OTRA PERSPECTIVA
¿Quién decidió que “estamos mejor”?
Por José Rafael Moya Saavedra
Decir “estamos mejor”
no es una constatación neutra. Es un acto de poder simbólico.
No describe la realidad: la
ordena. No abre un debate: lo clausura. Funciona como una frase
totalizante que pretende resolver, en cuatro palabras, discusiones complejas
sobre violencia, economía, bienestar y futuro. Y, sobre todo, define quién
tiene la autoridad para decir cómo estamos y quién debe limitarse a aceptar esa
definición.
Ese es el verdadero fondo del problema.
Del eslogan al diagnóstico forzado
En la política contemporánea, “estamos
mejor” opera como un atajo discursivo. Después de enumerar ciertos
logros —programas sociales, aumentos salariales, caídas parciales en algunos
delitos— se llega a una conclusión general que no admite matices: el país
avanza, el rumbo es correcto, la crítica es exagerada o interesada.
El eslogan sustituye al diagnóstico.
El problema no es que se
presenten avances reales —los hay—, sino que se use esa selección de datos para
imponer una lectura total de la realidad, como si los indicadores favorables
anularan automáticamente todo lo demás.
La realidad que no cabe en la consigna
No se trata de percepciones
vagas. Hay hechos difíciles de reconciliar con la idea de una normalidad
superada.
En 2024, México registró
alrededor de 26 700 personas asesinadas, con tasas que siguen ubicando
al país en rangos de violencia sostenida incompatibles con cualquier
estándar democrático estable. Puede haber descensos respecto a picos
previos, pero hablar de superación es, como mínimo, prematuro.
En pobreza ocurre algo similar.
Las mediciones oficiales muestran una reducción significativa: cerca de 29.6
% de la población en situación de pobreza, una caída relevante frente a
2018. Sin embargo, eso convive con más de 46 millones de personas pobres,
casi la mitad del país sin acceso a seguridad social y amplios sectores sin
servicios de salud funcionales.
En el bolsillo familiar el
contraste es aún más claro. El salario mínimo ha tenido una recuperación
histórica, un logro real y medible. Pero el costo de la canasta alimentaria
recomendable pasó de alrededor de 9 500 pesos mensuales en 2018 a más de
14 500 en 2024. Aun con los aumentos, una persona que gana el mínimo no
cubre sus necesidades básicas sin endeudarse o precarizarse.
¿Estamos mejor?
¿Mejor que quién, mejor para quién, mejor en qué?
El mecanismo: selección interesada de indicadores
Aquí aparece el mecanismo central.
Se eligen los datos que confirman
el relato y se silencian los que lo incomodan. Se presume la reducción parcial
de homicidios, pero se omite que los niveles siguen siendo históricamente
altos. Se celebra la salida de personas de la pobreza, pero se minimiza la
persistencia de la pobreza laboral y la fragilidad del empleo.
Es una forma de sesgo de
confirmación institucional: al discurso público solo entran los indicadores
que permiten decir “estamos mejor”. Los demás se tratan como
ruido, exageración o ataque político.
Quién controla el micrófono
La disputa ya no es solo
económica o social. Es epistemológica.
¿Quién decide qué cuenta como prueba legítima?
¿Quién define qué datos importan y cuáles pueden descartarse?
¿Y qué lugar ocupa la experiencia cotidiana frente al boletín oficial?
Cuando el gobierno afirma que “estamos
mejor”, no solo informa: delimita la realidad aceptable. Se
configura un monopolio de la interpretación donde la estadística seleccionada
vale más que la colonia sin agua, el hospital saturado o el miedo a salir de
noche.
Cuando quienes dicen “yo no
veo que estemos mejor” son descalificados como conservadores,
desinformados o ingratos, el problema deja de ser político y se vuelve una
forma de violencia epistemológica: invalidar la percepción de ciertos
grupos sobre su propia vida para imponerles cómo deberían sentirse.
Cantinflas y el desfase permanente
No es casual que, frente a este
tipo de discursos, resurja una y otra vez la ironía atribuida a Cantinflas:
“Estamos peor, pero estamos mejor, porque antes
estábamos bien, pero era mentira…”
La frase circula hoy como un
dicho popular canonizado más que como una cita filológicamente verificable. Su
fuerza no está en el guion original, sino en su capacidad para capturar una
forma de hacer política en América Latina.
La ironía describe un desfase:
la distancia entre lo que se vive y lo que se dice desde el poder. Hoy ese
desfase se parece peligrosamente a lo que en psicología se llama gaslighting:
insistir en una versión oficial de la realidad hasta que las personas duden de
su propia percepción.
Cuando se repite que “estamos
mejor” pese a violencia persistente, economías familiares al límite y
servicios públicos deteriorados, el mensaje implícito es claro: si no lo
ves, el problema eres tú.
El riesgo democrático
Aceptar sin debate la frase “estamos
mejor” tiene un costo alto. Se deja de medir, de comparar y de
corregir.
El eslogan ocupa el lugar del
diagnóstico, y sin diagnóstico no hay política pública seria: solo
administración de la inercia y propaganda. Una democracia madura no necesita
que le repitan que va bien; necesita datos discutibles, discrepancias legítimas
y capacidad de corrección cuando la realidad lo exige.
La pregunta incómoda
Tal vez la pregunta correcta no
sea solo si estamos mejor o peor, sino quién puede decirlo sin ser
cuestionado.
¿Gobiernos? ¿Consultoras? ¿Medios? ¿Organismos
autónomos? ¿La calle?
Disputar la frase “estamos
mejor” no es un ejercicio de pesimismo. Es un acto de responsabilidad
pública. Porque cada vez que dejamos pasar un eslogan sin pedirle evidencia,
cedemos un pedazo del derecho colectivo a nombrar nuestra propia realidad.
Y ese derecho, una vez entregado,
rara vez se recupera intacto.
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