lunes, 10 de noviembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

El Plan Michoacán: La paz escrita en papel y firmada con sangre

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Entre la retórica y la realidad

En México hay un patrón que se repite con la precisión de una tragedia anunciada: cuando el Estado proclama la paz, lo hace desde un escritorio. Así nació el Plan Michoacán por la Paz y la Justicia, un documento tan extenso como estéril, que promete garantizar seguridad a través de doce ejes y decenas de programas que abarcan desde la educación y el bienestar hasta la infraestructura y el turismo.

Pero más allá del discurso oficial, el plan se revela como lo que es: una plataforma de legitimación política, no una estrategia de pacificación real.

La muerte de Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, evidenció de forma brutal los límites y riesgos de la defensa comunitaria ante el crimen organizado y la ausencia del Estado y lo dejó en evidencia con una brutal claridad. Fue asesinado pocos días antes de que el gobierno federal anunciara el plan. Su ejecución no fue solo un crimen; fue la demostración de que la paz gubernamental se escribe en documentos, mientras la violencia sigue firmando los comunicados con sangre.

El espejismo del control

El plan parte de una premisa atractiva: “garantizar la paz y la seguridad a través de inteligencia, investigación, coordinación y atención a las causas”.

Sin embargo, la lectura del documento revela una estructura repetitiva y superficial. Los apartados sobre “fortalecimiento de la Guardia Nacional” o “unidades de inteligencia” son prácticamente copias de otros planes regionales. Se habla de despliegues, equipamiento y patrullas, pero no de comunidades, liderazgo civil ni reconstrucción institucional.

El texto presume la detención de 180 personas por extorsión, sin mencionar procesos judiciales ni resultados de largo plazo. Es la narrativa clásica del poder que confunde eficacia con estadística, y que cree que detener cuerpos equivale a desmantelar estructuras.

En el terreno, la realidad es otra: los grupos criminales no han perdido el control territorial ni económico; los alcaldes continúan recibiendo amenazas; y los ciudadanos, lejos de sentirse protegidos, perciben a la Guardia Nacional como una fuerza ocupante más que como un cuerpo aliado.

El Estado —otra vez— confunde presencia con confianza, operación con legitimidad.

 La inteligencia sin empatía

El documento presume el despliegue de tecnología e investigación para “detener generadores de violencia”, pero la inteligencia sin empatía es solo vigilancia.

En Michoacán, la violencia no se reduce a estadísticas delictivas: es un ecosistema económico de extorsión, control de mercados, cobro de piso, y administración de la vida cotidiana. Los líderes comunitarios como Manzo no mueren por estar en el lugar equivocado, sino por encarnar una forma distinta de autoridad: la del pueblo que no pide permiso para existir.

Por eso su asesinato es más que un crimen: es un mensaje.

Un recordatorio de que los planes de seguridad que se diseñan sin escuchar a las víctimas ni a los defensores no protegen, sino que desprotegen.

El Estado, que se dice garante de la paz, fue incapaz de activar una alerta, de prevenir el ataque o de brindar acompañamiento. En su silencio, la institucionalidad se convirtió en cómplice por omisión.

El mito de la paz programática

El Plan Michoacán multiplica promesas: escuelas nuevas, electrificación al 99.9 %, clínicas, carreteras y polos de desarrollo. Todo parece perfecto en la infografía; todo se desmorona en la práctica.

Porque no hay un diagnóstico territorial real, ni indicadores de riesgo por municipio, ni un solo mecanismo de seguimiento ciudadano.

El plan confía en los viejos programas —Sembrando Vida, Jóvenes Construyendo el Futuro, Bienestar— como si fueran antídotos universales, pero repite el mismo error estructural: pensar que la pobreza causa la violencia, cuando en realidad la violencia se alimenta de la impunidad.

La pobreza se combate con oportunidades; la impunidad, con justicia. Sin embargo, el gobierno insiste en repartir recursos como si los apoyos sociales bastaran para reconstruir la paz. Mientras se presume que el Estado ha recuperado el control, los cárteles siguen cobrando “derecho de piso” en los mismos pueblos, administrando la economía local a la vista de todos. Porque no hay bienestar posible donde el miedo sigue siendo ley.

El plan no enfrenta el crimen: lo administra.

Carlos Manzo: el costo de la indiferencia

El asesinato de Carlos Manzo es una línea divisoria entre el discurso y la realidad.

Él representaba lo que el Plan Michoacán presume en sus folletos: participación comunitaria, diálogo intercultural, reconstrucción del tejido social. Pero cuando los proyectos de paz no incluyen protección efectiva para quienes los encarnan, se vuelven armas de doble filo.

Manzo no murió por error: lo mataron porque su liderazgo contradecía el modelo de poder vertical.

Era incómodo para las autoridades y para los criminales; por eso el Estado lo dejó solo, atrapado entre dos fuegos.

El mensaje es claro: en México, quien defiende la tierra o los derechos de su comunidad, está más cerca de una lápida que de una audiencia pública.

Su muerte debería sacudir la conciencia nacional, pero el gobierno optó por el silencio administrativo. Ningún protocolo, ninguna comisión, ninguna autocrítica. El Estado que promete justicia no se atrevió ni a nombrarlo.

Y en esa omisión, su plan se volvió epitafio.

El fetiche del mega plan

El Plan Michoacán es el espejo de una obsesión política: convertir la complejidad social en PowerPoint de 80 páginas.

Todo está ahí —los campos, los jóvenes, las mujeres, las carreteras— menos la verdad. Porque la verdad duele: que Michoacán sigue fragmentado; que los pueblos indígenas continúan siendo rehenes de la indiferencia; que los criminales controlan economías completas; y que los funcionarios federales viajan a las regiones más violentas escoltados por quienes supuestamente ya pacificaron el territorio.

Las cifras suenan impresionantes: 57 mil millones de pesos en inversión pública, 39 mil millones en infraestructura, miles de empleos y becas.

Pero la pregunta que el plan nunca contesta es simple: ¿cuánto vale la vida de un defensor comunitario o un presidente municipal?

Porque si la muerte de uno solo de ellos es posible, entonces toda inversión es inútil.

Paz sin justicia: la derrota del Estado

El Plan Michoacán fracasa porque intenta imponer paz sin justicia. Repite la fórmula que ya falló en Guerrero, Oaxaca y Chiapas: más militares, más programas, menos participación ciudadana.

No hay estrategia de prevención de riesgos para defensores de derechos humanos, ni coordinación con organismos civiles, ni protocolos de alerta temprana.

El Estado sigue viendo la seguridad como un asunto de uniformes, cuando es un asunto de confianza y dignidad.

La paz no se decreta; se construye con verdad, con justicia, con protección real a quienes sostienen la esperanza desde abajo.

Michoacán no necesita más planes: necesita valentía política para romper los pactos de impunidad que han convertido la violencia en una forma de gobierno.

Epílogo: la lección de los ausentes

Cada muerte en Michoacán tiene nombre, historia y contexto. Pero el gobierno insiste en convertirlas en cifras.

Carlos Manzo no fue una estadística; fue un símbolo. Y su ausencia debería dolerle al país tanto como la hipocresía de un Estado que presume paz mientras permite ejecuciones selectivas.

El Plan Michoacán llegó tarde porque quiso curar con discurso lo que solo la justicia puede sanar. Llegó tarde porque prefirió aplaudirse en foros que escuchar en asambleas.
Llegó tarde porque confundió gobernar con administrar el miedo.

Y mientras siga llegando tarde, México seguirá enterrando a sus constructores de paz.

 

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