OTRA PERSPECTIVA
Mundial 2026… APESTA
El juego bonito en manos del aparato migratorio
Por Jose Rafael Moya Saavedra
El fútbol mundial llegó por fin a
Estados Unidos, México y Canadá con el mismo guion de siempre: fiesta,
inclusión, "juego limpio" como palabra mágica. Pero basta seguir el
rastro de los visados negados, los interrogatorios interminables y las deportaciones
silenciosas para ver otra historia: la Copa del Mundo 2026 se disputa desde los
aeropuertos, los formularios consulares y las salas de migración, mucho antes
del silbatazo inicial.
El Mundial 2026 podría
convertirse en el primer gran torneo global organizado bajo una lógica de
seguridad nacional permanente. No se trata únicamente de fútbol, sino de la
tensión entre dos proyectos opuestos: la promesa de apertura universal que
representa la FIFA y el fortalecimiento de los aparatos de control fronterizo
que caracteriza a buena parte de las democracias occidentales contemporáneas.
La postal más honesta del torneo
no está en la ceremonia inaugural, sino en una fila silenciosa frente a un
mostrador de migración en Chicago o Los Ángeles, donde el agente decide quién
entra a la fiesta y quién se queda afuera. La FIFA habla de fair play; el
Estado anfitrión, en cambio, opera con otra lógica: la del riesgo, el enemigo
interno, el pasaporte sospechoso.
1. Antecedentes: el Mundial que nació con un veto
La semilla de este "Mundial
del miedo" no se plantó en 2026, sino años antes, cuando la política
migratoria de Donald Trump convirtió a buena parte del planeta en lista de
espera o directamente en lista negra. En 2025, Human Rights Watch ya advertía
que una proclamación migratoria ampliada excluía o restringía la entrada a
personas de al menos 12 países —entre ellos Irán, Somalia, Siria y Yemen—
mientras el presidente de la FIFA prometía a Trump que Estados Unidos
"daría la bienvenida al mundo" en 2026.
La contradicción era evidente
desde entonces: un país que construyó su campaña política prometiendo muros,
vetos y redadas aceptaba convertirse en anfitrión obligatorio de jugadores,
árbitros, hinchadas y periodistas de regiones a las que internamente etiqueta
como "amenaza". La pregunta que flotaba en informes de ONG y columnas
dispersas era directa: ¿qué pasa cuando un mega evento que presume apertura
choca con un aparato migratorio diseñado para cerrar puertas?
Las primeras respuestas llegaron
antes del Mundial. En julio de 2025, ICE detuvo a un solicitante de asilo que
llevó a sus hijos a un estadio para ver la final de un torneo FIFA en Estados
Unidos y lo expulsó del país, episodio que Human Rights Watch tomó como
síntoma: si esto ocurría en un evento menor, ¿qué podría pasar en 2026, con
decenas de miles de migrantes y aficionados extranjeros en las gradas? El caso
funcionó como ensayo general de lo que vendría: la lógica de seguridad no se
detiene en la puerta del estadio sólo porque la FIFA cuelga banderas de
colores.
2. El árbitro que no llegó: neutralidad vetada
Omar Abdulkadir Artan salió de
Turquía con todo en regla: árbitro somalí, designado por la FIFA para el
Mundial, pasaporte vigente, visa aprobada, credencial de un organismo que
presume ser más grande que la ONU. Llegó a un aeropuerto estadounidense y se
topó con la frontera real del torneo: un agente que no ve camisetas ni
insignias, sino nacionalidad y "país de riesgo".
Fue retenido durante horas,
interrogado, sometido a "verificaciones adicionales".
Al final, Estados Unidos lo declaró "inadmisible" y lo regresó al
punto de origen. No hubo violencia explícita ni foto de esposas, sólo la
decisión burocrática de un país sede que en la práctica vetó a un árbitro ya
nombrado.
