OTRA PERSPECTIVA
Los vecinos expulsados de la fiesta
Un cierto olor a podrido
Por José Rafael Moya Saavedra
La paradoja del Mundial 2026 cabe en una sola pregunta:
¿Cómo puede alguien sentirse extranjero en la colonia donde
ha vivido toda su vida?
A pocos días de que el balón ruede, miles de habitantes de
los barrios que rodean el Estadio Azteca comienzan a descubrir una realidad
incómoda. Para entrar a sus propias calles tendrán que demostrar quiénes son.
Para circular por sus colonias deberán acreditar dónde viven. Para estacionar
sus vehículos necesitarán registros, censos y permisos especiales.
La fiesta llegó.
Pero no necesariamente para ellos.
Las autoridades explican que las medidas son necesarias.
Hablan de seguridad, movilidad, prevención y control de multitudes. Nadie
discute que un evento de esta magnitud requiere dispositivos extraordinarios.
El problema aparece cuando esos dispositivos convierten al vecino en sospechoso
y a la comunidad en un perímetro de seguridad.
De pronto, quienes han vivido durante décadas en Santa
Úrsula, Pueblo de Santa Úrsula, Pedregal de Santa Úrsula y colonias cercanas
descubren que su vida cotidiana debe adaptarse al calendario de un espectáculo
global.
La lógica es sencilla.
El partido tiene prioridad.
El barrio espera.
Los accesos se controlan.
Las calles se cierran.
Las rutas cambian.
Los residentes deben identificarse.
Y el espacio que ayer era comunidad hoy funciona como
corredor operativo de un megaevento internacional.
Pero la expulsión no siempre ocurre mediante una reja.
A veces comienza mucho antes.
Comienza cuando aumentan las rentas.
Cuando aparecen inversionistas buscando alojamientos
temporales.
Cuando los pequeños comercios pierden espacio frente a
negocios diseñados para el visitante.
Cuando el barrio deja de ser hogar para convertirse en
producto.
Por eso diversos colectivos han empezado a hablar del
"Mundial del despojo".
No porque estén en contra del futbol.
Muchos de ellos crecieron siguiendo a sus equipos, llenando
estadios y celebrando victorias.
Lo que cuestionan es otra cosa.
Cuestionan que la ciudad se reorganice para recibir
visitantes mientras los habitantes permanentes son tratados como una variable
secundaria.
El discurso oficial habla de un "Mundial social".
De una fiesta para todos.
De pantallas gigantes, festivales futboleros, actividades
culturales y espacios de convivencia.
Sin embargo, en muchas colonias la experiencia cotidiana se
parece menos a una invitación y más a una advertencia.
"Prepárese para cierres."
"Registre su vehículo."
"Presente identificación."
"Anticipe retrasos."
"Evite circular."
El lenguaje de la celebración convive con el lenguaje del
control.
Y en medio quedan los vecinos.
No aparecen en los spots.
No salen en las ceremonias.
No levantan la copa.
Son quienes soportan el ruido, las restricciones, los
cierres, las filas y las alteraciones de la vida cotidiana para que la fiesta
funcione.
La pregunta de fondo no es si el Mundial traerá beneficios
económicos o proyección internacional.
La pregunta es más sencilla.
¿Puede llamarse fiesta popular un evento donde algunos
habitantes necesitan permiso para entrar a su propia colonia?
Quizá ahí se encuentre una de las contradicciones más
profundas del Mundial 2026.
Mientras los organizadores hablan de abrir la ciudad al
mundo, muchos vecinos sienten que las puertas de su propio barrio comienzan a
cerrarse.
Y cuando una comunidad deja de sentirse anfitriona para
convertirse en espectadora de lo que ocurre en su territorio, la celebración
deja de pertenecerle.
Entonces la fiesta sigue.
Las luces se encienden.
Las pantallas gigantes transmiten el partido.
Los himnos nacionales retumban en los altavoces.
Y, a unos metros de distancia, alguien muestra una
identificación para demostrar que tiene derecho a regresar a casa.
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