Mundial 2026: un cierto olor a podrido
Discursos, promesas... y las ciudades que intentan
maquillarse para el mundo
Por Jose Rafael Moya Saavedra
El Mundial 2026 no llegará solamente a estadios.
Llegará a aeropuertos saturados.
A ciudades parchadas a contrarreloj.
A corredores turísticos recién pintados.
A periferias que seguirán fuera de cuadro.
A gobiernos que prometen legado mientras intentan controlar la imagen antes de
que lleguen las cámaras internacionales.
México quiere mostrarse como
potencia organizadora, país moderno y escaparate continental. Los discursos
oficiales hablan de transformación urbana, movilidad sustentable, seguridad
tecnológica e inversión histórica.
Pero debajo del render aparece otra cosa.
Un cierto olor a podrido.
No el olor popular del fútbol
mexicano: fritanga, cerveza derramada y humo de tacos afuera del estadio. No.
Otro aroma. Más profundo. Más político.
El olor de la simulación.
El olor de las obras apresuradas.
El olor de gobiernos que descubren las fracturas urbanas justo cuando el mundo
está por observarlas.
I. Ciudad de México
La capital que quiere verse mundialista
La Ciudad de México quiere presentarse como el corazón
moderno del Mundial.
El discurso de Clara Brugada
habla de una "Ciudad de Derechos y Libertades", con
movilidad sustentable, regeneración urbana y el "Mundial más seguro
de la historia". Sobre el papel, la capital entra en una
transformación gigantesca: 600 mil metros cuadrados de espacio público
renovado, 500 canchas rehabilitadas, decenas de miles de cámaras y luminarias
nuevas, miles de patrullas y corredores turísticos remozados para recibir a la
FIFA. Pero la ciudad real huele distinto: a concreto fresco que se seca bajo presión
de calendario, a drenajes abiertos en Santa Úrsula, a comerciantes ambulantes
recogiendo sus puestos porque "ya viene el Mundial" y la prioridad es
despejar el cuadro, no resolver la vida cotidiana.
Tlalpan.
Azteca.
Centro Histórico.
Reforma.
Aeropuerto.
La periferia sigue esperando otro
campeonato: el del agua diaria, el transporte digno y las banquetas
transitables.
Mientras el gobierno promete el
"Mundial más seguro", la apuesta parece descansar más en
hipervigilancia que en resolver las raíces de la violencia cotidiana. La ciudad
será probablemente una de las más monitoreadas de América Latina... aunque eso
no garantice sentirse más segura.
Aquí el Mundial no solo quiere organizar fútbol.
Quiere administrar la imagen de la ciudad.
Por eso el ambulantaje se "reordena".
Los indigentes se "canalizan".
Los viene-viene se "retiran".
No desaparecen los problemas.
Solo se desplazan fuera del encuadre.
Porque la lógica mundialista no exige resolver la
desigualdad.
Exige que no salga en televisión.
La capital no es una excepción,
es apenas el primer panel del escaparate. Si en la Ciudad de México el Mundial
se vive como operación de imagen sobre una ciudad rota, en Guadalajara la
fórmula se repite con otro vocabulario: el de la metamorfosis urbana.
II. Guadalajara
La metamorfosis sobre terreno minado
Guadalajara se vende como ciudad
en metamorfosis. El gobierno presume una inversión de más de 3,550 millones de
pesos en obras rumbo a 2026: vialidades renovadas, fachadas limpias en el
Centro Histórico, adecuaciones para el aeropuerto y espacios listos para el Fan
Festival internacional. En los vídeos oficiales, la ciudad es una sucesión de
plazas pulidas, camellones verdes y turistas caminando sin prisa.
Pero hay otra Guadalajara que no
entra en los renders: la de las fichas de búsqueda pegadas en postes, la de las
madres rastreadoras, la de las desapariciones que siguen creciendo mientras se
promete "la mejor experiencia turística del continente". La ciudad
que verá la FIFA es la misma donde, a unos kilómetros de distancia, se siguen
abriendo fosas en la periferia. La Minerva sí sale en la toma aérea; las
búsquedas en campo quedan fuera de cuadro. Las avenidas remodeladas sí entrarán
a los comerciales oficiales; Los cinturones de miedo quedarán fuera del plano.
