OTRA PERSPECTIVA
Cuando el “rescate” se parece al castigo: animales como
rehenes del poder
El caso del Refugio Franciscano y la deuda estructural
del Estado con los animales
Por Jose Rafael Moya Saavedra
Más de 80 horas en una kennel.
No en un sitio clandestino, no en
manos del crimen organizado, sino bajo custodia institucional, después
de un operativo presentado por las autoridades como un “rescate
histórico”
Las imágenes son contundentes:
perros hacinados en transportadoras, sin camas, expuestos al frío, con signos
visibles de estrés y enfermedad, resguardados en instalaciones improvisadas
como el Deportivo Galeana, en la Ciudad de México. Algunos de ellos llevaban
días sin condiciones mínimas de bienestar. Ese solo dato basta para romper la
narrativa oficial.
Porque cuando un acto que se
anuncia como salvación produce más sufrimiento del que dice combatir, la
pregunta deja de ser únicamente administrativa o judicial para convertirse en una
cuestión ética y de responsabilidad política.
El llamado “rescate”
del Refugio Franciscano no puede analizarse únicamente como un conflicto entre
una fundación patrimonial, un refugio privado y una orden judicial. Tampoco
como un simple caso de bienestar animal. Es, en realidad, una radiografía
incómoda de un problema más profundo: la incapacidad estructural del Estado
para asumir, sin improvisación ni propaganda, la protección de los animales,
y la tentación permanente de convertir esa causa en instrumento de poder,
control narrativo y legitimación política.
Este ensayo no parte de una
defensa automática del Refugio Franciscano ni de una condena acrítica a la
Fundación Antonio Haghenbeck y de la Lama. Mucho menos se inscribe en la lógica
del linchamiento digital. Parte de los hechos visibles, documentados y verificables,
y de una pregunta central que sigue sin respuesta clara:
¿Cómo puede llamarse rescate a un operativo que deriva en
hacinamiento prolongado, opacidad sobre el paradero de cientos de animales y
muertes sin peritajes públicos?
Desde la madrugada del 3 de
diciembre, cuando un despliegue policial sorpresivo irrumpió en el refugio,
detuvo a responsables y voluntarios y trasladó a más de 900 perros y gatos en
condiciones caóticas, cada paso posterior ha ido profundizando la desconfianza.
Muertes atribuidas genéricamente a “enfermedades avanzadas” sin informes
periciales difundidos, animales repartidos en albergues sin capacidad previa ni
consentimiento expreso, y otros cuyo paradero aún no ha sido esclarecido con
precisión.
En paralelo, el gobierno de la
Ciudad de México asumió la narrativa del “rescate histórico”, se
colocó como garante del bienestar animal y anunció, a posteriori, una
agenda integral de protección que evidencia una paradoja central: primero se
actuó y después se intentó construir el marco legal, técnico y material que
debió existir desde antes.
El caso se volvió rápidamente un
espectáculo mediático. Influencers, comunicados oficiales, videos emotivos y
declaraciones cruzadas desplazaron el foco esencial: los animales dejaron de
ser sujetos de protección para convertirse en piezas de una disputa de poder,
donde se cruzan intereses patrimoniales, agendas políticas, protagonismo
digital y vacíos históricos de política pública.
Este texto propone una lectura
distinta. Sostiene que el verdadero conflicto no es sólo el predio, ni siquiera
la legalidad del comodato o del testamento. El conflicto de fondo es que, en
México, el Estado llegó tarde al bienestar animal, y cuando intenta
intervenir lo hace muchas veces sin infraestructura suficiente, sin protocolos
claros y con una peligrosa dependencia del impacto mediático.
Cuando eso ocurre, los animales
—seres sintientes, vulnerables por definición— se convierten en rehenes.
Rehenes del litigio, de la narrativa oficial, del prestigio institucional y, en
el peor de los casos, de intereses económicos que jamás deberían rozar una
causa ética.
A partir de este punto, el ensayo
recorre cinco capas: los hechos del operativo y sus consecuencias; el legado
moral de Antonio Haghenbeck y de la Lama como marco ético; la deuda
estructural del Estado con la protección animal; el papel corrosivo del
activismo sin responsabilidad; y, finalmente, las alternativas reales que
pudieron —y aún pueden— evitar que este “rescate” siga pareciéndose, cada día
más, a un castigo.