FIFA tuvo que reconocerlo: Artan
se queda sin Mundial, no por una lesión ni por bajo rendimiento, sino porque el
anfitrión decidió que no cruzaría su frontera. El caso condensa la paradoja: el
arbitraje se supone neutral, pero el dispositivo migratorio no lo es. El
"juego limpio" se rompe mucho antes de que el silbato suene; se rompe
cuando un Estado puede decidir qué árbitros, qué pasaportes y qué cuerpos
resultan aceptables para el espectáculo global.
3. Irán: una selección bajo sospecha
Si el árbitro somalí es la
historia mínima, Irán encarna el caso estructural. Clasificada como líder de su
grupo en Asia, la selección iraní llega al Mundial con un plantel competitivo,
pero también con el peso de ser país bajo sanciones, vetos y enemigos
declarados de Washington. Los papeles migratorios se vuelven un partido
paralelo que el cuerpo técnico no puede controlar con táctica fija.
En la antesala del torneo, medios
iraníes y europeos reportaron que Estados Unidos denegó el ingreso a varios
miembros de la delegación de Irán, sin dar explicaciones claras más allá de
"criterios de seguridad". Teherán denunció públicamente un
"trato discriminatorio" y enumeró al menos quince integrantes —entre
jugadores, técnicos y directivos— que seguían sin visa aprobada a días de su
debut mundialista.
Washington no esconde el marco:
cualquier vínculo con la Guardia Revolucionaria Islámica —considerada
organización terrorista por Estados Unidos— se vuelve argumento para revisar,
retrasar o negar visados, en una lógica de sospecha extendida sobre casi toda
la delegación. La selección que llega a competir contra rivales deportivos se
topa con una burocracia que la trata como potencial amenaza de seguridad
nacional.
El mensaje es doble. Hacia
dentro: no importa lo que diga la FIFA, las agencias de seguridad mantienen la
última palabra sobre quién pisa el territorio. Hacia fuera: hay países
invitados que no lo son tanto, delegaciones a las que se tolera en nombre del
espectáculo pero se vigila como si fueran actores hostiles. En los discursos
oficiales se habla de diversidad; en las salas de migración se practica la
discriminación preventiva.
4. Irak: "me trataron como terrorista"
Si Irán padece los vetos en
bloque, Irak ofrece el testimonio crudo de cómo se siente, en carne propia, ese
dispositivo. La delegación iraquí denunció que, al llegar a un aeropuerto
estadounidense para instalar su campamento, fue retenida durante horas en
controles migratorios. No se trató de una revisión rutinaria: hubo
interrogatorios extensos, separación de jugadores, requisiciones agresivas.
Aymen Hussein, figura y goleador
de la selección, terminó siete horas frente a funcionarios que lo bombardearon
con preguntas y lo trataron, en sus palabras, "como a un terrorista".
No hubo cargos ni detención formal, sólo la experiencia de saber que, para el
país anfitrión, tu camiseta dice menos que tu lugar de nacimiento y tu nombre
en árabe.
El impacto no se quedó en el
testimonio. La presión migratoria fue tal que el equipo, pese a tener todos sus
partidos de fase de grupos en territorio estadounidense, tuvo que cambiar su
base de concentración: no pudo establecer su campamento en Estados Unidos y
terminó instalándose en Tijuana, del lado mexicano de la frontera. La geografía
del Mundial se distorsiona: selecciones que juegan de un lado, pero duermen del
otro, porque la sospecha no les permite quedarse.
Lo que se construye con estos
casos no es sólo una anécdota, sino un patrón: jugadores y delegaciones de
ciertos países —musulmanes, árabes, africanos— pasan por filtros más duros,
interrogatorios más largos, vigilancia más intensa. El fair play se convierte
en privilegio geopolítico.
5. Hinchadas bajo vigilancia: el Mundial del miedo
El dispositivo no se agota en
canchas y vestidores. A la sombra de estos episodios visibles, se extiende un
clima de miedo entre migrantes y aficionados que alguna vez soñaron con seguir
a su selección en Estados Unidos. Organizaciones y medios han documentado
cancelaciones masivas de entradas por parte de hinchas que temen ser detenidos
por ICE, perder su estatus migratorio o quedar atrapados en procesos de
deportación si algo sale mal en un control.
