viernes, 29 de mayo de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026: cierto olor a podrido

La ciudad mundialista y la ciudad real
Protección civil a doce días del silbatazo inicial

Por Jose Rafael Moya Saavedra

A doce días de que el mundo ponga los ojos sobre la Ciudad de México, el gobierno capitalino sigue publicando reglas para organizar la fiesta. No es un detalle administrativo. Es una señal de que la ciudad aún está ajustando su arquitectura de riesgos cuando la cuenta regresiva ya entró en sus últimas horas.

La fecha no es menor.

Cuando una ciudad recibe el evento deportivo más importante del planeta, cabría esperar que los instrumentos de gestión integral de riesgos estuvieran consolidados desde meses atrás, probados mediante simulacros, coordinados entre dependencias y plenamente conocidos por organizadores, alcaldías, cuerpos de emergencia y ciudadanía.

Lo que sorprende no es que existan lineamientos. Lo sorprendente es el momento en que aparecen. Si la gestión integral de riesgos pretende anticipar amenazas, resulta paradójico que parte de la regulación específica para los Festivales Futboleros emerja cuando la cuenta regresiva prácticamente ha terminado.

Sin embargo, la publicación de estos lineamientos a escasos días del inicio del torneo deja una pregunta inevitable: ¿la ciudad está terminando de prepararse o apenas está terminando de regularse?

El acuerdo tiene elementos positivos.

Obliga a los Festivales Futboleros a contar con Programas Especiales de Protección Civil. Exige rutas diferenciadas de acceso y salida. Regula aforos, estructuras temporales, instalaciones eléctricas, drones, escenarios, pantallas gigantes y capacitación de brigadas. También establece obligaciones específicas para bares, restaurantes, hoteles y establecimientos mercantiles que pretendan ampliar temporalmente su capacidad de atención durante el torneo.

En apariencia, la ciudad habla el lenguaje correcto.

Prevención.
Mitigación.
Continuidad de operaciones.
Reducción de riesgos.
Resiliencia.

Pero la gestión del riesgo no se mide por la calidad de los documentos. Se mide por la capacidad real para transformar el territorio.

Y es ahí donde comienzan las preguntas incómodas.

Durante años la conversación pública sobre el Mundial se concentró en el Estadio Ciudad de México.

Hoy sabemos que el verdadero desafío se encuentra fuera de él.

El Mundial se derramará sobre plazas públicas, deportivos, parques, corredores turísticos, restaurantes, hoteles, centros comerciales y barrios enteros.

La fiesta no estará contenida en un estadio.

La ciudad completa será el escenario.

Por primera vez el Mundial no se jugará solamente en un estadio. Se jugará también en mercados, parques, deportivos, plazas públicas y barrios enteros.

Y precisamente por eso el aspecto más revelador del acuerdo no es sólo lo que ordena, sino dónde pretende aplicarse.

La narrativa institucional habla de Festivales Futboleros distribuidos en las dieciséis alcaldías.

Detrás de esa expresión aparentemente neutra existen al menos dieciocho espacios concretos que condensan historias, conflictos, desigualdades y riesgos muy distintos entre sí.

Cada sede representa una ciudad diferente.

·       No es lo mismo instalar una pantalla gigante en Plaza Garibaldi que hacerlo en la Central de Abasto.

·       No es lo mismo operar un festival en el Bosque de Tláhuac que en Parque La Bombilla.

·       No es lo mismo gestionar una multitud en una Utopía de Iztapalapa que en un parque de Benito Juárez o Miguel Hidalgo.

Cada espacio tiene historias, vulnerabilidades, conflictos, capacidades institucionales y relaciones sociales propias.

Y sin embargo el acuerdo parece asumir que todos pueden gestionarse mediante una misma lógica administrativa.

Garibaldi, por ejemplo, es uno de los espacios más simbólicos de la ciudad.

Es también un territorio asociado históricamente al turismo nocturno, el consumo de alcohol, la economía informal y la percepción de inseguridad.

Ahí, la narrativa del "festival familiar" convivirá con dinámicas urbanas que existían mucho antes de que la FIFA decidiera llegar a México.

La Central de Abasto presenta otro escenario.

Cada día circulan por ella miles de comerciantes, compradores, vehículos de carga y trabajadores.

Convertir temporalmente ese espacio en una sede de celebración mundialista implica superponer dos ciudades distintas: la ciudad que trabaja y la ciudad que festeja.

La pregunta es sencilla.

¿Puede una infraestructura diseñada para la logística alimentar además una concentración masiva de espectadores sin generar nuevas vulnerabilidades?

En el Bosque de Tláhuac aparece otra tensión.

Lo que para algunos representa una oportunidad económica y recreativa, para otros puede traducirse en ruido, residuos, saturación vial y restricciones temporales al uso cotidiano del espacio público.

