OTRA PERSPECTIVA
Un Mundial que no se siente
Mundial 2026, Un cierto olor a podrido
Por José Rafael Moya Saavedra
México llega al Mundial de 2026
con una paradoja visible: será por tercera vez sede de la Copa del Mundo, pero
una parte importante de la conversación pública no gira alrededor de la fiesta
futbolera sino del costo, la seguridad, la desigualdad y la sensación de
lejanía social frente al torneo. El contraste con la memoria de 1970 y
1986 no es solo nostálgico; permite leer un cambio estructural en la manera de
organizar, vender y blindar el evento.
El Mundial que antes se olía
Hay torneos que se instalan en la
vida cotidiana antes del silbatazo inicial. Las reconstrucciones periodísticas
sobre México 1970 describen una ciudad tomada por anuncios, vitrinas decoradas,
televisores a color y una expectativa que se desplegaba en calles, mercados y
hogares. En el caso de México 1986, distintas crónicas y balances
recuerdan una atmósfera en la que el futbol operó como un respiro emocional
después del sismo de 1985, una especie de verano anímico en un país todavía
herido.
Ese recuerdo importa porque
permite entender lo que hoy falta. La percepción de que el Mundial 2026
"no se siente" no nace únicamente de una comparación
sentimental entre generaciones; surge también de una evidencia concreta: el
torneo aparece más asociado al control logístico, al consumo premium y a la
gestión de riesgos que a una apropiación popular de la fiesta.
El torneo blindado
Uno de los frentes más delicados
ha sido la seguridad. Tras episodios de violencia en México que impactaron
directamente la conversación sobre la organización mundialista, medios
reportaron que FIFA solicitó informes técnicos sobre las condiciones de seguridad,
con atención particular a Guadalajara y al contexto de bloqueos y
disturbios. Aunque Gianni Infantino declaró estar "muy
tranquilo" con México como sede, el tono de las coberturas deja ver que la
tranquilidad oficial convive con evaluaciones de riesgo permanentes.
Este desplazamiento del
entusiasmo al expediente técnico cambia la naturaleza simbólica del torneo. El
Mundial deja de ser únicamente una promesa de encuentro para convertirse
también en un operativo: rutas seguras, perímetros, filtros, control de multitudes,
vigilancia y administración reputacional. En ese contexto, la fiesta no
desaparece, pero queda subordinada a la lógica del blindaje.
El precio de la exclusión
La distancia entre el Mundial y
la gente también se mide en dinero. Para los partidos del Tri en México, los
boletos más baratos se ubican alrededor de los 4.955 pesos, mientras que el
partido inaugural en México alcanza rangos de entre 19.070 y 44.035 pesos, y la
final en Estados Unidos llega a cifras todavía más altas. Paralelamente,
el programa Hospitality ofrece experiencias preferentes con precios que en
México pueden superar los 83.500 pesos por persona para un solo partido.
A la capa ya elitizada del
boletaje oficial se suma el universo de los palcos y paquetes premium. En
Ciudad de México, se han documentado ofertas de palcos VIP para los cinco
partidos por montos cercanos a 1,5 millones de dólares, así como paquetes menores
por cientos de miles de dólares, lo que empuja el torneo hacia una lógica de
lujo, inversión y exclusividad. En los hechos, el Mundial se vuelve más
accesible para corporativos, clientes de hospitalidad y turismo de alto poder
adquisitivo que para la afición local tradicional.
FIFA y la retórica de la fiesta global
Frente a estas críticas, la
narrativa de FIFA ha sido consistente. Infantino ha defendido que existen
entradas caras, pero también "opciones asequibles", y
ha subrayado la demanda masiva del torneo, con cientos de millones de
solicitudes y una venta acelerada de boletos como evidencia de legitimidad. En
encuentros con ciudades anfitrionas, el presidente de FIFA también ha descrito
la Copa del Mundo 2026 como una "inyección de ánimos" y un
acontecimiento destinado a irradiar una atmósfera alegre para los aficionados
de todo el planeta.
