 2026 es "político" es casi un lugar común. Lo que sí vale la pena subrayar es dónde se está jugando la versión más radical del anti-juego limpio: en el aparato migratorio del país sede, no en las patadas arteras o en el VAR.

La FIFA ajusta reglamentos para sancionar al jugador que se tapa la boca cuando discute, acelerar los saques de banda o revisar hasta la segunda amarilla con soporte de video, en nombre de la transparencia y el respeto. Pero guarda silencio frente a un anfitrión que deporta a un árbitro ya designado, retiene a un goleador siete horas bajo sospecha y deja a selecciones enteras a merced de vetos opacos.

Si el fair play significa igualdad de condiciones, aquí se rompe mucho antes del minuto uno. No todos los equipos llegan por la misma puerta ni con las mismas garantías; no todas las hinchadas se sientan en la grada con el mismo margen de seguridad. El Mundial 2026 está mostrando que el "juego limpio" no es sólo un asunto de tarjetas amarillas, sino de visados, listas negras y agentes armados detrás de la línea de gol.

El Mundial 2026 se presenta como una celebración planetaria.

Sin embargo, detrás de los estadios inteligentes, las campañas publicitarias y los discursos sobre diversidad, emerge una pregunta incómoda:

¿Puede hablarse de una fiesta global cuando millones de personas descubren que la invitación depende de su nacionalidad?

Quizá dentro de algunos años recordemos los goles, las finales y las figuras del torneo.

Pero también deberíamos recordar al árbitro que nunca pudo entrar, a los jugadores tratados como sospechosos y a los aficionados que decidieron no viajar por miedo.

Porque el verdadero escándalo del Mundial 2026 no es lo que ocurre dentro de la cancha.

Es lo que ocurre en la frontera.

Y allí, el juego limpio termina antes del primer silbatazo.

miércoles, 10 de junio de 2026

 

OtTRA PERSPECTIVA 

Mundial 2026: cuando las banderas históricas incomodan

Por Jose Rafael Moya Saavedra        

En vísperas del Mundial 2026, las marchas anunciadas por la CNTE, madres buscadoras, campesinos, transportistas y colectivos urbanos en la Ciudad de México no introducen demandas nuevas, sino que reactivan agendas históricas —pensiones magisteriales, verdad y justicia por desapariciones, seguridad en carreteras, defensa del territorio y de la vivienda— que durante años fueron reconocidas por Morena como parte del repertorio legítimo de las luchas populares contra el neoliberalismo. El punto de quiebre aparece cuando esas agendas desbordan los canales de interlocución que el gobierno considera aceptables y se colocan en el corazón del gran escaparate político del sexenio: la inauguración del Mundial. Allí, el lenguaje oficial cambia de registro y comienza a describir las mismas protestas como “provocaciones” e incluso como acciones que “parecen de ultraderecha”, no porque sus causas hayan perdido legitimidad, sino porque cuestionan el monopolio gubernamental sobre la administración del conflicto y sobre la imagen internacional del país.

La ciudad partida en dos

La escena del Mundial en la capital condensa dos relatos incompatibles. Por un lado, el gobierno federal y el gobierno capitalino presentan la inauguración como prueba de orden, modernización y capacidad de gestión; por otro, diversos movimientos sociales anuncian que usarán exactamente ese momento para exhibir que debajo de la vitrina persisten conflictos no resueltos por la propia Cuarta Transformación. Esa simultaneidad no es un accidente de calendario, sino una disputa por el significado del espacio público y por el derecho a ocupar el instante de máxima visibilidad.

La CNTE ha llamado a paro nacional y ha invitado a buscadoras, padres de Ayotzinapa y campesinos a converger en un boicot político al Mundial, mientras otros grupos preparan movilizaciones hacia el Centro y las inmediaciones del estadio. Las autoridades capitalinas, en respuesta, insisten en que habrá diálogo y en que la movilidad y la logística del torneo están garantizadas, subrayando que también debe protegerse el derecho de la población a disfrutar el evento. En esa formulación ya se advierte un desplazamiento del problema: el conflicto deja de leerse desde sus causas de fondo y empieza a formularse como una amenaza al funcionamiento de la ciudad-espectáculo.

Demandas anteriores al Mundial

Magisterio

Las exigencias de la CNTE no surgieron con el torneo. Sus reclamos actuales remiten a una secuencia histórica identificable: rechazo a la Ley del ISSSTE de 2007, oposición a la reforma educativa, demanda de mejores condiciones salariales y objeciones al régimen de promoción y permanencia docente. El Mundial opera aquí como amplificador, no como origen; la organización ya había anunciado movilizaciones y el propio gobierno reconocía que existían temas pendientes en la interlocución con el magisterio.

El dato políticamente relevante es que Morena llegó al poder denunciando la reforma educativa del ciclo anterior y presentándose como interlocutor de un magisterio agraviado. Por eso el giro discursivo actual resulta tan significativo: cuando la CNTE amenaza con trasladar su presión al escenario del Mundial, la respuesta presidencial ya no se limita al reconocimiento de la legitimidad de las demandas, sino que incorpora la idea de “provocación” y la sospecha de conductas que “parecen de ultraderecha”.

Buscadoras y víctimas

La agenda de los colectivos de búsqueda y de los familiares de víctimas también precede ampliamente al Mundial. La exigencia de verdad, justicia, búsqueda efectiva y reparación se consolidó desde la etapa de militarización iniciada en los sexenios anteriores, y la 4T asumió desde su arranque que la escucha a las víctimas sería uno de sus sellos distintivos. La presencia de buscadoras y padres de Ayotzinapa en las convocatorias actuales responde a la percepción de que las mesas y los mecanismos institucionales no han producido resultados suficientes frente a la magnitud de la crisis.

