OTRA PERSPECTIVA
EL ZÓCALO COMO ESPEJO: 6 DE DICIEMBRE… LA UNIDAD ARRIBA,
EL CORPORATIVISMO ABAJO
Por Rafael Moya
El Zócalo volvió a funcionar como
un espejo del sistema político mexicano. En lo alto del templete se
pronunciaron discursos de armonía, continuidad y fuerza popular. Abajo, sobre
los adoquines, el país real se abría paso entre empujones, líneas imaginarias y
gremios que disputaban metros cuadrados como si en ellos se jugara un pedazo de
su futuro político.
No fue una concentración
ciudadana, sino la escenificación precisa de un viejo orden que nunca terminó
de irse. Contingentes sindicales divididos por bloques, líderes marcando
territorio, organizaciones que llegaron desde la madrugada para asegurar presencia,
contratos, visibilidad. Una coreografía exacta del corporativismo que dio forma
al régimen del siglo XX y que, pese al discurso transformador, sigue respirando
con una vitalidad que sorprende menos de lo que incomoda.
Arriba, el mito de la unidad; abajo,
la eterna lucha por la renta política.
Es difícil negar lo evidente:
mientras el discurso oficial habla de pueblo organizado y respaldo popular, los
sindicatos compiten entre sí como en los viejos desfiles del PRI de los
ochenta. Petroleros, electricistas, burócratas, telefonistas, docentes movilizados
con horas de anticipación, no por fervor sino por alineamientos que garantizan
beneficios futuros. La imagen pública es de cohesión; la lógica interna es de
transacción.
Lo que vimos no fue resurrección,
sino continuidad. El viejo PRI no regresó: solo se mudó de sede.
Las formas cambian, la estética
cambia, los colores cambian. Pero la estructura profunda —esa relación
utilitaria entre poder y corporaciones— permanece intacta. La plaza pública
sigue siendo territorio de negociación, no de ciudadanía. Cada gremio cuenta
cuerpos, mide banderas, asegura su espacio frente al Palacio Nacional como
quien valida su vigencia ante el poder en turno.
Y mientras arriba se habla de
transformación, abajo la maquinaria corporativa demuestra que, en México,
ninguna transición política logra del todo desterrar los mecanismos que
sostienen al sistema. No importa cuántas veces se repita el discurso del cambio:
el país real sigue mostrando que la dependencia entre gobierno y sindicatos no
se ha roto; apenas ha cambiado de dueño.
Ahí está el fondo del asunto.
Los gobiernos seguros de sí
mismos no necesitan llenar plazas; necesitan fortalecer instituciones.
Los gobiernos inseguros, en
cambio, reemplazan el respaldo genuino con la presencia movilizada.
El Zócalo, una vez más, mostró de qué lado nos encontramos.
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