Sin embargo, la idea de una
fiesta global no resuelve el problema de la desigualdad de acceso. Que exista
una demanda gigantesca no significa que el evento sea socialmente compartido;
puede significar, por el contrario, que la escasez administrada y la centralización
comercial elevan aún más su valor como mercancía. El lenguaje de la
celebración funciona entonces como cobertura simbólica de un modelo de negocio
crecientemente excluyente.
El grito, la sanción y la hipocresía
Otro de los olores de este
Mundial es el de la disciplina selectiva. La confrontación entre FIFA y la
Federación Mexicana por el grito homofóbico lleva más de una década, con multas
y litigios reiterados, y en 2026 la FMF perdió una nueva apelación ante el TAS
relacionada con sanciones por cánticos discriminatorios ocurridos en Qatar
2022. A ello se suman multas históricas y medidas como cierres parciales
de estadio por reincidencia del comportamiento de la afición.
Nada de esto vuelve irrelevante
la dimensión discriminatoria del problema. Pero sí revela una asimetría moral:
FIFA castiga con severidad un síntoma visible y escandaloso del estadio,
mientras opera con mucha más comodidad frente a otras violencias estructurales
vinculadas al negocio futbolístico, como la exclusión económica, la desigualdad
territorial o la captura corporativa de la experiencia mundialista. La
limpieza ética se vuelve más creíble cuando no es selectiva.
Un país que mira desde fuera
La percepción social en sedes
mexicanas refuerza esta lectura. Un sondeo de la UNAM reportado por EFE
encontró preocupaciones ciudadanas concentradas en tráfico, encarecimiento,
contaminación y desigualdad más que en el entusiasmo por la inminencia del torneo. Otra
encuesta de Mitofsky registró que solo 18% veía listos los estadios, 0%
consideraba baratos los boletos y apenas 4% veía muy probable asistir a un
partido.
Ese dato es decisivo porque rompe
el mito de que el Mundial se siente automáticamente por el simple hecho de
celebrarse en casa. Un torneo puede ser omnipresente en la publicidad y, al
mismo tiempo, socialmente distante. Puede llamarse "México
2026" y aun así dejar a buena parte del país en condición de
espectador exterior.
Del país anfitrión a la marca anfitriona
La diferencia entre 1970, 1986 y
2026 también puede leerse como una transformación del propio país. Antes, con
todas las contradicciones autoritarias de su época, el Mundial lograba
infiltrarse en la vida común y ser apropiado por multitudes que lo convertían
en experiencia de barrio, de sobremesa y de radio. Ahora, buena parte de
su presencia aparece mediada por plataformas de venta, zonas premium,
perímetros de seguridad y lenguajes de city marketing.
Lo que cambia no es solo la FIFA;
cambia la relación entre ciudad, espectáculo y ciudadanía. El anfitrión ya no
es del todo un país, sino una marca territorial que debe mostrarse eficiente,
segura, vendible y emocionalmente rentable. En esa conversión, la
población local deja de ser el centro de la fiesta y pasa a ser un factor de
gestión: consumidor potencial, riesgo logístico o paisaje cultural.
Cierto olor a podrido
El "olor a
podrido" no remite a un escándalo único ni a una denuncia cerrada.
Nombra la acumulación de síntomas: boletos inaccesibles, palcos obscenos, moral
disciplinaria selectiva, ciudades preocupadas por los costos sociales y un
entusiasmo oficial que no termina de traducirse en apropiación popular. Lo
podrido no está solamente en una oficina de Zúrich ni en una federación
nacional; está en el modo en que el mayor espectáculo del futbol se ha ido
vaciando de pueblo mientras insiste en hablar en nombre del pueblo.
Por eso la frase "es
un Mundial que no se siente" tiene una potencia mayor de la que
parece. No describe solo una ausencia de ambiente: describe un modelo de
organización donde la emoción queda subordinada al negocio, la calle al
perímetro y la afición a la capacidad de pago. México será sede, pero la
pregunta decisiva sigue abierta: ¿de quién será realmente la fiesta?