Lo decisivo es que estas demandas fueron incorporadas por Morena a su léxico moral y político. En sus documentos básicos, el partido se presenta como instrumento de lucha de los sectores agraviados por el régimen neoliberal y reivindica explícitamente una agenda de derechos, justicia social y defensa de las mayorías. Cuando las víctimas colocan esa deuda en el centro del escaparate mundialista, dejan de ser únicamente el símbolo ético del cambio prometido y se convierten en una perturbación del guion gubernamental.

Campesinos y transportistas

Las organizaciones campesinas y de transportistas que anuncian movilizaciones durante la inauguración han planteado demandas de larga duración: seguridad en carreteras, freno al robo de carga, protección a granos básicos, precios de garantía y financiamiento al campo. También en este caso la oportunidad política del Mundial sirve para nacionalizar el conflicto y elevar el costo de ignorarlo, con acciones anunciadas no solo en la capital sino en las otras sedes mexicanas.

Estas agendas se inscriben de manera directa en el propio programa de acción de Morena, que habla de defensa de la soberanía alimentaria, de justicia social para productores y de fortalecimiento de los sectores populares frente a los efectos del modelo neoliberal. Sin embargo, al trasladarse del expediente administrativo a la calle y al calendario FIFA, los actores que encarnan esas causas pasan a ser descritos primordialmente como generadores de caos vial y afectación a terceros.

Colectivos urbanos y vivienda

La crítica a la turistificación, al encarecimiento de la vivienda y al desplazamiento asociado a grandes eventos forma parte de una agenda urbana preexistente en la capital. La llegada del Mundial intensifica ese repertorio de agravios porque las zonas aledañas al estadio y los corredores de movilidad se vuelven objeto de operativos, restricciones y presiones para producir una postal ordenada de la ciudad.

El problema de fondo es que Morena también construyó parte de su legitimidad en la capital denunciando el despojo inmobiliario y defendiendo el derecho a la ciudad de sectores populares y comerciantes. Cuando esos mismos sujetos rechazan ser desplazados en nombre del espectáculo global, la reacción institucional tiende a representarlos como obstáculos para que “a la ciudad le vaya bien”, en vez de tratarlos como portadores de una crítica consistente con el archivo político del propio partido.

El archivo de Morena: cuando las banderas históricas incomodan

Morena no solo convivió discursivamente con estas causas; buena parte de su identidad pública se organizó alrededor de la idea de representar al “pueblo” agraviado por las políticas del viejo régimen. En sus documentos básicos, el partido se define como “instrumento de lucha del pueblo” contra el neoliberalismo y reivindica explícitamente a trabajadores, campesinos, pueblos indígenas, víctimas de violencia y sectores populares como sujetos centrales de su proyecto. En esa gramática política, los plantones, bloqueos y boicots formaban parte del repertorio legítimo de resistencia frente a la injusticia estructural, no de un catálogo de anomalías morales.

Ese archivo doctrinario resulta relevante porque explica por qué múltiples movimientos sociales consideraron durante años que existía una afinidad política natural entre sus demandas y el proyecto de la Cuarta Transformación. La defensa de la educación pública, la justicia para las víctimas, la soberanía alimentaria, el derecho a la ciudad y la protección de los sectores populares no aparecieron como causas externas al discurso de Morena, sino como parte de su identidad fundacional.

La novedad del momento actual es que esa gramática parece invertirse cuando el conflicto toca el corazón simbólico del nuevo poder. En la conferencia matutina de inicios de junio de 2026, ya con el Mundial encima y con la CNTE instalada en la capital, Claudia Sheinbaum afirmó que su gobierno no caería en la “provocación” de reprimir las protestas magisteriales, pero al mismo tiempo sostuvo que ciertos actos de violencia en esas movilizaciones “parecen de ultraderecha”. En declaraciones posteriores insistió en que algunos grupos dentro del magisterio “están haciendo juego a la ultraderecha” y que existen sectores interesados en proyectar una imagen de caos en México a las puertas de la Copa del Mundo.

Aquí aparece el punto más duro del argumento. Las demandas no son nuevas, tampoco lo son sus protagonistas. Lo que cambia es el marco desde el cual son observados. Mientras las exigencias permanecen dentro de las mesas de diálogo y los mecanismos institucionales que el gobierno administra, continúan formando parte del universo de las “banderas históricas”. Cuando esas mismas causas deciden utilizar el mayor escaparate político y mediático del sexenio para aumentar su visibilidad, comienzan a ser descritas como provocaciones, riesgos para la gobernabilidad o acciones funcionales a intereses ajenos.

La categoría “ultraderecha” cumple entonces una función política específica. Permite reconocer en abstracto que existen agravios legítimos y, al mismo tiempo, cuestionar las formas concretas mediante las cuales esos agravios buscan hacerse visibles. También ofrece una protección discursiva frente a la crítica por izquierda: si el conflicto puede atribuirse a infiltraciones, provocadores o intereses externos, el gobierno evita reconocer que algunos de los mismos actores sociales que durante años reivindicó como fuente de legitimidad hoy expresan frustración frente a promesas incumplidas.

El resultado es una transformación en la percepción pública. El maestro que exige una pensión digna, la madre que busca a su hijo desaparecido, el campesino que reclama condiciones para producir o el comerciante que se resiste al desplazamiento dejan de aparecer únicamente como portadores de demandas históricas y comienzan a ser representados como quienes amenazan con alterar la celebración nacional. Esa es quizá la paradoja más significativa del Mundial 2026: las mismas luchas que ayudaron a construir la legitimidad política de la Cuarta Transformación son las que, en determinadas circunstancias, terminan siendo presentadas como una incomodidad para el poder.

