viernes, 8 de mayo de 2026

 

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

Discursos, promesas... y las ciudades que intentan maquillarse para el mundo

Por Jose Rafael Moya Saavedra

El Mundial 2026 no llegará solamente a estadios.

Llegará a aeropuertos saturados.
A ciudades parchadas a contrarreloj.
A corredores turísticos recién pintados.
A periferias que seguirán fuera de cuadro.
A gobiernos que prometen legado mientras intentan controlar la imagen antes de que lleguen las cámaras internacionales.

México quiere mostrarse como potencia organizadora, país moderno y escaparate continental. Los discursos oficiales hablan de transformación urbana, movilidad sustentable, seguridad tecnológica e inversión histórica.

Pero debajo del render aparece otra cosa.

Un cierto olor a podrido.

No el olor popular del fútbol mexicano: fritanga, cerveza derramada y humo de tacos afuera del estadio. No. Otro aroma. Más profundo. Más político.

El olor de la simulación.
El olor de las obras apresuradas.
El olor de gobiernos que descubren las fracturas urbanas justo cuando el mundo está por observarlas.

I. Ciudad de México

La capital que quiere verse mundialista

La Ciudad de México quiere presentarse como el corazón moderno del Mundial.

El discurso de Clara Brugada habla de una "Ciudad de Derechos y Libertades", con movilidad sustentable, regeneración urbana y el "Mundial más seguro de la historia". Sobre el papel, la capital entra en una transformación gigantesca: 600 mil metros cuadrados de espacio público renovado, 500 canchas rehabilitadas, decenas de miles de cámaras y luminarias nuevas, miles de patrullas y corredores turísticos remozados para recibir a la FIFA. Pero la ciudad real huele distinto: a concreto fresco que se seca bajo presión de calendario, a drenajes abiertos en Santa Úrsula, a comerciantes ambulantes recogiendo sus puestos porque "ya viene el Mundial" y la prioridad es despejar el cuadro, no resolver la vida cotidiana.

Tlalpan.
Azteca.
Centro Histórico.
Reforma.
Aeropuerto.

La periferia sigue esperando otro campeonato: el del agua diaria, el transporte digno y las banquetas transitables.

Mientras el gobierno promete el "Mundial más seguro", la apuesta parece descansar más en hipervigilancia que en resolver las raíces de la violencia cotidiana. La ciudad será probablemente una de las más monitoreadas de América Latina... aunque eso no garantice sentirse más segura.

Aquí el Mundial no solo quiere organizar fútbol.

Quiere administrar la imagen de la ciudad.

Por eso el ambulantaje se "reordena".
Los indigentes se "canalizan".
Los viene-viene se "retiran".

No desaparecen los problemas.
Solo se desplazan fuera del encuadre.

Porque la lógica mundialista no exige resolver la desigualdad.
Exige que no salga en televisión.

La capital no es una excepción, es apenas el primer panel del escaparate. Si en la Ciudad de México el Mundial se vive como operación de imagen sobre una ciudad rota, en Guadalajara la fórmula se repite con otro vocabulario: el de la metamorfosis urbana.

II. Guadalajara

La metamorfosis sobre terreno minado

Guadalajara se vende como ciudad en metamorfosis. El gobierno presume una inversión de más de 3,550 millones de pesos en obras rumbo a 2026: vialidades renovadas, fachadas limpias en el Centro Histórico, adecuaciones para el aeropuerto y espacios listos para el Fan Festival internacional. En los vídeos oficiales, la ciudad es una sucesión de plazas pulidas, camellones verdes y turistas caminando sin prisa.

Pero hay otra Guadalajara que no entra en los renders: la de las fichas de búsqueda pegadas en postes, la de las madres rastreadoras, la de las desapariciones que siguen creciendo mientras se promete "la mejor experiencia turística del continente". La ciudad que verá la FIFA es la misma donde, a unos kilómetros de distancia, se siguen abriendo fosas en la periferia. La Minerva sí sale en la toma aérea; las búsquedas en campo quedan fuera de cuadro. Las avenidas remodeladas sí entrarán a los comerciales oficiales; Los cinturones de miedo quedarán fuera del plano.

Aquí el Mundial funciona como un filtro visual: una capa brillante colocada encima de una realidad profundamente incómoda.

Y quizá el mayor problema no sea la violencia misma.

Sino el esfuerzo institucional por invisibilizarla mientras llegan los turistas.

Guadalajara agrega otra capa al olor a podrido: la de una ciudad que intenta esconder su violencia bajo la alfombra de la modernización turística. El tercer panel del tríptico está más al norte, donde el lenguaje cambia de registro: ya no se habla de metamorfosis ni de derechos, sino de negocios, conectividad y prestigio industrial.

III. Monterrey

El estadio brillante y la ciudad sedienta

En Monterrey el discurso mundialista tiene tono empresarial.

Aquí no se habla tanto de inclusión o derechos. Aquí se habla de competitividad global, conectividad, inversión y prestigio internacional.

El Estadio BBVA será modernizado. El aeropuerto ampliado. Las vialidades aceleradas. Todo debe estar listo para que Monterrey se consolide como vitrina industrial de clase mundial.

Pero afuera del render todavía existe otra ciudad.

La que recuerda la crisis de agua.
La que respira contaminación cotidiana.
La que observa cómo los megaproyectos avanzan más rápido que las soluciones básicas para muchas colonias populares.

Aquí el Mundial huele a concreto recién vaciado bajo presión de calendario FIFA.

 México ya conoce el libreto de las obras aceleradas: sobrecostos, improvisación, inauguraciones prematuras y promesas que envejecen rápido.

Mientras los recursos fluyen hacia estadios y corredores logísticos, muchas zonas siguen esperando infraestructura elemental.

Porque el Mundial también exhibe prioridades.

Y en Monterrey parece claro qué llega primero: la vitrina internacional.

Puestas juntas, las tres sedes dejan de ser historias sueltas y se vuelven un patrón. Cambian los acentos, los montos y las heridas abiertas, pero el mecanismo es el mismo: el Mundial como operación de maquillaje sobre problemas estructurales que seguirán ahí cuando se apaguen las luces.

IV. Comparativos

Tres ciudades, una misma lógica

Aunque cada sede tiene su propio discurso, las tres comparten el mismo mecanismo político:

convertir el Mundial en operación de imagen.

Ciudad Narrativa oficial Lo que intenta ocultarse

Ciudad de México Ciudad incluyente, segura y sustentable Desigualdad urbana, ambulantaje desplazado, crisis de movilidad y agua

Guadalajara Metamorfosis y modernización turística Violencia, desapariciones y fractura social

Monterrey Hub industrial y sede global Crisis hídrica, contaminación y desigualdad territorial

Las tres ciudades comparten algo más:

la inversión se concentra donde pasará la cámara.

