domingo, 7 de junio de 2026

 


OTRA PERSPECTIVA

La Fiesta Mundialista y la fiesta sobre el barrio

Mundial 2026, Un cierto olor a podrido

Por José Rafael Moya Saavedra

Hay algo en este Mundial que no termina de oler bien. No son los partidos ni los estadios recién pintados, ni las ceremonias de inauguración ensayadas al milímetro. Es otra cosa. Es ese olor agrio que se queda en el aire cuando un país decide convertir sus heridas abiertas en escenografía para la fiesta global del fútbol.

Las autoridades lo han bautizado "Mundial Social México 2026". Prometen 74 "mundialitos" escolares, torneos para niñas, niños, adultos mayores y personas con discapacidad, murales, festivales culturales, rutas arqueológicas y transmisiones gratuitas en plazas públicas. El guion oficial es seductor: un país que se reconcilia consigo mismo corriendo detrás de un balón. Sin embargo, mientras los spots repiten que este será "un Mundial para todas y todos", en los barrios que rodean los estadios el ambiente es distinto: vallas, filtros, cierres viales, acreditaciones, renta en alza y vecinos que descubren que, de pronto, necesitan identificarse para entrar a su propia colonia.

Ahí empieza el olor a podrido.

El relato de la fiesta y el murmullo del desencanto

Desde el poder, la narrativa es clara: el Mundial será un catalizador de cohesión social, bienestar y orgullo nacional. El programa del "Mundial Social" se vende como una cruzada por la salud, la actividad física, la cultura y hasta la robótica, con torneos escolares, recuperación de canchas y rutas turísticas que prometen que nadie se quedará fuera de la celebración. En paralelo, se anuncian fiestas gratuitas en plazas públicas, fan festivales en CDMX, Monterrey y Guadalajara, conciertos, mercados de arte popular y amaneceres arqueológicos para recibir al turismo nacional e internacional.

Pero si uno se asoma a la conversación en redes y a los sondeos de opinión, el tono es mucho menos eufórico. Predominan las críticas a la organización, a los altos costos de boletos y paquetes de hospitalidad, a la comercialización excesiva del torneo y a la sensación de que el Mundial se vive más como negocio y espectáculo para unos cuantos que como fiesta popular. No es casual que figuras como Alejandro González Iñárritu hayan dicho que la FIFA "le quitó el futbol a la gente por avaricia", criticando un torneo repartido en tres países, con una atmósfera diluida y precios prohibitivos para buena parte de la afición mexicana.

La brecha entre el relato luminoso y el murmullo del desencanto es uno de los primeros signos de descomposición. Cuando el Estado insiste en que lo que viene es fiesta, pero una parte importante de la sociedad siente más bien desgaste, cansancio y sospecha, conviene afinar el olfato.

El torneo como amplificador de conflictos

La consultora Integralia ha advertido que el Mundial de 2026 llega en un año de alto riesgo político y social, y que puede actuar como un amplificador de conflictos preexistentes. No se trata solo del riesgo de incidentes aislados alrededor de los estadios, sino de algo más profundo: la coincidencia del torneo con una coyuntura marcada por protestas de transportistas, magisterio, colectivos feministas y familias de personas desaparecidas que ya han recurrido a bloqueos de carreteras, aeropuertos y puntos estratégicos de las ciudades.

El Mundial ofrece un escenario inmejorable para esos reclamos. Allí donde la autoridad ve una oportunidad de "mostrar la mejor cara del país", muchos grupos ven un momento para hacer visible lo que se ha querido mantener fuera de cuadro: impunidad, precariedad, violencia. Lejos de ser un paréntesis de paz, el torneo corre el riesgo de convertirse en una vitrina de la conflictividad que hemos administrado con paliativos, pero que no hemos resuelto.

En términos de riesgo, el problema no es solo la seguridad perimetral de los estadios, sino la fragilidad del pacto social sobre el que se monta la fiesta. Un país con más de cien mil personas desaparecidas, con regiones enteras atravesadas por economías criminales y con instituciones que no han logrado reconstruir la confianza, difícilmente puede desodorizarse con un mes de futbol, por mucho que se multiplicar los fan fests y los mundialitos escolares.

El Mundial contra el barrio

En "El Mundial contra el barrio" escribí que, alrededor del Estadio Azteca y en espacios como el Zócalo, la celebración comienza a sentirse, en algunos barrios, como una ocupación temporal del territorio. Esa sensación hoy está respaldada por reportajes y análisis que muestran cómo el torneo está redefiniendo la vida cotidiana en comunidades cercanas al Azteca, al Akron en Guadalajara y al BBVA en Monterrey.

Infobae describe un paisaje hecho de obras, ruido, polvo, cortes de servicios, cambios en los accesos y nuevas disposiciones laborales que alteran las rutinas de Santa Úrsula, Huipulco y otras colonias aledañas. La rehabilitación y el "entorno mundialista" del Azteca han modificado la forma en que la gente entra y sale de sus calles, mientras operativos como "Última Milla" en Guadalajara restringen la movilidad en varios kilómetros a la redonda obligando a los vecinos a adaptarse a filtros y cierres viales pensados, ante todo, para el flujo de aficionados y turistas.

