OTRA PERSPECTIVA
El México bronco despierta
Opinion de José Rafael Moya Saavedra
Jesús Reyes Heroles lo
advirtió hace décadas: “Hay un México bronco que debemos evitar que
despierte”. Hoy esa metáfora suena más vigente que nunca.
México está al borde de un
desbordamiento. La violencia no es ya un dato estadístico, sino una experiencia
cotidiana. En el primer semestre de 2025 se registraron 112 asesinatos
políticos: amenazas, secuestros, atentados. El crimen organizado sigue
disputando territorios en Sinaloa, Baja California, Guerrero y Veracruz, y
millones de mexicanos viven con el miedo instalado en sus calles. No importa
que las cifras oficiales hablen de una supuesta baja en homicidios: seis de
cada diez ciudadanos sienten que su ciudad es insegura. Y la percepción
pesa más que cualquier informe.
El México bronco no se
alimenta únicamente de la violencia criminal, sino de la rabia social
acumulada. Son comunidades que, cansadas de esperar soluciones, reaccionan con
linchamientos, bloqueos, protestas radicales o justicia comunitaria. En
pueblos, colonias populares y barrios urbanos se gesta un enojo que no responde
a cárteles, sino a la frustración colectiva ante instituciones que no protegen
ni cumplen. Esa dimensión social es la que convierte lo bronco en un fenómeno
cíclico: un pueblo que se organiza y responde con rudeza cuando siente que lo
han dejado solo.
A esto se suma una polarización
política creciente. El país vive en una confrontación permanente, donde
oficialismo y oposición se insultan más de lo que dialogan. La crispación no
solo se da en mítines o en redes sociales: ya llegó al Senado, donde el pleito
entre Alito Moreno y Gerardo Fernández Noroña se convirtió en
espectáculo viral, con memes, corridos y aplausos digitales que celebraron la
bronca física como si fuera una gesta. Cuando una nación comienza a aplaudir la
confrontación como virtud, estamos frente a un síntoma preocupante.
Pero el verdadero peligro está
en la desconfianza institucional. Casi el 70% de los mexicanos cree que
la inseguridad seguirá igual o empeorará. El crimen organizado se infiltra en
gobiernos municipales, la justicia no responde y la impunidad se normaliza.
Ante ese vacío, resurgen las viejas prácticas: linchamientos en Puebla y
Oaxaca, autodefensas en Michoacán, bloqueos que incendian oficinas municipales
o saqueos en protestas urbanas. Eso es, justamente, el México bronco: el pueblo
tomando la justicia en sus manos porque el Estado no lo hace.
La historia nos recuerda que
cada vez que ese México bronco despierta, lo hace con fuerza devastadora: en la
Independencia arrasó ciudades enteras; en la Revolución puso de rodillas al
viejo régimen. Hoy no se trata de machetes y caballos, sino de linchamientos,
protestas radicales y viralizaciones en redes. Pero la lógica es la misma: cuando
las instituciones no cumplen, el pueblo se vuelve juez, jurado y verdugo.
El riesgo es claro. Lo bronco
no se controla una vez desatado. Se alimenta de la rabia acumulada, de la
impunidad, de la desigualdad. Y cuando despierta, arrastra todo a su paso:
gobiernos, partidos, leyes, autoridades.
La advertencia está ahí.
México no necesita más discursos triunfalistas ni pleitos en el Congreso
convertidos en circo digital. Lo que urge es devolver la confianza en la
justicia, reconstruir instituciones y ofrecer un horizonte de legalidad real.
Porque si no lo hacemos, será el México bronco —ese México indómito que duerme
en las entrañas del pueblo— el que decida el rumbo, y cuando eso pasa, la
historia nos dice que las consecuencias suelen ser irreversibles.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario