jueves, 27 de noviembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

No necesito encuestas ni mañaneras. Lo veo en la calle, lo vivo en mi vida diaria.

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Hay un punto en el que un país deja de hablar en cifras y empieza a hablar en hechos.
Y México ya llegó a ese punto.

No necesito encuestas. No necesito conferencias. No necesito discursos triunfalistas.
Lo veo en la calle. Lo vivo todos los días. Y cualquiera que tenga los ojos abiertos sabe que algo se está rompiendo en silencio.

Mientras desde el poder se repite que “vamos bien”, que “hay estabilidad”, que “el pueblo está contento”, la realidad empuja con una fuerza que ya no se puede ocultar: el país está inquieto, cansado, indignado. Y esa rabia silenciosa no viene de partidos ni de hashtags: viene de la vida misma.

Lo que veo cuando salgo a la calle

Veo carreteras bloqueadas porque a los transportistas los asaltan, los golpean y nadie los protege.
Veo campesinos tomando plazas porque producir ya no alcanza ni para pagar el diésel.
Veo jóvenes marchando porque entierran amigos y no encuentran justicia.
Veo madres que ya no lloran: gritan, porque sus hijos no regresan.

Y también veo algo más profundo: veo miedo en las rutinas más simples.

Miedo al regresar de noche.
Miedo a tomar un taxi.
Miedo a que el negocio no abra mañana.
Miedo a que la vida cambie en un minuto por una balacera que “no estaba prevista”.

Ese miedo cotidiano —el que la estadística nunca mide— es la prueba más clara de que el país no va bien.

Lo que escucho cuando hablo con la gente

Escucho a trabajadores que dicen que su sueldo no alcanza.

A madres solteras que sienten que están cargando el país entero en la espalda.

A adultos mayores que tienen que trabajar porque no les da para vivir.

A jóvenes que ya no creen en el futuro porque nadie les garantiza un presente.

Escucho a gente que ya no espera soluciones… solo espera que no empeore todo.

Ese es el termómetro real de México, no los gráficos ni los aplausos fabricados.

Lo que no se quiere aceptar desde arriba

Desde el gobierno se repite la narrativa de siempre:

  • “Tenemos otros datos”.
  • “Son campañas”.
  • “Es la oposición”.
  • “La gente está feliz”.

Pero la calle dice otra cosa.

La calle dice que hay hartazgo.
Que hay frustración acumulada.
Que el costo de vivir —no de sobrevivir, de vivir— se ha disparado.
Que la violencia ya no distingue horario, zona ni clase social.
Que el Estado se volvió sordo ante las protestas y hábil para justificar el silencio.

Mientras hablan de diálogo, simulan diálogo.
Mientras dicen escuchar, evaden escuchar.
Mientras prometen soluciones, posponen decisiones.

Y así, el país se desgasta.

El país que yo veo —y que muchos ya ven

El país que yo veo no necesita encuestas para confirmarse.
Es el país donde:

  • la gente trabaja más y vive peor,
  • los jóvenes protestan porque no quieren morir antes de los 30,
  • los campesinos exigen lo mínimo para no perderlo todo,
  • los transportistas conducen con un ojo en la carretera y otro en el retrovisor.

Es el país donde la vida se volvió un acto de resistencia.

Y donde el gobierno sigue actuando como si todo fuera un malentendido estadístico.

La ruptura silenciosa

Hay una grieta creciendo entre lo que el poder dice y lo que la gente vive. Una grieta que se ensancha cada vez que se burla una marcha, cada vez que se minimiza una protesta, cada vez que se usa la fuerza para callar y el micrófono para humillar.

El país está hablando.
Muchos ya lo escuchan.
La pregunta es otra:
¿lo está escuchando el poder?

Y si no escucha, ¿qué va a pasar cuando la calle deje de hablar y empiece a gritar?

No necesito encuestas ni mañaneras

Porque la verdad no se esconde en un tablero, ni en un reporte, ni en un discurso de media hora. La verdad está en la gente real, en la vida real, en las calles reales.

La veo en la fila del transporte.
En el rostro de los que protestan.
En la angustia de los que esperan justicia.
En la mirada perdida de los que ya no saben qué más hacer.

No necesito encuestas ni mañaneras. Lo veo en la calle, lo vivo en mi vida diaria.

Y lo ve México entero.
Aunque algunos —desde arriba— sigan fingiendo que el país va bien.

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