martes, 9 de junio de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

El Mundial 2026…. Apesta¡¡¡¡

Crónica de un país que organizó una fiesta que no le pertenece

Por Jose Rafael Moya Saavedra

 

Hay olores que no se anuncian. Llegan antes de que uno sepa de dónde vienen: algo en el aire que todavía no tiene nombre pero que el cuerpo ya reconoce. Así empezó este Mundial.

Meses antes del silbatazo inaugural, cuando la Ciudad de México todavía se llenaba de pantallas y espectaculares con colores de la Copa, algo no encajaba. No era el escepticismo del que no le gusta el fútbol. Era algo más físico, más concreto: la sensación de que la fiesta estaba siendo construida para alguien más. Que los que la organizaban no eran los mismos que iban a vivirla. Que la ciudad era el escenario y su gente, el decorado.

Ese olor vago ya tiene nombre. El 9 de junio de 2026, a dos días de la inauguración, se puede decir con toda claridad:

El Mundial 2026 apesta.

Lo que se prometió y lo que llegó

México ha sido sede del Mundial tres veces. Quienes recuerdan 1970 hablan de una ciudad apropiada: televisores a color en las vitrinas de las tiendas, conversaciones en los mercados, barrios que seguían los partidos en radios transistorizados. En 1986, el futbol llegó después del sismo. El país estaba herido y, sin embargo, o quizás por eso, la apropiación fue total: la Copa como respiro colectivo, como prueba de que algo todavía funcionaba en un país que acababa de enterrar a sus muertos entre escombros.

Nada de eso ocurre en 2026.

Una encuesta de Mitofsky lo dijo con brutalidad estadística: 0% de los encuestados considera que los boletos son baratos. Solo el 4% ve probable asistir a un partido. El 18% cree que los estadios están listos. Una encuesta de la UNAM encontró que las preocupaciones de los capitalinos frente al Mundial son el tráfico, el encarecimiento, la contaminación y la desigualdad —no la expectativa, no la fiesta.

No es nostalgia. Es una radiografía.

El precio del espectáculo ajeno

Para ver a México jugar en casa, el boleto más barato ronda los cinco mil pesos. El partido inaugural, en el Estadio Azteca, cuesta entre 19 mil y 44 mil. La final en Estados Unidos, más aún. Los palcos VIP para los cinco partidos en la Ciudad de México se ofrecieron en hasta 1.5 millones de dólares.

La FIFA habla de "opciones asequibles". Habla también de "la fiesta del pueblo". Lo dice Infantino con la seguridad de quien nunca ha tenido que elegir entre el gas y una entrada al estadio.

El modelo es simple: la escasez se administra, el acceso se estratifica, la emoción se vende por niveles. Los que pueden pagan la experiencia completa —hospitalidad, zona premium, traslado blindado. Los que no pueden miran desde fuera, desde un Fan Fest con dos entradas, desde una Fan Zone en algún deportivo de su alcaldía. Todos son, según la narrativa oficial, parte de la misma fiesta.

Pero no lo son.

El Zócalo amurallado

El 9 de junio, la Plaza de la Constitución está cercada. No por la FIFA. Por el gobierno, para contener a los maestros de la CNTE.

Las vallas metálicas no rodean el Fan Fest: rodean el derecho a la protesta. Las calles que llevan al corazón de la ciudad —Madero, 20 de noviembre, Tacuba, 5 de Mayo— están tomadas por campamentos del magisterio. No como provocación estética: como la última expresión de quienes llevan años pidiendo que alguien les conteste.

Los maestros de la CNTE llevan nueve días consecutivos en la calle. Sus demandas no son nuevas: abrogación de la reforma al ISSSTE de 2007, eliminación de los esquemas derivados de la reforma educativa de 2019, pensiones dignas sin Afores, aumento salarial del 100% al sueldo base. Son demandas que en 2025 tampoco se atendieron. Que en 2024 tampoco. Que llevan la cuenta de los años acumulados como el maestro Proceso Columbo lleva la cuenta del ojo que perdió en una manifestación en la capital.

Un ojo. Perdido en una protesta. Mientras se instalan pantallas gigantes y zonas de experiencias interactivas a doscientos metros.

"No somos Díaz Ordaz"

Eso dijo Claudia Sheinbaum en su conferencia matutina. La frase fue necesaria porque la comparación ya circulaba sola, con sus propias piernas.

Nadie invoca al expresidente que ordenó la matanza del 2 de octubre de 1968 si no siente que la comparación tiene algún fundamento. El aparato que rodea al Estadio Ciudad de México —grupos Zorros, grupos Ateneas, policía bancaria, bloqueo del tren ligero, cierre de Calzada de Tlalpan— no es un operativo de bienvenida. Es un operativo de contención.

La diferencia entre contención y represión no es ideológica: es táctica. El gobierno de Sheinbaum ha comprendido que no puede reprimir abiertamente a los maestros mientras el mundo mira. La nota internacional que quieren evitar es exactamente esa: "el gobierno de México reprime al magisterio en vísperas del Mundial". Por eso la frase. Por eso los grupos especializados en vez de la policía uniformada. Por eso el lenguaje de los "provocadores externos".

