OTRA PERSPECTIVA
Esperando a que alguien abra
Diez voces desde un santuario donde los perros no llegan sanos, pero llegan
a salvo
Por Jose Rafael Moya Saavedra
En el santuario franciscano de la
Ciudad de México no entran perros sanos. Entran cuerpos cansados, miradas
desconfiadas, historias que no se cuentan solas.
Aquí no hay rescates espectaculares ni finales inmediatos.
Lo que hay es tiempo.
·
Tiempo para que un animal vuelva a dormir sin
sobresalto.
·
Tiempo para que una herida cierre sin prisa.
·
Tiempo para que el miedo baje la guardia.
Los perros que llegan no lo hacen
en “condiciones óptimas”. Llegan con fracturas mal soldadas, con
piel enferma, con dientes gastados por la ansiedad o por el hambre. Llegan
viejos antes de tiempo. Algunos llegan sin saber qué es una caricia. Otros, sin
entender por qué ya no están donde siempre estuvieron.
En este santuario —inspirado en
la tradición franciscana del cuidado de toda criatura— nadie pregunta primero
si el perro es adoptable. La prioridad no es que sea bonito, joven o dócil. La
prioridad es que esté a salvo. Que coma. Que descanse. Que no le peguen. Que no
lo vuelvan a abandonar.
·
Aquí se cura, sí. Pero no siempre con medicina.
·
A veces se cura dejando al perro en paz.
·
A veces se cura hablándole bajito.
·
A veces se cura aceptando que no todos volverán
a confiar del todo.
El santuario no es un escaparate.
Es un lugar de llegada. Un espacio donde se entiende que el abandono no es un
accidente, sino una práctica repetida. Que el maltrato no siempre deja marcas
visibles. Que la indiferencia también hiere.
Sensibilizar sobre el trabajo de
estos lugares implica decir la verdad completa: rescatar no es romantizar.
Cuidar no es presumir. Salvar no siempre es adoptar. Muchas veces, salvar es
simplemente no dejar morir solo a quien ya lo perdió todo.
Los perros del santuario
franciscano no llegaron bien. Llegaron vivos. Y eso, en una ciudad que aprende
tarde a hacerse responsable, ya es una forma de esperanza.
Los textos que siguen no son ficción, aunque estén escritos
en primera persona.
Tampoco son fábulas.
Cada testimonio parte de
historias reales que se repiten a diario en el santuario franciscano de la
Ciudad de México: abandono por vejez, explotación, maltrato, accidentes,
pérdidas. La voz que habla no pretende sustituir la verdad, sino acercarla.
Humanizar no es inventar
sentimientos. Es traducir lo que el cuerpo, la conducta y el tiempo revelan.
Los perros no llegan aquí sanos ni enteros; llegan vivos, y eso basta para
empezar a contar.
Estas diez voces no buscan
conmover a cualquier precio. Buscan mostrar lo que ocurre cuando un animal deja
de ser un problema y se convierte en responsabilidad compartida. No hablan de
rescates heroicos ni de finales garantizados. Hablan de procesos lentos, de
heridas que no siempre cierran y de cuidados que no se exhiben.
Leerlos implica aceptar una
premisa incómoda: el santuario no repara todo lo que la sociedad rompe,
pero ofrece algo que suele faltar afuera —tiempo, respeto y permanencia.
Las historias empiezan aquí.
Cuando llegan al santuario
1. No llegué completo
No crucé la reja del santuario con todo conmigo.
Me faltaba una oreja, la cadera me dolía y ya no confiaba en las manos.
Antes aprendí a esconderme.
A no mirar.
A aguantar.
Aquí no me pidieron mover la cola.
Solo quedarme.
No me curaron de inmediato.
Primero me dejaron descansar.
Eso también sana.
2. Me usaron
Mi cuerpo sirvió mientras fue útil.
Parí sin pausa, sin nombre, sin descanso.
Cuando ya no pude más, me dejaron.
Como se deja una herramienta gastada.
Llegué flaca y vacía.
Aquí nadie me pidió dar nada.
Por primera vez, comer no fue premio.
Fue derecho.
3. No entendí el golpe
El ruido fue seco.
Luego el suelo.
Desperté sin poder levantarme.
La calle siguió.
Llegué con miedo al movimiento y dolor en cada intento.
No me preguntaron qué había hecho.
Me preguntaron qué necesitaba.
Todavía cojeo.
Pero ya no huyo.
4. Fui una caja
No recuerdo a mi madre.
Recuerdo el cartón.
El frío entra fácil cuando uno es pequeño.
El hambre también.
Llegué cubierto de pulgas y miedo.
Aquí me enseñaron el calor antes que el nombre.
Sigo creciendo lento.
Pero crezco.
5. Me pegaron para que cuidara
Decían que así se aprende.
Aprendí a temer a las voces fuertes.
A vigilar sin dormir.
Llegué con los dientes gastados y la mirada dura.
No me pidieron cuidar nada.
Me enseñaron a soltar.
6. Sobreviví
No nací para pelear.
Me hicieron.
Mi cuerpo conserva cicatrices viejas.
Mi cabeza, jaulas.
Aquí nadie gritó.
Nadie retó.
Aprendí que el silencio también protege.
7. Me quedé solo
Éramos dos.
Luego uno.
Esperé en una puerta que no volvió a abrirse.
Días.
Llegué flaco y confundido.
Aquí no me preguntaron por mi humano.
Me enseñaron que la ausencia también puede acompañarse.
8. La cadena
Nunca corrí.
Mi mundo fue un círculo.
Polvo y espera.
Llegué con el cuello herido y las patas débiles.
La primera noche dormí sin metal.
Todavía me quedo quieto.
Pero ya no es por miedo.
9. Después del agua
El ruido era más grande que yo.
Corrí hasta cansarme.
Me encontraron temblando, cubierto de lodo.
Aquí me secaron despacio.
Sin prisa.
No todo se perdió.
Yo no.
10. Nadie me eligió
Pasé jaulas.
Miradas.
Siempre había otro más joven.
Más bonito.
Llegué viejo, gris, lento.
No me prometieron adopción.
Me prometieron respeto.
Y eso fue suficiente.
Un santuario no es un lugar al que se llega bien.
Es un lugar al que se llega vivo.
No llegan perros perfectos.
Llegan historias rotas que todavía respiran.
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