La UNAM ha advertido que este tipo de mega eventos presionan el mercado inmobiliario, elevan las rentas y pueden agravar la desigualdad urbana en las ciudades sede. Investigadores de geografía social señalan que el Mundial puede detonar procesos de gentrificación al incentivar la llegada de población con mayores ingresos, elevar precios de la vivienda y desplazar a habitantes de bajos recursos, especialmente en zonas de alto valor turístico o deportivo de la capital.

Lo que los PowerPoint llaman "puesta en valor" del entorno urbano, para muchos vecinos huele a despojo. Los colectivos antigentrificación lo han nombrado sin rodeos: "Mundial del despojo", una etiqueta que condensa el temor a que la fiesta sirva de pretexto para acelerar expulsiones, reordenamientos y proyectos inmobiliarios que transforman el barrio sin preguntarle nada a quienes lo habitan.

Cuerpos vulnerables, derechos en suspenso

El olor a podrido tampoco viene solo del cemento. Organizaciones de derechos humanos han recordado que mega eventos como el Mundial suelen traer consigo un aumento de riesgos para trabajadoras y trabajadores precarizados, para mujeres, niñas, niños, personas migrantes y poblaciones habitualmente situadas en los márgenes de la protección estatal.

Amnistía Internacional y otras entidades advierten que la combinación de turismo masivo, consumo de alcohol, mercados sexuales y cadenas de subcontratación abre espacios para la trata de personas, la explotación laboral y otras formas de violencia que rara vez aparecen en la narrativa oficial de la fiesta. En el caso mexicano, estos riesgos se superponen con una crisis de violencia de género, de desapariciones y de violaciones sistemáticas de derechos que hace años rebasó la capacidad de respuesta del sistema de justicia.

Ya hay señales de resistencia desde abajo: colectivos de familias de personas desaparecidas han aprovechado el contexto del Mundial para intervenir el espacio público, pegar fichas de búsqueda cerca de los estadios, organizar actos de memoria y recordar que hay otra lista de nombres —más larga, más dolorosa— que no aparece en las transmisiones ni en las estadísticas de la FIFA. El contraste es brutal: mientras se celebra la llegada de selecciones nacionales y se coleccionan estampas de jugadores, hay familias que siguen buscando a sus hijas e hijos sin que el Estado les garantice verdad ni justicia.

La fiesta, en ese contexto, no cancela la violencia: la reconfigura, la desplaza, la cubre con ruido y fuegos artificiales.

La mercancía y la captura de la pasión

Sobre este paisaje se monta la maquinaria comercial del Mundial. Las marcas prometen frescura y glamour mundialista en desodorantes con el logo de la FIFA, campañas que invitan a escanear códigos QR para ganar boletos y productos "edición 2026" que permiten sentirse parte del evento, aunque no se pise un estadio. A la vez, hay diagnósticos que subrayan que este puede ser el Mundial más caro y contaminante hasta la fecha, por el número de partidos, las distancias entre sedes y la huella de carbono asociada a tantos vuelos internos.

Mientras se vende inclusión a través del consumo, buena parte de la afición local observa el Mundial desde la reja: boletos inaccesibles, sistemas de venta opacos, paquetes turísticos fuera de su alcance. La atmósfera festiva se concentra en fan zones patrocinadas y experiencias VIP, mientras en el día a día muchos mexicanos sienten que el torneo se les escapa de las manos, convertido en mercancía premium.

Iñárritu apuntó a eso cuando dijo que el Mundial 2026 "le quitó el futbol a la gente por avaricia". El balón sigue rodando, pero la cancha se ha llenado de intermediarios: marcas, plataformas, brokers de boletos, instituciones que administran los accesos simbólicos y económicos a la fiesta. El "olor a podrido" también es ese: el de una pasión capturada por la lógica de la rentabilidad, donde la comunidad aparece sobre todo como mercado.

¿Qué quedará en el aire cuando pase la fiesta?

El Gobierno insiste en que el Mundial dejará un legado deportivo y urbano: canchas recuperadas, museos visitados, rutas arqueológicas, mejoras de infraestructura y una estela de orgullo compartido. Sin embargo, las advertencias de la UNAM y de especialistas en ciudades van en otra dirección: incremento de rentas, presión sobre el mercado inmobiliario, nuevas formas de exclusión y desigualdad reforzada en los barrios más vulnerables de las ciudades sede.

Infobae ya habla de "obras, empleos y tensiones" como tríada que define el impacto del Mundial en las comunidades de México: sí, hay oportunidades laborales y mejoras en algunos servicios, pero también hay protestas, desplazamientos y un malestar difuso ante ciudades que se vuelven vitrina. Integralia, por su parte, recuerda que los conflictos políticos y sociales no se suspenden por decreto, y que el torneo puede ser un catalizador tanto de esperanza como de frustración.

Quizá, cuando se apaguen las cámaras, la pregunta más honesta no será si "valió la pena" organizar el Mundial, sino qué tipo de país decidió mostrarse al mundo de esta forma: uno que aprovechó la ocasión para fortalecer derechos y reparar daños, o uno que usó el ruido del estadio para esconder lo que no ha querido mirar.

El Mundial pasará por México, eso es seguro. La duda, todavía abierta, es si pasará con nosotros, a nuestro lado, o si pasará sobre nosotros, dejando detrás esa estela de olor a podrido que uno finge no sentir mientras suena el himno de la FIFA y los drones dibujan banderas en el cielo.

 

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