OTRA PERSPECTIVA
La Fiesta Mundialista y la fiesta sobre el barrio
Mundial 2026, Un cierto olor a podrido
Por José Rafael Moya Saavedra
Hay algo en este Mundial que no
termina de oler bien. No son los partidos ni los estadios recién pintados, ni
las ceremonias de inauguración ensayadas al milímetro. Es otra cosa. Es ese
olor agrio que se queda en el aire cuando un país decide convertir sus heridas
abiertas en escenografía para la fiesta global del fútbol.
Las autoridades lo han bautizado
"Mundial Social México 2026". Prometen 74
"mundialitos" escolares, torneos para niñas, niños, adultos
mayores y personas con discapacidad, murales, festivales culturales, rutas
arqueológicas y transmisiones gratuitas en plazas públicas. El guion oficial es
seductor: un país que se reconcilia consigo mismo corriendo detrás de un balón.
Sin embargo, mientras los spots repiten que este será "un Mundial
para todas y todos", en los barrios que rodean los estadios el
ambiente es distinto: vallas, filtros, cierres viales, acreditaciones, renta en
alza y vecinos que descubren que, de pronto, necesitan identificarse para
entrar a su propia colonia.
Ahí empieza el olor a podrido.
El relato de la fiesta y el murmullo del desencanto
Desde el poder, la narrativa es
clara: el Mundial será un catalizador de cohesión social, bienestar y orgullo
nacional. El programa del "Mundial Social" se vende
como una cruzada por la salud, la actividad física, la cultura y hasta la
robótica, con torneos escolares, recuperación de canchas y rutas turísticas que
prometen que nadie se quedará fuera de la celebración. En paralelo, se anuncian
fiestas gratuitas en plazas públicas, fan festivales en CDMX, Monterrey y
Guadalajara, conciertos, mercados de arte popular y amaneceres arqueológicos
para recibir al turismo nacional e internacional.
Pero si uno se asoma a la
conversación en redes y a los sondeos de opinión, el tono es mucho menos
eufórico. Predominan las críticas a la organización, a los altos costos de
boletos y paquetes de hospitalidad, a la comercialización excesiva del torneo y
a la sensación de que el Mundial se vive más como negocio y espectáculo para
unos cuantos que como fiesta popular. No es casual que figuras como Alejandro
González Iñárritu hayan dicho que la FIFA "le quitó el futbol a la
gente por avaricia", criticando un torneo repartido en tres
países, con una atmósfera diluida y precios prohibitivos para buena parte de la
afición mexicana.
La brecha entre el relato
luminoso y el murmullo del desencanto es uno de los primeros signos de
descomposición. Cuando el Estado insiste en que lo que viene es fiesta, pero
una parte importante de la sociedad siente más bien desgaste, cansancio y
sospecha, conviene afinar el olfato.
El torneo como amplificador de conflictos
La consultora Integralia ha
advertido que el Mundial de 2026 llega en un año de alto riesgo político y
social, y que puede actuar como un amplificador de conflictos preexistentes. No
se trata solo del riesgo de incidentes aislados alrededor de los estadios, sino
de algo más profundo: la coincidencia del torneo con una coyuntura marcada por
protestas de transportistas, magisterio, colectivos feministas y familias de
personas desaparecidas que ya han recurrido a bloqueos de carreteras,
aeropuertos y puntos estratégicos de las ciudades.
El Mundial ofrece un escenario
inmejorable para esos reclamos. Allí donde la autoridad ve una oportunidad de
"mostrar la mejor cara del país", muchos grupos ven un
momento para hacer visible lo que se ha querido mantener fuera de cuadro:
impunidad, precariedad, violencia. Lejos de ser un paréntesis de paz, el torneo
corre el riesgo de convertirse en una vitrina de la conflictividad que hemos administrado
con paliativos, pero que no hemos resuelto.
En términos de riesgo, el
problema no es solo la seguridad perimetral de los estadios, sino la fragilidad
del pacto social sobre el que se monta la fiesta. Un país con más de cien mil
personas desaparecidas, con regiones enteras atravesadas por economías
criminales y con instituciones que no han logrado reconstruir la confianza,
difícilmente puede desodorizarse con un mes de futbol, por mucho que se
multiplicar los fan fests y los mundialitos escolares.
El Mundial contra el barrio
En "El Mundial contra
el barrio" escribí que, alrededor del Estadio Azteca y en espacios
como el Zócalo, la celebración comienza a sentirse, en algunos barrios, como
una ocupación temporal del territorio. Esa sensación hoy está respaldada por
reportajes y análisis que muestran cómo el torneo está redefiniendo la vida
cotidiana en comunidades cercanas al Azteca, al Akron en Guadalajara y al BBVA
en Monterrey.
Infobae describe un paisaje hecho
de obras, ruido, polvo, cortes de servicios, cambios en los accesos y nuevas
disposiciones laborales que alteran las rutinas de Santa Úrsula, Huipulco y
otras colonias aledañas. La rehabilitación y el "entorno
mundialista" del Azteca han modificado la forma en que la gente entra
y sale de sus calles, mientras operativos como "Última Milla"
en Guadalajara restringen la movilidad en varios kilómetros a la redonda
obligando a los vecinos a adaptarse a filtros y cierres viales pensados, ante
todo, para el flujo de aficionados y turistas.
