OTRA PERSPECTIVA
Si no hay justicia para el pueblo…
Por José Rafael Moya Saavedra
Algunos le atribuyen la frase
a Zapata, otros a Flores Magón. Da igual. Lo cierto es que “Si no hay
justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno” se ha
convertido en la consigna más peligrosa que un régimen puede escuchar. No es un
lema decorativo: es advertencia y sentencia.
El mensaje es directo: ningún
gobierno puede aspirar a estabilidad mientras el pueblo viva en injusticia. No
hay gobernabilidad posible con hambre, corrupción, impunidad y desigualdad. La
paz social no se decreta desde un escritorio; se construye en la calle, en el
campo, en la vida diaria de millones de mexicanos que hoy se sienten
traicionados y desprotegidos.
La historia mexicana está
llena de episodios que confirman esta máxima. Díaz creyó tener todo bajo
control hasta que los magonistas, los obreros y los campesinos le recordaron
que sin justicia no hay paz. Huerta pensó que los cañones bastaban, pero fue arrasado
por la furia popular. Y cada gobierno que ha menospreciado la consigna ha
terminado enfrentando la consecuencia: un pueblo bronco, decidido a hacerse
escuchar con o sin cauces institucionales.
Hoy, en pleno 2025, la frase
vuelve a resonar con fuerza. Los linchamientos en Puebla y Oaxaca, las
protestas violentas en la Ciudad de México, los bloqueos comunitarios en
Guerrero o Michoacán no son hechos aislados. Son expresiones del mismo
principio: cuando la justicia no llega, la paz del gobierno se rompe. Y
si además el Senado se convierte en ring de golpes celebrado en redes, la
metáfora se vuelve todavía más clara: lo bronco no es pasado, es presente.
El EZLN supo recoger
ese legado en 1994 y darle nuevas palabras. “Aquí manda el pueblo y el
gobierno obedece.” O su versión más corta: “El pueblo manda y el
gobierno obedece.” La consigna zapatista radicalizó la idea: el poder
no es dueño del pueblo, debe obedecerlo. Otro principio clave fue “Mandar
obedeciendo”, que sintetiza la democracia participativa más radical:
quien gobierna no impone, ejecuta la voluntad colectiva. Y el grito de guerra “¡Ya
basta!” condensó lo mismo que Zapata había dicho
ochenta años antes: sin justicia, no habrá paz ni sumisión.
Estas frases no son reliquias,
son recordatorios vivos de que la paciencia popular tiene límites. Son parte
del mismo hilo histórico que une a Magón, Zapata, el EZLN y las luchas sociales
actuales. Todas expresan la misma advertencia: la estabilidad política es
humo si no descansa sobre justicia real.
El problema es que quienes
gobiernan parecen no entender el peso de esa advertencia. Confunden paz con
control, y justicia con discurso. Hablan de cifras mientras la gente habla de
miedo. Prometen estabilidad mientras las comunidades organizan linchamientos. Y
así, el vacío se ensancha: las instituciones se hunden, y lo que sube es la
convicción de que al gobierno no le toca tranquilidad si al pueblo no le toca
justicia.
La consigna zapatista no
envejeció: se multiplicó. Hoy circula en pancartas, en memes, en marchas, en
declaraciones radicales. Y mantiene su filo porque toca el nervio central de
cualquier democracia: la legitimidad. Sin justicia, la autoridad pierde rostro
y el gobierno pierde piso.
La frase es clara y cortante.
No hay matices ni adornos. Es el eco de una verdad incómoda: un país no se
gobierna con paz artificial, sino con justicia real.
Y la advertencia final está
escrita en la memoria colectiva: cuando el pueblo grita “Si no hay
justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno”,
acompañado de “¡Ya basta!” o “Mandar obedeciendo”,
lo que sigue no es negociación… es historia.