sábado, 30 de agosto de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

Si no hay justicia para el pueblo…

Por José Rafael Moya Saavedra

 

Algunos le atribuyen la frase a Zapata, otros a Flores Magón. Da igual. Lo cierto es que “Si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno” se ha convertido en la consigna más peligrosa que un régimen puede escuchar. No es un lema decorativo: es advertencia y sentencia.

El mensaje es directo: ningún gobierno puede aspirar a estabilidad mientras el pueblo viva en injusticia. No hay gobernabilidad posible con hambre, corrupción, impunidad y desigualdad. La paz social no se decreta desde un escritorio; se construye en la calle, en el campo, en la vida diaria de millones de mexicanos que hoy se sienten traicionados y desprotegidos.

La historia mexicana está llena de episodios que confirman esta máxima. Díaz creyó tener todo bajo control hasta que los magonistas, los obreros y los campesinos le recordaron que sin justicia no hay paz. Huerta pensó que los cañones bastaban, pero fue arrasado por la furia popular. Y cada gobierno que ha menospreciado la consigna ha terminado enfrentando la consecuencia: un pueblo bronco, decidido a hacerse escuchar con o sin cauces institucionales.

Hoy, en pleno 2025, la frase vuelve a resonar con fuerza. Los linchamientos en Puebla y Oaxaca, las protestas violentas en la Ciudad de México, los bloqueos comunitarios en Guerrero o Michoacán no son hechos aislados. Son expresiones del mismo principio: cuando la justicia no llega, la paz del gobierno se rompe. Y si además el Senado se convierte en ring de golpes celebrado en redes, la metáfora se vuelve todavía más clara: lo bronco no es pasado, es presente.

El EZLN supo recoger ese legado en 1994 y darle nuevas palabras. “Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece.” O su versión más corta: “El pueblo manda y el gobierno obedece.” La consigna zapatista radicalizó la idea: el poder no es dueño del pueblo, debe obedecerlo. Otro principio clave fue “Mandar obedeciendo”, que sintetiza la democracia participativa más radical: quien gobierna no impone, ejecuta la voluntad colectiva. Y el grito de guerra “¡Ya basta!” condensó lo mismo que Zapata había dicho ochenta años antes: sin justicia, no habrá paz ni sumisión.

Estas frases no son reliquias, son recordatorios vivos de que la paciencia popular tiene límites. Son parte del mismo hilo histórico que une a Magón, Zapata, el EZLN y las luchas sociales actuales. Todas expresan la misma advertencia: la estabilidad política es humo si no descansa sobre justicia real.

El problema es que quienes gobiernan parecen no entender el peso de esa advertencia. Confunden paz con control, y justicia con discurso. Hablan de cifras mientras la gente habla de miedo. Prometen estabilidad mientras las comunidades organizan linchamientos. Y así, el vacío se ensancha: las instituciones se hunden, y lo que sube es la convicción de que al gobierno no le toca tranquilidad si al pueblo no le toca justicia.

La consigna zapatista no envejeció: se multiplicó. Hoy circula en pancartas, en memes, en marchas, en declaraciones radicales. Y mantiene su filo porque toca el nervio central de cualquier democracia: la legitimidad. Sin justicia, la autoridad pierde rostro y el gobierno pierde piso.

La frase es clara y cortante. No hay matices ni adornos. Es el eco de una verdad incómoda: un país no se gobierna con paz artificial, sino con justicia real.

Y la advertencia final está escrita en la memoria colectiva: cuando el pueblo grita Si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno”, acompañado de “¡Ya basta!” o “Mandar obedeciendo, lo que sigue no es negociación… es historia.

 

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