La UNAM ha advertido que este
tipo de mega eventos presionan el mercado inmobiliario, elevan las rentas y
pueden agravar la desigualdad urbana en las ciudades sede. Investigadores de
geografía social señalan que el Mundial puede detonar procesos de
gentrificación al incentivar la llegada de población con mayores ingresos,
elevar precios de la vivienda y desplazar a habitantes de bajos recursos,
especialmente en zonas de alto valor turístico o deportivo de la capital.
Lo que los PowerPoint llaman "puesta
en valor" del entorno urbano, para muchos vecinos huele a despojo. Los
colectivos antigentrificación lo han nombrado sin rodeos: "Mundial
del despojo", una etiqueta que condensa el temor a que la fiesta
sirva de pretexto para acelerar expulsiones, reordenamientos y proyectos
inmobiliarios que transforman el barrio sin preguntarle nada a quienes lo
habitan.
Cuerpos vulnerables, derechos en suspenso
El olor a podrido tampoco viene
solo del cemento. Organizaciones de derechos humanos han recordado que mega
eventos como el Mundial suelen traer consigo un aumento de riesgos para
trabajadoras y trabajadores precarizados, para mujeres, niñas, niños, personas
migrantes y poblaciones habitualmente situadas en los márgenes de la protección
estatal.
Amnistía Internacional y otras
entidades advierten que la combinación de turismo masivo, consumo de alcohol,
mercados sexuales y cadenas de subcontratación abre espacios para la trata de
personas, la explotación laboral y otras formas de violencia que rara vez
aparecen en la narrativa oficial de la fiesta. En el caso mexicano, estos
riesgos se superponen con una crisis de violencia de género, de desapariciones
y de violaciones sistemáticas de derechos que hace años rebasó la capacidad de
respuesta del sistema de justicia.
Ya hay señales de resistencia
desde abajo: colectivos de familias de personas desaparecidas han aprovechado
el contexto del Mundial para intervenir el espacio público, pegar fichas de
búsqueda cerca de los estadios, organizar actos de memoria y recordar que hay
otra lista de nombres —más larga, más dolorosa— que no aparece en las
transmisiones ni en las estadísticas de la FIFA. El contraste es brutal:
mientras se celebra la llegada de selecciones nacionales y se coleccionan
estampas de jugadores, hay familias que siguen buscando a sus hijas e hijos sin
que el Estado les garantice verdad ni justicia.
La fiesta, en ese contexto, no
cancela la violencia: la reconfigura, la desplaza, la cubre con ruido y fuegos
artificiales.
La mercancía y la captura de la pasión
Sobre este paisaje se monta la
maquinaria comercial del Mundial. Las marcas prometen frescura y glamour
mundialista en desodorantes con el logo de la FIFA, campañas que invitan a
escanear códigos QR para ganar boletos y productos "edición
2026" que permiten sentirse parte del evento, aunque no se pise un
estadio. A la vez, hay diagnósticos que subrayan que este puede ser el Mundial
más caro y contaminante hasta la fecha, por el número de partidos, las
distancias entre sedes y la huella de carbono asociada a tantos vuelos
internos.
Mientras se vende inclusión a
través del consumo, buena parte de la afición local observa el Mundial desde la
reja: boletos inaccesibles, sistemas de venta opacos, paquetes turísticos fuera
de su alcance. La atmósfera festiva se concentra en fan zones patrocinadas y
experiencias VIP, mientras en el día a día muchos mexicanos sienten que el
torneo se les escapa de las manos, convertido en mercancía premium.
Iñárritu apuntó a eso cuando dijo
que el Mundial 2026 "le quitó el futbol a la gente por
avaricia". El balón sigue rodando, pero la cancha se ha llenado de
intermediarios: marcas, plataformas, brokers de boletos, instituciones que
administran los accesos simbólicos y económicos a la fiesta. El "olor a
podrido" también es ese: el de una pasión capturada por la lógica de la
rentabilidad, donde la comunidad aparece sobre todo como mercado.
¿Qué quedará en el aire cuando pase la fiesta?
El Gobierno insiste en que el
Mundial dejará un legado deportivo y urbano: canchas recuperadas, museos
visitados, rutas arqueológicas, mejoras de infraestructura y una estela de
orgullo compartido. Sin embargo, las advertencias de la UNAM y de especialistas
en ciudades van en otra dirección: incremento de rentas, presión sobre el
mercado inmobiliario, nuevas formas de exclusión y desigualdad reforzada en los
barrios más vulnerables de las ciudades sede.
Infobae ya habla de "obras,
empleos y tensiones" como tríada que define el impacto del Mundial en las
comunidades de México: sí, hay oportunidades laborales y mejoras en algunos
servicios, pero también hay protestas, desplazamientos y un malestar difuso
ante ciudades que se vuelven vitrina. Integralia, por su parte, recuerda que
los conflictos políticos y sociales no se suspenden por decreto, y que el
torneo puede ser un catalizador tanto de esperanza como de frustración.
Quizá, cuando se apaguen las
cámaras, la pregunta más honesta no será si "valió la pena"
organizar el Mundial, sino qué tipo de país decidió mostrarse al mundo de esta
forma: uno que aprovechó la ocasión para fortalecer derechos y reparar daños, o
uno que usó el ruido del estadio para esconder lo que no ha querido mirar.
El Mundial pasará por México, eso
es seguro. La duda, todavía abierta, es si pasará con nosotros, a nuestro lado,
o si pasará sobre nosotros, dejando detrás esa estela de olor a podrido que uno
finge no sentir mientras suena el himno de la FIFA y los drones dibujan
banderas en el cielo.