Corredores FIFA.
Aeropuertos.
Estadios.
Fan Fest.
Rutas turísticas.

No necesariamente donde vive la mayor parte de la población.

V. Conclusiones

Lo que realmente podría exhibir el Mundial

México probablemente organizará buenos partidos. Los estadios estarán llenos, las ceremonias funcionarán, las transmisiones se verán espectaculares. Pero el verdadero examen del Mundial no estará en la cancha, sino en las ciudades que el país decidió fabricar para la cámara. Porque detrás del lenguaje de modernidad e inversión histórica aparecen señales conocidas: obras concentradas en corredores FIFA, megaproyectos acelerados, desplazamientos silenciosos de pobreza e informalidad, hipervigilancia como sustituto de política pública.

Oficialmente, el Mundial 2026 será la gran vitrina de un México moderno, con una capital "incluyente y segura", una Guadalajara "en metamorfosis" y un Monterrey convertido en hub industrial global. La pregunta es qué se verá cuando se apague el show: si un país que realmente transformó sus ciudades o uno que solo aprendió a decorar sus grietas antes de que llegaran las cámaras. Porque hay algo que ni los drones, ni las pantallas gigantes, ni la pintura de última hora consiguen ocultar del todo: ese cierto olor a podrido que queda en el aire cuando el Mundial se va y la ciudad vuelve a ser lo que era.

jueves, 7 de mayo de 2026

 

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

Dos inseguridades, un mismo espectáculo

México intenta contener su violencia. Estados Unidos impone control total. El mismo Mundial se jugará entre dos modelos de seguridad.

Por Jose Rafael Moya Saavedra


El Mundial 2026 no se jugará en un solo país.

Se jugará entre dos formas de inseguridad.

        A cien días del inicio, la conversación parece repetirse: ¿es seguro México?, ¿aguantan las sedes mexicanas? El Gobierno responde con cifras, planes y conferencias; la FIFA pide informes y manda inspectores; los medios hablan de presiones para mover partidos a Houston. Todo suena familiar.

        Lo que casi no se dice es que el mismo torneo se disputará también en un país que llega a la Copa con otros miedos: terrorismo, ciberataques, guerras abiertas, crisis migratoria, polarización interna. Mientras México vive bajo la sombra del crimen organizado y una violencia territorial persistente, Estados Unidos opera en modo de alerta permanente, con un aparato de seguridad nacional que no se apaga ni cuando suena el himno de la FIFA.

        El Mundial 2026 es, en realidad, un experimento político: el mismo balón rodará en dos modelos de inseguridad distintos.

 1. MÉXICO: LA VITRINA DEL ESTADO QUE TODAVÍA QUIERE DEMOSTRAR

        En el lado mexicano, el guion ya se conoce. El país llega al torneo bajo tensión: Jalisco, Nuevo León y Ciudad de México son sedes mundialistas y al mismo tiempo escenarios de una violencia estructural que no se resuelve en un ciclo de noticias.

        La respuesta oficial es el Plan Kukulkán: cerca de 100,000 elementos entre fuerzas armadas, Guardia Nacional, policías estatales y municipales, más seguridad privada; fuerzas de tarea conjuntas, defensa aérea, sistemas antidrones, monitoreo digital y cooperación internacional.

        En el papel, México cumple la garantía de seguridad firmada con la FIFA: proteger estadios, hoteles, aeropuertos y fan zones antes, durante y después del torneo. En la práctica, el Plan Kukulkán es también una vitrina: busca mostrar a la comunidad internacional un Estado capaz de ordenar, aunque sea por unas semanas, un territorio que el resto del año se le desborda.

        México no es el país más violento que ha organizado un Mundial, pero llega con una violencia profundamente territorializada: estadios rodeados de colonias en disputa, carreteras marcadas por robos y secuestros, zonas metropolitanas donde las fosas clandestinas conviven con la promoción turística.

Su inseguridad tiene geografía.

 2. ESTADOS UNIDOS: LA NORMALIDAD DE LA GUERRA PERMANENTE

        Del otro lado de la frontera, la historia no es la de un país tranquilo que ofrece refugio al Mundial. Es la de una potencia que organiza el torneo desde una lógica de seguridad extendida.

        El contexto es conocido: tensiones geopolíticas, amenazas terroristas descentralizadas, crimen transnacional y conflictos abiertos. El propio Mundial aparece, en análisis especializados, como un objetivo lógico para ataques híbridos.

        La respuesta es un operativo que integra defensa aérea, tecnología antidrones, ciberseguridad, inteligencia artificial y coordinación entre el Departamento de Seguridad Nacional, el FBI y agencias locales.

        El torneo se trata, en la práctica, como un asunto de seguridad nacional.

        A eso se suma un elemento central: la participación de agencias migratorias como ICE. Su inclusión en el esquema de seguridad ha encendido el debate sobre si un organismo con historial de detenciones y deportaciones debe formar parte visible del entorno del evento.

        En Estados Unidos, la seguridad del Mundial no se separa de la política migratoria ni de la lógica de guerra global. Forma parte del mismo ecosistema.

 3. DOS FORMAS DE MIEDO

        En México, el miedo tiene una gramática conocida: asesinato, desaparición, secuestro, extorsión, territorios bajo control criminal. El objetivo del operativo es contener esa violencia para que no irrumpa en la transmisión global.

        En Estados Unidos, el miedo se formula distinto: terrorismo, ciberataques, sabotaje, disturbios, amenazas híbridas. El dispositivo busca anticipar y neutralizar riesgos antes de que ocurran.

Pero hay otra capa: el miedo de millones de personas a ser detenidas, vigiladas o identificadas en el entorno del torneo.

Son dos formas de miedo distintas.

En México, el Estado parece decir: “podemos contener nuestra violencia cuando el mundo nos mira.”

En Estados Unidos, el mensaje es otro: “podemos controlar todo… incluso si eso implica vigilarlo todo.”

 4. SEGURIDAD, NEGOCIO Y GEOPOLÍTICA

        Ambos países comparten una convicción: el Mundial es asunto de seguridad nacional.

        En México, el torneo funciona como prueba de estrés: si se supera sin incidentes graves, mejora la reputación del país; si falla, refuerza la narrativa de un Estado rebasado. La cooperación con Estados Unidos se presenta como garantía, pero también abre la puerta a mayor influencia del vecino del norte en materia de seguridad.

        En Estados Unidos, el Mundial llega en medio de debates sobre migración, presupuestos de seguridad y vigilancia. El torneo permite exhibir capacidades tecnológicas, legitimar dispositivos de control y reforzar una narrativa de fortaleza frente a amenazas globales.