El
interés de este análisis no radica en adjudicar culpas individuales, sino en
examinar un caso de alto impacto público que involucra el uso de la fuerza
institucional, la custodia de seres sintientes y la coherencia entre discurso y
capacidad del Estado.
II. El rescate que no fue rescate
La madrugada del 3 de
diciembre, alrededor de las 3:00 a.m., un operativo sorpresivo
irrumpió en el Refugio Franciscano. No fue una visita de inspección ordinaria
ni una intervención gradual. Fue un despliegue policial inusual para un
procedimiento de protección animal, con agentes encapuchados, detenciones
de responsables y voluntarios, y el aseguramiento inmediato del inmueble. La
escena se ejecutó con lógica de cateo, no de protección animal.
Si el objetivo declarado era
rescatar a los animales de presuntas condiciones de maltrato, la forma del
operativo plantea la primera contradicción: ¿por qué actuar como si se
tratara de delincuentes y no de un refugio que operaba desde 1977? La
protección de seres sintientes exige procedimientos técnicos, sanitarios y
logísticos; no tácticas de sorpresa ni coerción.
En las horas y días posteriores,
más de 900 perros y gatos fueron retirados del lugar. El traslado se
realizó de manera masiva e improvisada, utilizando transportadoras en
número insuficiente y, según múltiples testimonios visuales, con hasta tres
animales por caja. En el proceso, varias transportadoras cayeron durante la
carga y descarga. Posteriormente se reportó públicamente la muerte de 23
perros, sin que hasta el momento se hayan difundido peritajes veterinarios
individuales o necropsias que permitan verificar las causas específicas
La explicación oficial fue
genérica: enfermedades avanzadas y malos cuidados previos. Sin embargo, no
se hicieron públicos peritajes veterinarios individuales ni resultados de
necropsias que permitieran verificar esa versión. En un caso de esta
magnitud, la ausencia de informes técnicos transparentes no es un detalle
menor: es una falla grave de rendición de cuentas.
La dispersión posterior de los
animales profundizó el problema. Ante la falta de infraestructura pública
suficiente para alojar a cientos de animales de manera inmediata, el gobierno
optó por repartirlos en distintas sedes: instalaciones de la Brigada de
Vigilancia Animal, espacios de la Secretaría del Medio Ambiente, el albergue
del Ajusco y, de forma particularmente preocupante, instalaciones deportivas
habilitadas de manera emergente, como el Deportivo Galeana en la alcaldía
Gustavo A. Madero.
Ahí, días después del operativo,
se documentaron perros que llevaban más de 80 horas continuas dentro de
kennels y transportadoras, sin camas, con exposición al frío, con signos de
estrés severo y sin condiciones mínimas de bienestar. El encierro prolongado en
transportadoras —más allá de traslados breves— resulta incompatible con
estándares mínimos de bienestar animal reconocidos por autoridades y
especialistas, aun cuando se alegue un carácter temporal.
Al mismo tiempo, comenzó a
instalarse otra opacidad: el paradero exacto de todos los animales. A la
fecha de redacción de este ensayo, no existe un censo público, único y
verificable que detalle cuántos animales fueron retirados, cuántos están en
cada sede, cuántos han sido trasladados, dados en adopción, eutanasiados o
permanecen bajo observación médica. Se habla de más de 300 animales sin
localización clara, una cifra incompatible con cualquier operación que se
autodenomine “rescate”.
La respuesta institucional ha
sido insistir en el carácter “histórico” del operativo y en la
buena voluntad de las autoridades. Sin embargo, la acumulación de hechos apunta
en otra dirección: no hubo planeación previa suficiente, no existían
espacios adecuados listos para recibir a los animales, no se activaron
protocolos de rescate masivo y no se estableció desde el primer día un sistema
de trazabilidad individual.
La secuencia observada sugiere
que la intervención precedió a la definición pública de un plan operativo
integral.
