lunes, 8 de junio de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Un Mundial que no se siente

Mundial 2026, Un cierto olor a podrido

Por José Rafael Moya Saavedra

México llega al Mundial de 2026 con una paradoja visible: será por tercera vez sede de la Copa del Mundo, pero una parte importante de la conversación pública no gira alrededor de la fiesta futbolera sino del costo, la seguridad, la desigualdad y la sensación de lejanía social frente al torneo. El contraste con la memoria de 1970 y 1986 no es solo nostálgico; permite leer un cambio estructural en la manera de organizar, vender y blindar el evento.

El Mundial que antes se olía

Hay torneos que se instalan en la vida cotidiana antes del silbatazo inicial. Las reconstrucciones periodísticas sobre México 1970 describen una ciudad tomada por anuncios, vitrinas decoradas, televisores a color y una expectativa que se desplegaba en calles, mercados y hogares. En el caso de México 1986, distintas crónicas y balances recuerdan una atmósfera en la que el futbol operó como un respiro emocional después del sismo de 1985, una especie de verano anímico en un país todavía herido.

Ese recuerdo importa porque permite entender lo que hoy falta. La percepción de que el Mundial 2026 "no se siente" no nace únicamente de una comparación sentimental entre generaciones; surge también de una evidencia concreta: el torneo aparece más asociado al control logístico, al consumo premium y a la gestión de riesgos que a una apropiación popular de la fiesta.

El torneo blindado

Uno de los frentes más delicados ha sido la seguridad. Tras episodios de violencia en México que impactaron directamente la conversación sobre la organización mundialista, medios reportaron que FIFA solicitó informes técnicos sobre las condiciones de seguridad, con atención particular a Guadalajara y al contexto de bloqueos y disturbios. Aunque Gianni Infantino declaró estar "muy tranquilo" con México como sede, el tono de las coberturas deja ver que la tranquilidad oficial convive con evaluaciones de riesgo permanentes.

Este desplazamiento del entusiasmo al expediente técnico cambia la naturaleza simbólica del torneo. El Mundial deja de ser únicamente una promesa de encuentro para convertirse también en un operativo: rutas seguras, perímetros, filtros, control de multitudes, vigilancia y administración reputacional. En ese contexto, la fiesta no desaparece, pero queda subordinada a la lógica del blindaje.

El precio de la exclusión

La distancia entre el Mundial y la gente también se mide en dinero. Para los partidos del Tri en México, los boletos más baratos se ubican alrededor de los 4.955 pesos, mientras que el partido inaugural en México alcanza rangos de entre 19.070 y 44.035 pesos, y la final en Estados Unidos llega a cifras todavía más altas. Paralelamente, el programa Hospitality ofrece experiencias preferentes con precios que en México pueden superar los 83.500 pesos por persona para un solo partido.

A la capa ya elitizada del boletaje oficial se suma el universo de los palcos y paquetes premium. En Ciudad de México, se han documentado ofertas de palcos VIP para los cinco partidos por montos cercanos a 1,5 millones de dólares, así como paquetes menores por cientos de miles de dólares, lo que empuja el torneo hacia una lógica de lujo, inversión y exclusividad. En los hechos, el Mundial se vuelve más accesible para corporativos, clientes de hospitalidad y turismo de alto poder adquisitivo que para la afición local tradicional.

FIFA y la retórica de la fiesta global

Frente a estas críticas, la narrativa de FIFA ha sido consistente. Infantino ha defendido que existen entradas caras, pero también "opciones asequibles", y ha subrayado la demanda masiva del torneo, con cientos de millones de solicitudes y una venta acelerada de boletos como evidencia de legitimidad. En encuentros con ciudades anfitrionas, el presidente de FIFA también ha descrito la Copa del Mundo 2026 como una "inyección de ánimos" y un acontecimiento destinado a irradiar una atmósfera alegre para los aficionados de todo el planeta.