Mesas de diálogo y promesas incumplidas

Las mesas de diálogo han sido una herramienta central del estilo político de los gobiernos morenistas frente a conflictos sociales. En el caso del magisterio, la interlocución con SEGOB y SEP ha sido presentada reiteradamente como prueba de apertura gubernamental, aun cuando la CNTE sostiene que sus demandas centrales siguen irresueltas y por eso exige diálogo directo con la presidencia. En el caso de otros colectivos, el patrón es similar: reconocimiento público de la legitimidad de los reclamos, apertura de canales institucionales y, al mismo tiempo, persistencia de los agravios que originaron la movilización.

Desde una perspectiva analítica, esto permite leer las mesas no solo como espacios de negociación, sino como mecanismos de contención del conflicto. Mientras las demandas se mantienen dentro de esos circuitos, el gobierno puede reivindicar la escucha como parte de su legitimidad democrática. Pero cuando los movimientos deciden alterar la normalidad de un evento estratégico como el Mundial, el desborde se vuelve intolerable precisamente porque cuestiona la capacidad del gobierno para regular los tiempos, los formatos y la visibilidad de la protesta.

La función política de la acusación de ultraderecha

La categoría “ultraderecha” cumple aquí una función defensiva. Permite al gobierno reconocer en abstracto que existen agravios reales y, al mismo tiempo, deslegitimar las formas concretas de protesta que cuestionan su narrativa de orden y transformación. También le permite blindarse frente a la crítica por izquierda: si el desborde puede ser atribuido a provocadores o infiltrados, entonces se evita admitir que los propios sujetos históricos que el partido invocó como fuente de legitimidad hoy expresan frustración frente a promesas incumplidas.

Este desplazamiento no elimina la legitimidad de las demandas, pero sí reorganiza el terreno de la percepción pública. El maestro precarizado, la madre buscadora, el campesino endeudado o el comerciante desplazado dejan de aparecer ante la opinión pública como portadores de un reclamo justo y pasan a ser representados como quienes “casi arruinan el Mundial”. Esa es, probablemente, la operación política más importante del momento: no la resolución del conflicto, sino la reescritura del sentido de quienes lo encarnan.

Conclusión

El conflicto en torno al Mundial 2026 no enfrenta simplemente el derecho a la protesta con el derecho al espectáculo. En el fondo pone en cuestión si un gobierno que se definió, en sus propios documentos básicos, como “instrumento de lucha del pueblo” contra el neoliberalismo y que hizo suyos los reclamos de maestros, víctimas, campesinos y barrios populares, puede seguir hablando en nombre de esas luchas cuando son ellas mismas las que irrumpen en el corazón de su celebración nacional.

Las movilizaciones de la CNTE, de las madres buscadoras, de los campesinos y de los colectivos urbanos no cambian de naturaleza cuando pasan por Reforma rumbo al Estadio: siguen siendo demandas de pensiones dignas, verdad y justicia, soberanía alimentaria y derecho a la ciudad, las mismas que Morena reivindicó como banderas históricas para llegar al poder. Lo que sí cambia es el encuadre oficial: en la víspera del Mundial, la presidenta Claudia Sheinbaum describe ciertos actos de protesta como “provocaciones” que “parecen de ultraderecha” y advierte que algunos grupos están “haciendo juego” a un bloque conservador que busca sembrar una imagen de caos en México.

Integrar esta secuencia en una bibliografía clara no es un adorno académico, sino una forma de documentar la paradoja política del momento: las mismas luchas que el partido‑movimiento inscribió en su relato fundacional como prueba de la dignidad popular son hoy recodificadas desde el poder como amenazas funcionales a la ultraderecha cuando se niegan a aceptar los límites del diálogo administrado y usan el Mundial —la vitrina más cara del sexenio— para recordarle al gobierno lo que todavía no ha cumplido.

 