Este capítulo no pretende
idealizar al Refugio Franciscano ni negar la necesidad de supervisión y mejora
en cualquier albergue de gran escala. Pero sí establece un punto ineludible: sacar
a los animales de un lugar cuestionado para colocarlos en condiciones peores no
es rescate; es traslado del sufrimiento.
Aquí se quiebra definitivamente
el relato oficial. Porque cuando el Estado asume la custodia, la
responsabilidad ya no es compartida ni difusa. Es directa, total y exigible.
Y en este caso, los hechos muestran que la custodia se ejerció sin las
garantías mínimas que la propia autoridad exige a los particulares.
El “rescate” dejó de ser
una acción de protección para convertirse en el primer acto de un conflicto
mayor, donde los animales pasaron a ocupar el lugar más peligroso posible: el
de botín simbólico y rehén operativo de una disputa que, desde ese momento,
dejó de tenerlos como prioridad real.
La
exposición de estos hechos no prejuzga responsabilidades penales ni
administrativas, cuya determinación corresponde a las autoridades competentes.
El análisis se limita a las consecuencias materiales observables de la
intervención y a la información pública disponible hasta el momento de
redacción de este ensayo.
III. El legado que obliga
Hablar del Refugio Franciscano
sin mencionar a Antonio Haghenbeck y de la Lama es perder el eje moral
del conflicto. No porque su nombre otorgue razón automática a alguna de las
partes, sino porque su legado establece un parámetro ético frente al
cual lo ocurrido hoy puede —y debe— ser evaluado.
Haghenbeck fue un filántropo
atípico para su tiempo, con una visión que anticipó debates hoy
centrales en el bienestar animal. En una época en la que el trato a perros y
gatos callejeros se resolvía con redadas, sacrificios masivos y antirrábicos
convertidos en espacios de exterminio, él apostó por una idea entonces
marginal: la protección animal como política de largo plazo, basada en
esterilización, rescate y cuidado digno hasta el final de la vida. No era
sentimentalismo; era estrategia y responsabilidad.
Su patrimonio no se concibió como
un capital para acumular prestigio ni como una plataforma de poder. Fue pensado
como instrumento de mitigación del sufrimiento, con reglas claras. De
ahí que los predios destinados a refugios, como el ocupado por el Refugio
Franciscano, no fueran simples activos inmobiliarios, sino espacios con
vocación ética específica. Su sentido no residía en la plusvalía, sino en
el uso.
Este punto es crucial. Incluso
aceptando —en el plano estrictamente jurídico— la discusión sobre si el predio
fue donado de manera plena o entregado en comodato condicionado, hay algo que
no se diluye: la voluntad expresa del fundador de que ese espacio se
destinara exclusivamente a la protección animal. Ese mandato, expresado en
vida y en su testamento, ha sido interpretado históricamente como una
obligación ética que trasciende la letra estricta de los instrumentos jurídicos
Es una obligación moral que debería orientar cualquier decisión posterior.
Por eso, la pregunta central no
es únicamente si la Fundación Antonio Haghenbeck y de la Lama tiene hoy la
propiedad legal del inmueble. La pregunta más incómoda es otra:
¿Las decisiones tomadas pueden considerarse coherentes
con el espíritu de la filantropía…?
Cuando un conflicto patrimonial
deriva en un operativo que produce sufrimiento adicional a los animales, cuando
se prioriza el control del inmueble por encima del bienestar efectivo de
quienes supuestamente se busca proteger, el legado se vacía de contenido. Y
cuando se invoca el nombre del fundador para justificar acciones que
contradicen su filosofía, el problema deja de ser técnico y se configura una ruptura
simbólica con el sentido original de esa filantropía.
Haghenbeck entendía que la
filantropía no sustituye al Estado, pero tampoco puede ser absorbida por él sin
deformarse. Su obra surgió precisamente porque el Estado era incapaz —o
indiferente— ante la magnitud del abandono animal. En ese vacío crecieron
refugios, redes de voluntarios y proyectos que, con todas sus imperfecciones,
sostuvieron durante décadas una tarea que hoy se pretende resolver a golpe de
operativo.
