viernes, 5 de junio de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026: Un cierto olor a podrido,

La ciudad bajo estado de excepción

Por José Rafael Moya Saavedra

A nueve días del silbatazo inicial, la Ciudad de México comienza a parecerse menos a una fiesta y más a un gigantesco operativo de control.

El Zócalo, presentado durante meses como el corazón del llamado "Mundial para todos", aparece rodeado por vallas metálicas de más de dos metros de altura. Policías custodian accesos, comerciantes hacen largas filas para llegar a sus negocios y miles de ciudadanos deben justificar su presencia para entrar a espacios que durante siglos fueron públicos.

Mientras tanto, en el sur de la ciudad, vecinos de colonias cercanas al Estadio Azteca descubren que, durante ciertos operativos, necesitan acreditar quiénes son y dónde viven para poder regresar a sus propias casas. En distintos puntos de la capital, calles cerradas, rutas desviadas, filtros de revisión y perímetros de seguridad comienzan a modificar la geografía cotidiana de la ciudad.

Todo ello ocurre en nombre de la seguridad.

Y aquí surge una pregunta incómoda.

¿Cuándo una medida extraordinaria de seguridad deja de ser excepcional y comienza a convertirse en una nueva forma de normalidad?

El Mundial 2026 está mostrando una paradoja pocas veces discutida. La misma ciudad que promueve un discurso de inclusión, convivencia y celebración colectiva empieza a acostumbrarse a vallas, controles de acceso, zonas restringidas y dispositivos policiales cada vez más visibles.

No se trata únicamente de proteger un evento deportivo. Lo que está en juego es algo más profundo: la relación entre el espacio público, los derechos ciudadanos y el poder de los megaeventos para reconfigurar temporalmente la vida urbana.

La lógica es sencilla. Para garantizar que millones de espectadores disfruten noventa minutos de espectáculo global, miles de habitantes deben aceptar alteraciones en su movilidad, en su actividad económica y, en algunos casos, incluso en el acceso a sus propios barrios.

La ciudad se adapta al Mundial.

La pregunta es si el Mundial está dispuesto a adaptarse a la ciudad.

Porque detrás de cada valla existe un comerciante que quiere trabajar. Detrás de cada filtro de acceso hay un vecino que quiere llegar a casa. Detrás de cada perímetro de seguridad existe una comunidad que continúa viviendo, estudiando, comprando, circulando y resolviendo problemas que no desaparecen porque la FIFA llegue a la ciudad.

Los defensores de estas medidas argumentan que son temporales, necesarias y proporcionales frente a las amenazas contemporáneas. Probablemente tengan razón en parte. La gestión de riesgos para un evento de esta magnitud exige controles, coordinación y capacidades extraordinarias.

Pero precisamente por ello resulta indispensable abrir una discusión pública sobre los límites.

¿Hasta dónde puede restringirse el libre tránsito?

¿Hasta dónde puede modificarse el uso del espacio público?

¿Hasta dónde puede trasladarse el costo operativo de un espectáculo internacional a quienes viven y trabajan en las zonas involucradas?

Las respuestas no son sencillas.

Lo preocupante es que las preguntas parecen ausentes.

Mientras las pantallas gigantes se instalan, los festivales futboleros se multiplican y la narrativa oficial insiste en que la ciudad está lista para recibir al mundo, comienza a emerger otra imagen menos visible: una ciudad fragmentada en perímetros, cercos y zonas especiales; una ciudad donde la excepcionalidad se vuelve paisaje.

Tal vez el mayor riesgo del Mundial no sea una amenaza terrorista, una estampida o un incidente de seguridad.

Tal vez el mayor riesgo sea acostumbrarnos a que las libertades cotidianas se suspendan temporalmente cada vez que un evento suficientemente grande lo solicite.

Porque los mundiales terminan.

Las vallas se retiran.

Los reflectores se apagan.

Pero las costumbres que dejamos instalar suelen quedarse mucho más tiempo que los noventa minutos de un partido.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

  OTRA PERSPECTIVA Mundial 2026: Un cierto olor a podrido , La ciudad bajo estado de excepción Por José Rafael Moya Saavedra A nueve días de...