Fuentes consultadas

  • Movimiento Regeneración Nacional. (2018). Declaración de principios de Morena. Comité Ejecutivo Nacional de Morena.
  • Movimiento Regeneración Nacional. (2024). Declaración de principios de Morena (versión actualizada). Instituto Nacional Electoral.
  • Movimiento Regeneración Nacional. (2024). Programa de Morena: El país por el que luchamos. Comité Ejecutivo Nacional de Morena.
  • Movimiento Regeneración Nacional. (s. f.). Documentos básicos de Morena [folleto informativo en línea].
  • Alcalde Luján, L. M. (2025, 15 de junio). “La presidenta Sheinbaum no está sola, la acompaña el pueblo de México, la verdad y Morena” [Publicación en Instagram del CEN de Morena].
  • Morena Nezahualcóyotl. (2026, 12 de marzo). Nuestra bandera es símbolo de historia, lucha y esperanza del pueblo de México [Publicación en Facebook].
  • Morena Ciudad de México. (2026, 12 de marzo). Morena CDMX conmemora el Día de la Bandera [Publicación en X].
  • Expansión Política. (2026, 1 de junio). La CNTE llama a buscadoras, padres de los 43 y campesinos a paro nacional y boicot al Mundial. Expansión Política.
  • El Financiero. (2026, 7 de junio). Buscadoras, transportistas y campesinos: todas las marchas en CDMX para la inauguración del Mundial 2026. El Financiero.
  • Infobae México. (2026, 2 de junio). Manifestaciones escalan a días de la inauguración del Mundial 2026 en México: campesinos y maestros anuncian movilizaciones en sedes mundialistas. Infobae.
  • Grupo Animal Político. (2026, 4 de junio). CNTE, transportistas y Ayotzinapa: estas son las protestas que desafían la inauguración del Mundial. Grupo Animal.
  • Milenio. (2026, 8 de junio). Protestas y bloqueos amenazan la inauguración del Mundial 2026 en CDMX. Milenio–Récord.
  • Infobae México. (2026, 2 de junio). CNTE, madres buscadoras y padres de los 43: las protestas que amenazan con boicotear el Mundial 2026. Infobae.
  • Expansión Política. (2026, 7 de junio). Buscadoras, CNTE, campesinos y comerciantes llaman a mega manifestación durante la inauguración del Mundial. Expansión Política.
  • Reporte Índigo. (2026, 29 de marzo). Mundial 2026: crisis social y protestas amenazan inauguración en CDMX. Reporte Índigo.
  • El Financiero. (2026, 2 de junio). No vamos a caer en represión a la CNTE antes del Mundial, afirma Claudia Sheinbaum [Conferencia matutina]. El Financiero.
  • Infobae México. (2026, 2 de junio). Violencia en protestas de la CNTE parece de ultraderecha, afirma Sheinbaum. Infobae.
  • EFE. (2026, 2 de junio). Sheinbaum dice que no caerá en la “represión” de las protestas de la CNTE en vísperas del Mundial 2026. Agencia EFE.
  • Proceso. (2026, 17 de marzo). Sheinbaum pide a la CNTE que sus movilizaciones sean pacíficas; amenazan con plantones rumbo al Mundial. Proceso.
  • Grupo Animal Político. (2026, 2 de junio). Sheinbaum descarta encuentro con la CNTE y rechaza caer en provocaciones de cara al Mundial 2026 [Video]. Grupo Animal.
  • Infobae México. (2026, 2 de junio). Pese a demandas de colectivos, autoridades de la CDMX aseguran que capitalinos tienen derecho a “disfrutar” del Mundial 2026. Infobae.
  • Expansión Política CDMX. (2026, 7 de junio). Brugada garantiza Mundial 2026 pese a protestas y llama a diálogo con colectivos. Expansión Política.
  • Expansión Política. (2026, 28 de mayo). Turistas llenan CDMX, Jalisco y Nuevo León mientras protestas se intensifican a días del Mundial. Expansión Política.
  • Amnistía Internacional. (2026, 4 de junio). La humanidad debe triunfar: Defender los derechos y abordar la represión en la Copa Mundial de la FIFA 2026. Amnistía Internacional.
  • Infobae México. (2026, 29 de mayo). Protesta social en riesgo durante el Mundial 2026: colectivos piden garantizar respeto a la libertad de expresión. Infobae.

  • Almeida, P. (2020). Movimientos sociales: La estructura de la acción colectiva. CLACSO.
  • Zepeda, R. (2011). Las teorías de los movimientos sociales y el enfoque de la movilización de recursos. Estudios Sociológicos, 29(85), 163–188.

martes, 9 de junio de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

El Mundial 2026…. Apesta¡¡¡¡

Crónica de un país que organizó una fiesta que no le pertenece

Por Jose Rafael Moya Saavedra

 

Hay olores que no se anuncian. Llegan antes de que uno sepa de dónde vienen: algo en el aire que todavía no tiene nombre pero que el cuerpo ya reconoce. Así empezó este Mundial.

Meses antes del silbatazo inaugural, cuando la Ciudad de México todavía se llenaba de pantallas y espectaculares con colores de la Copa, algo no encajaba. No era el escepticismo del que no le gusta el fútbol. Era algo más físico, más concreto: la sensación de que la fiesta estaba siendo construida para alguien más. Que los que la organizaban no eran los mismos que iban a vivirla. Que la ciudad era el escenario y su gente, el decorado.

Ese olor vago ya tiene nombre. El 9 de junio de 2026, a dos días de la inauguración, se puede decir con toda claridad:

El Mundial 2026 apesta.

Lo que se prometió y lo que llegó

México ha sido sede del Mundial tres veces. Quienes recuerdan 1970 hablan de una ciudad apropiada: televisores a color en las vitrinas de las tiendas, conversaciones en los mercados, barrios que seguían los partidos en radios transistorizados. En 1986, el futbol llegó después del sismo. El país estaba herido y, sin embargo, o quizás por eso, la apropiación fue total: la Copa como respiro colectivo, como prueba de que algo todavía funcionaba en un país que acababa de enterrar a sus muertos entre escombros.

Nada de eso ocurre en 2026.

Una encuesta de Mitofsky lo dijo con brutalidad estadística: 0% de los encuestados considera que los boletos son baratos. Solo el 4% ve probable asistir a un partido. El 18% cree que los estadios están listos. Una encuesta de la UNAM encontró que las preocupaciones de los capitalinos frente al Mundial son el tráfico, el encarecimiento, la contaminación y la desigualdad —no la expectativa, no la fiesta.

No es nostalgia. Es una radiografía.

El precio del espectáculo ajeno

Para ver a México jugar en casa, el boleto más barato ronda los cinco mil pesos. El partido inaugural, en el Estadio Azteca, cuesta entre 19 mil y 44 mil. La final en Estados Unidos, más aún. Los palcos VIP para los cinco partidos en la Ciudad de México se ofrecieron en hasta 1.5 millones de dólares.

La FIFA habla de "opciones asequibles". Habla también de "la fiesta del pueblo". Lo dice Infantino con la seguridad de quien nunca ha tenido que elegir entre el gas y una entrada al estadio.

El modelo es simple: la escasez se administra, el acceso se estratifica, la emoción se vende por niveles. Los que pueden pagan la experiencia completa —hospitalidad, zona premium, traslado blindado. Los que no pueden miran desde fuera, desde un Fan Fest con dos entradas, desde una Fan Zone en algún deportivo de su alcaldía. Todos son, según la narrativa oficial, parte de la misma fiesta.

Pero no lo son.

El Zócalo amurallado

El 9 de junio, la Plaza de la Constitución está cercada. No por la FIFA. Por el gobierno, para contener a los maestros de la CNTE.

