OTRA PERSPECTIVA
Tragedia ferroviaria: culpables sin rostro
Cuando el poder se indigna por las imágenes y no por las
causas
Por José Rafael Moya Saavedra
I. La tragedia visible
En el Istmo no hubo “incidente”.
Hubo funerales.
Hubo salas de hospital donde los
familiares esperaron horas sin información. Hubo mantas improvisadas con
fotografías impresas en papel común, veladoras encendidas en patios, niños
preguntando por adultos que ya no volvieron. Hubo nombres que empezaron a
circular antes que cualquier comunicado oficial.
Mientras tanto, desde el poder,
la tragedia fue nombrada con palabras asépticas: accidente, hecho
lamentable, evento. Términos que no sangran, no lloran, no cargan
ataúdes. En esa distancia semántica se abre la primera grieta: las víctimas
tienen rostro; el Estado, lenguaje técnico.
Las portadas que mostraron esos
rostros no inventaron el dolor. Lo hicieron visible. No añadieron tragedia: la
documentaron. En un país acostumbrado a reducir la muerte a cifras, poner
nombre y cara es una forma de memoria y de exigencia, no de morbo.
Ahí el título cobra cuerpo: tragedia
ferroviaria, culpables sin rostro. Porque en la escena pública, los
únicos que aparecen plenamente son quienes perdieron algo irreparable. Los
responsables, en cambio, comienzan a diluirse desde el primer día en fórmulas
impersonales: la empresa, la autoridad competente, se
investigará.
II. Culpables sin rostro: la cadena de decisiones
invisibles
Toda tragedia de infraestructura
es también una tragedia de decisiones. No ocurre de golpe: se construye
en capas. En el caso del Tren Interoceánico, la pregunta no es solo qué pasó,
sino quién decidió qué, cuándo y pese a qué advertencias.
Hay varios niveles que rara vez aparecen en las
conferencias:
- quienes
concibieron el proyecto bajo plazos políticos que comprimieron
márgenes técnicos;
- quienes
licitaron, subcontrataron y supervisaron obra y operación;
- quienes
recibieron alertas —auditorías, reportes técnicos, advertencias
comunitarias— y optaron por minimizarlas;
- quienes
autorizaron pruebas, pusieron trenes en marcha y hoy controlan los
expedientes.
Ese es el verdadero sentido de
los “culpables sin rostro”: no una cacería individual, sino una opacidad
estructural que disuelve la responsabilidad en sellos, siglas y trámites.
El resultado es conocido: la mala planeación se vuelve abstracta, la
negligencia se convierte en “fallo”, y la cadena de mando
desaparece detrás de la promesa ritual de que “se llegará hasta las
últimas consecuencias”.
Desde una perspectiva de gestión
de riesgos, esto no describe un infortunio. Describe un sistema que ignoró
señales, subordinó criterios técnicos a urgencias políticas y dejó la
prevención en segundo plano. Nada de eso tiene cara en la narrativa oficial.
Nada de eso ocupa portadas.
III. La “ética” como dispositivo de control: cuando el
poder disciplina al mensajero
La reacción de la presidenta Claudia
Sheinbaum contra El Universal no puede leerse solo como una
diferencia de criterios editoriales. Es un acto político de encuadre. Al
calificar de “inhumana”, “vil” y “carente de pudor”
la publicación de los rostros de las víctimas, el gobierno desplazó
deliberadamente la discusión desde la responsabilidad por el daño hacia
la moralización del periodismo.
Desde la ética periodística, el
asunto es más preciso —y menos conveniente para el poder— de lo que se quiso
presentar. Los códigos deontológicos vigentes en México establecen tres
principios claros:
- Interés
público: la publicación de imágenes debe estar justificada por su
contribución a la comprensión de un hecho relevante para la sociedad,
especialmente cuando implica responsabilidades públicas.
- Dignidad
y no revictimización: evitar el uso morboso del dolor y cualquier
tratamiento que humille o instrumentalice a las personas afectadas.
