OTRA PERSPECTIVA
“La juventud no necesita medallas: necesita
blindaje”
Opinion de José Rafael Moya Saavedra
El 12 de agosto de 2025, Ana
Karen Sotero Salazar, joven de 23 años de San Isidro del Cobradero Labrador
(CDMX), recibió el Premio de la Juventud capitalino. Pero, en lugar de
limitarse al agradecimiento de rigor, decidió usar el micrófono para decir lo que
pocos se atreven frente a los políticos: que su generación está siendo
abandonada por las instituciones.
Enumeró, uno a uno, los
problemas que vive la juventud: narcotráfico, inseguridad laboral, falta de
acceso real a salud y educación, y reclutamiento forzado por el crimen
organizado.
Mientras hablaba, varios
diputados locales revisaban el celular, conversaban entre ellos o posaban para
selfies. La imagen fue tan elocuente como el discurso: la indiferencia política
no es neutral, es cómplice. Cuando quienes deben legislar y proteger se
desconectan de la realidad de sus gobernados, dejan crecer las amenazas hasta
que se vuelven ingobernables.
Un espejo incómodo para la clase política
Lo que ocurrió ese día no es
un hecho aislado. Es el retrato de un sistema político que escucha solo cuando
conviene, que se siente seguro en su burbuja legislativa y que reacciona tarde
—si es que reacciona— ante las alertas ciudadanas.
La intervención de Ana Karen
fue más que un discurso: fue una radiografía de la distancia entre el poder y
la calle. Y esa distancia se mide en vidas jóvenes truncadas, oportunidades
perdidas y un país que envejece con sus mejores talentos desperdiciados.
Del aplauso al compromiso
Premiar a la juventud mientras
se ignoran sus demandas es un acto vacío. Un reconocimiento público debería
implicar un compromiso verificable: legislar, presupuestar y actuar para cerrar
las brechas que ellos denuncian.
Porque un diploma o una
medalla no sirven de nada si al día siguiente el joven regresa a una colonia
sin seguridad, a un trabajo mal pagado o a un barrio donde el crimen organizado
recluta sin oposición.
Colofón
Cuando los políticos prefieren
distraerse en vez de escuchar, no solo están fallando: están incubando la
próxima crisis. Y que no se engañen: cuando la juventud se harta, no pide
permiso… abre la puerta y cambia la cerradura del poder.
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