OTRA PERSPECTIVA
El Mundial que se vende más de lo que se vive
Cuando la cobertura deja de construir comunidad
Mundial 2026, Un cierto olor a podrido
Por José Rafael Moya Saavedra
Hay una paradoja difícil de
ignorar. Nunca había existido tanto contenido sobre una Copa del Mundo. Nunca
había habido tantas pantallas, plataformas, campañas publicitarias, redes
sociales, transmisiones especiales y estrategias de mercadotecnia. Sin embargo,
a pocos días del arranque de México 2026, una sensación se repite en calles,
mercados, oficinas y conversaciones cotidianas: el Mundial no termina de
sentirse.
La explicación no parece estar en
la falta de cobertura. Quizá ocurra exactamente lo contrario. Tal vez el torneo
se ha convertido en un producto tan intensamente comercializado que ha
comenzado a perder aquello que durante décadas le dio sentido: la capacidad de
construir una experiencia compartida. Porque una cosa es transmitir un Mundial
y otra muy distinta lograr que una sociedad lo viva como propio.
El ambiente no es solo el estadio
El ambiente de un Mundial no se
produce únicamente en la cancha. También se construye en la televisión abierta,
en la radio encendida en taxis y mercados, en los espectaculares de la ciudad,
en las conversaciones cotidianas y en la percepción de que el torneo está al
alcance de la mayoría.
Cuando esa circulación se
debilita o se privatiza, el torneo sigue existiendo como evento global, pero
pierde densidad popular en la vida diaria.
Ese es uno de los rasgos más
visibles de México 2026. A diferencia de 1970 y 1986, cuando la experiencia
mediática ayudaba a convertir el Mundial en una cita compartida por amplias
capas de la población, la edición de 2026 aparece marcada por una mezcla de
fragmentación tecnológica, saturación comercial y acceso desigual.
De la señal compartida al ecosistema fragmentado
En México, la Copa del Mundo 2026
tendrá una cobertura amplia, pero no homogénea. La televisión abierta seguirá
siendo relevante, pero una parte importante de la experiencia completa del
torneo se desplazará hacia plataformas digitales, servicios de streaming y
esquemas de acceso segmentado.
La diferencia parece menor, pero no lo es.
El ambiente también depende de la
coincidencia. Cuando millones de personas observan el mismo partido por el
mismo canal, comentan simultáneamente los mismos momentos y comparten los
mismos relatos, el torneo se transforma en conversación nacional.
Cuando una parte sigue los
encuentros por televisión abierta, otra por streaming de pago, otra mediante
aplicaciones móviles y otra únicamente a través de clips y resúmenes en redes
sociales, el Mundial deja de ser una experiencia intensamente simultánea para
convertirse en un consumo fragmentado.
La tecnología amplía las posibilidades de acceso, pero
también dispersa la experiencia colectiva.
El costo también enfría la conversación
El encarecimiento no afecta solamente el ingreso al estadio.
También modifica la relación
cotidiana con el torneo cuando buena parte de la cobertura completa depende de
suscripciones digitales, paquetes especiales o dispositivos conectados.
La promesa de una cobertura
"sin precedentes" convive así con una realidad menos integradora: el
partido ya no entra simplemente a la casa; entra condicionado por plataformas,
paquetes comerciales y pagos escalonados.
Este modelo contribuye a una sensación de distancia social.
Un Mundial puede estar
omnipresente como producto y, al mismo tiempo, ausente como experiencia común.
Eso ayuda a explicar por qué
muchas personas perciben que el torneo "no se siente" aunque existan
campañas promocionales, programación especial y narrativas permanentes de
cuenta regresiva.
Publicidad exterior: mucho anuncio, poca apropiación
La publicidad urbana no necesariamente equivale a ambiente
popular.
La preparación comercial rumbo al
torneo contempla una fuerte presencia de marcas en publicidad exterior,
escaparates, mobiliario urbano y campañas asociadas a la exposición
internacional que traerá el Mundial.
Sin embargo, esa presencia
responde principalmente a la lógica del patrocinio global y de la explotación
comercial del acontecimiento.
No necesariamente refleja una
apropiación espontánea por parte de barrios, mercados, colonias o redes
comunitarias.
Por eso puede haber más
pantallas, más espectaculares y más campañas sin que exista una emoción social
equivalente.