Desde esa perspectiva, el legado
no obliga a defender ciegamente a ningún refugio ni a negar la necesidad de
supervisión y mejora. Obliga a algo más exigente: a no convertir la
protección animal en un daño colateral de disputas institucionales, y a no
usar el lenguaje del bienestar para legitimar prácticas que generan
sufrimiento.
Hay una diferencia profunda entre
corregir y arrasar, entre intervenir y desalojar, entre supervisar y humillar.
El legado de Haghenbeck se sitúa claramente del lado de la primera opción. Su
visión anticipó lo que hoy el discurso oficial apenas comienza a nombrar: los
animales no son objetos ni recursos narrativos; son seres cuya dignidad
impone límites a la acción humana, incluso —y sobre todo— cuando esa acción
proviene del poder.
Este legado funciona, entonces,
como espejo incómodo. No para absolver ni condenar automáticamente, sino para
recordar que no toda decisión legal resulta automáticamente legítima desde
una perspectiva ética y de bienestar animal: si después de la intervención
hay más dolor, algo se hizo mal.
La
referencia al legado de Antonio Haghenbeck y de la Lama se utiliza como marco
histórico y ético de análisis, no como argumento de autoridad jurídica ni como
imputación de intenciones a actores contemporáneos.
IV. El Estado que llegó tarde
El caso del Refugio Franciscano
no puede entenderse sin asumir una verdad incómoda: El Estado mexicano
incorporó de manera tardía y fragmentaria el bienestar animal como política
pública.
Durante décadas, la
sobrepoblación de perros y gatos, el abandono sistemático y la crueldad
institucionalizada en antirrábicos fueron realidades toleradas, cuando no
normalizadas. En ese vacío surgieron refugios privados, protectoras
independientes y redes ciudadanas que hicieron, con recursos precarios, lo que
el poder público no quiso o no supo hacer.
Esa genealogía importa. Porque
explica por qué hoy existen refugios de gran escala operados por particulares y
por qué muchos de ellos crecieron sin acompañamiento técnico suficiente, sin
marcos normativos claros y sin apoyos públicos estables. No fue una anomalía: fue
una respuesta ética a vacíos históricos en la acción pública.
Cuando el Estado decide
intervenir décadas después, lo hace desde una posición paradójica. Por un lado,
asume —correctamente— que el bienestar animal es una responsabilidad pública.
Por otro, carece de la infraestructura, los protocolos y la capacidad
instalada para absorber de manera inmediata y digna a cientos de animales.
Esa tensión explica la improvisación observada en el operativo y sus
consecuencias.
La evidencia es clara: no
existían espacios públicos diseñados para recibir, en cuestión de horas, a más
de 900 animales. No había un protocolo público de rescate masivo activado con
antelación. No se presentó un plan de transición que garantizara trazabilidad,
condiciones mínimas y continuidad del cuidado. El resultado fue previsible: reparto
forzado, sedes improvisadas, encierros prolongados y opacidad informativa.
Este patrón no es exclusivo de
este caso. Responde a una lógica recurrente: en distintos momentos, la
lógica del evento visible ha tendido a sustituir procesos sostenidos de
política pública. Se actúa sobre un caso emblemático, altamente visible, y
luego se anuncia —como respuesta— la construcción de leyes, hospitales,
clínicas y sistemas que debieron existir antes. El orden se invierte: primero
la acción mediática, después el andamiaje institucional.
Desde esta perspectiva, el “rescate
histórico” funciona más como acto de afirmación del poder que
como intervención técnica cuidadosamente planificada. El gobierno se presenta
como garante moral frente a un refugio cuestionado, pero esa posición se vuelve
frágil cuando las condiciones posteriores no cumplen los estándares que la
propia autoridad exige a los particulares.
Aquí emerge una segunda
contradicción: el Estado fiscaliza, sanciona y clausura refugios por
hacinamiento o malas condiciones, pero termina reproduciendo esas mismas
condiciones bajo su custodia, aunque sea de manera temporal. La diferencia
es que, en este caso, el daño ocurre bajo una narrativa de salvación que
dificulta la crítica y diluye responsabilidades.