        En ambos casos, la seguridad sirve a algo más grande que el futbol: reputación, influencia, control del relato.

 5. EL MUNDIAL COMO ESPEJO DE LA ÉPOCA

        El Mundial 2026 es un evento de alta visibilidad, concentración masiva de población y enorme impacto psicológico. No hace falta que ocurra un incidente para que funcione como laboratorio: la preparación misma revela cómo entienden los Estados la seguridad hoy.

        En México, la respuesta es un operativo extraordinario sobre una base frágil.
En Estados Unidos, es la extensión de un aparato de vigilancia ya consolidado.

        En ambos, la fiesta del fútbol se monta sobre dispositivos pensados para algo más que proteger porterías.

 6. LA PREGUNTA DE FONDO

La discusión no es cuál país es más seguro.

Es qué entendemos por seguridad.

¿Ausencia de violencia visible?
¿Capacidad de control estatal?
¿Protección para todos… o solo para algunos?

        Porque un estadio puede estar perfectamente protegido… y aun así no ser un espacio igual para todos.

Ahí está la paradoja del Mundial 2026:

        En México, el riesgo es que la violencia se administre para que no se vea. En Estados Unidos, el riesgo es que el control se imponga sin que se cuestione a quién excluye.

        La pregunta decisiva no es si el torneo será seguro. Es para quién será vivible.

 CIERRE

El Mundial será un espectáculo.

        Pero también será una advertencia: no todas las inseguridades se enfrentan igual…

y no todas dejan las mismas consecuencias cuando termina el juego.

        Cuando se apaguen las luces, ni el Plan Kukulkán ni los dispositivos del aparato de seguridad estadounidense desaparecerán.

Se quedarán.

        Y con ellos, la forma en que cada país decidió entender la seguridad cuando el mundo entero estaba mirando.

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

Cuando el balón entra en la doctrina de seguridad hemisférica

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Hay algo que no termina de cuadrar.

Algo que empieza a sentirse detrás del discurso oficial del Mundial 2026.

Todavía no es escándalo.
Todavía no es ruptura.
Todavía no es noticia confirmada.

Pero ya tiene olor.

Y sí: un cierto olor a podrido.

Porque mientras México insiste en vender al mundo la imagen de la fiesta futbolera, de la integración trinacional, del turismo masivo y de los estadios listos, en Washington se está escribiendo otra narrativa. Mucho más fría. Mucho más dura. Mucho más peligrosa.

La nueva estrategia antiterrorista de Estados Unidos, firmada en mayo de 2026 por el presidente Donald Trump, no es solamente un documento de seguridad nacional. Es una declaración de poder hemisférico. Una redefinición del continente bajo lógica de amenaza. Y en esa lógica, México aparece cada vez menos como socio... y cada vez más como problema.

Ahí está el verdadero foco rojo.

Porque el documento ya no habla únicamente de terrorismo clásico.
Habla de:

  • cárteles,
  • migración,
  • tráfico de personas,
  • drogas,
  • precursores químicos,
  • fronteras,
  • actores estatales “incapaces o unwilling”,
  • y operaciones necesarias para proteger territorio estadounidense.

Traducido al lenguaje político real: Estados Unidos está construyendo jurídicamente el argumento para intervenir más profundamente en el hemisferio... y el Mundial aparece en el momento perfecto para justificar controles extraordinarios.

Eso cambia todo.

Porque entonces el torneo deja de ser solamente fútbol.

Y empieza a convertirse en:

  • un laboratorio de seguridad continental,
  • un ensayo de control regional,
  • una plataforma de vigilancia multinacional,
  • y una vitrina geopolítica.

Tal vez uno de los mayores ejercicios de monitoreo hemisférico desplegados en tiempos de paz sobre América del Norte.

Porque lo que comienza a organizarse alrededor del torneo ya no pertenece únicamente al deporte:

  • reconocimiento facial,
  • interoperabilidad de inteligencia,
  • drones,
  • vigilancia aérea,
  • biometría,
  • monitoreo digital,
  • dark web,
  • centros de mando trinacionales,
  • y protocolos de contraterrorismo.

El balón entra a la doctrina: ya no es solo un juego, es un dispositivo de seguridad.

Mientras tanto, Texas espera.

No casualmente.

Texas ya tiene una posición privilegiada:

  • más partidos,
  • mejor infraestructura,
  • estadios NFL,
  • conectividad aérea,
  • centros tecnológicos,
  • músculo económico,
  • y respaldo político total del trumpismo.

Dallas y Houston no son sedes complementarias. Son el corazón operativo del Mundial estadounidense.

Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿De verdad alguien cree que, si la narrativa internacional sobre inseguridad en México crece, Texas no terminará beneficiándose?

Porque el balón también sigue la ruta del dinero.

Y el dinero ama la estabilidad.

Pero Texas no representa solamente infraestructura.

Representa algo mucho más profundo:

  • frontera militarizada,
  • vigilancia,
  • control territorial,
  • endurecimiento migratorio,
  • despliegue táctico,
  • doctrina de seguridad,
  • y guerra frontal contra los cárteles.

En otras palabras: Texas no aparece únicamente como plan B operativo del Mundial.

Aparece como modelo político de cómo Washington imagina la administración de la seguridad hemisférica.

Porque quizá nadie necesita quitarle oficialmente partidos a México.

Tal vez basta con algo más sofisticado: desgastarlo lentamente como sede confiable.

Sembrar duda.
Incrementar presión.
Endurecer estándares.
Filtrar escenarios de riesgo.
Instalar internacionalmente la idea de vulnerabilidad.

Porque no hace falta anunciar: “México pierde el Mundial”.

Basta con algo mucho más poderoso: que el mundo empiece a verlo como una sede bajo sospecha.

Y si las condiciones se deterioran... entonces aparecerá la “solución responsable”.

Texas.

La sede segura.
La sede estable.
La sede controlada.

El problema es que México llega a este Mundial en uno de sus momentos más delicados:

  • violencia persistente,
  • regiones bajo control criminal,
  • narco bloqueos,
  • desapariciones,
  • crisis forense,
  • extorsión,
  • infiltración política,
  • y una percepción internacional cada vez más erosionada.

Eso convierte cualquier incidente en dinamita narrativa. Porque en este nuevo escenario ya no basta con tener estadios listos.

Ahora hay que demostrar control territorial.

Y ahí es donde el discurso comienza a agrietarse.

La respuesta mexicana ha sido el llamado Plan Kukulkán, presentado por el gobierno en marzo de 2026:
100 mil elementos,
drones,
cámaras,
vigilancia,
despliegue militar,
coordinación táctica,
sistemas antidrones,
reconocimiento facial,
y monitoreo permanente de corredores turísticos, aeropuertos y zonas de aficionados.