Sin embargo, la idea de una fiesta global no resuelve el problema de la desigualdad de acceso. Que exista una demanda gigantesca no significa que el evento sea socialmente compartido; puede significar, por el contrario, que la escasez administrada y la centralización comercial elevan aún más su valor como mercancía. El lenguaje de la celebración funciona entonces como cobertura simbólica de un modelo de negocio crecientemente excluyente.

El grito, la sanción y la hipocresía

Otro de los olores de este Mundial es el de la disciplina selectiva. La confrontación entre FIFA y la Federación Mexicana por el grito homofóbico lleva más de una década, con multas y litigios reiterados, y en 2026 la FMF perdió una nueva apelación ante el TAS relacionada con sanciones por cánticos discriminatorios ocurridos en Qatar 2022. A ello se suman multas históricas y medidas como cierres parciales de estadio por reincidencia del comportamiento de la afición.

Nada de esto vuelve irrelevante la dimensión discriminatoria del problema. Pero sí revela una asimetría moral: FIFA castiga con severidad un síntoma visible y escandaloso del estadio, mientras opera con mucha más comodidad frente a otras violencias estructurales vinculadas al negocio futbolístico, como la exclusión económica, la desigualdad territorial o la captura corporativa de la experiencia mundialista. La limpieza ética se vuelve más creíble cuando no es selectiva.

Un país que mira desde fuera

La percepción social en sedes mexicanas refuerza esta lectura. Un sondeo de la UNAM reportado por EFE encontró preocupaciones ciudadanas concentradas en tráfico, encarecimiento, contaminación y desigualdad más que en el entusiasmo por la inminencia del torneo. Otra encuesta de Mitofsky registró que solo 18% veía listos los estadios, 0% consideraba baratos los boletos y apenas 4% veía muy probable asistir a un partido.

Ese dato es decisivo porque rompe el mito de que el Mundial se siente automáticamente por el simple hecho de celebrarse en casa. Un torneo puede ser omnipresente en la publicidad y, al mismo tiempo, socialmente distante. Puede llamarse "México 2026" y aun así dejar a buena parte del país en condición de espectador exterior.

Del país anfitrión a la marca anfitriona

La diferencia entre 1970, 1986 y 2026 también puede leerse como una transformación del propio país. Antes, con todas las contradicciones autoritarias de su época, el Mundial lograba infiltrarse en la vida común y ser apropiado por multitudes que lo convertían en experiencia de barrio, de sobremesa y de radio. Ahora, buena parte de su presencia aparece mediada por plataformas de venta, zonas premium, perímetros de seguridad y lenguajes de city marketing.

Lo que cambia no es solo la FIFA; cambia la relación entre ciudad, espectáculo y ciudadanía. El anfitrión ya no es del todo un país, sino una marca territorial que debe mostrarse eficiente, segura, vendible y emocionalmente rentable. En esa conversión, la población local deja de ser el centro de la fiesta y pasa a ser un factor de gestión: consumidor potencial, riesgo logístico o paisaje cultural.

Cierto olor a podrido

El "olor a podrido" no remite a un escándalo único ni a una denuncia cerrada. Nombra la acumulación de síntomas: boletos inaccesibles, palcos obscenos, moral disciplinaria selectiva, ciudades preocupadas por los costos sociales y un entusiasmo oficial que no termina de traducirse en apropiación popular. Lo podrido no está solamente en una oficina de Zúrich ni en una federación nacional; está en el modo en que el mayor espectáculo del futbol se ha ido vaciando de pueblo mientras insiste en hablar en nombre del pueblo.

Por eso la frase "es un Mundial que no se siente" tiene una potencia mayor de la que parece. No describe solo una ausencia de ambiente: describe un modelo de organización donde la emoción queda subordinada al negocio, la calle al perímetro y la afición a la capacidad de pago. México será sede, pero la pregunta decisiva sigue abierta: ¿de quién será realmente la fiesta?

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