Este capítulo no niega la
facultad del Estado para intervenir ni la necesidad de regular refugios y
albergues. Al contrario: reconoce esa necesidad como urgente. Pero
subraya que la intervención sin capacidad real puede traducirse en afectaciones
institucionales graves sobre poblaciones vulnerables.
El problema de fondo no es que el
Estado haya actuado, sino cómo lo hizo y desde qué lógica. Llegó tarde,
sin preparación suficiente y con una carga simbólica que otorgó al operativo
una alta centralidad mediática, desplazando la discusión técnica que el caso
exigía. En ese contexto, los animales dejaron de ser el centro y se
convirtieron en la evidencia visible de una autoridad que buscaba proyectar
eficacia, aun cuando su capacidad material era claramente insuficiente.
Este retraso histórico explica
también por qué el conflicto se desplazó rápidamente al terreno mediático y
judicial. Sin protocolos claros ni canales técnicos de resolución, la disputa
se resolvió a través de narrativas enfrentadas, influencers alineados,
comunicados oficiales y desmentidos, mientras la situación material de los
animales seguía deteriorándose.
La deuda estructural del Estado
con el bienestar animal no se salda con operativos espectaculares ni con
discursos de ocasión. Se salda con planeación, inversión sostenida,
regulación gradual y colaboración real con quienes, durante décadas,
sostuvieron esta tarea desde la sociedad civil. Cuando eso no ocurre, cada
intervención corre el riesgo de repetir el mismo patrón: mucho poder, poca
capacidad y demasiadas vidas en medio.
V. Influencers, narrativa y miseria moral
En este caso se hizo visible un
fenómeno cada vez más presente en los conflictos públicos contemporáneos: la
intermediación del debate social a través de figuras con alta visibilidad
digital. Su presencia no es en sí negativa. El problema surge cuando la
visibilidad desplaza la responsabilidad y el alcance digital se confunde con
capacidad técnica o rendición de cuentas.
Las redes sociales permiten hoy
instalar narrativas en cuestión de horas. Un video emotivo, una transmisión en
vivo o una denuncia viral pueden movilizar indignación legítima. Pero también
pueden simplificar conflictos complejos, presionar decisiones
precipitadas y, en el peor de los casos, legitimar acciones que producen más
daño del que corrigen.
En este caso, varios perfiles con
alta visibilidad participaron activamente en la construcción del relato del
“rescate”. Hubo imágenes de perros en brazos, discursos de salvación,
llamados a confiar en la autoridad y descalificaciones inmediatas al refugio
intervenido. Lo que no hubo, al menos de forma proporcional, fue
exigencia pública de planes, protocolos, capacidad instalada ni rendición de
cuentas posterior.
Aquí se revela una distinción fundamental:
No todo el que denuncia protege.
No todo el que graba rescata.
La visibilidad inicial no
sustituye el seguimiento responsable de las consecuencias que una denuncia
pública puede detonar. Empieza ahí. Implica acompañar procesos, verificar
condiciones, exigir información técnica y, sobre todo, asumir las
consecuencias de haber impulsado una acción de alto impacto. Cuando la
intervención se limita a generar contenido y luego se delega todo al Estado sin
seguimiento crítico, el activismo se convierte en protagonismo.
Más grave aún es cuando esa
visibilidad se utiliza para blindar narrativas oficiales, minimizar
críticas legítimas o desacreditar a quienes señalan fallas evidentes. En ese
punto, el influencer deja de ser un contrapeso ciudadano puede terminar reforzando
narrativas institucionales sin los contrapesos ni responsabilidades propias
de los canales formales.
El problema no es individual,
sino estructural. Las redes premian la indignación inmediata, no la
complejidad; la acusación, no la verificación; el gesto simbólico, no el
trabajo silencioso. Bajo esa lógica, la protección animal corre el riesgo de
convertirse en escenografía moral: algo que se muestra, se monetiza y se
abandona cuando deja de ser rentable o popular.
En el caso del Refugio
Franciscano, esta dinámica contribuyó a desplazar el foco. La pregunta dejó de
ser cómo garantizar el bienestar efectivo de más de 900 animales y
pasó a ser quién ganaba el relato. Mientras tanto, los animales
seguían encerrados, dispersos, sin censo público ni trazabilidad clara.