Pero incluso eso abre otra pregunta incómoda: ¿En qué momento un Mundial empezó a parecerse a una operación de contrainsurgencia?

Porque el torneo que debía simbolizar integración continental empieza a mostrar otra cara:

  • vigilancia masiva,
  • inteligencia compartida,
  • militarización,
  • control fronterizo,
  • monitoreo biométrico,
  • zonas de exclusión,
  • y doctrina antiterrorista.

El fútbol como perímetro de seguridad nacional.

Y quizá ahí está la verdadera historia.

No en el partido inaugural.
No en la FIFA.
No en los estadios.

Sino en la silenciosa transformación del Mundial en un escenario geopolítico donde se disputa algo mucho más profundo: quién controla el relato de América del Norte, quién define qué territorios son seguros, y quién tiene autoridad para decidir cuándo un país deja de ser socio... y empieza a convertirse en riesgo.

Porque la nueva doctrina estadounidense ya no trata al narcotráfico únicamente como crimen organizado.

Lo trata como amenaza terrorista hemisférica.

Y eso no es semántica.

Eso es doctrina.

Y cuando algo entra oficialmente en categoría de terrorismo:

  • cambian las reglas,
  • cambian los márgenes,
  • cambia la legitimidad de intervención,
  • cambian las prioridades militares,
  • cambian los protocolos de inteligencia,
  • y cambia incluso la narrativa mediática global.

La frontera también cambia.

Porque ya no está solamente en el Río Bravo.

Ahora la frontera se mueve:
al estadio,
al aeropuerto,
al hotel,
al fan fest,
al celular,
al reconocimiento facial,
a las bases de datos,
y a los corredores de vigilancia digital.

La seguridad se vuelve portátil.
Invisible.
Permanente.

El Mundial termina funcionando, así como legitimador emocional de nuevas medidas hemisféricas:

·       más vigilancia,

·       más control,

·       más intercambio de inteligencia,

·       más presencia militar,

·       más monitoreo de personas y movimientos.

Todo en nombre de la protección de millones de aficionados.

Y mientras eso ocurre, reaparece silenciosamente algo que parecía enterrado: la vieja lógica de la Doctrina Monroe.

Solo que ahora ya no se habla de comunismo.

Se habla de narcoterrorismo.

El hemisferio vuelve a ordenarse alrededor de una potencia que decide:

  • qué amenazas existen,
  • qué gobiernos son confiables,
  • qué territorios son seguros,
  • y cuándo intervenir porque un vecino "no puede o no quiere" controlar su espacio.

Quizá el verdadero partido del Mundial 2026 no se juegue en el Azteca, ni en Dallas, ni en Houston.

Tal vez se juegue en otro terreno: el de la percepción internacional, él control hemisférico y la disputa por decidir qué países siguen siendo socios... y cuáles comienzan a ser administrados como zonas de riesgo.

Porque cuando el fútbol necesita drones, biometría, inteligencia militar y doctrina antiterrorista para celebrarse... el balón ya no rueda solo sobre el pasto.

Rueda sobre la geopolítica.

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

 


OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

El Mundial en el país de ICE

La Copa del Mundo promete una fiesta global. En Estados Unidos, para miles de personas, también puede significar vigilancia, miedo… y la posibilidad de no salir del estadio igual que entraron.

Por Jose Rafael Moya Saavedra

La gran promesa del Mundial es siempre la misma: una fiesta global, una suspensión momentánea de las fronteras, un idioma común de camisetas, himnos y tribunas. Pero en Estados Unidos, sede de 78 partidos del torneo de 2026, esa promesa choca con una pregunta mucho menos festiva: ¿qué significa ir al Mundial en el país de ICE?

La pregunta no es retórica. Organizaciones de derechos humanos y medios han documentado que el endurecimiento de la política migratoria estadounidense ya se cruza con el calendario de la FIFA, y que la experiencia reciente del Mundial de Clubes 2025 dejó una advertencia inquietante: el mismo evento que se vende como celebración global puede funcionar, para miles de personas, como un espacio de vigilancia, miedo y posible detención.

El estadio no es neutral

Para un turista con visa vigente, pasaporte en regla y hotel reservado, el Mundial en Estados Unidos puede parecer la versión más segura del torneo: aeropuertos modernos, operativos federales, estadios blindados, tecnología antidrones y una red de seguridad nacional desplegada para proteger el espectáculo.

Pero esa no es la única experiencia posible. Para migrantes sin documentos, solicitantes de asilo, familias mixtas, trabajadores latinos con procesos abiertos o incluso visitantes con temor a revisiones arbitrarias, el estadio no necesariamente aparece como un lugar de fiesta. Puede aparecer como un punto de exposición.

Ahí está el problema de fondo: cuando se dice que Estados Unidos será "el lado seguro" del Mundial, casi nunca se aclara seguro para quién.

El antecedente que rompió la ficción

La preocupación no surge de la nada. Human Rights Watch documentó que un solicitante de asilo fue detenido por ICE tras acudir con sus hijos a la final del Mundial de Clubes de 2025 y posteriormente fue deportado, un caso que la organización presentó como una señal de alarma para la Copa del Mundo de 2026.

El dato más duro va más allá del caso individual: entre el 20 de enero y el 15 de octubre, ICE detuvo al menos a 92,392 personas en las ciudades sede del Mundial y sus alrededores, según datos oficiales analizados por HRW. Ese número no prueba que el torneo vaya a usarse formalmente para realizar redadas masivas, pero sí demuestra que el Mundial aterriza en un territorio donde la maquinaria migratoria ya está activa, aceptada y operando a gran escala.

Por eso el temor de activistas, sindicatos y comunidades migrantes no se reduce a la paranoia. Responde a una experiencia reciente y verificable: en Estados Unidos, un evento FIFA ya coincidió con una detención migratoria grave en las inmediaciones del espectáculo.

Una fiesta con puertas distintas

El problema no es solo ICE como sigla. Es la forma en que la seguridad estadounidense mezcla protección del evento, control fronterizo y vigilancia interior bajo una misma lógica.

En la práctica, eso significa varias cosas:

  • presencia de ICE y CBP en contextos vinculados a grandes eventos deportivos
  • posibilidad de operativos en espacios públicos cercanos a estadios, fan zones y aeropuertos
  • revisión de estatus migratorio y uso de bases de datos para rastrear personas con órdenes de deportación
  • miedo extendido en comunidades latinas a circular por zonas de alta vigilancia durante el torneo

Una legisladora estadounidense lo resumió con una frase que condensa el escándalo moral del asunto: el Mundial debería unir al mundo, no obligar a las familias a preguntarse si habrá agentes de ICE esperándolas afuera del estadio.

