OTRA PERSPECTIVA
Parte 3
Venezuela: el laboratorio de la transición tutelada
Por jose Rafael Moya Saavedra
Durante años, Venezuela fue presentada como el caso
emblemático de una lucha entre autoritarismo y democracia. Un relato claro,
casi pedagógico: un régimen agotado, una oposición democrática, una presión
internacional creciente y, al final del camino, una transición encabezada por
fuerzas legítimas que devolverían el poder al voto ciudadano.
Ese relato hoy se ha fracturado.
No porque el régimen haya recuperado legitimidad, sino
porque el diseño de salida que comienza a perfilarse ya no coloca a la
democracia como punto de partida, sino como una posibilidad futura,
condicionada a la estabilidad, al control y a los intereses estratégicos.
El desplazamiento del liderazgo opositor
En ese contexto, el distanciamiento público del presidente
estadounidense Donald Trump respecto de María Corina Machado marcó un
punto de inflexión. Más allá del tono o de la literalidad de sus declaraciones,
el mensaje político fue inequívoco para amplios sectores de la oposición
venezolana: Machado dejó de ser considerada una opción central para gobernar
Venezuela en un escenario de transición.
Trump cuestionó su capacidad de representación y dejó claro
que no existía interlocución directa ni reconocimiento explícito de su
liderazgo como eje del poder post-Maduro. Para una oposición que había
construido buena parte de su narrativa internacional en torno a figuras como
Machado o Edmundo González, el giro fue leído como una ruptura con la
promesa de una transición democrática liderada desde dentro.
No se trató solo de una desautorización personal, sino de
algo más profundo: la señal de que el liderazgo opositor podía ser instrumental,
útil como presión política, pero prescindible en el momento de diseñar el poder
real.
Negociar sin el régimen… pero no sin el sistema
Paralelamente, comenzaron a aparecer señales de apertura a
un esquema distinto: una transición sin Nicolás Maduro, pero no
necesariamente sin chavismo. La disposición a dialogar con figuras del
aparato gobernante —en particular con la vicepresidenta Delcy Rodríguez— apuntó
a un modelo pragmático: preservar estructuras institucionales existentes para
evitar el colapso total del Estado, aunque ello implique reciclar cuadros del
régimen.
Este enfoque no es novedoso en la historia de las
intervenciones internacionales. Estados Unidos ha recurrido en otras ocasiones
a transiciones híbridas, donde se combina tutela externa, élites locales
funcionales y un discurso de estabilización gradual. La democracia, en estos
casos, no desaparece del todo, pero queda postergada, supeditada a
condiciones de seguridad, gobernabilidad y control territorial.
El mensaje implícito es claro: el problema ya no es la
legitimidad de origen, sino la capacidad de administrar el país sin que se
desborde.
¿Gobernar, administrar o tutelar?
La polémica en torno a las palabras exactas utilizadas desde
Washington —si se habló de “gobernar”, “administrar” o “encargarse” de
Venezuela durante la transición— es relevante, pero no decisiva. Lo
central no es la semántica, sino la idea que se normaliza: la
posibilidad de una tutela externa indefinida, sin calendario claro de
devolución del poder y sin un rol protagónico garantizado para las fuerzas
democráticas venezolanas.
En este esquema, la soberanía deja de ser un principio
inmediato y se convierte en una meta condicional. Primero el orden,
luego la política. Primero la estabilidad, después las elecciones. Primero la
administración del problema, más adelante —quizá— la restitución plena del
poder al pueblo venezolano.
Reacciones internas: alivio, rechazo y fractura
Las reacciones dentro de Venezuela y en su diáspora han sido
profundamente ambivalentes. Para algunos sectores, la caída de Maduro y la
promesa de reconstrucción bajo tutela extranjera representan un mal
necesario, una salida pragmática tras años de colapso. Para otros, la idea
de que un país sea dirigido desde fuera resulta inaceptable, incluso si
el régimen autoritario ha sido derrotado.
La oposición democrática enfrenta así un dilema severo:
apoyar un proceso que puede sacar al chavismo duro del poder, pero que al mismo
tiempo deslegitima la lucha por la soberanía, o rechazarlo y arriesgarse
a quedar marginada de un rediseño político ya en marcha.
Del lado del chavismo, la narrativa es previsible: denuncias
de colonialismo y llamados a la resistencia nacional. Sin embargo, incluso
dentro de ese campo se abren fisuras entre quienes ven en la tutela externa una
amenaza absoluta y quienes la consideran una vía de supervivencia política.
Riesgos internos: seguridad, gobernabilidad y economía
En el plano interno, el escenario es frágil. Expertos
plantean al menos tres trayectorias posibles: una transición relativamente
ordenada con élites negociando su salida; un protectorado de facto con chavismo
“reciclado”; o una deriva hacia la violencia irregular si sectores armados del
régimen resisten y el control territorial se fragmenta.
El riesgo de una “iraquización” —milicias, economías
criminales, territorios fuera de control— no es una exageración retórica, sino
una posibilidad real si la tutela se prolonga sin legitimidad social ni hoja de
ruta clara.
En lo económico, la administración directa o indirecta por
parte de Washington abre la puerta al retorno acelerado de petroleras
estadounidenses y a una reactivación parcial de PDVSA. Esto podría generar
ingresos y cierta estabilización macroeconómica. Pero sin mecanismos claros de
redistribución y reparación social, el discurso de reconstrucción puede
transformarse rápidamente en percepción de saqueo, alimentando nuevas
tensiones.