- Protección
reforzada de la niñez: niñas, niños y adolescentes no deben ser
identificables en contextos de violencia, muerte o desastre; su interés
superior prevalece sobre el interés informativo.
Desde este marco, la crítica
ética correcta es quirúrgica, no generalizada: sí, la publicación del
rostro de una menor fallecida sin difuminar constituye una falta ética
concreta, contraria a los propios códigos de la prensa y a los estándares
de derechos de la niñez. Ese señalamiento es legítimo, necesario y debe
asumirse.
Pero eso no autoriza al
poder a declarar “inhumana” la visibilización de las víctimas en
su conjunto, ni a descalificar a un medio por nombrar y mostrar el daño
cuando ese daño está directamente vinculado a un proyecto estatal. Ese salto
retórico no es ético: es estratégico.
Desde la perspectiva de la Gestión
Integral del Riesgo, el desplazamiento es aún más problemático. La GIR
parte de un principio básico: los desastres no son eventos naturales ni
fortuitos, sino el resultado de decisiones humanas acumuladas en contextos
de vulnerabilidad. Por eso, uno de sus pilares es la rendición de cuentas:
identificar responsables, transparentar procesos, aprender del error para
evitar la repetición.
En ese marco, visibilizar a las víctimas no es un exceso,
sino una condición para:
- romper
la abstracción del riesgo,
- vincular
consecuencias humanas con decisiones técnicas y políticas,
- y
exigir correcciones estructurales.
Cuando el gobierno centra su
indignación en la imagen publicada y no en la cadena de decisiones que
produjo el daño, incurre en una inversión ética grave: protege el relato
antes que a la prevención.
La invocación presidencial de la “ética” no se
dirigió a esclarecer:
- qué
alertas existían,
- quién
decidió ignorarlas,
- bajo
qué criterios se autorizó la operación,
- ni
quién controla hoy la información técnica.
Se dirigió al lente de la cámara.
Ese uso selectivo del lenguaje
moral tiene efectos inhibitorios: convierte la ética en advertencia
implícita a la prensa —“mostrar esto es indebido”— y no en estándar
exigible al propio Estado. No es una ética de la responsabilidad, sino una ética
defensiva del poder.
La contradicción se vuelve aún
más evidente cuando se observa el uso histórico de imágenes de víctimas por el
mismo proyecto político. Durante años, los rostros de otras tragedias fueron
aceptados —e incluso incorporados— como símbolos legítimos de memoria,
empatía y compromiso moral. Hoy, cuando una portada vincula rostros con mala
planeación y falla institucional, esas imágenes pasan a ser calificadas
como “inhumanas”.
No estamos ante una discusión
sobre sensibilidad. Estamos ante una disputa por el control del significado
del dolor.
Desde la ética periodística, la
pregunta central no es si incomoda al poder, sino si sirve al derecho de la
sociedad a saber.
Desde la Gestión Integral del
Riesgo, la pregunta es aún más directa: ¿esa información contribuye a identificar
causas y prevenir futuros daños?
Cuando ambas respuestas son
afirmativas, lo éticamente cuestionable no es la publicación, sino el intento
de disciplinarla.
IV. Devolver el rostro a la responsabilidad
La tragedia ya tiene rostro.
Lo que no lo tiene es la responsabilidad.
No se trata de exhibir caras por
venganza ni de convertir el dolor en espectáculo. Se trata de romper la
impunidad abstracta que permite que la mala planeación, la negligencia y el
uso político de la infraestructura sigan siendo culpables sin nombre, sin cargo
y sin consecuencias visibles.
Una democracia no se mide por su
capacidad de indignarse ante una portada, sino por su disposición a mirar de
frente las decisiones que produjeron el daño. Cuando el poder se
escandaliza más por las imágenes que por las causas, el problema deja de ser
periodístico. Se vuelve profundamente político.
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