Esa es, quizá, la imagen más incómoda del torneo que viene: no la del barrista exaltado ni la del policía antimotines, sino la de una familia preguntándose si vale la pena ir al partido si el precio puede ser una detención.

Los latinos llenan la tribuna; ICE llena el fondo

Hay una ironía que atraviesa todo este debate. Buena parte de la energía cultural y comercial del futbol en Estados Unidos depende justamente de las comunidades migrantes y latinas que han llenado estadios, sostenido audiencias, comprado camisetas y convertido al soccer en un negocio cada vez más rentable.

La afición mexicana, centroamericana y sudamericana no es periférica en este mercado: es constitutiva. Sin ese público, el Mundial en Estados Unidos sería otro torneo. Con ese público, se vuelve un fenómeno de escala continental.

Y, sin embargo, son esas mismas comunidades las que enfrentan un riesgo diferencial. Reportes recientes advierten que las políticas migratorias de la administración Trump, la presencia de ICE en calles y aeropuertos y la posibilidad de operativos en ciudades santuario ya están afectando decisiones sindicales, laborales y de asistencia al torneo.

En Los Ángeles, por ejemplo, trabajadores vinculados al SoFi Stadium pidieron restricciones al acceso de ICE al recinto durante el Mundial, y el tema llegó incluso al terreno laboral y sindical. Es una señal importante: el miedo migratorio no solo afecta a los aficionados, también puede alterar la operación cotidiana del torneo.

El Mundial del miedo

Lo que se dibuja entonces es algo más que un problema de relaciones públicas para la FIFA. Es una fractura en el corazón mismo del evento.

La FIFA habla de inclusión, universalidad y participación global. Pero si el torneo se juega en ciudades donde comunidades enteras podrían evitar los estadios o las fan zones por temor a redadas, deportaciones o revisión de papeles, entonces el Mundial deja de ser universal en la práctica.

No hace falta que haya redadas en cada partido para que el miedo ya haya ganado. Basta con que exista la posibilidad creíble de que una salida familiar al estadio se convierta en contacto con ICE. En política migratoria, el efecto disuasivo funciona precisamente así: no siempre hay que detener a todos; basta con que suficiente gente crea que puede ser la siguiente.

Desde esa perspectiva, el Mundial 2026 corre el riesgo de convertirse en otra cosa: no el torneo de la hospitalidad global, sino el torneo de la bienvenida condicionada.

México cruza la frontera, el miedo también

Para México, este ángulo tiene un peso especial. No solo porque comparte el torneo con Estados Unidos, sino porque una parte decisiva del público mexicano y mexicoamericano vive, trabaja o viaja precisamente en el ecosistema que ICE vigila.

Ir al Mundial en Estados Unidos no será la misma experiencia para todos los mexicanos. Para algunos será turismo deportivo; para otros, una decisión atravesada por el miedo. Miedo a los retenes, a los aeropuertos, a las revisiones de documentos, a los agentes en los alrededores del estadio, a la posibilidad de que una simple jornada de futbol se convierta en un expediente migratorio.

Por eso este no es solo un debate estadounidense. También es una discusión mexicana y latinoamericana sobre qué significa celebrar un torneo compartido cuando el socio principal organiza la seguridad con lógica de frontera, sospecha y expulsión.

Lo que la FIFA no quiere mirar

Human Rights Watch ha pedido a la FIFA que use su influencia para exigir una especie de "tregua con ICE" durante el Mundial y que garantice que los eventos no se utilicen para aplicar la ley migratoria. El simple hecho de que una organización de este peso tenga que plantearlo ya dice mucho sobre el momento.

La discusión, al fondo, no es solo jurídica. Es política y moral. ¿Puede un torneo que presume unir al mundo celebrarse en un entorno donde una parte del mundo entra al estadio sabiendo que otra parte puede ser cazada en sus inmediaciones?

La respuesta de la FIFA ha sido, hasta ahora, insuficiente. Y ese silencio importa. Porque cuando una institución global no fija límites claros al poder migratorio del Estado anfitrión, termina aceptando que la fiesta ocurra bajo condiciones desiguales.

Después del himno

Quizá la imagen más exacta del Mundial 2026 no sea la del balón rodando, sino la del contraste entre dos filas: la fila para entrar al estadio y la fila para acreditar que tienes derecho a seguir en el país.

Eso es lo que vuelve tan incómodo este torneo. No solo que se juegue entre dispositivos de seguridad masivos, sino que para millones de personas la seguridad no sea un paraguas, sino un filtro.

El Mundial promete una fiesta global. Pero en el país de ICE, la pregunta ya no es solo quién gana en la cancha. La pregunta es quién puede llegar al estadio sin miedo.

Recuadros

Qué es ICE

El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, conocido como ICE, es la agencia federal encargada de investigar violaciones a leyes migratorias y ejecutar detenciones, traslados y deportaciones dentro del país. En el contexto del Mundial, su sola presencia en ciudades sede altera la percepción de seguridad para comunidades migrantes, aunque el evento sea presentado oficialmente como una fiesta global.

Qué pidió HRW

Human Rights Watch pidió a la FIFA que use su influencia para evitar que el Mundial 2026 se convierta en plataforma de aplicación de la ley migratoria y planteó la necesidad de una "tregua con ICE" durante el torneo. La organización sostiene que la detención de un solicitante de asilo tras un evento de FIFA en 2025 demuestra que el riesgo no es teórico.

Qué pasó en el Mundial de Clubes

Durante el Mundial de Clubes 2025 en Estados Unidos, organizaciones civiles denunciaron la presencia de agencias migratorias y HRW documentó el caso de un hombre detenido por ICE tras asistir con sus hijos a la final, que luego fue deportado. Ese antecedente convirtió al torneo de 2026 en motivo de preocupación para activistas y comunidades latinas.

Dónde se concentra el riesgo

El riesgo migratorio no se distribuye igual en todas las sedes: se concentra especialmente en grandes áreas metropolitanas con alta presencia latina, fuerte actividad de ICE y gran afluencia internacional, donde estadios, aeropuertos y fan zones pueden convertirse en puntos de exposición. Por eso ciudades estadounidenses del Mundial aparecen no solo como sedes deportivas, sino como nodos simultáneos de turismo, vigilancia y control migratorio.

 

OTRA PERSPECTIVA 

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

El otro lado de la seguridad

Mientras México negocia con su violencia, Estados Unidos blinda el Mundial con vigilancia, control migratorio y poder militar.

Por Jose Rafael Moya Saavedra

 

En el primer texto, el Mundial apareció como una operación de seguridad.

En el segundo, como un negocio en disputa.

Este tercero muestra algo más incómodo: la seguridad también es una forma de poder.

