Otra Perspectiva | México: Anatomía de un punto de
inflexión
Del agravio al reencuentro social
Por Jose Rafael Moya Saavedra
El aire denso de la incertidumbre
México vive en 2025 el momento
más complejo de su historia reciente. No se trata únicamente de un cambio
político o de una crisis económica; es algo más profundo, más íntimo: una
fractura moral que atraviesa a toda la nación. En las calles y en las conversaciones
cotidianas se respira una mezcla de enojo y cansancio, un aire denso que huele
a desencanto.
La violencia se ha vuelto parte
del paisaje: noticias diarias de asesinatos, secuestros y fosas clandestinas se
mezclan con la rutina del trabajo, la escuela o el transporte. Los ciudadanos
ya no se sorprenden, solo intentan sobrevivir. La desconfianza ha desplazado a
la esperanza, y la polarización —alimentada por discursos de odio y
manipulación digital— ha dividido incluso a familias y comunidades.
Sin embargo, bajo ese mismo aire,
algo late. Una conciencia silenciosa que se niega a rendirse. Hay quienes
siguen creyendo que México no puede reducirse a su miedo, que aún hay un país
que merece ser defendido.
Los agravios que pesan sobre la nación
Durante los últimos años, México
ha acumulado una larga lista de heridas. Inseguridad extrema, corrupción
institucional, pobreza creciente, abandono del campo, represión a voces
críticas, feminicidios y ataques a periodistas. Cada agravio suma un grano al
desierto de la desesperanza.
Más de 112 asesinatos
políticos en el primer semestre de 2025, siete periodistas asesinados
y una impunidad que roza el 98%. Los números se repiten en informes y
ruedas de prensa, pero detrás de ellos hay vidas truncadas, familias sin
respuestas y comunidades enteras paralizadas por el miedo.
La economía tampoco alivia el
panorama. La inflación constante en alimentos y energía golpea los bolsillos,
los salarios pierden valor y el empleo digno parece una promesa lejana. El maíz
—símbolo ancestral de nuestra identidad— sufre una crisis silenciosa: sequías,
abandono y desigualdad en la cadena productiva. Lo que antes era orgullo
nacional hoy refleja vulnerabilidad estructural.
Y, sobre todo, persiste la fractura
de confianza: el ciudadano promedio ya no cree en el gobierno, ni en los
partidos, ni en las instituciones de justicia. La palabra pública perdió peso.
Y cuando la palabra pierde valor, la democracia se vuelve ruido.
La fractura moral
Lo más grave de esta crisis no es
solo la violencia visible, sino la violencia interiorizada. Esa que se
expresa en la resignación, en la indiferencia ante el dolor ajeno, en la
normalización del abuso. México no solo ha sido herido en su cuerpo social;
también en su alma cívica.
Vivimos tiempos donde la mentira
se ha vuelto un método y la lealtad se confunde con obediencia. Donde el poder
parece buscar su propia perpetuación más que el bien común. Es aquí donde el
país enfrenta su mayor desafío: recuperar su sentido ético.
No hay futuro posible sin una
base moral que devuelva valor a la palabra, honor al servicio público y
dignidad a la vida humana. No es solo una tarea política, sino espiritual:
volver a creer que el otro importa, que la justicia es posible, que la verdad
sigue siendo necesaria.
Los oasis de resistencia
Y sin embargo, en medio del caos,
México resiste.
·
Resiste en los periodistas que siguen
escribiendo a pesar de las amenazas.
·
Resiste en los campesinos que cultivan maíz en
tierras secas.
·
Resiste en las madres buscadoras que, con pala
en mano, se convierten en símbolo de amor inquebrantable.
·
Resiste en las comunidades que se organizan, en
los maestros que educan sin recursos, en los médicos que curan sin insumos, en
los sacerdotes que abren sus templos como refugio de consuelo y fe.
Esos gestos cotidianos,
invisibles para las estadísticas, sostienen al país más que cualquier decreto o
discurso. Son la expresión viva de una resiliencia colectiva que se
niega a dejarse corromper por el miedo o el cinismo.
En ellos habita la semilla de una
nueva legitimidad: no la que se impone desde el poder, sino la que se construye
desde la coherencia y el ejemplo.
El pacto que aún puede escribirse
México está parado en la línea
que separa la desesperanza del reencuentro. El país puede seguir cayendo en la
fragmentación —cada quien, refugiado en su trinchera, en su fe o en su rencor—,
o puede convertir esta crisis en una oportunidad de renacimiento.
No será fácil. Implica repensar
el poder, rescatar la verdad, dignificar el trabajo, sanar la justicia y volver
a educar en la honestidad. Pero también implica mirar al otro sin odio, volver
a dialogar y reconstruir comunidad.
El reencuentro social no nacerá
de una reforma, sino de una decisión: la de volver a creer en nosotros
mismos.
México ha sobrevivido a
terremotos, dictaduras y crisis económicas. También puede sobrevivir a su
desencanto, si aprende de él.
El punto de inflexión no está en
los palacios, sino en las calles, en las aulas, en los talleres y en las
familias que todavía rezan, trabajan y educan con esperanza.
Porque, al final, la historia no
la escriben los que gritan más fuerte, sino los que se mantienen de pie cuando
todo parece derrumbarse.
México está en el umbral: o se fragmenta en su miedo, o
se reencuentra en su dignidad.
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