martes, 4 de noviembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

México en la Línea Roja

Memoria, represión y disidencia: del 68 a la Cuarta Transformación

Por Jose Rafael Moya Saavedra

I. El eco que no se apaga

En México, las plazas tienen memoria.

Bajo el concreto de Tlatelolco todavía se escuchan gritos que el tiempo no logró sepultar. No son fantasmas, son advertencias.

Cada vez que un grupo de jóvenes sale a las calles con una pancarta, una consigna o un reclamo, esas voces regresan: recordándonos que el poder tiembla cuando la juventud se organiza.

Han pasado más de cinco décadas desde aquella noche del 2 de octubre de 1968. Pero el país —ese que se prometió democrático, plural, transformado— sigue mirándose en el mismo espejo: el del miedo estatal frente a la disidencia.

Entonces fue el ejército. Hoy, es la Guardia Nacional. Antes fue la censura. Ahora, el algoritmo.

II. Juventud y protesta: la misma chispa, distinto fuego

La historia mexicana tiene un patrón: cuando la juventud levanta la voz, el Estado afila sus argumentos. En 1968, los estudiantes pedían libertad política, diálogo, apertura.

Hoy, sus herederos reclaman seguridad, justicia universitaria, equidad de género.
Los escenarios cambiaron, pero el pulso es idéntico: una generación que se niega a heredar el miedo.

Aquel 68 fue un rugido colectivo que desnudó al régimen priista. El presente, en cambio, se escribe entre hashtags y cercos policiales. Y aunque las balas de plomo fueron sustituidas por escudos y cápsulas antidisturbios, la intención persiste: inmovilizar la esperanza.

III. Del Batallón Olimpia al encapsulamiento digital

El método cambió, pero la lógica no. En 1968, el Estado ordenó rodear la plaza; hoy la policía rodea a los manifestantes.

Antes, los soldados bloqueaban salidas; ahora, los escudos forman muros humanos.
Lo llaman encapsulamiento, pero es el mismo verbo: reprimir.

Los jóvenes del 68 eran acusados de comunistas, de traidores. Los de hoy son “desestabilizadores”, “agitadores”, “infiltrados”.

La palabra se ajusta al tiempo, pero la intención es idéntica: criminalizar la protesta para justificar el miedo del poder.

Y si en el 68 los agentes secretos anotaban nombres en libretas, hoy los algoritmos registran rostros, ubicaciones, hashtags. El espionaje tiene ahora la forma de una notificación.

IV. Los medios: del silencio impreso al ruido digital

En 1968, la verdad se imprimía con tinta censurada. La masacre fue silenciada por los mismos diarios que celebraban los Juegos Olímpicos.

Hoy, los medios ya no están sometidos al dictado directo del gobierno, pero enfrentan un nuevo tipo de mordaza: la de la saturación, la desinformación, el descrédito organizado.

Las redes sociales, que prometieron libertad, también sirven para linchar. Un video, un tuit, una imagen fuera de contexto bastan para desactivar una causa. El Estado ya no necesita callarte: le basta con distraerte.

            Y entre tanto ruido, la verdad vuelve a perderse.

V. La 4T y el espejo de Tlatelolco

La Cuarta Transformación hizo suyo el legado del 68. Cada aniversario, sus líderes juran que “nunca más un Tlatelolco”.

Renombraron calles, inauguraron memoriales, pronunciaron discursos sobre la democracia conquistada. Pero mientras tanto, los cuerpos policiales siguen encapsulando marchas, y las cámaras oficiales siguen apuntando más al manifestante que al responsable.

Claudia Sheinbaum, ante la más reciente marcha estudiantil, dijo que “su gobierno no reprimirá”. Sin embargo, ordenó vigilancia previa, cercos preventivos y declaraciones que deslegitimaban el movimiento.

No hay tanques en las plazas, pero sí drones en el aire y carpetas de investigación abiertas.

            La paradoja es brutal: los herederos del 68 parecen caminar hacia su propia réplica.

VI. Memoria y disidencia: la herida que se convierte en brújula

            Recordar Tlatelolco no es un ejercicio de nostalgia, sino de alerta. La memoria, en un país con vocación por el olvido, se vuelve un acto político.

Cada generación tiene su 68, su plaza, su consigna. La historia se disfraza, pero no cambia: los gobiernos prometen transformación mientras perfeccionan los mecanismos de control.

Y sin embargo, algo sí ha cambiado: la juventud ya no teme. Graba, transmite, documenta, nombra.  Frente a la represión institucional, levanta un nuevo lenguaje de resistencia: el de la imagen, el del dato, el del archivo vivo.

Ahí donde el Estado quiso silencio, los jóvenes construyen memoria.

VII. Colofón: Los herederos frente al espejo

Cada aniversario del 2 de octubre debería recordarnos que la violencia política no se supera con discursos, sino con justicia. Tlatelolco fue el punto de quiebre de un régimen que se creyó eterno.

Hoy, la Cuarta Transformación corre el riesgo de repetir su destino: el del poder que se mira en el espejo del pasado y no reconoce su propio reflejo.

Porque el autoritarismo no siempre lleva uniforme ni dispara balas. A veces usa hashtags, conferencias y abrazos. Y es en ese disfraz donde más peligra la libertad.

México sigue caminando en la línea roja: entre la memoria y el olvido, entre la plaza y el algoritmo, entre la historia que advertimos y la que, si no aprendemos, volveremos a escribir con sangre.

15 de noviembre, el espejo del presente

Este 15 de noviembre, una nueva generación saldrá a las calles. No llevan credenciales de partido ni consignas prestadas. Marchan con teléfonos en la mano y memoria en los ojos. No piden héroes, exigen coherencia. No reclaman privilegios, sino verdad.

Su grito no es el del 68, pero nace del mismo lugar: la desconfianza ante un poder que escucha poco y vigila mucho.

Mientras el gobierno repite que “ya no somos los de antes”, los cercos policiales se forman igual, las carpetas de investigación se abren igual, y los discursos de “orden” vuelven a justificar el miedo.

Y entonces la pregunta cae, pesada y urgente, como una piedra sobre el agua:

¿Será Sheinbaum la Díaz Ordaz del siglo XXI o la primera en romper el ciclo?

El país vuelve a colocarse en el filo: entre la memoria que advierte y la historia que amenaza con repetirse. La línea roja está trazada. Y este 15 de noviembre sabremos si México aprende… o reincide

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