Porque si México despliega el Plan Kukulkán para demostrar que todavía puede controlar su territorio, Estados Unidos organiza el mismo torneo desde otro lugar: no desde la necesidad de probar capacidad, sino desde la capacidad de imponer reglas.

Y esa diferencia importa.

Se suele decir que Estados Unidos es el lado "seguro" del Mundial.

Pero la pregunta correcta no es si es seguro.

Es: ¿para quién?

1. EL MITO DE LO SEGURO

Estados Unidos llega al Mundial con una ventaja evidente: capacidad estatal.

Más recursos, más tecnología, más coordinación entre agencias federales, más presupuesto y más margen de maniobra para desplegar operativos de gran escala. A diferencia de México, que necesita convencer a la FIFA de que puede blindar tres sedes bajo sospecha, Estados Unidos organiza el torneo desde una posición de fuerza institucional y simbólica.

El discurso oficial es claro: el país puede garantizar la seguridad del Mundial.
Y, en términos técnicos, probablemente tenga razón.

Solo que esa seguridad no es neutra.

Se construye sobre vigilancia intensiva, despliegue policial masivo, inversión en sistemas antidrones, monitoreo digital, ciberseguridad y coordinación directa del Departamento de Seguridad Nacional. A eso se suma un dato clave: solo en tecnología de defensa aérea y control de drones, Washington ha comprometido más de 115 millones de dólares rumbo al torneo. El Mundial será tratado, en la práctica, como un asunto de seguridad nacional.

Pero la potencia del aparato no cancela sus grietas. Responsables de seguridad y transporte han advertido retrasos presupuestales, dificultades para entrenar suficiente personal aeroportuario y complicaciones derivadas del cierre parcial de agencias federales. Es decir: la maquinaria existe, pero no opera en un vacío perfecto.

Por eso el mito de lo seguro conviene matizarlo. Estados Unidos no es un territorio libre de amenazas.

Es un país con enorme capacidad para responder a ellas... incluso cuando esa respuesta implique vigilar más, militarizar más y concentrar más poder.

2. SEGURIDAD COMO VIGILANCIA

El Mundial en Estados Unidos no se prepara solo con policías.

Se prepara con:

  • sistemas antidrones
  • Monitoreo Digital
  • Inteligencia artificial
  • ciberseguridad
  • Vigilancia Aérea
  • coordinación del Departamento de Seguridad Nacional, el FBI y agencias locales

Es un modelo donde la amenaza no es solo territorial, como en México, sino también global: terrorismo, ciberataques, sabotaje digital, actores hostiles extranjeros, disturbios internos y amenazas híbridas.

La respuesta es proporcional a esa visión del mundo: más tecnología, más control, más vigilancia.

Ahí está una diferencia crucial con México. Del lado mexicano, la gran novedad consiste en presentar tecnologías como IA, monitoreo en la dark web y sistemas antidrones como parte de un esfuerzo extraordinario —el famoso Plan Kukulkán— para demostrar capacidad ante la FIFA. Del lado estadounidense, esas herramientas no son una novedad: forman parte del ecosistema habitual de seguridad de un Estado que lleva años integrando guerra exterior, inteligencia interior y vigilancia digital bajo la misma lógica operativa.

En México, el aparato se monta para el Mundial. En Estados Unidos, el Mundial se monta sobre un aparato que ya existe.

Y esa diferencia cambia por completo el significado de la palabra seguridad.

Porque en este modelo, la seguridad deja de ser solo protección... y se convierte en supervisión permanente.

 

 3. ICE, CBP Y EL MUNDIAL QUE NO TODOS VIVEN IGUAL

Hay un elemento que cambia completamente la conversación: la participación de agencias migratorias como ICE y CBP.

En eventos recientes vinculados a FIFA, estas agencias ya han estado presentes en estadios y ciudades sede, recordando a los asistentes la necesidad de acreditar su situación migratoria. La experiencia del Mundial de Clubes 2025 fue especialmente reveladora: para el aparato federal, la presencia de ICE y CBP se presentó como parte del protocolo de seguridad; para organizaciones civiles y comunidades migrantes, fue una advertencia.

El mensaje era simple y brutal: no todos están igual de bienvenidos.

Human Rights Watch documentó un caso que lo resume con crudeza: un solicitante de asilo fue detenido y expulsado después de acudir con sus hijos a un evento ligado a FIFA. Más ampliamente, la organización reportó decenas de miles de detenciones realizadas por ICE en ciudades que serán sede del Mundial 2026. Visto así, el torneo no solo se cruza con la política migratoria: se monta dentro de ella.

Para algunos aficionados, la presencia de estas agencias puede parecer un detalle más del operativo. Para otros —personas sin documentos, migrantes con procesos abiertos, familias mixtas, comunidades latinas racializadas— el estadio deja de ser un espacio de fiesta global y se convierte en un lugar donde pueden ser observados, identificados, rastreados y eventualmente removidos.

Eso cambia por completo la pregunta sobre la seguridad.

No se trata solo de quién está protegido frente a un atentado o un disturbio. Se trata también de quién entra al dispositivo como posible amenaza.

Y ahí el Mundial estadounidense revela una verdad incómoda: la seguridad no se distribuye de forma igualitaria. Se ofrece como protección para algunos y se experimenta como control para otros.

En ese sentido, el torneo puede convertirse en una vitrina de hospitalidad para el turista internacional con papeles en regla, al mismo tiempo que funciona como una zona de riesgo para millones de personas que viven en esas ciudades bajo la sombra de ICE.

4. GUERRA AFUERA, CONTROL ADENTRO

Estados Unidos llega al Mundial en un contexto de alta tensión internacional.

Conflictos abiertos, operaciones exteriores, narrativa renovada de guerra contra amenazas globales y alertas constantes por terrorismo, sabotaje digital y seguridad de infraestructura crítica. En otras palabras: no es que el Mundial active una lógica de guerra; es que el Mundial aterriza en un país que ya vive en clave de guerra permanente.

Eso se traduce en un enfoque claro:

  • alertas de seguridad elevadas
  • refuerzo de defensa aérea
  • Protocolos Federales Extraordinarios
  • posibilidad de intervención directa en ciudades sede
  • coordinación entre seguridad interior y aparatos construidos para amenazas exteriores

El modelo es distinto al mexicano.

México enfrenta una violencia territorial, fragmentada, con actores locales y regionales que disputan plazas, rutas y mercados criminales. Estados Unidos enfrenta —o dice enfrentar— amenazas globales, y responde con concentración de poder, vigilancia digital y despliegue federal.

En ambos casos, la seguridad es central. Pero no significa lo mismo.

En México, la seguridad del Mundial se vende como prueba de que el Estado todavía puede controlar lo suficiente como para no perder sedes.
En Estados Unidos, la seguridad se da por sentada como facultad soberana: una capacidad para ordenar el territorio, la movilidad y los cuerpos que lo transitan.