Las vallas metálicas no rodean el Fan Fest: rodean el derecho a la protesta. Las calles que llevan al corazón de la ciudad —Madero, 20 de noviembre, Tacuba, 5 de Mayo— están tomadas por campamentos del magisterio. No como provocación estética: como la última expresión de quienes llevan años pidiendo que alguien les conteste.

Los maestros de la CNTE llevan nueve días consecutivos en la calle. Sus demandas no son nuevas: abrogación de la reforma al ISSSTE de 2007, eliminación de los esquemas derivados de la reforma educativa de 2019, pensiones dignas sin Afores, aumento salarial del 100% al sueldo base. Son demandas que en 2025 tampoco se atendieron. Que en 2024 tampoco. Que llevan la cuenta de los años acumulados como el maestro Proceso Columbo lleva la cuenta del ojo que perdió en una manifestación en la capital.

Un ojo. Perdido en una protesta. Mientras se instalan pantallas gigantes y zonas de experiencias interactivas a doscientos metros.

"No somos Díaz Ordaz"

Eso dijo Claudia Sheinbaum en su conferencia matutina. La frase fue necesaria porque la comparación ya circulaba sola, con sus propias piernas.

Nadie invoca al expresidente que ordenó la matanza del 2 de octubre de 1968 si no siente que la comparación tiene algún fundamento. El aparato que rodea al Estadio Ciudad de México —grupos Zorros, grupos Ateneas, policía bancaria, bloqueo del tren ligero, cierre de Calzada de Tlalpan— no es un operativo de bienvenida. Es un operativo de contención.

La diferencia entre contención y represión no es ideológica: es táctica. El gobierno de Sheinbaum ha comprendido que no puede reprimir abiertamente a los maestros mientras el mundo mira. La nota internacional que quieren evitar es exactamente esa: "el gobierno de México reprime al magisterio en vísperas del Mundial". Por eso la frase. Por eso los grupos especializados en vez de la policía uniformada. Por eso el lenguaje de los "provocadores externos".

Pero el maestro que perdió el ojo no era un provocador externo. Era un maestro.

El Plan Kukulkán —casi cien mil elementos de seguridad coordinados para el torneo— puede controlar perímetros, corredores, flujos. No puede controlar nueve días de presencia continua dispersa en cinco puntos simultáneos. No puede controlar el sur de la ciudad, que hoy está bloqueado porque la CNTE llegó hasta los accesos del Estadio y el tren ligero quedó suspendido sin aviso. No puede controlar, sobre todo, lo que subyace a la protesta: décadas de deuda acumulada.

El hambre de justicia ya venció la indiferencia. Y el operativo de seguridad más grande de la historia reciente de la Ciudad de México no tiene respuesta para eso.

La historia no se repite de la misma manera. Cambian los métodos. Cambian los uniformes. Cambian las justificaciones. Lo que permanece es la tensión entre la protesta y el poder.

El acelerador de lo que ya estaba

El Mundial no trajo la violencia estructural a México. La encontró aquí y la amplificó.

En los meses previos, los colectivos de madres buscadoras anunciaron que aprovecharían la visibilidad internacional para hacer audibles sus casos. Los colectivos feministas convocaron acciones durante el torneo. Los transportistas, los agricultores, otros sindicatos —todos identificaron el mismo principio: el Mundial concentra las cámaras del mundo en un territorio que, si se mueve, se vuelve noticia global.

En el Centro Histórico, el MUNAL lleva días cerrado. Los comerciantes del barrio llevan semanas contando pérdidas. Las personas en situación de calle que habitaban esas aceras fueron desplazadas antes de que llegaran las vallas. En colonias como Coyoacán y Santa Úrsula, los vecinos que resistieron las restricciones de acceso del perímetro mundialista siguen peleando por entrar a sus propias casas.

Ninguno de estos datos aparece en el relato oficial. El relato oficial tiene pantalla de 500 metros cuadrados, capacidad para 55,000 personas y set de DJ.

La disciplina moral selectiva

FIFA multó a la Federación Mexicana por el grito homofóbico. Lo hizo en Qatar 2022, en Rusia 2018, en Brasil 2014. Lo seguirá haciendo. El TAS confirmó la sanción. Los estadios se cerrarán parcialmente si el cántico se repite.

La firmeza es real. También lo es su selectividad.

La misma organización que sanciona con rigor el grito discriminatorio opera con perfecta comodidad frente a los boletos de 44,000 pesos, los palcos de 1.5 millones de dólares, los contratos de hospitalidad que convierten el acceso en mercancía de lujo. La violencia del estadio es visible, escandalosa, filmable. La violencia del modelo de negocio es abstracta, sistémica, legalmente irreprochable.

La ética que solo persigue lo filmable no es ética. Es gestión reputacional.

El país que mira desde afuera

México es sede. Pero ser sede no significa ser el centro de la fiesta.

En 1970 y en 1986, el Mundial encontraba al país. En 2026, el país tiene que encontrar el Mundial —a través de filtros, de vallas, de Fan Zones en deportivos de alcaldía, de transmisiones en pantallas donde el acceso está sujeto a cupo limitado y prohibición de entrada con paraguas, sombrillas, instrumentos musicales, balones y carriolas.

Sin carriolas. En un evento familiar. En el corazón de la ciudad.

El síntoma no está en ningún documento oficial. Está en esa lista de objetos prohibidos que revela, de manera involuntaria, quién es el público imaginado y quién no.

En 1970 y 1986 el Mundial entró en la vida cotidiana de los mexicanos. En 2026 son los mexicanos quienes deben pedir permiso para entrar al Mundial.

Lo que el olor ya dijo

La putrefacción no ocurre de golpe. Comienza en los bordes, en lo que nadie vigila, en lo que se deja acumular porque atenderlo es incómodo.