La calle puede verse invadida por
el Mundial y, al mismo tiempo, sentirse menos mundialista.
El exceso de branding
difícilmente sustituye la temperatura afectiva que antes producían los adornos
improvisados, las banderas colgadas en las ventanas o la conversación futbolera
que aparecía naturalmente en cualquier esquina.
Más anuncios, menos relato compartido
La comercialización mediática
también altera la manera en que se recibe el torneo.
Los espacios publicitarios
asociados al Mundial alcanzan cifras extraordinarias y las estrategias de
segmentación permiten dirigir mensajes específicos a públicos específicos.
Desde el punto de vista comercial, el modelo es eficiente.
Desde el punto de vista cultural, la pregunta es otra.
¿Qué ocurre cuando cada espectador recibe un Mundial
diferente?
La transmisión deja de sentirse
como un ritual compartido y comienza a parecerse a una plataforma de
monetización permanente de la atención.
El partido sigue ahí, pero cada
pausa, cada pantalla y cada interacción parecen recordar que detrás del
espectáculo existe una compleja maquinaria comercial diseñada para capturar
tiempo, datos y consumo.
La radio también pierde centralidad
La radio continúa siendo
importante para millones de personas, especialmente en movilidad y en sectores
populares.
Pero ya no organiza la experiencia mundialista como lo hizo
durante décadas.
La conversación se ha desplazado
hacia ecosistemas digitales, plataformas audiovisuales y redes sociales que
operan con lógicas distintas.
La radio no desaparece.
Simplemente deja de ocupar el
centro simbólico desde donde antes articulaba una narrativa nacional
compartida.
Su voz sigue presente, pero
compite con una multiplicidad de pantallas, algoritmos y contenidos que
fragmentan la atención colectiva.
Comparación histórica
|
Dimensión |
México 1970 y 1986 |
México 2026 |
|
Acceso mediático |
Señales abiertas dominantes y cobertura nacional
compartida. |
Streaming, plataformas digitales y acceso fragmentado. |
|
Sensación de simultaneidad |
Millones siguiendo los mismos partidos al mismo tiempo. |
Audiencias dispersas entre televisión, apps, cable, redes
y clips. |
|
Publicidad |
Campañas masivas con identidad común y memoria colectiva. |
Publicidad hipersegmentada, basada en datos y múltiples
plataformas. |
|
Radio |
Medio central para seguir el torneo y construir
conversación pública. |
Medio complementario dentro de un ecosistema digital más
amplio. |
|
Calle y entorno urbano |
Decoración espontánea y apropiación popular del evento. |
Branding corporativo y activaciones comerciales de
patrocinadores. |
|
Sentido de pertenencia |
Mundial vivido como experiencia nacional. |
Mundial consumido como producto global. |
Sí afecta el ambiente
El resultado no es un Mundial sin medios.
Es un Mundial con más medios que nunca y, paradójicamente,
con menos comunidad perceptible.
La fragmentación del acceso, el
predominio de plataformas de pago, la inflación publicitaria y el reemplazo de
símbolos populares por branding corporativo reducen la sensación de fiesta
compartida.
Por eso la pregunta no es si habrá cobertura suficiente.
La pregunta es qué tipo de ambiente produce esa cobertura.
México 2026 parece diseñado para
circular intensamente como producto audiovisual y mercadológico, pero no
necesariamente para instalarse como experiencia colectiva en la vida cotidiana.
Y cuando un Mundial deja de
respirarse en la televisión abierta, en la radio común, en las conversaciones
espontáneas y en la calle ordinaria, inevitablemente también se enfría su
ambiente.
Lo paradójico es que México 2026
podría convertirse en el Mundial más visto de la historia y, al mismo tiempo,
en uno de los menos compartidos.
Más pantallas no siempre significan más comunidad.
Más publicidad no necesariamente genera más pertenencia.
Más contenidos tampoco garantizan más emoción colectiva.
Quizá por eso, detrás de las
transmisiones espectaculares, de las plataformas digitales y de la maquinaria
comercial global, comienza a percibirse otro de esos aromas que recorren esta
serie.
Porque cuando una fiesta necesita
venderse más de lo que logra vivirse, aparece una pregunta incómoda: ¿seguimos
hablando de un Mundial o estamos hablando simplemente de un producto
extraordinariamente exitoso?
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