Por eso, mientras México hace diplomacia de seguridad, Estados Unidos ejerce seguridad como hegemonía.

 5. DOS MODELOS, UN MISMO TORNEO

El Mundial 2026 no se jugará en un solo país.
Se jugará en dos modelos de seguridad.

En México:

  • Violencia visible
  • necesidad de demostrar control
  • seguridad como negociación internacional
  • blindaje extraordinario para unas semanas específicas

En Estados Unidos:

  • Control estructural
  • capacidad de vigilancia extendida
  • seguridad como ejercicio cotidiano de poder
  • integración entre seguridad del evento, política migratoria y lógica de guerra permanente

La diferencia no es solo técnica.
Es política.

México intenta demostrar que todavía es capaz de producir seguridad "de vitrina" durante unas cuantas semanas, aunque esa burbuja conviva con fosas, hallazgos de restos humanos, secuestros y extorsión alrededor de las ciudades sede. Estados Unidos no necesita demostrar que puede montar la vitrina: su vitrina es el propio aparato con el que administra fronteras, amenazas globales, aeropuertos, datos y flujos humanos.

Dicho de otro modo: México negocia con su fragilidad. Estados Unidos organiza desde su capacidad de imponer.

Pero eso no vuelve más justa su seguridad. Solo la vuelve más eficaz para decidir quién pertenece, quién circula y quién queda bajo sospecha.

6. LA PREGUNTA DE FONDO

Al final, la discusión no es cuál país es más seguro.

Es qué entendemos por seguridad.

¿Ausencia de violencia visible?
¿Capacidad de control estatal?
¿Protección para todos... ¿o solo para algunos?
¿Un estadio blindado cuenta como espacio seguro si parte de su público entra con miedo a ser vigilado por agencias migratorias?

Porque un recinto puede estar perfectamente protegido frente a drones, ciberataques o disturbios... y aun así no ser un espacio igual para todos los que lo pisan.

Ahí está la gran paradoja del Mundial 2026.

En México, el riesgo consiste en que la violencia se administre para que no se vea.
En Estados Unidos, el riesgo consiste en que el orden se imponga de tal forma que ya no se discuta a quién excluye.

Por eso la pregunta decisiva no es si el torneo será seguro. La pregunta es para quién será vivible.

CIERRE

El Mundial promete ser una fiesta global.
Pero no todos la viven igual.

En un lado, la violencia se administra para que no se vea.
En el otro, el orden se impone para que no se cuestione.

Y entre ambos modelos, el torneo avanza.

Porque en el fútbol, como en la política, la seguridad no solo protege.

También clasifica.
También vigila.
También decide quién pertenece... y quién no.

martes, 5 de mayo de 2026

 

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

El negocio fuera de la cancha

Lo que México pierde si le quitan partidos: dinero, empleo... y una red de economías locales que ya apostaron por el Mundial.

Por Jose Rafael Moya Saavedra

El Mundial no solo se juega en la cancha.
Se juega en reservas de hotel, contratos firmados, inversiones ejecutadas... y expectativas que ya empezaron a gastarse antes de que ruede el balón.

Por eso, cuando se habla de mover partidos fuera de México, la discusión suele quedarse en la seguridad o en la imagen del país. Pero hay otra dimensión, menos visible y más concreta: el dinero.

Y ese dinero ya tiene dueño.

 1. LO QUE ESTÁ EN JUEGO

Las estimaciones más consistentes apuntan a que el Mundial de 2026 podría dejar en México entre 2,700 y 3,000 millones de dólares en derrama económica directa. Turismo, consumo, servicios, empleos temporales... y un empujón al crecimiento económico de hasta 0.1–0.14 puntos del PIB.

Se habla de:

  • hasta 100,000 empleos directos e indirectos vinculados al torneo
  • entre 500,000 y 1,000,000 de visitantes internacionales que pasarían por sedes mexicanas
  • miles de millones de pesos circulando en cuestión de semanas, sobre inversiones que ya hoy se contabilizan en presupuestos públicos y planes de negocio privados

Consultoras y despachos especializados lo han dicho con crudeza: "cancelar" o mover el Mundial en México sería económicamente inviable, porque implicaría tirar a la basura presupuestos de obra, contratos y reservas que ya se ejecutaron.

Pero el dato más importante no es cuánto se va a ganar... sino cuántas decisiones ya se tomaron esperando ese dinero.

Mover partidos no elimina toda la derrama —parte de la inversión ya está hecha—, pero sí recorta el flujo real de consumo que activa la economía local.

Y ahí es donde el impacto deja de ser abstracto.

2. LA ECONOMÍA QUE NO SALE EN LA TRANSMISIÓN

El Mundial no es solo estadios llenos.
Es una cadena.

En la Ciudad de México, no solo gana el Estadio Azteca. Ganan los hoteles de cadena en Reforma y Polanco, pero también los hostales del Centro y las rentas temporales en colonias intermedias; los restaurantes, los bares de barrio, el transporte, los guías turísticos, las agencias que organizan tours, los proveedores de sonido, montaje y limpieza. Toda una red de negocios que orbita alrededor de unos cuantos días de partido.

Desde el gobierno, Clara Brugada repite que la capital "llegará segura" al Mundial: presume reducciones acumuladas en delitos de alto impacto y un sistema de videovigilancia reforzado con decenas de miles de cámaras nuevas. El mensaje oficial es claro: la CDMX está lista para recibir a los visitantes sin sobresaltos. Pero mientras las autoridades hablan de seguridad, quienes viven del turismo y de los servicios cuentan otra historia: la de obras alrededor del estadio, reordenamientos viales y reubicaciones comerciales que ya absorbieron costos sin haber visto todavía un solo minuto de juego.

En Guadalajara, el efecto se extiende hacia corredores turísticos como Chapala y Tequila, donde se proyectan flujos extraordinarios de visitantes, tours a destilerías y ocupaciones hoteleras que duplican o triplican un fin de semana normal. Restaurantes, bares, transportistas y guías ya hicieron sus cuentas con base en esas proyecciones.

El gobernador Pablo Lemus, por su parte, viaja y concede entrevistas para garantizar que "las tres sedes de Jalisco están seguras" y que las preocupaciones por violencia son, en buena medida, "cuestiones de percepción". Presume inversiones millonarias en centros de inteligencia y operativos extendidos a Pueblos Mágicos como Tequila y Tapalpa, para que la experiencia del visitante sea impecable. La paradoja es que esa misma metrópoli carga con hallazgos de bolsas con restos humanos y fosas clandestinas a pocos kilómetros del Estadio Akron, documentados por colectivos de búsqueda y medios locales. El paisaje del Mundial convive con un subsuelo de violencia que no aparece en las postales.