Hablar de miseria moral no
es exagerado cuando se constata esta desconexión entre discurso y
consecuencias. Miseria moral no es equivocarse; es no hacerse cargo. Es
celebrar un “rescate” sin verificar dónde duermen los rescatados.
Es callar cuando las condiciones empeoran. Es optar por mecanismos de control
del intercambio público, en lugar de abrir espacios de contraste, verificación
y rendición de cuentas.
El término “miseria moral” se utiliza aquí en sentido
analítico, para describir la brecha entre la intensidad del discurso público y
la ausencia de corresponsabilidad frente a sus consecuencias materiales, no
como una descalificación personal.
Este fenómeno no absuelve al
Estado ni a las fundaciones involucradas. Pero sí agrava el daño. Porque cuando
el activismo abdica de su función crítica y se limita a amplificar versiones
convenientes, los animales quedan doblemente desprotegidos: primero por
las limitaciones institucionales y luego por la ausencia de un seguimiento
crítico sostenido desde quienes contribuyeron a legitimar la intervención
inicial.
El resultado es perverso: una
causa justa utilizada como combustible narrativo, mientras las vidas concretas
que la originaron quedan atrapadas en una disputa ajena a ellas. En ese punto,
la protección animal deja de ser un fin y se convierte en un medio.
VI. Animales como rehenes
El
uso del término “rehén” se emplea en sentido analítico y ético, no penal, para
describir la condición de vulnerabilidad de los animales dentro de un conflicto
institucional y narrativo ajeno a ellos.
En este punto, el caso del
Refugio Franciscano deja de ser una suma de errores, omisiones o excesos
aislados. Lo que emerge es una figura más grave y precisa: los animales como
rehenes de una disputa de poder.
Rehenes no en sentido metafórico
ligero, sino en su acepción más dura: vidas vulnerables retenidas, trasladadas,
dispersadas y administradas de facto como elementos subordinados dentro
de un conflicto que no les pertenece. Rehenes de una narrativa, de un litigio
patrimonial, de una estrategia política y de una economía simbólica que
convierte el sufrimiento en argumento.
El conflicto se estructuró con
rapidez en varios frentes. Por un lado, la disputa jurídica sobre la propiedad
y el uso del predio. Por otro, la necesidad del gobierno de afirmar autoridad
moral y capacidad de acción. A ello se sumó la intervención de fundaciones y
actores con alta visibilidad que buscaron incidir de manera decisiva en la
narrativa pública del caso, junto con la presión de una opinión pública
legítimamente indignada, pero informada de manera parcial y acelerada.
En medio de todo eso, los
animales dejaron de ser el centro. Pasaron a ser la justificación.
Cada actor comenzó a hablar en
nombre de los animales, pero no desde su situación concreta. Diversos actores
enunciaron decisiones y posturas en nombre de la protección animal, aunque sin
garantizar simultáneamente mecanismos claros de verificación. Se hablaba de
rescate, de legalidad, de testamentos, de convenios y de agendas de bienestar
animal; lo que no se garantizaba era algo elemental: saber con precisión dónde
estaba cada animal, en qué condiciones se encontraba, bajo la responsabilidad
de quién y con qué plan concreto de corto, mediano y largo plazo.
Cuando no existe censo público,
cuando no hay trazabilidad verificable, cuando se normaliza el encierro
prolongado “temporal”, cuando las muertes se explican sin
peritajes visibles y cuando el acceso a los espacios se restringe a
observadores independientes, el concepto de rescate se vacía. En su lugar
aparece otra lógica: administrar el daño mientras se disputa el control.
La figura del rehén es incómoda
porque rompe con el lenguaje heroico. El rehén no es salvado; es retenido
mientras se negocia algo más. En este caso, lo que se negocia no es explícito,
pero es evidente: legitimidad política, control del predio, prestigio
institucional, narrativa de eficacia y, eventualmente, intereses económicos que
permanecen en la penumbra.
