domingo, 7 de diciembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

EL ZÓCALO COMO ESPEJO: 6 DE DICIEMBRE… LA UNIDAD ARRIBA, EL CORPORATIVISMO ABAJO

Por Rafael Moya

El Zócalo volvió a funcionar como un espejo del sistema político mexicano. En lo alto del templete se pronunciaron discursos de armonía, continuidad y fuerza popular. Abajo, sobre los adoquines, el país real se abría paso entre empujones, líneas imaginarias y gremios que disputaban metros cuadrados como si en ellos se jugara un pedazo de su futuro político.

No fue una concentración ciudadana, sino la escenificación precisa de un viejo orden que nunca terminó de irse. Contingentes sindicales divididos por bloques, líderes marcando territorio, organizaciones que llegaron desde la madrugada para asegurar presencia, contratos, visibilidad. Una coreografía exacta del corporativismo que dio forma al régimen del siglo XX y que, pese al discurso transformador, sigue respirando con una vitalidad que sorprende menos de lo que incomoda.

Arriba, el mito de la unidad; abajo, la eterna lucha por la renta política.

Es difícil negar lo evidente: mientras el discurso oficial habla de pueblo organizado y respaldo popular, los sindicatos compiten entre sí como en los viejos desfiles del PRI de los ochenta. Petroleros, electricistas, burócratas, telefonistas, docentes movilizados con horas de anticipación, no por fervor sino por alineamientos que garantizan beneficios futuros. La imagen pública es de cohesión; la lógica interna es de transacción.

Lo que vimos no fue resurrección, sino continuidad. El viejo PRI no regresó: solo se mudó de sede.

Las formas cambian, la estética cambia, los colores cambian. Pero la estructura profunda —esa relación utilitaria entre poder y corporaciones— permanece intacta. La plaza pública sigue siendo territorio de negociación, no de ciudadanía. Cada gremio cuenta cuerpos, mide banderas, asegura su espacio frente al Palacio Nacional como quien valida su vigencia ante el poder en turno.

Y mientras arriba se habla de transformación, abajo la maquinaria corporativa demuestra que, en México, ninguna transición política logra del todo desterrar los mecanismos que sostienen al sistema. No importa cuántas veces se repita el discurso del cambio: el país real sigue mostrando que la dependencia entre gobierno y sindicatos no se ha roto; apenas ha cambiado de dueño.

Ahí está el fondo del asunto.

Los gobiernos seguros de sí mismos no necesitan llenar plazas; necesitan fortalecer instituciones.

Los gobiernos inseguros, en cambio, reemplazan el respaldo genuino con la presencia movilizada.

El Zócalo, una vez más, mostró de qué lado nos encontramos.

 

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