En Monterrey, la lógica es similar: hoteles de negocio que apuestan por combinar turismo corporativo y futbolero; cadenas restauranteras, bares y centros comerciales alrededor del Estadio BBVA; empresas de logística y transporte que ya se preparan para picos de demanda; proveedores industriales que adecuaron estacionamientos, accesos y servicios en torno al recinto.

Mientras tanto, Samuel García instala una "mesa FIFA" de coordinación de seguridad, presume que Nuevo León vive "sus mejores cifras en 15 años" e inaugura un C5 desde el cual se monitoreará el torneo. El discurso es de control y modernidad. Al mismo tiempo, su propio gobierno admite que tendrá que concentrar fuerzas en corredores como la autopista Monterrey–Laredo, donde los robos y secuestros cometidos por falsos policías llevan años afectando a transportistas y viajeros.

Si un partido se mueve, no pierde solo la sede. Pierde toda esa red. Porque alguien ya invirtió, alguien ya contrató, alguien ya apostó.

Y en algunos casos, pierde dos veces: porque ya absorbió los costos... sin recibir los beneficios.

2,5. QUIÉN PAGA LA CUENTA SI SE VA UN PARTIDO

Cuando alguien propone "por seguridad" mover un partido a Houston, la frase suena técnica. Pero detrás hay una lista muy concreta de perdedores:

  • Gobiernos locales que destinaron miles de millones de pesos a obras de acceso, movilidad, imagen urbana y seguridad extra alrededor de los estadios.
  • Empresarios que remodelaron hoteles, ampliaron restaurantes, tomaron créditos para adecuar locales o invertir en nuevas sucursales.
  • Trabajadores contratados para la "temporada Mundial": meseros, choferes, guías, personal de limpieza, seguridad, organización de eventos.
  • Proveedores secundarios: imprentas, empresas de publicidad exterior, catering, empresas de sonido, de montaje, de renta de mobiliario, que ataron parte de su año a unas cuantas fechas del calendario.

Del otro lado de la frontera, ciudades como Houston y Dallas no se quedan cruzadas de brazos: autoridades texanas han tejido alianzas con Monterrey para "coordinar esfuerzos" rumbo al torneo, explorar paquetes turísticos compartidos y reforzar su propia infraestructura. Nadie lo dice así en público, pero la lógica es evidente: si un partido se mueve, no desaparece; se reubica en alguna ciudad que también está haciendo fila para quedarse con la derrama.

 

Mover un partido no es solo cambiar de estadio.

Es decidir quién se queda con el negocio y quién se traga los costos hundidos.

3. EL MUNDIAL COMO OPORTUNIDAD CRIMINAL

Hay otro ángulo que rara vez se aborda con claridad: el Mundial también amplía el mercado para el crimen.

No necesariamente en forma de violencia espectacular, sino en delitos más rentables y menos visibles:

  • venta de boletos falsos
  • fraudes en hospedaje y renta vacacional
  • extorsión a comercios y prestadores de servicios alrededor de sedes y fan zones
  • secuestros exprés y "virtuales"
  • trata de personas y explotación sexual
  • robos dirigidos a turistas y transporte turístico

Análisis recientes han enumerado hasta ocho "áreas de oportunidad" para el crimen organizado durante el Mundial, basados en entrevistas con especialistas en seguridad: no se trata de que el torneo invente delitos nuevos, sino de que concentra más víctimas potenciales y más efectivo en espacios y tiempos acotados.

Un investigador lo describía sin eufemismos: el Mundial es un "Black Friday" del delito de oportunidad. Más gente, más prisa, más dinero en efectivo y más margen para que los grupos que ya controlan la plaza cobren su peaje.

 

Es decir: el torneo no solo atrae visitantes... también multiplica oportunidades de negocio para estructuras criminales que ya operan en esos territorios.

El riesgo no es solo que pase algo grave.

Es que pase lo que ya pasa... pero a mayor escala.

4. ENTRE EL MIEDO Y LA REALIDAD

En ese contexto aparece una narrativa recurrente: la idea de que el Mundial podría convertirse en escenario de "revancha" del crimen organizado.

Pero conviene separar con cuidado.

Una cosa son los riesgos Probables —fraudes, extorsión, delitos de oportunidad—, ampliamente documentados en otros mundiales y en eventos masivos dentro de México.

Y otra, muy distinta, es la hipótesis de ataques espectaculares contra turistas extranjeros, pensados como mensajes políticos.

Hasta ahora, los análisis más serios muestran que los grupos criminales operan bajo lógica de negocio y control territorial, no de confrontación directa con actores internacionales que puedan detonar respuestas fuera de su alcance. Para los cárteles, un turista suele ser un cliente, una mercancía o una víctima rentable, no un objetivo estratégico; matar aficionados de forma masiva sería dispararse no en el pie, sino en la cabeza.

Eso no elimina el riesgo. Pero sí obliga a entenderlo con precisión.

Y obliga también a mirar más allá de los nombres rimbombantes: la discusión no puede quedarse solo en planes como Kukulkán o en conferencias donde se anuncian drones e inteligencia artificial. Para el comerciante, el taxista o la trabajadora migrante, la pregunta es otra: quién los protégé de los delitos que ya conocen cuando llegue una avalancha de gente que no conocen.

5. LO QUE REALMENTE SE JUEGA

Al final, la discusión sobre mover o no partidos del Mundial no es solo deportiva, ni siquiera exclusivamente política.

Es económica.

Cada partido que se mantiene en México sostiene una red de ingresos, empleos y decisiones que ya se tomaron.

Cada partido que se pierde abre un vacío que no siempre se puede recuperar: reservas canceladas, créditos que hay que pagar igual, trabajos temporales que se esfuman antes de empezar.

Y en medio, un ruido de fondo: mientras México hace cuentas y despliega su propio teatro de seguridad, Estados Unidos se prepara a su manera, con ejército, agencias federales y la presencia de policías migratorias como ICE y CBP en estadios y ciudades sede. El mismo Mundial se jugará en dos modelos de seguridad distintos: uno que quiere probar que aún controla su violencia territorial, y otro que normaliza la guerra permanente y la cacería migratoria como parte del espectáculo.

Porque el Mundial no solo deja dinero... también deja huecos cuando no ocurre como se esperaba.

CIERRE

El balón rueda noventa minutos. Pero el negocio empieza mucho antes... y puede venirse abajo mucho después.

Mover partidos no sería solo una decisión técnica. Sería alterar una economía que ya apostó por el espectáculo y redistribuir quién gana y quién pierde en la cadena.

Y en ese terreno, el Mundial también se gana —o se pierde— fuera de la cancha.

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