Aquí el Mundial funciona como un
filtro visual: una capa brillante colocada encima de una realidad profundamente
incómoda.
Y quizá el mayor problema no sea la violencia misma.
Sino el esfuerzo institucional por invisibilizarla mientras
llegan los turistas.
Guadalajara agrega otra capa al
olor a podrido: la de una ciudad que intenta esconder su violencia bajo la
alfombra de la modernización turística. El tercer panel del tríptico está más
al norte, donde el lenguaje cambia de registro: ya no se habla de metamorfosis
ni de derechos, sino de negocios, conectividad y prestigio industrial.
III. Monterrey
El estadio brillante y la ciudad sedienta
En Monterrey el discurso mundialista tiene tono empresarial.
Aquí no se habla tanto de
inclusión o derechos. Aquí se habla de competitividad global, conectividad,
inversión y prestigio internacional.
El Estadio BBVA será modernizado.
El aeropuerto ampliado. Las vialidades aceleradas. Todo debe estar listo para
que Monterrey se consolide como vitrina industrial de clase mundial.
Pero afuera del render todavía existe otra ciudad.
La que recuerda la crisis de agua.
La que respira contaminación cotidiana.
La que observa cómo los megaproyectos avanzan más rápido que las soluciones
básicas para muchas colonias populares.
Aquí el Mundial huele a concreto recién vaciado bajo presión
de calendario FIFA.
México ya conoce el libreto de las obras
aceleradas: sobrecostos, improvisación, inauguraciones prematuras y promesas
que envejecen rápido.
Mientras los recursos fluyen
hacia estadios y corredores logísticos, muchas zonas siguen esperando
infraestructura elemental.
Porque el Mundial también exhibe prioridades.
Y en Monterrey parece claro qué
llega primero: la vitrina internacional.
Puestas juntas, las tres sedes
dejan de ser historias sueltas y se vuelven un patrón. Cambian los acentos, los
montos y las heridas abiertas, pero el mecanismo es el mismo: el Mundial como
operación de maquillaje sobre problemas estructurales que seguirán ahí cuando
se apaguen las luces.
IV. Comparativos
Tres ciudades, una misma lógica
Aunque cada sede tiene su propio discurso, las tres
comparten el mismo mecanismo político:
convertir el Mundial en operación de imagen.
Ciudad Narrativa oficial Lo que
intenta ocultarse
Ciudad de México Ciudad
incluyente, segura y sustentable Desigualdad urbana, ambulantaje desplazado,
crisis de movilidad y agua
Guadalajara Metamorfosis y
modernización turística Violencia, desapariciones y fractura social
Monterrey Hub industrial y sede
global Crisis hídrica, contaminación y desigualdad territorial
Las tres ciudades comparten algo más:
la inversión se concentra donde pasará la cámara.
Corredores FIFA.
Aeropuertos.
Estadios.
Fan Fest.
Rutas turísticas.
No necesariamente donde vive la mayor parte de la población.
V. Conclusiones
Lo que realmente podría exhibir el Mundial
México probablemente organizará
buenos partidos. Los estadios estarán llenos, las ceremonias funcionarán, las
transmisiones se verán espectaculares. Pero el verdadero examen del Mundial no
estará en la cancha, sino en las ciudades que el país decidió fabricar para la
cámara. Porque detrás del lenguaje de modernidad e inversión histórica aparecen
señales conocidas: obras concentradas en corredores FIFA, megaproyectos
acelerados, desplazamientos silenciosos de pobreza e informalidad,
hipervigilancia como sustituto de política pública.
Oficialmente, el Mundial 2026
será la gran vitrina de un México moderno, con una capital "incluyente y
segura", una Guadalajara "en metamorfosis" y un Monterrey
convertido en hub industrial global. La pregunta es qué se verá cuando se
apague el show: si un país que realmente transformó sus ciudades o uno que solo
aprendió a decorar sus grietas antes de que llegaran las cámaras. Porque hay
algo que ni los drones, ni las pantallas gigantes, ni la pintura de última hora
consiguen ocultar del todo: ese cierto olor a podrido que queda en el aire
cuando el Mundial se va y la ciudad vuelve a ser lo que era.