OTRA PERSPECTIVA
Mundial 2026… APESTA
Gradas vacías para el pueblo, butacas de lujo para la
élite
Por Jose Rafael Moya Saavedra
El Mundial 2026 se vendió como
"la Copa de las Américas": más partidos, más sedes, más
gente. Pero el arranque dejó una imagen incómoda: asientos vacíos en la
inauguración, protestas afuera del estadio y boletos que cuestan, para muchos,
más que un año de ahorro. El juego bonito se juega en la cancha; el juego sucio
se juega en la taquilla.
La FIFA habla de inclusión y "fútbol
para todos", pero en la práctica montó un dispositivo económico
que filtra por ingresos quién entra al estadio y quién se queda del lado del
televisor o de la calle. Si en el primer ensayo vimos el filtro del pasaporte y
el aparato migratorio, aquí aparece otro filtro igual de eficaz: el del precio.
1. El Mundial más caro de la historia
Los números son claros. Para esta
edición, la FIFA fijó un rango oficial de entradas que va de unos 60 dólares
para los boletos más baratos de fase de grupos hasta alrededor de 6,730 dólares
para las localidades de mayor categoría en la final. En la primera ola de
ventas generalizadas, las entradas más baratas para la final se situaron en
4,185 dólares, siete veces más que el equivalente en Catar 2022, mientras que
las más caras llegaron a 8,680 dólares.
Seguir a una selección desde el
partido inaugural hasta la final, calculan organizaciones de aficionados,
implica un gasto mínimo de 6,900 dólares por persona sólo en boletos, cerca de
cinco veces más que en el Mundial anterior. Y eso sin contar vuelos, hospedaje,
comida ni traslados entre ciudades sede, que en el triángulo Estados
Unidos–México–Canadá pueden duplicar o triplicar el costo final.
Mientras tanto, la FIFA se
reserva un argumento de defensa: asegura que "habrá entradas para
todos los bolsillos" y presume la existencia de un número limitado
de boletos a 60 dólares, incluidos algunos para la final. Lo que el discurso
omite es la letra chiquita: ese precio de 60 dólares se limita a una categoría
especial ("Supporter Entry" o "grada básica") que
representará apenas alrededor del 10% del cupo por selección y será distribuido
por las federaciones nacionales, por sorteo, entre hinchas ya registrados.
Es decir: sí, existen gangas
simbólicas; pero el diseño general del sistema está pensado para maximizar
ingresos, no para garantizar acceso masivo.
2. Monopolio y "traición monumental"
La reacción de las hinchadas
organizadas no tardó. Asociaciones como Football Supporters Europe (FSE) y
redes de consumidores como Euroconsumers acusaron a la FIFA de abusar de su
posición de monopolio en la venta de boletos. Para ellas, el problema no es
sólo que los precios sean altos, sino que el ente rector controla el sistema
completo: plataforma, calendario de ventas, criterios de elegibilidad y
condiciones de reventa.
En marzo de 2026, FSE y
Euroconsumers presentaron una queja formal ante la Comisión Europea,
denunciando precios "astronómicos", prácticas poco transparentes y el
uso de precios dinámicos —a la manera de aplicaciones de transporte— que
permiten modificar el costo de los boletos según la demanda, incluso después de
anunciados. En un comunicado, FSE habló de una "traición monumental":
la FIFA, dicen, había prometido precios accesibles y terminó montando un
sistema pensado para exprimir al máximo la disposición a pagar de quienes
sueñan con ir al Mundial.
Las organizaciones piden a la
Comisión Europea una intervención concreta: obligar a la FIFA a eliminar el
sistema de precios dinámicos, congelar los precios actuales y mejorar la
transparencia antes de la siguiente fase de ventas. Es un choque inédito: hinchadas
que apelan a un regulador supranacional para ponerle freno al organismo que, en
teoría, gobierna el fútbol mundial.
La tensión revela algo más
profundo: el Mundial ya no se discute sólo en términos deportivos o de derechos
humanos, sino también como mercado concentrado, con prácticas de monopolio y
abuso de posición dominante.
3. La respuesta cosmética: el boleto de 60 dólares
Ante la ola de críticas, la FIFA
reaccionó con una medida de contención simbólica: anunciar boletos de 60
dólares para "aficionados leales" de las selecciones
participantes, incluidos partidos de eliminación directa y la propia final. Se
presentó como un gesto de sensibilidad social, una forma de recuperar el
espíritu de "fútbol del pueblo" en medio de la tormenta
de precios.
Pero los detalles muestran otra
cosa. La categoría "Supporter Entry" implica un cupo
muy limitado; en la práctica, se habla de cerca de mil entradas por partido y
por equipo, distribuidas vía las federaciones nacionales entre hinchas que
cumplan requisitos de registro, antigüedad o pertenencia a clubes oficiales. La
entrada barata no está en manos del público general, sino de estructuras
federativas que históricamente han sido poco transparentes y con clientelas muy
marcadas.
