OTRA PERSPECTIVA
Serie: Animales–Territorio–Mercado 3
La ciudad como activo financiero
Despojo, gentrificación y mercado
Por Jose Rafael Moya Saavdedra
En la Ciudad de México, el
conflicto urbano ya no se resuelve: se capitaliza. El suelo dejó de ser
un espacio de vida para convertirse en un activo financiero que debe liberarse
de todo lo que lo frena: personas pobres, animales incómodos, comunidades
organizadas, usos no rentables.
Nada de esto ocurre por accidente.
Cuando una vivienda, un refugio o
un edificio estorban al valor potencial del suelo, se activa una secuencia
conocida: primero la omisión, luego la violencia privada, después la
intervención estatal y finalmente la reconversión del territorio. El resultado
no es justicia ni bienestar: es revalorización.
Del hogar al activo
Una casa deja de ser hogar en el
momento en que se vuelve rentable para otros. Un edificio deja de ser comunidad
cuando su ubicación permite multiplicar la renta. Un predio deja de ser refugio
o corredor ecológico cuando el cambio de uso de suelo lo convierte en proyecto
inmobiliario.
En Roma Norte y el Centro
Histórico, familias completas fueron expulsadas de edificios que, semanas
después, comenzaron procesos de remodelación, renta turística o reconversión
comercial. En Paseos de Churubusco, la casa de un adulto mayor quedó bajo custodia
institucional mientras el litigio avanzaba lentamente, congelando la vida del
propietario pero preservando el valor del inmueble.
En Cuajimalpa, el Refugio
Franciscano ocupaba un predio estratégico en un corredor de altísima plusvalía.
Una vez retirados los animales y desarticulada la comunidad que le daba sentido
al lugar, el conflicto dejó de ser social y se volvió estrictamente civil. El
suelo quedó listo.
Gentrificación operativa
La gentrificación no siempre
llega con cafeterías y galerías. A veces llega con golpes, sellos y carpetas de
investigación. La violencia no es una anomalía del mercado inmobiliario urbano:
es una de sus herramientas menos visibles.
Los desalojos violentos “liberan”
inmuebles. Los operativos de rescate “despejan” predios. Las custodias
prolongadas “congelan” territorios mientras se decide su futuro. En todos los
casos, el tiempo juega a favor del capital: quien puede esperar gana; quien
necesita vivir pierde.
El Estado no aparece como
desarrollador, pero sí como facilitador involuntario. No compra, no
construye, no vende. Permite que el terreno llegue limpio, jurídicamente
ordenado y socialmente desactivado al mercado.
Legalidad selectiva, mercado eficaz
La ley actúa con una asimetría
brutal. Es lenta para restituir posesiones, pero rápida para asegurar
inmuebles. Es garantista en el discurso, pero pragmática en los hechos. No
corrige la violencia patrimonial; la encapsula.
Mientras los litigios avanzan, el
suelo no pierde valor. Al contrario: se protege como activo. La ciudad aprende
así a separar la vida del territorio, conservando uno y sacrificando la
otra.
La ciudad que se vende
Este modelo produce una ciudad
que se puede ofertar, rentar y financiar, pero cada vez menos habitar. Una
ciudad donde el derecho a la vivienda, al arraigo o al cuidado animal se vuelve
un obstáculo para la rentabilidad.
Los cuerpos vulnerables —animales
viejos, adultos mayores, familias pobres— no son errores del sistema. Son fricciones
que deben eliminarse para que el activo circule. Por eso aparecen siempre al
inicio del conflicto y desaparecen antes de que el negocio se cierre.
Cierre: cuando el suelo vale más que la vida
La Ciudad de México no está
fallando en proteger a sus habitantes. Está funcionando bajo una lógica
distinta: la de la ciudad como portafolio. En ella, el suelo importa más que
quien lo habita y el mercado decide qué vidas pueden quedarse.
Cuando la ciudad se piensa como
activo financiero, la expulsión deja de ser tragedia y se vuelve costo
operativo.
Y cuando eso ocurre, la pregunta
ya no es quién fue desalojado o rescatado, sino quién gana cuando el
territorio queda libre.
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