Este Mundial acumula:

Un maestro que perdió un ojo durante una protesta. Nueve días de protesta ininterrumpida. Un Zócalo vallado para que quepa una fiesta que desplazó al barrio que lo rodea. Un operativo de casi cien mil elementos que no puede resolver lo que tiene enfrente porque lo que tiene enfrente no es un problema de seguridad —es un problema de justicia. Boletos que cuestan lo que un trabajador gana en dos meses. Palcos que cuestan lo que una familia gana en varias generaciones. Un presidente de la FIFA que habla de "fiesta del pueblo" desde suites que el pueblo no puede pagar. Una presidenta de México que dice "no somos Díaz Ordaz" mientras los grupos Zorros bloquean el tren ligero.

Todo eso junto tiene un olor que ya todos reconocen, aunque no todos lo nombren.

Se llama impunidad estructural. Se llama desigualdad de acceso. Se llama Estado que cuida el espectáculo más que a los espectadores.

Se llama, simplemente, lo que ya sabíamos antes de que llegara el primer equipo.

El Mundial 2026 apesta. Y lo peor es que lo sabíamos desde antes de que empezara.

El Mundial llegó para mostrarle al mundo un país en fiesta.

Terminó exhibiendo un país que todavía no resuelve aquello que intenta ocultar detrás del espectáculo

 

OTRA PERSPECTIVA

El Mundial que se vende más de lo que se vive

Cuando la cobertura deja de construir comunidad

Mundial 2026, Un cierto olor a podrido

Por José Rafael Moya Saavedra

Hay una paradoja difícil de ignorar. Nunca había existido tanto contenido sobre una Copa del Mundo. Nunca había habido tantas pantallas, plataformas, campañas publicitarias, redes sociales, transmisiones especiales y estrategias de mercadotecnia. Sin embargo, a pocos días del arranque de México 2026, una sensación se repite en calles, mercados, oficinas y conversaciones cotidianas: el Mundial no termina de sentirse.

La explicación no parece estar en la falta de cobertura. Quizá ocurra exactamente lo contrario. Tal vez el torneo se ha convertido en un producto tan intensamente comercializado que ha comenzado a perder aquello que durante décadas le dio sentido: la capacidad de construir una experiencia compartida. Porque una cosa es transmitir un Mundial y otra muy distinta lograr que una sociedad lo viva como propio.

El ambiente no es solo el estadio

El ambiente de un Mundial no se produce únicamente en la cancha. También se construye en la televisión abierta, en la radio encendida en taxis y mercados, en los espectaculares de la ciudad, en las conversaciones cotidianas y en la percepción de que el torneo está al alcance de la mayoría.

Cuando esa circulación se debilita o se privatiza, el torneo sigue existiendo como evento global, pero pierde densidad popular en la vida diaria.

Ese es uno de los rasgos más visibles de México 2026. A diferencia de 1970 y 1986, cuando la experiencia mediática ayudaba a convertir el Mundial en una cita compartida por amplias capas de la población, la edición de 2026 aparece marcada por una mezcla de fragmentación tecnológica, saturación comercial y acceso desigual.

De la señal compartida al ecosistema fragmentado

En México, la Copa del Mundo 2026 tendrá una cobertura amplia, pero no homogénea. La televisión abierta seguirá siendo relevante, pero una parte importante de la experiencia completa del torneo se desplazará hacia plataformas digitales, servicios de streaming y esquemas de acceso segmentado.

La diferencia parece menor, pero no lo es.

El ambiente también depende de la coincidencia. Cuando millones de personas observan el mismo partido por el mismo canal, comentan simultáneamente los mismos momentos y comparten los mismos relatos, el torneo se transforma en conversación nacional.

Cuando una parte sigue los encuentros por televisión abierta, otra por streaming de pago, otra mediante aplicaciones móviles y otra únicamente a través de clips y resúmenes en redes sociales, el Mundial deja de ser una experiencia intensamente simultánea para convertirse en un consumo fragmentado.

La tecnología amplía las posibilidades de acceso, pero también dispersa la experiencia colectiva.

El costo también enfría la conversación

El encarecimiento no afecta solamente el ingreso al estadio.

También modifica la relación cotidiana con el torneo cuando buena parte de la cobertura completa depende de suscripciones digitales, paquetes especiales o dispositivos conectados.

La promesa de una cobertura "sin precedentes" convive así con una realidad menos integradora: el partido ya no entra simplemente a la casa; entra condicionado por plataformas, paquetes comerciales y pagos escalonados.

Este modelo contribuye a una sensación de distancia social.

Un Mundial puede estar omnipresente como producto y, al mismo tiempo, ausente como experiencia común.

Eso ayuda a explicar por qué muchas personas perciben que el torneo "no se siente" aunque existan campañas promocionales, programación especial y narrativas permanentes de cuenta regresiva.

Publicidad exterior: mucho anuncio, poca apropiación

La publicidad urbana no necesariamente equivale a ambiente popular.

La preparación comercial rumbo al torneo contempla una fuerte presencia de marcas en publicidad exterior, escaparates, mobiliario urbano y campañas asociadas a la exposición internacional que traerá el Mundial.

Sin embargo, esa presencia responde principalmente a la lógica del patrocinio global y de la explotación comercial del acontecimiento.

No necesariamente refleja una apropiación espontánea por parte de barrios, mercados, colonias o redes comunitarias.

Por eso puede haber más pantallas, más espectaculares y más campañas sin que exista una emoción social equivalente.

La calle puede verse invadida por el Mundial y, al mismo tiempo, sentirse menos mundialista.

El exceso de branding difícilmente sustituye la temperatura afectiva que antes producían los adornos improvisados, las banderas colgadas en las ventanas o la conversación futbolera que aparecía naturalmente en cualquier esquina.