Al mismo tiempo, los precios
generales se mantienen en rangos que van, según categorías, de los 180 a 700
dólares para partidos de grupos, subiendo de forma escalonada en octavos,
cuartos, semifinales y final. La lógica comercial permanece intacta: las pocas
entradas "populares" funcionan como vitrina para tapar un
modelo de explotación intensiva del deseo de estar ahí.
Hay aquí un eco de lo que ya
vimos en otros campos: programas sociales focalizados que conviven con
estructuras tributarias regresivas, subsidios mínimos rodeados de mercados
depredadores. El Mundial adopta la misma narrativa: una pequeña cuota de accesibilidad
para legitimar un esquema general de exclusión por precio.
4. Inauguración con gradas vacías y calles llenas
La inauguración en México expuso
con crudeza el choque entre la economía del Mundial y la realidad social.
Mientras dentro del estadio se veían bloques de butacas vacías, afuera, en las
calles de la Ciudad de México, se multiplicaban las protestas de maestras y
maestros de la CNTE, madres buscadoras, trabajadores y colectivos que marchaban
contra la precariedad, las desapariciones y las prioridades del gasto público.
Crónicas de esos días hablan de
al menos ocho protestas simultáneas en la capital, con intentos de acercarse al
estadio inaugural frenados por cercos de seguridad y policía antidisturbios.
Las madres buscadoras llegaron hasta los límites del Azteca —rebautizado para
el torneo— con pancartas que recordaban más de 133,000 personas desaparecidas
en el país y una impunidad que supera el 99%.
La escena es potente: dentro del
estadio, butacas sin vender por los precios elevados y por una venta que no ha
logrado colocar todos los boletos; fuera, familias que no podrían pagar esos
asientos aunque quisieran, reclamando por vidas ausentes y por un Estado que
parece más dispuesto a invertir en fiesta mundialista que en búsquedas y
justicia.
En respuesta a la combinación de
gradas vacías y críticas públicas, la FIFA ha tenido que recortar precios de
ciertos partidos y flexibilizar políticas de venta para tratar de evitar el
bochorno de estadios semivacíos en televisión global. Pero incluso esas rebajas
de última hora no alteran la lógica de fondo: el torneo fue diseñado como un
producto de alta gama en un contexto regional de desigualdad extrema.
5. Mundial de lujo en territorios precarizados
La pregunta de fondo, en clave de
riesgo y justicia, es sencilla: ¿qué significa montar un dispositivo de consumo
de lujo en territorios atravesados por violencia, pobreza y crisis de derechos
humanos? El Mundial 2026 no aterriza en un vacío, sino en ciudades donde el
salario mínimo no alcanza, la vivienda se encarece y las infraestructuras
públicas se deterioran mientras los paquetes corporativos de hospitalidad se
venden en dólares.
Para buena parte de las clases
populares en México y en muchos países que envían hinchadas, el Mundial se
vuelve una experiencia mediada por pantallas: se ve en plazas públicas, bares,
casas; el estadio se convierte en un espacio para quienes pueden pagar el
precio de entrada a la burbuja. A la exclusión económica se suma la sensación
de que la Copa del Mundo llegó no tanto para celebrar a la gente como para
capitalizar la ciudad: gentrificar zonas, justificar obras, ofrecer imagen de
vitrina a costa de desplazar problemas estructurales.
En Estados Unidos, la lógica es
similar pero con otro rostro: abonados y dueños de palcos que ven cómo se
alteran cláusulas de uso de sus asientos, pequeños aficionados que encuentran
precios fuera de su alcance, comunidades latinas que llenan los estadios en MLS
pero que aquí quedan marginadas por un sistema de precios pensado para turistas
de alto poder adquisitivo y corporativos. En Canadá, la promesa de fiesta
nacional se cruza con un mercado interno pequeño y un fuerte peso de la
televisión de pago, lo que refuerza el rol del Mundial como evento más
televisado que presencial.
El resultado es un torneo que, en
la práctica, se parece más a un foro económico que a una fiesta popular: un
espacio donde la experiencia "nativa" del fútbol en las gradas se
subordina al valor de los paquetes VIP y a los ingresos proyectados por FIFA y
sus socios.
6. Anti-juego limpio: cuando el marcador lo define el
dinero
Si hablamos de juego limpio, el
criterio mínimo debería ser la igualdad de condiciones para acceder al
espectáculo. Aquí, como en el caso migratorio, esa igualdad no existe: el
precio del boleto funciona como una tarjeta roja preventiva para la mayoría.
La FIFA puede alegar que nadie
está obligado a ir al estadio, que el fútbol se puede ver por televisión y que
siempre hubo boletos caros. Pero la escala de esta edición cruza un umbral:
cuando la entrada más barata a una final equivale a varios meses de salario en
muchos países y cuando seguir a una selección cuesta más que una maestría
pública, no hablamos de "caro", hablamos de exclusión estructural.
En ese sentido, el Mundial 2026
ofrece una radiografía incómoda: mientras se moraliza sobre el comportamiento
de los jugadores, se sancionan gritos discriminatorios en las tribunas o se
ajustan reglas para evitar pérdida de tiempo, se normaliza un sistema económico
que expulsa a millones del espacio donde el fútbol tendría que ser más
democrático: la grada.
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