martes, 11 de noviembre de 2025


 


Otra Perspectiva | México: Anatomía de un punto de inflexión

Del agravio al reencuentro social

Por Jose Rafael Moya Saavedra

 

El aire denso de la incertidumbre

México vive en 2025 el momento más complejo de su historia reciente. No se trata únicamente de un cambio político o de una crisis económica; es algo más profundo, más íntimo: una fractura moral que atraviesa a toda la nación. En las calles y en las conversaciones cotidianas se respira una mezcla de enojo y cansancio, un aire denso que huele a desencanto.

La violencia se ha vuelto parte del paisaje: noticias diarias de asesinatos, secuestros y fosas clandestinas se mezclan con la rutina del trabajo, la escuela o el transporte. Los ciudadanos ya no se sorprenden, solo intentan sobrevivir. La desconfianza ha desplazado a la esperanza, y la polarización —alimentada por discursos de odio y manipulación digital— ha dividido incluso a familias y comunidades.

Sin embargo, bajo ese mismo aire, algo late. Una conciencia silenciosa que se niega a rendirse. Hay quienes siguen creyendo que México no puede reducirse a su miedo, que aún hay un país que merece ser defendido.

Los agravios que pesan sobre la nación

Durante los últimos años, México ha acumulado una larga lista de heridas. Inseguridad extrema, corrupción institucional, pobreza creciente, abandono del campo, represión a voces críticas, feminicidios y ataques a periodistas. Cada agravio suma un grano al desierto de la desesperanza.

Más de 112 asesinatos políticos en el primer semestre de 2025, siete periodistas asesinados y una impunidad que roza el 98%. Los números se repiten en informes y ruedas de prensa, pero detrás de ellos hay vidas truncadas, familias sin respuestas y comunidades enteras paralizadas por el miedo.

La economía tampoco alivia el panorama. La inflación constante en alimentos y energía golpea los bolsillos, los salarios pierden valor y el empleo digno parece una promesa lejana. El maíz —símbolo ancestral de nuestra identidad— sufre una crisis silenciosa: sequías, abandono y desigualdad en la cadena productiva. Lo que antes era orgullo nacional hoy refleja vulnerabilidad estructural.

Y, sobre todo, persiste la fractura de confianza: el ciudadano promedio ya no cree en el gobierno, ni en los partidos, ni en las instituciones de justicia. La palabra pública perdió peso. Y cuando la palabra pierde valor, la democracia se vuelve ruido.

La fractura moral

Lo más grave de esta crisis no es solo la violencia visible, sino la violencia interiorizada. Esa que se expresa en la resignación, en la indiferencia ante el dolor ajeno, en la normalización del abuso. México no solo ha sido herido en su cuerpo social; también en su alma cívica.

Vivimos tiempos donde la mentira se ha vuelto un método y la lealtad se confunde con obediencia. Donde el poder parece buscar su propia perpetuación más que el bien común. Es aquí donde el país enfrenta su mayor desafío: recuperar su sentido ético.

No hay futuro posible sin una base moral que devuelva valor a la palabra, honor al servicio público y dignidad a la vida humana. No es solo una tarea política, sino espiritual: volver a creer que el otro importa, que la justicia es posible, que la verdad sigue siendo necesaria.

Los oasis de resistencia

Y sin embargo, en medio del caos, México resiste.

·       Resiste en los periodistas que siguen escribiendo a pesar de las amenazas.

·       Resiste en los campesinos que cultivan maíz en tierras secas.

·       Resiste en las madres buscadoras que, con pala en mano, se convierten en símbolo de amor inquebrantable.

·       Resiste en las comunidades que se organizan, en los maestros que educan sin recursos, en los médicos que curan sin insumos, en los sacerdotes que abren sus templos como refugio de consuelo y fe.

Esos gestos cotidianos, invisibles para las estadísticas, sostienen al país más que cualquier decreto o discurso. Son la expresión viva de una resiliencia colectiva que se niega a dejarse corromper por el miedo o el cinismo.

En ellos habita la semilla de una nueva legitimidad: no la que se impone desde el poder, sino la que se construye desde la coherencia y el ejemplo.

El pacto que aún puede escribirse

México está parado en la línea que separa la desesperanza del reencuentro. El país puede seguir cayendo en la fragmentación —cada quien, refugiado en su trinchera, en su fe o en su rencor—, o puede convertir esta crisis en una oportunidad de renacimiento.

No será fácil. Implica repensar el poder, rescatar la verdad, dignificar el trabajo, sanar la justicia y volver a educar en la honestidad. Pero también implica mirar al otro sin odio, volver a dialogar y reconstruir comunidad.

El reencuentro social no nacerá de una reforma, sino de una decisión: la de volver a creer en nosotros mismos.

México ha sobrevivido a terremotos, dictaduras y crisis económicas. También puede sobrevivir a su desencanto, si aprende de él.

El punto de inflexión no está en los palacios, sino en las calles, en las aulas, en los talleres y en las familias que todavía rezan, trabajan y educan con esperanza.

Porque, al final, la historia no la escriben los que gritan más fuerte, sino los que se mantienen de pie cuando todo parece derrumbarse.

México está en el umbral: o se fragmenta en su miedo, o se reencuentra en su dignidad.

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