Nada de esto requiere afirmar
culpabilidades penales para ser señalado. Basta observar los incentivos. Para
el poder, reconocer errores materiales en un “rescate histórico”
tiene un costo reputacional alto. Para las fundaciones involucradas, admitir
improvisación o daño contradice su razón de ser. Para los influencers, asumir
corresponsabilidad erosiona su capital simbólico. Así, nadie quiere soltar,
aunque hacerlo aliviaría de inmediato la situación de los animales.
El resultado es un estancamiento
peligroso. Los animales quedan atrapados en una suerte de limbo administrativo:
ni plenamente rescatados ni formalmente restituidos; ni invisibles ni realmente
protegidos. expuestos selectivamente en la comunicación pública, mientras otros
aspectos relevantes permanecieron sin información verificable. Exactamente la
condición del rehén.
Este capítulo obliga a una
afirmación dura pero necesaria: cuando la protección animal queda
subordinada a disputas institucionales, jurídicas o narrativas, deja de cumplir
su función primaria y se transforma en un factor adicional de daño.. No
importa cuántas veces se repita la palabra “bienestar” si las
prácticas concretas lo contradicen.
Nombrar a los animales como
rehenes no es retórica excesiva. Es un intento de devolverles centralidad
moral. Porque mientras sigan ocupando ese lugar —el de moneda simbólica—
ninguna de las partes podrá proclamarse vencedora sin cargar con una responsabilidad
ética profunda.
VII. ¿Había alternativas? Sí.
Sostener que el desenlace del
caso del Refugio Franciscano era inevitable equivale a renunciar a la política
pública y a la ética Existían alternativas razonables y conocidas en el ámbito
de la gestión pública del bienestar animal. No perfectas ni exentas de
conflicto, pero con menor probabilidad de generar daño adicional que las
decisiones finalmente adoptadas.
La primera alternativa era la más
elemental: definir previamente un esquema básico de planeación operativa,
consistente con experiencias documentadas de intervenciones de gran escala.
Un rescate masivo de más de 900 animales no puede ejecutarse como una operación
de sorpresa. Requiere diagnóstico previo, infraestructura lista, personal
capacitado y protocolos claros. Nada de eso aparece documentado públicamente
antes del operativo. Se actuó primero y se improvisó después.
Una segunda alternativa era la
gradualidad. Incluso si existían condiciones que ameritaban intervención,
ésta pudo haberse realizado por etapas, con supervisión técnica, correcciones
en sitio y acompañamiento veterinario reforzado, la adopción de esquemas
graduales de intervención, utilizados en otros contextos de rescate masivo, reduce
riesgos sanitarios, logísticos y de trazabilidad
La tercera alternativa era la
mediación temprana. Antes de judicializar y politizar el conflicto, era
viable la instalación temprana de un espacio técnico de mediación con mandato
acotado al bienestar animal, independiente de la resolución patrimonial o
judicial: garantizar el bienestar animal durante cualquier disputa
patrimonial o administrativa. Esa mesa debió incluir a las autoridades
ambientales, a la fundación propietaria, al refugio, a especialistas en derecho
animal y a observadores independientes. No para resolver el predio, sino para sacar
a los animales del campo de batalla.
Otra alternativa concreta era la
adopción de una figura de tutela o custodia temporal. Este mecanismo, empleado
en otros sistemas de protección, permite que un tercero supervisado asuma la
custodia provisional de los animales mientras se resuelve el conflicto de
fondo. Su ventaja es clara: asigna responsabilidad directa y exigible, evita la
dispersión caótica y establece obligaciones verificables durante controversias
institucionales.
También era posible —y sigue
siéndolo— implementar un censo único, público y actualizado. Cada animal
debería contar con una ficha individual que incluyera fotografía, ubicación,
estado de salud y responsable directo. Esta herramienta no es un lujo técnico,
sino la base mínima de cualquier política de bienestar animal. Su ausencia no
sólo impide una supervisión ciudadana efectiva, sino que abre la puerta a
pérdidas, abusos y decisiones irreversibles sin control. Por ello, la
construcción de un censo único y público constituye un requisito mínimo de
gobernanza en cualquier intervención que involucre la custodia masiva de seres
sintientes.
