OTRA PERSPECTIVA
Mundial 2026: Un cierto olor a podrido,
La ciudad bajo estado de excepción
Por José Rafael Moya Saavedra
A nueve días del silbatazo
inicial, la Ciudad de México comienza a parecerse menos a una fiesta y más a un
gigantesco operativo de control.
El Zócalo, presentado durante
meses como el corazón del llamado "Mundial para todos", aparece
rodeado por vallas metálicas de más de dos metros de altura. Policías custodian
accesos, comerciantes hacen largas filas para llegar a sus negocios y miles de
ciudadanos deben justificar su presencia para entrar a espacios que durante
siglos fueron públicos.
Mientras tanto, en el sur de la
ciudad, vecinos de colonias cercanas al Estadio Azteca descubren que, durante
ciertos operativos, necesitan acreditar quiénes son y dónde viven para poder
regresar a sus propias casas. En distintos puntos de la capital, calles
cerradas, rutas desviadas, filtros de revisión y perímetros de seguridad
comienzan a modificar la geografía cotidiana de la ciudad.
Todo ello ocurre en nombre de la seguridad.
Y aquí surge una pregunta incómoda.
¿Cuándo una medida extraordinaria de seguridad deja de
ser excepcional y comienza a convertirse en una nueva forma de normalidad?
El Mundial 2026 está mostrando
una paradoja pocas veces discutida. La misma ciudad que promueve un discurso de
inclusión, convivencia y celebración colectiva empieza a acostumbrarse a
vallas, controles de acceso, zonas restringidas y dispositivos policiales cada
vez más visibles.
No se trata únicamente de
proteger un evento deportivo. Lo que está en juego es algo más profundo: la
relación entre el espacio público, los derechos ciudadanos y el poder de los
megaeventos para reconfigurar temporalmente la vida urbana.
La lógica es sencilla. Para
garantizar que millones de espectadores disfruten noventa minutos de
espectáculo global, miles de habitantes deben aceptar alteraciones en su
movilidad, en su actividad económica y, en algunos casos, incluso en el acceso
a sus propios barrios.
La ciudad se adapta al Mundial.
La pregunta es si el Mundial está dispuesto a adaptarse a la
ciudad.
Porque detrás de cada valla
existe un comerciante que quiere trabajar. Detrás de cada filtro de acceso hay
un vecino que quiere llegar a casa. Detrás de cada perímetro de seguridad
existe una comunidad que continúa viviendo, estudiando, comprando, circulando y
resolviendo problemas que no desaparecen porque la FIFA llegue a la ciudad.
Los defensores de estas medidas
argumentan que son temporales, necesarias y proporcionales frente a las
amenazas contemporáneas. Probablemente tengan razón en parte. La gestión de
riesgos para un evento de esta magnitud exige controles, coordinación y capacidades
extraordinarias.
Pero precisamente por ello resulta indispensable abrir una
discusión pública sobre los límites.
¿Hasta dónde puede restringirse el libre tránsito?
¿Hasta dónde puede modificarse el uso del espacio
público?
¿Hasta dónde puede trasladarse el costo operativo de
un espectáculo internacional a quienes viven y trabajan en las zonas
involucradas?
Las respuestas no son sencillas.
Lo preocupante es que las preguntas parecen ausentes.
Mientras las pantallas gigantes
se instalan, los festivales futboleros se multiplican y la narrativa oficial
insiste en que la ciudad está lista para recibir al mundo, comienza a emerger
otra imagen menos visible: una ciudad fragmentada en perímetros, cercos y zonas
especiales; una ciudad donde la excepcionalidad se vuelve paisaje.
Tal vez el mayor riesgo del
Mundial no sea una amenaza terrorista, una estampida o un incidente de
seguridad.
Tal vez el mayor riesgo sea
acostumbrarnos a que las libertades cotidianas se suspendan temporalmente cada
vez que un evento suficientemente grande lo solicite.
Porque los mundiales terminan.
Las vallas se retiran.
Los reflectores se apagan.
Pero las costumbres que dejamos
instalar suelen quedarse mucho más tiempo que los noventa minutos de un
partido.
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