Más anuncios, menos relato compartido

La comercialización mediática también altera la manera en que se recibe el torneo.

Los espacios publicitarios asociados al Mundial alcanzan cifras extraordinarias y las estrategias de segmentación permiten dirigir mensajes específicos a públicos específicos.

Desde el punto de vista comercial, el modelo es eficiente.

Desde el punto de vista cultural, la pregunta es otra.

¿Qué ocurre cuando cada espectador recibe un Mundial diferente?

La transmisión deja de sentirse como un ritual compartido y comienza a parecerse a una plataforma de monetización permanente de la atención.

El partido sigue ahí, pero cada pausa, cada pantalla y cada interacción parecen recordar que detrás del espectáculo existe una compleja maquinaria comercial diseñada para capturar tiempo, datos y consumo.

La radio también pierde centralidad

La radio continúa siendo importante para millones de personas, especialmente en movilidad y en sectores populares.

Pero ya no organiza la experiencia mundialista como lo hizo durante décadas.

La conversación se ha desplazado hacia ecosistemas digitales, plataformas audiovisuales y redes sociales que operan con lógicas distintas.

La radio no desaparece.

Simplemente deja de ocupar el centro simbólico desde donde antes articulaba una narrativa nacional compartida.

Su voz sigue presente, pero compite con una multiplicidad de pantallas, algoritmos y contenidos que fragmentan la atención colectiva.

Comparación histórica

Dimensión

México 1970 y 1986

México 2026

Acceso mediático

Señales abiertas dominantes y cobertura nacional compartida.

Streaming, plataformas digitales y acceso fragmentado.

Sensación de simultaneidad

Millones siguiendo los mismos partidos al mismo tiempo.

Audiencias dispersas entre televisión, apps, cable, redes y clips.

Publicidad

Campañas masivas con identidad común y memoria colectiva.

Publicidad hipersegmentada, basada en datos y múltiples plataformas.

Radio

Medio central para seguir el torneo y construir conversación pública.

Medio complementario dentro de un ecosistema digital más amplio.

Calle y entorno urbano

Decoración espontánea y apropiación popular del evento.

Branding corporativo y activaciones comerciales de patrocinadores.

Sentido de pertenencia

Mundial vivido como experiencia nacional.

Mundial consumido como producto global.

Sí afecta el ambiente

El resultado no es un Mundial sin medios.

Es un Mundial con más medios que nunca y, paradójicamente, con menos comunidad perceptible.

La fragmentación del acceso, el predominio de plataformas de pago, la inflación publicitaria y el reemplazo de símbolos populares por branding corporativo reducen la sensación de fiesta compartida.

Por eso la pregunta no es si habrá cobertura suficiente.

La pregunta es qué tipo de ambiente produce esa cobertura.

México 2026 parece diseñado para circular intensamente como producto audiovisual y mercadológico, pero no necesariamente para instalarse como experiencia colectiva en la vida cotidiana.

Y cuando un Mundial deja de respirarse en la televisión abierta, en la radio común, en las conversaciones espontáneas y en la calle ordinaria, inevitablemente también se enfría su ambiente.

Lo paradójico es que México 2026 podría convertirse en el Mundial más visto de la historia y, al mismo tiempo, en uno de los menos compartidos.

Más pantallas no siempre significan más comunidad.

Más publicidad no necesariamente genera más pertenencia.

Más contenidos tampoco garantizan más emoción colectiva.

Quizá por eso, detrás de las transmisiones espectaculares, de las plataformas digitales y de la maquinaria comercial global, comienza a percibirse otro de esos aromas que recorren esta serie.

Porque cuando una fiesta necesita venderse más de lo que logra vivirse, aparece una pregunta incómoda: ¿seguimos hablando de un Mundial o estamos hablando simplemente de un producto extraordinariamente exitoso?

lunes, 8 de junio de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Un Mundial que no se siente

Mundial 2026, Un cierto olor a podrido

Por José Rafael Moya Saavedra

México llega al Mundial de 2026 con una paradoja visible: será por tercera vez sede de la Copa del Mundo, pero una parte importante de la conversación pública no gira alrededor de la fiesta futbolera sino del costo, la seguridad, la desigualdad y la sensación de lejanía social frente al torneo. El contraste con la memoria de 1970 y 1986 no es solo nostálgico; permite leer un cambio estructural en la manera de organizar, vender y blindar el evento.

El Mundial que antes se olía

Hay torneos que se instalan en la vida cotidiana antes del silbatazo inicial. Las reconstrucciones periodísticas sobre México 1970 describen una ciudad tomada por anuncios, vitrinas decoradas, televisores a color y una expectativa que se desplegaba en calles, mercados y hogares. En el caso de México 1986, distintas crónicas y balances recuerdan una atmósfera en la que el futbol operó como un respiro emocional después del sismo de 1985, una especie de verano anímico en un país todavía herido.

Ese recuerdo importa porque permite entender lo que hoy falta. La percepción de que el Mundial 2026 "no se siente" no nace únicamente de una comparación sentimental entre generaciones; surge también de una evidencia concreta: el torneo aparece más asociado al control logístico, al consumo premium y a la gestión de riesgos que a una apropiación popular de la fiesta.

El torneo blindado

Uno de los frentes más delicados ha sido la seguridad. Tras episodios de violencia en México que impactaron directamente la conversación sobre la organización mundialista, medios reportaron que FIFA solicitó informes técnicos sobre las condiciones de seguridad, con atención particular a Guadalajara y al contexto de bloqueos y disturbios. Aunque Gianni Infantino declaró estar "muy tranquilo" con México como sede, el tono de las coberturas deja ver que la tranquilidad oficial convive con evaluaciones de riesgo permanentes.