Pero el maestro que perdió el ojo no era un provocador externo. Era un maestro.

El Plan Kukulkán —casi cien mil elementos de seguridad coordinados para el torneo— puede controlar perímetros, corredores, flujos. No puede controlar nueve días de presencia continua dispersa en cinco puntos simultáneos. No puede controlar el sur de la ciudad, que hoy está bloqueado porque la CNTE llegó hasta los accesos del Estadio y el tren ligero quedó suspendido sin aviso. No puede controlar, sobre todo, lo que subyace a la protesta: décadas de deuda acumulada.

El hambre de justicia ya venció la indiferencia. Y el operativo de seguridad más grande de la historia reciente de la Ciudad de México no tiene respuesta para eso.

La historia no se repite de la misma manera. Cambian los métodos. Cambian los uniformes. Cambian las justificaciones. Lo que permanece es la tensión entre la protesta y el poder.

El acelerador de lo que ya estaba

El Mundial no trajo la violencia estructural a México. La encontró aquí y la amplificó.

En los meses previos, los colectivos de madres buscadoras anunciaron que aprovecharían la visibilidad internacional para hacer audibles sus casos. Los colectivos feministas convocaron acciones durante el torneo. Los transportistas, los agricultores, otros sindicatos —todos identificaron el mismo principio: el Mundial concentra las cámaras del mundo en un territorio que, si se mueve, se vuelve noticia global.

En el Centro Histórico, el MUNAL lleva días cerrado. Los comerciantes del barrio llevan semanas contando pérdidas. Las personas en situación de calle que habitaban esas aceras fueron desplazadas antes de que llegaran las vallas. En colonias como Coyoacán y Santa Úrsula, los vecinos que resistieron las restricciones de acceso del perímetro mundialista siguen peleando por entrar a sus propias casas.

Ninguno de estos datos aparece en el relato oficial. El relato oficial tiene pantalla de 500 metros cuadrados, capacidad para 55,000 personas y set de DJ.

La disciplina moral selectiva

FIFA multó a la Federación Mexicana por el grito homofóbico. Lo hizo en Qatar 2022, en Rusia 2018, en Brasil 2014. Lo seguirá haciendo. El TAS confirmó la sanción. Los estadios se cerrarán parcialmente si el cántico se repite.

La firmeza es real. También lo es su selectividad.

La misma organización que sanciona con rigor el grito discriminatorio opera con perfecta comodidad frente a los boletos de 44,000 pesos, los palcos de 1.5 millones de dólares, los contratos de hospitalidad que convierten el acceso en mercancía de lujo. La violencia del estadio es visible, escandalosa, filmable. La violencia del modelo de negocio es abstracta, sistémica, legalmente irreprochable.

La ética que solo persigue lo filmable no es ética. Es gestión reputacional.

El país que mira desde afuera

México es sede. Pero ser sede no significa ser el centro de la fiesta.

En 1970 y en 1986, el Mundial encontraba al país. En 2026, el país tiene que encontrar el Mundial —a través de filtros, de vallas, de Fan Zones en deportivos de alcaldía, de transmisiones en pantallas donde el acceso está sujeto a cupo limitado y prohibición de entrada con paraguas, sombrillas, instrumentos musicales, balones y carriolas.

Sin carriolas. En un evento familiar. En el corazón de la ciudad.

El síntoma no está en ningún documento oficial. Está en esa lista de objetos prohibidos que revela, de manera involuntaria, quién es el público imaginado y quién no.

En 1970 y 1986 el Mundial entró en la vida cotidiana de los mexicanos. En 2026 son los mexicanos quienes deben pedir permiso para entrar al Mundial.

Lo que el olor ya dijo

La putrefacción no ocurre de golpe. Comienza en los bordes, en lo que nadie vigila, en lo que se deja acumular porque atenderlo es incómodo.

Este Mundial acumula:

Un maestro que perdió un ojo durante una protesta. Nueve días de protesta ininterrumpida. Un Zócalo vallado para que quepa una fiesta que desplazó al barrio que lo rodea. Un operativo de casi cien mil elementos que no puede resolver lo que tiene enfrente porque lo que tiene enfrente no es un problema de seguridad —es un problema de justicia. Boletos que cuestan lo que un trabajador gana en dos meses. Palcos que cuestan lo que una familia gana en varias generaciones. Un presidente de la FIFA que habla de "fiesta del pueblo" desde suites que el pueblo no puede pagar. Una presidenta de México que dice "no somos Díaz Ordaz" mientras los grupos Zorros bloquean el tren ligero.

Todo eso junto tiene un olor que ya todos reconocen, aunque no todos lo nombren.

Se llama impunidad estructural. Se llama desigualdad de acceso. Se llama Estado que cuida el espectáculo más que a los espectadores.

Se llama, simplemente, lo que ya sabíamos antes de que llegara el primer equipo.

El Mundial 2026 apesta. Y lo peor es que lo sabíamos desde antes de que empezara.

El Mundial llegó para mostrarle al mundo un país en fiesta.

Terminó exhibiendo un país que todavía no resuelve aquello que intenta ocultar detrás del espectáculo

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