Situaciones similares podrían surgir en Parque La Bombilla, Parque Tezozómoc, Parque de las Américas, Parque de la Consolación o Deportivo Xochimilco.

Todos ellos son espacios construidos para la convivencia diaria de los vecinos.

Durante varias semanas funcionarán como infraestructura del espectáculo global.

Y entonces surge una pregunta fundamental: ¿estos espacios serán tratados como territorios vivos o simplemente como escenarios disponibles?

La Gestión Integral de Riesgos enseña que los desastres no son producto exclusivo de las amenazas.

Surgen de la interacción entre exposición, vulnerabilidad y capacidad de respuesta.

Bajo esa lógica, los principales riesgos de los Festivales Futboleros podrían no provenir de una falla estructural ni de una pantalla mal instalada.

Podrían surgir de conflictos mucho más complejos: movilidad insuficiente, saturación vial, comercio informal desbordado, violencia de género, consumo excesivo de alcohol, trata de personas, discriminación, tensiones entre vecinos y autoridades o, simplemente, de la incapacidad material para supervisar simultáneamente dieciocho sedes distribuidas por toda la ciudad durante más de un mes.

Y aquí aparece otra de las grandes ausencias del acuerdo.

La protección civil está claramente desarrollada.

La resiliencia urbana todavía no.

Y la diferencia no es menor.

La protección civil administra emergencias; la gestión integral de riesgos administra vulnerabilidades.

La primera se pregunta qué hacer cuando ocurre una contingencia.

La segunda intenta comprender por qué esa contingencia puede transformarse en desastre.

La protección civil verifica extintores, rutas de evacuación, brigadas y protocolos de respuesta.

La gestión integral de riesgos analiza además las condiciones sociales, económicas, urbanas e institucionales que incrementan la exposición y la vulnerabilidad de las personas frente a una amenaza.

Por ello, mientras los lineamientos dedican páginas completas a señalización, aforos, estructuras temporales y procedimientos administrativos, dedican mucho menos espacio a preguntas fundamentales sobre movilidad, conflictos vecinales, capacidad hospitalaria, participación comunitaria. Y esa omisión resulta particularmente relevante cuando se pretende gestionar concentraciones humanas distribuidas en dieciocho sedes distintas a lo largo de la ciudad.

Tampoco profundizan en otro asunto esencial: la continuidad operativa.

·       ¿Qué ocurrirá si coinciden una lluvia torrencial, una falla eléctrica y una concentración masiva?

·       ¿Qué pasará si colapsan simultáneamente los sistemas de movilidad en varias alcaldías?

·       ¿Qué capacidad hospitalaria estará disponible para atender emergencias múltiples?

·       ¿Qué escenarios se han construido para una contingencia mayor?

Las respuestas no aparecen con claridad.

Y quizá sea porque la prioridad principal no es gestionar el riesgo cotidiano de la ciudad, sino garantizar que la vitrina funcione.

Porque existe una diferencia entre la ciudad que verá la FIFA y la ciudad que viven sus habitantes.

La FIFA verá pantallas gigantes.

Los vecinos vivirán cierres viales.

La FIFA verá derrama económica.

Los residentes enfrentarán saturación de servicios y encarecimiento temporal de la vida cotidiana.

La FIFA verá festivales culturales.

Los barrios vivirán ruido, tránsito y presión sobre sus espacios públicos.

La FIFA verá una ciudad ordenada.

Los habitantes seguirán enfrentando baches, inundaciones, infraestructura envejecida, transporte saturado y riesgos que no desaparecen porque haya comenzado una Copa del Mundo.

La FIFA verá una ciudad lista para la fiesta.

Los vecinos seguirán viviendo una ciudad que todavía batalla con sus riesgos cotidianos.

Porque los reflectores del Mundial duran un mes. Las vulnerabilidades de una ciudad duran años.

En el papel, la ciudad huele a resiliencia. En la calle, muchas veces sigue oliendo a improvisación, a prisa de último minuto, a reglamentos que llegan cuando los escenarios ya están montados y las cámaras internacionales están por encenderse.

Y quizá ahí radica la principal enseñanza de estos lineamientos.

No revelan únicamente cómo se prepara una ciudad para recibir un Mundial.

Revelan cómo una ciudad decide administrar sus riesgos cuando se convierte en escaparate global.

La protección civil aparece entonces como una herramienta indispensable, pero también como un espejo.

Un espejo que refleja nuestras fortalezas institucionales, pero también nuestras carencias.

Porque el Mundial durará unas cuantas semanas.

Porque cuando el último gol se celebre, cuando la última pantalla sea desmontada y cuando los turistas regresen a casa, la ciudad seguirá aquí.

Seguirán aquí las alcaldías.

Seguirán aquí los barrios.

Seguirán aquí los vecinos.

Y seguirán aquí los riesgos.

Entonces sabremos si el Mundial dejó una ciudad más resiliente o simplemente una ciudad mejor maquillada para la fotografía.

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