OTRA PERSPECTIVA
México en la Línea Roja
Memoria, represión y disidencia: del 68 a la Cuarta
Transformación
Por Jose Rafael Moya Saavedra
I. El eco que no se apaga
En México, las plazas tienen memoria.
Bajo el concreto de Tlatelolco
todavía se escuchan gritos que el tiempo no logró sepultar. No son fantasmas,
son advertencias.
Cada vez que un grupo de jóvenes
sale a las calles con una pancarta, una consigna o un reclamo, esas voces
regresan: recordándonos que el poder tiembla cuando la juventud se organiza.
Han pasado más de cinco décadas
desde aquella noche del 2 de octubre de 1968. Pero el país —ese que se prometió
democrático, plural, transformado— sigue mirándose en el mismo espejo: el del
miedo estatal frente a la disidencia.
Entonces fue el ejército. Hoy, es
la Guardia Nacional. Antes fue la censura. Ahora, el algoritmo.
II. Juventud y protesta: la misma chispa, distinto fuego
La historia mexicana tiene un
patrón: cuando la juventud levanta la voz, el Estado afila sus argumentos. En
1968, los estudiantes pedían libertad política, diálogo, apertura.
Hoy, sus herederos reclaman
seguridad, justicia universitaria, equidad de género.
Los escenarios cambiaron, pero el pulso es idéntico: una generación que se
niega a heredar el miedo.
Aquel 68 fue un rugido colectivo
que desnudó al régimen priista. El presente, en cambio, se escribe entre
hashtags y cercos policiales. Y aunque las balas de plomo fueron sustituidas
por escudos y cápsulas antidisturbios, la intención persiste: inmovilizar la
esperanza.
III. Del Batallón Olimpia al encapsulamiento digital
El método cambió, pero la lógica
no. En 1968, el Estado ordenó rodear la plaza; hoy la policía rodea a los
manifestantes.
Antes, los soldados bloqueaban
salidas; ahora, los escudos forman muros humanos.
Lo llaman encapsulamiento, pero es el mismo verbo: reprimir.
Los jóvenes del 68 eran acusados
de comunistas, de traidores. Los de hoy son “desestabilizadores”, “agitadores”,
“infiltrados”.
La palabra se ajusta al tiempo,
pero la intención es idéntica: criminalizar la protesta para justificar el
miedo del poder.
Y si en el 68 los agentes
secretos anotaban nombres en libretas, hoy los algoritmos registran rostros,
ubicaciones, hashtags. El espionaje tiene ahora la forma de una notificación.
IV. Los medios: del silencio impreso al ruido digital
En 1968, la verdad se imprimía
con tinta censurada. La masacre fue silenciada por los mismos diarios que
celebraban los Juegos Olímpicos.
Hoy, los medios ya no están
sometidos al dictado directo del gobierno, pero enfrentan un nuevo tipo de
mordaza: la de la saturación, la desinformación, el descrédito organizado.
Las redes sociales, que
prometieron libertad, también sirven para linchar. Un video, un tuit, una
imagen fuera de contexto bastan para desactivar una causa. El Estado ya no
necesita callarte: le basta con distraerte.
Y entre tanto ruido, la verdad vuelve a perderse.
V. La 4T y el espejo de Tlatelolco
La Cuarta Transformación hizo
suyo el legado del 68. Cada aniversario, sus líderes juran que “nunca más
un Tlatelolco”.
Renombraron calles, inauguraron
memoriales, pronunciaron discursos sobre la democracia conquistada. Pero
mientras tanto, los cuerpos policiales siguen encapsulando marchas, y las
cámaras oficiales siguen apuntando más al manifestante que al responsable.
Claudia Sheinbaum, ante la más
reciente marcha estudiantil, dijo que “su gobierno no reprimirá”.
Sin embargo, ordenó vigilancia previa, cercos preventivos y declaraciones que
deslegitimaban el movimiento.
No hay tanques en las plazas,
pero sí drones en el aire y carpetas de investigación abiertas.
La paradoja es brutal: los herederos del 68 parecen
caminar hacia su propia réplica.
VI. Memoria y disidencia: la herida que se convierte en
brújula
Recordar Tlatelolco no es un ejercicio de nostalgia, sino de
alerta. La memoria, en un país con vocación por el olvido, se vuelve un acto
político.
Cada generación tiene su 68, su
plaza, su consigna. La historia se disfraza, pero no cambia: los gobiernos
prometen transformación mientras perfeccionan los mecanismos de control.
Y sin embargo, algo sí ha
cambiado: la juventud ya no teme. Graba, transmite, documenta, nombra. Frente a la represión institucional, levanta
un nuevo lenguaje de resistencia: el de la imagen, el del dato, el del archivo
vivo.
Ahí donde el Estado quiso
silencio, los jóvenes construyen memoria.
VII. Colofón: Los herederos frente al espejo
Cada aniversario del 2 de octubre
debería recordarnos que la violencia política no se supera con discursos,
sino con justicia. Tlatelolco fue el punto de quiebre de un régimen que se
creyó eterno.
Hoy, la Cuarta Transformación
corre el riesgo de repetir su destino: el del poder que se mira en el espejo
del pasado y no reconoce su propio reflejo.
Porque el autoritarismo no
siempre lleva uniforme ni dispara balas. A veces usa hashtags, conferencias y
abrazos. Y es en ese disfraz donde más peligra la libertad.
México sigue caminando en la
línea roja: entre la memoria y el olvido, entre la plaza y el algoritmo, entre
la historia que advertimos y la que, si no aprendemos, volveremos a escribir
con sangre.
15 de noviembre, el espejo del presente
Este 15 de noviembre, una
nueva generación saldrá a las calles. No llevan credenciales de partido ni
consignas prestadas. Marchan con teléfonos en la mano y memoria en los ojos. No
piden héroes, exigen coherencia. No reclaman privilegios, sino verdad.
Su grito no es el del 68, pero
nace del mismo lugar: la desconfianza ante un poder que escucha poco y vigila
mucho.
Mientras el gobierno repite que “ya
no somos los de antes”, los cercos policiales se forman igual, las carpetas
de investigación se abren igual, y los discursos de “orden” vuelven a
justificar el miedo.
Y entonces la pregunta cae,
pesada y urgente, como una piedra sobre el agua:
¿Será Sheinbaum la Díaz Ordaz
del siglo XXI o la primera en romper el ciclo?
El país vuelve a colocarse en el filo: entre la memoria que advierte y la historia que amenaza con repetirse. La línea roja está trazada. Y este 15 de noviembre sabremos si México aprende… o reincide
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