Reportajes hablan de un "Mundial
del miedo": barrios latinos que se piensan dos veces antes de
organizar viajes, agencias de boletos que reciben llamadas no para comprar,
sino para revender, grupos de aficionados que deliberan si vale la pena
arriesgarse a un interrogatorio humillante en un aeropuerto, aunque tengan
papeles "en regla". El costo del miedo se suma al precio de los
boletos, ya de por sí prohibitivos para millones.
En paralelo, el debate político
intenta poner límites. Desde el Congreso se impulsa la idea de blindar las
sedes del Mundial de redadas migratorias, y se reporta que la FIFA sopesa pedir
una moratoria temporal a las operaciones de ICE durante los 39 días del torneo.
El simple hecho de que sea necesaria una "tregua" para
que la fiesta del fútbol no se convierta en feria de deportaciones dice más que
cualquier slogan.
El resultado es un mapa desigual:
hay hinchadas que llegan a Estados Unidos con los mismos problemas de siempre
(costos, distancias, logística), y hay hinchadas que, además, cargan con el
miedo específico de ser detenidas, interrogadas, deportadas. El Mundial global
no lo es tanto cuando la puerta de entrada funciona como filtro de raza,
nacionalidad y perfil político.
5.1 El riesgo como criterio de exclusión
Desde la gestión integral de
riesgos existe una diferencia fundamental entre administrar amenazas reales y
convertir poblaciones enteras en objetos de sospecha.
El aparato migratorio
contemporáneo opera cada vez más bajo una lógica de perfilamiento preventivo:
nacionalidad, religión, procedencia geográfica o historial migratorio se
transforman en indicadores de riesgo.
El problema es que cuando la
sospecha sustituye a la evidencia, la gestión del riesgo deja de ser una
herramienta de protección para convertirse en un mecanismo de exclusión.
El Mundial 2026 muestra esa
tensión de manera particularmente visible. En nombre de la seguridad se
construyen filtros que afectan de forma desigual a jugadores, árbitros,
periodistas y aficionados según el país del que provengan.
6. El fair play que no empieza en la cancha
A estas alturas, decir que el
Mundial 2026 es "político" es casi un lugar común. Lo que sí vale la
pena subrayar es dónde se está jugando la versión más radical del anti-juego
limpio: en el aparato migratorio del país sede, no en las patadas arteras o en
el VAR.
La FIFA ajusta reglamentos para
sancionar al jugador que se tapa la boca cuando discute, acelerar los saques de
banda o revisar hasta la segunda amarilla con soporte de video, en nombre de la
transparencia y el respeto. Pero guarda silencio frente a un anfitrión que
deporta a un árbitro ya designado, retiene a un goleador siete horas bajo
sospecha y deja a selecciones enteras a merced de vetos opacos.
Si el fair play significa
igualdad de condiciones, aquí se rompe mucho antes del minuto uno. No todos los
equipos llegan por la misma puerta ni con las mismas garantías; no todas las
hinchadas se sientan en la grada con el mismo margen de seguridad. El Mundial
2026 está mostrando que el "juego limpio" no es sólo un asunto de
tarjetas amarillas, sino de visados, listas negras y agentes armados detrás de
la línea de gol.
El Mundial 2026 se presenta como una celebración planetaria.
Sin embargo, detrás de los
estadios inteligentes, las campañas publicitarias y los discursos sobre
diversidad, emerge una pregunta incómoda:
¿Puede hablarse de una fiesta global cuando millones
de personas descubren que la invitación depende de su nacionalidad?
Quizá dentro de algunos años
recordemos los goles, las finales y las figuras del torneo.
Pero también deberíamos recordar
al árbitro que nunca pudo entrar, a los jugadores tratados como sospechosos y a
los aficionados que decidieron no viajar por miedo.
Porque el verdadero escándalo del Mundial 2026 no es lo que
ocurre dentro de la cancha.
Es lo que ocurre en la frontera.
Y allí, el juego limpio termina antes del primer silbatazo.
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