En el plano operativo, existían
alternativas para evitar el hacinamiento prolongado: convenios
temporales con refugios con capacidad real, adecuación previa de espacios con
estándares mínimos, movilización de redes veterinarias universitarias y
privadas, y apoyo logístico transparente. Nada de esto requería heroísmo, sólo coordinación
y humildad institucional.
Finalmente, existía la
alternativa más difícil, pero más necesaria: renunciar al control total del
relato. Reconocer límites, aceptar errores, abrir espacios a la
verificación independiente y corregir sobre la marcha no debilita al Estado ni
a las fundaciones. Al contrario, los fortalece. La negativa a hacerlo
convierte cualquier acción en sospechosa, incluso cuando parte de una intención
legítima.
Estas alternativas no son
ocurrencias retrospectivas. Son prácticas conocidas en gestión de riesgos,
protección de poblaciones vulnerables y políticas públicas complejas. Su
ausencia en este caso confirma que el problema no fue la falta de opciones,
sino la prioridad otorgada a la velocidad, al impacto simbólico y al control
narrativo.
Este capítulo no pretende
reescribir el pasado, sino delimitar responsabilidades. Porque cuando se
demuestra que había caminos menos dañinos, el argumento de la inevitabilidad se
derrumba. Y con él, la coartada ética.
Este
texto se inscribe en el género de análisis crítico de interés público. No
pretende sustituir procesos judiciales ni emitir sentencias, sino contribuir al
debate informado sobre protección animal, políticas públicas y responsabilidad
institucional.
VIII. Conclusión
La pregunta que queda
El caso del Refugio Franciscano
no admite un cierre cómodo. No hay final edificante ni moraleja simple. Lo que
deja es una interpelación directa al poder público, a las instituciones
filantrópicas, al activismo y a la sociedad que observa, comparte y olvida.
Si después de un operativo
presentado como “rescate histórico” no existe un censo público
completo, si no se sabe con certeza dónde está cada animal, en qué
condiciones vive ni quién responde legal y éticamente por él, entonces el
problema no fue un refugio en particular. El problema es un modelo de
intervención que privilegia el control, la velocidad y la narrativa por
encima del cuidado efectivo.
Este ensayo no sostiene que el
Estado no deba intervenir. Sostiene algo más exigente: que intervenir sin
capacidad real también es una forma de violencia. Cuando la autoridad
sustituye planeación por fuerza, protocolo por espectáculo y rendición de
cuentas por discurso, los más vulnerables pagan el costo. En este caso,
animales que no pueden hablar, denunciar ni votar.
Tampoco absuelve a las
organizaciones privadas ni al activismo digital. La filantropía sin coherencia
traiciona su origen. El activismo sin responsabilidad se convierte en ornamento
moral. Y ambos, cuando renuncian a la autocrítica, contribuyen a un mismo
resultado: vidas usadas como argumento.
El legado de Antonio Haghenbeck y
de la Lama no obliga a defender estructuras perfectas —nunca existieron—, pero
sí impone un límite claro: la protección animal no puede convertirse en daño
colateral de disputas patrimoniales, políticas o simbólicas. Cuando eso
ocurre, no importa cuántas veces se repita la palabra “bienestar”; su sentido
se ha perdido.
Este caso revela, con crudeza, la
deuda estructural del Estado con los animales. Una deuda que no se salda
con operativos nocturnos ni con influencers alineados, sino con políticas
públicas serias: infraestructura suficiente, protocolos de rescate masivo,
regulación gradual, colaboración con la sociedad civil y, sobre todo, humildad
para reconocer límites y corregir errores.
La pregunta final no es quién ganó el pleito.
La pregunta es otra, y permanece abierta:
¿Estamos dispuestos a aceptar que llamar “rescate” a lo
que genera más sufrimiento nos degrada como sociedad?
Porque un Estado —y una
comunidad— se miden no por la fuerza con la que irrumpen, sino por la forma en
que cuidan a quienes no pueden defenderse.
Si después de todo esto los animales siguen siendo rehenes, entonces el
verdadero abandono no fue el de un refugio, sino el de nuestra responsabilidad
colectiva.
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