El papel bisagra de las Fuerzas Armadas venezolanas
Más que un actor más dentro del juego de élites, las Fuerzas
Armadas venezolanas operan como bisagra entre una transición contenida y
una deriva hacia la guerra irregular. El desenlace dependerá en buena medida de
si la cúpula militar opta por pactar una salida negociada, aceptar un esquema
de administración tutelada desde el exterior o, por acción u omisión, permitir
la fragmentación del mando.
En un extremo del espectro, una cadena de mando
relativamente cohesionada podría facilitar un reordenamiento institucional
controlado, reduciendo el riesgo de violencia abierta. En el otro, la
combinación de colectivos armados, mandos regionales autónomos y economías
ilícitas abriría la puerta a un escenario de conflicto de baja intensidad, con
territorios disputados y autoridad difusa.
En el cálculo de diversos centros de estudio, los militares
no son solo ejecutores del poder, sino árbitro armado de la transición:
pueden funcionar como garante de un pacto de salida o como multiplicador de la
violencia si se fracturan en facciones rivales.
Venezuela como precedente regional
Más allá de sus fronteras, Venezuela se convierte en un caso
de estudio inquietante para América Latina. La combinación de crisis
institucional, crimen organizado y recursos estratégicos ofrece el marco
perfecto para justificar esquemas de “estabilización” que relativizan la
soberanía en nombre del orden.
Otros gobiernos de la región observan con atención —y con
inquietud— el efecto demostración. La idea de que un país pueda ser tutelado
“por su propio bien” reabre fantasmas históricos y redefine los límites de la
intervención en el siglo XXI.
Un linaje incómodo de transiciones tuteladas
Lo que hoy se perfila en Venezuela no es una anomalía
histórica. Se inscribe en un linaje de experiencias donde la comunidad
internacional —o una potencia en particular— administró, de facto, el poder
político en nombre de la estabilización.
En Bosnia y Herzegovina, tras los Acuerdos de Dayton
de 1995, se instauró la figura del Alto Representante internacional, con
facultades para vetar leyes, destituir autoridades electas y dirigir la
reconstrucción institucional. La democracia existía en las urnas, pero las decisiones
estratégicas residían fuera de Sarajevo.
En Kosovo, después de la intervención de la OTAN en
1999, Naciones Unidas asumió la administración civil mientras fuerzas
internacionales garantizaban la seguridad. Durante años, la soberanía fue más
una promesa que una realidad, subordinada a la lógica de estabilidad.
En ambos casos, la tutela se presentó como temporal, pero
tendió a prolongarse. La promesa de transición chocó con las necesidades de
control del actor externo, generando tensiones persistentes entre
gobernabilidad y soberanía plena.
Venezuela se inserta así en ese linaje de arreglos donde
gobernar “por ahora” corre el riesgo de convertirse en una normalidad difícil
de revertir.
Cierre
El problema ya no es quién gobierna Venezuela, sino desde
cuándo aceptamos que gobernar “por ahora” sea una forma legítima de hacerlo.
Referencias
- International Crisis Group.
(2023). Responding to Venezuela’s Political Deadlock. Brussels.
- United States Congressional
Research Service. (2024). Venezuela: Political Developments and U.S.
Policy. Washington, D.C.
- Brookings Institution. (2023). Managed
Transitions and External Tutelage in Fragile States. Washington,
D.C.
- Corrales, J., & Penfold, M.
(2015). Dragon in the Tropics: Venezuela and the Legacy of Hugo Chávez.
Brookings Institution Press.
- Smilde, D. (2023). The
Limits of Opposition Unity in Venezuela. Washington Office on Latin
America (WOLA).
- International Institute for
Strategic Studies (IISS). (2023). The Military Balance: Venezuela.
London.
- Insight Crime. (2024). Venezuela’s
Armed Actors, Militias and Criminal Economies.
- RAND Corporation. (2022). Security
Sector Fragmentation in Political Transitions.
- U.S. Energy Information
Administration (EIA). (2024). Venezuela Country Analysis Brief.
- OPEC.
(2023). Annual Statistical Bulletin.
- Monaldi, F. (2022). Oil,
Politics and Power in Venezuela. Harvard Kennedy School.
- Chandler, D. (2006). Empire
in Denial: The Politics of State-Building. Pluto Press.
- Knaus, G., & Martin, F.
(2003). Travails of the European Raj. Journal of Democracy,
14(3), 60–74. (Bosnia)
- Caplan, R. (2005). International
Governance of War-Torn Territories. Oxford University Press. (Kosovo)
- Diamond, L. (2005). Iraq and
the Limits of Democracy Promotion. Foreign Affairs.
- Fukuyama, F. (2004). State-Building:
Governance and World Order in the 21st Century. Cornell
University Press.
- Krasner, S. D. (2004). Sharing
Sovereignty: New Institutions for Collapsed and Failing States. International
Security, 29(2).
Nota editorial
Las interpretaciones aquí expuestas se apoyan en análisis
comparados y fuentes académicas y periodísticas de referencia. El texto no
afirma planes formales de ocupación o gobierno directo, sino examina escenarios
plausibles derivados de discursos, antecedentes históricos y patrones de
intervención observados.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario