OTRA
PERSPECTIVA
Mundial 2026:
Cierto olor a podrido
Cuando el
espectáculo global intenta ocultar las grietas
Por José
Rafael Moya Saavedra
En 2026 el mundo verá a México. Verá estadios renovados, pantallas
monumentales, zonas de fans, aeropuertos llenos, promocionales turísticos,
drones recorriendo ciudades maquilladas para la transmisión internacional. Verá
un país que intentará proyectar modernidad, estabilidad y control.
Porque un Mundial no es solamente futbol. Es una operación global de
percepción. Y precisamente por eso resulta inquietante lo que empieza a
sentirse detrás del espectáculo: cierto olor a podrido.
No se trata del deporte. Ni de la afición. Ni de la fiesta que
inevitablemente genera una Copa del Mundo. Se trata de otra cosa: del viejo
hábito institucional de esconder fragilidades detrás de eventos espectaculares.
La vitrina
perfecta
Los mega eventos sirven para construir narrativas nacionales. Eso ocurrió
en Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Catar 2022. Y México no será la
excepción. La Copa del Mundo FIFA 2026 servirá para vender gobernabilidad,
capacidad logística, seguridad, resiliencia, competitividad y fortaleza
institucional. Todo deberá funcionar. O al menos aparentarlo. Porque los mega
eventos tienen una lógica muy clara: la percepción internacional no puede
romperse. Aunque la realidad sí.
El partido que
nadie está mirando
El 23 de junio de 2026 Guadalajara recibirá un partido de fase de grupos
particularmente simbólico: Colombia contra el ganador del repechaje
intercontinental, donde aparece la posibilidad de participación de la República
Democrática del Congo.
En apariencia será solamente otra noche mundialista. Pero fuera del estadio
se desarrollará una operación mucho menos visible: la vigilancia epidemiológica
internacional. Y eso cambia completamente la lectura del evento.
Porque el 16 y 17 de mayo de 2026 la Organización Mundial de la Salud
declaró Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional por el brote
de Ébola Bundibugyo en República Democrática del Congo y Uganda. Una cepa
particularmente delicada: sin vacuna autorizada, sin tratamiento antiviral
específico aprobado, y con antecedentes de alta letalidad.
En respuesta, México activó vigilancia epidemiológica reforzada, avisos
preventivos de viaje y protocolos especiales de monitoreo sanitario. No por
paranoia. Por cálculo de riesgo.
La otra cara
del Mundial
Mientras FIFA prepara ceremonias, transmisiones y zonas VIP, las
autoridades sanitarias de Jalisco incrementaron 50% el personal de Sanidad
Internacional en aeropuertos y puertos de entrada. Médicos, epidemiólogos y
especialistas comenzaron a aplicar cuestionarios sanitarios, revisiones
clínicas y protocolos de detección temprana. Además, hospitales de Guadalajara
habilitaron áreas específicas de aislamiento para posibles casos sospechosos.
El problema es que toda esa operación invisible revela algo incómodo:
detrás del espectáculo existe miedo institucional. Porque cuando un país
necesita reforzar vigilancia extraordinaria para proteger un megaevento,
significa que incluso el propio gobierno reconoce sus vulnerabilidades. Aunque
públicamente hable de control.
"Estamos
preparados"
El discurso oficial insiste en ello. "México está preparado y
vigilante", declaró la Secretaría de Salud federal al activar protocolos
nacionales. Y técnicamente hay razones para sostener parte de esa afirmación.
México cuenta con manuales clínicos, protocolos de aislamiento,
lineamientos de bioseguridad, laboratorios de referencia y experiencia
acumulada tras el COVID-19. Pero la verdadera pregunta no es si existen
documentos. La pregunta es si existe capacidad estructural suficiente para
sostener una emergencia compleja bajo presión internacional. Y ahí empiezan las
grietas.
El problema no
es el virus. Es la estructura.
El propio análisis técnico deja ver varias limitaciones críticas. México no
cuenta con una red nacional formal de unidades hospitalarias de aislamiento de
alto nivel comparables con estándares internacionales como EUNID o NETEC. No
existe información pública clara sobre el número real de camas con presión
negativa, la capacidad simultánea de atención, los tiempos de activación ni la
cobertura nacional efectiva. La infraestructura especializada parece depender
más de adaptaciones hospitalarias temporales que de una arquitectura permanente
de bioseguridad.
Y entonces aparece la contradicción más incómoda del Mundial 2026: México
quiere proyectar imagen de potencia organizativa global mientras todavía
enfrenta fragilidades básicas en resiliencia sanitaria avanzada.
Estadios
blindados. Ciudades vulnerables.
FIFA puede blindar estadios. Pero no puede blindar aeropuertos, hoteles,
transporte público, hospitales, corredores turísticos ni cadenas humanas de
movilidad internacional. Un estadio puede controlarse durante noventa minutos.
Una ciudad no. Y mucho menos un país atravesado por desigualdades estructurales
en salud, infraestructura y coordinación institucional.
Por eso el verdadero debate no es si llegará o no una emergencia sanitaria
durante el Mundial. La pregunta real es otra: ¿qué tan resistente es el sistema
mexicano fuera de la escenografía?
El maquillaje
del riesgo
Los gobiernos modernos aprendieron algo: la percepción internacional
importa tanto como la capacidad real. Por eso los mega eventos suelen producir
una peligrosa ilusión de fortaleza. Se remodelan zonas específicas, se blindan
corredores, se concentran recursos, se aceleran obras, se despliegan
operativos. Pero muchas veces el objetivo principal no es resolver
vulnerabilidades. Es administrarlas visualmente.
Y ahí aparece ese olor difícil de ignorar: el olor de la simulación, la
opacidad, la improvisación maquillada de eficiencia y la narrativa política
construida para televisión internacional.
El verdadero
riesgo
Quizá el mayor riesgo del Mundial 2026 no sea el Ébola. Ni siquiera una
eventual importación de casos. El verdadero riesgo es creer que organizar un
espectáculo global equivale automáticamente a tener instituciones sólidas.
Porque los estadios pueden inaugurarse en tiempo récord. La resiliencia
nacional no.
Cuando el mundo llegue a México en 2026, no solo observará partidos.
También observará hospitales, aeropuertos, capacidad de respuesta, coordinación
gubernamental, manejo de crisis, transparencia y fortaleza institucional real.
Porque los mega eventos no eliminan los riesgos. Solamente los iluminan
más. Y a veces, justo detrás de las luces más intensas, es donde primero
aparece cierto olor a podrido.
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