Este desplazamiento del entusiasmo al expediente técnico cambia la naturaleza simbólica del torneo. El Mundial deja de ser únicamente una promesa de encuentro para convertirse también en un operativo: rutas seguras, perímetros, filtros, control de multitudes, vigilancia y administración reputacional. En ese contexto, la fiesta no desaparece, pero queda subordinada a la lógica del blindaje.

El precio de la exclusión

La distancia entre el Mundial y la gente también se mide en dinero. Para los partidos del Tri en México, los boletos más baratos se ubican alrededor de los 4.955 pesos, mientras que el partido inaugural en México alcanza rangos de entre 19.070 y 44.035 pesos, y la final en Estados Unidos llega a cifras todavía más altas. Paralelamente, el programa Hospitality ofrece experiencias preferentes con precios que en México pueden superar los 83.500 pesos por persona para un solo partido.

A la capa ya elitizada del boletaje oficial se suma el universo de los palcos y paquetes premium. En Ciudad de México, se han documentado ofertas de palcos VIP para los cinco partidos por montos cercanos a 1,5 millones de dólares, así como paquetes menores por cientos de miles de dólares, lo que empuja el torneo hacia una lógica de lujo, inversión y exclusividad. En los hechos, el Mundial se vuelve más accesible para corporativos, clientes de hospitalidad y turismo de alto poder adquisitivo que para la afición local tradicional.

FIFA y la retórica de la fiesta global

Frente a estas críticas, la narrativa de FIFA ha sido consistente. Infantino ha defendido que existen entradas caras, pero también "opciones asequibles", y ha subrayado la demanda masiva del torneo, con cientos de millones de solicitudes y una venta acelerada de boletos como evidencia de legitimidad. En encuentros con ciudades anfitrionas, el presidente de FIFA también ha descrito la Copa del Mundo 2026 como una "inyección de ánimos" y un acontecimiento destinado a irradiar una atmósfera alegre para los aficionados de todo el planeta.

Sin embargo, la idea de una fiesta global no resuelve el problema de la desigualdad de acceso. Que exista una demanda gigantesca no significa que el evento sea socialmente compartido; puede significar, por el contrario, que la escasez administrada y la centralización comercial elevan aún más su valor como mercancía. El lenguaje de la celebración funciona entonces como cobertura simbólica de un modelo de negocio crecientemente excluyente.

El grito, la sanción y la hipocresía

Otro de los olores de este Mundial es el de la disciplina selectiva. La confrontación entre FIFA y la Federación Mexicana por el grito homofóbico lleva más de una década, con multas y litigios reiterados, y en 2026 la FMF perdió una nueva apelación ante el TAS relacionada con sanciones por cánticos discriminatorios ocurridos en Qatar 2022. A ello se suman multas históricas y medidas como cierres parciales de estadio por reincidencia del comportamiento de la afición.

Nada de esto vuelve irrelevante la dimensión discriminatoria del problema. Pero sí revela una asimetría moral: FIFA castiga con severidad un síntoma visible y escandaloso del estadio, mientras opera con mucha más comodidad frente a otras violencias estructurales vinculadas al negocio futbolístico, como la exclusión económica, la desigualdad territorial o la captura corporativa de la experiencia mundialista. La limpieza ética se vuelve más creíble cuando no es selectiva.

Un país que mira desde fuera

La percepción social en sedes mexicanas refuerza esta lectura. Un sondeo de la UNAM reportado por EFE encontró preocupaciones ciudadanas concentradas en tráfico, encarecimiento, contaminación y desigualdad más que en el entusiasmo por la inminencia del torneo. Otra encuesta de Mitofsky registró que solo 18% veía listos los estadios, 0% consideraba baratos los boletos y apenas 4% veía muy probable asistir a un partido.

Ese dato es decisivo porque rompe el mito de que el Mundial se siente automáticamente por el simple hecho de celebrarse en casa. Un torneo puede ser omnipresente en la publicidad y, al mismo tiempo, socialmente distante. Puede llamarse "México 2026" y aun así dejar a buena parte del país en condición de espectador exterior.

Del país anfitrión a la marca anfitriona

La diferencia entre 1970, 1986 y 2026 también puede leerse como una transformación del propio país. Antes, con todas las contradicciones autoritarias de su época, el Mundial lograba infiltrarse en la vida común y ser apropiado por multitudes que lo convertían en experiencia de barrio, de sobremesa y de radio. Ahora, buena parte de su presencia aparece mediada por plataformas de venta, zonas premium, perímetros de seguridad y lenguajes de city marketing.

Lo que cambia no es solo la FIFA; cambia la relación entre ciudad, espectáculo y ciudadanía. El anfitrión ya no es del todo un país, sino una marca territorial que debe mostrarse eficiente, segura, vendible y emocionalmente rentable. En esa conversión, la población local deja de ser el centro de la fiesta y pasa a ser un factor de gestión: consumidor potencial, riesgo logístico o paisaje cultural.

Cierto olor a podrido

El "olor a podrido" no remite a un escándalo único ni a una denuncia cerrada. Nombra la acumulación de síntomas: boletos inaccesibles, palcos obscenos, moral disciplinaria selectiva, ciudades preocupadas por los costos sociales y un entusiasmo oficial que no termina de traducirse en apropiación popular. Lo podrido no está solamente en una oficina de Zúrich ni en una federación nacional; está en el modo en que el mayor espectáculo del futbol se ha ido vaciando de pueblo mientras insiste en hablar en nombre del pueblo.

Por eso la frase "es un Mundial que no se siente" tiene una potencia mayor de la que parece. No describe solo una ausencia de ambiente: describe un modelo de organización donde la emoción queda subordinada al negocio, la calle al perímetro y la afición a la capacidad de pago. México será sede, pero la pregunta decisiva sigue abierta: ¿de quién será realmente la fiesta?

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