OTRA PERSPECTIVA
Epílogo Final
México frente al espejo de sus distopías (2025)
Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra
"No es que vayamos hacia una distopía. Es que ya vivimos en varias... al mismo tiempo." — Reflexión colectiva frente al espejo de México
I. Del relato a la realidad: México, territorio de distopías acumuladas
Las distopías mexicanas han dejado de ser ficciones incómodas para convertirse en la atmósfera de lo cotidiano. Ya no se leen: se experimentan. Se respiran. Se padecen.
En un solo país coexisten la sequía extrema y las inundaciones históricas. En la misma ciudad se cruza el umbral del "Día Cero" mientras crece el negocio del agua embotellada. La desaparición forzada ya no escandaliza: se administra.
La escuela se ha transformado en un teatro de obediencia. La información ya no forma ciudadanía, sino que segmenta y modela conciencias desde algoritmos invisibles. La justicia ha sido secuestrada por el cálculo político, y los jóvenes —ante todo esto— preparan maletas o bajan la mirada.
Vivimos no una, sino muchas distopías superpuestas.
Y las más peligrosas no son las que se imponen con violencia… sino las que se infiltran con normalidad.
La CURP biométrica se convierte en símbolo: vigilancia para los vivos, olvido para los desaparecidos.
Las redes simulan pluralidad, pero dispersan sentido. Los tribunales no juzgan, ejecutan consignas.
Y las aulas, más que despertar pensamiento, recitan el guion oficial.
II. La mirada de los literatos y el poder de leer entre líneas
Ante esta realidad, el papel del arte narrativo —crónica, cuento, novela o ensayo— es más urgente que nunca. Los escritores no sólo advierten: nombran, denuncian, despiertan.
Desde Homero Aridjis y Carlos Fuentes, hasta Valeria Luiselli, Ortuño, Melchor, Nettel o Julián Herbert, la literatura mexicana ha retratado con crudeza las distintas formas del colapso:
la ausencia del Estado, el vacío de la escuela, el vértigo de las redes, la rabia de los jóvenes, el sinsentido del sistema judicial.
Estas obras nos enseñan a leer entre líneas. Y esa es una función vital: rescatar la memoria, el matiz, la disidencia. Detectar la distopía enmascarada. Advertir cuándo el horror ha dejado de escandalizarnos.
Porque la verdadera amenaza no es el totalitarismo declarado, sino la distopía que se volvió costumbre.
III. Reflexión colectiva: ¿cuántas distopías caben en un país?
En México, en 2025, caben tantas distopías como realidades fracturadas. Caben tantas como silencios, como víctimas, como simulacros de justicia, como juventudes sin porvenir.
Pero también cabe algo más: La resistencia.
La de quienes escriben, leen, denuncian, enseñan, preguntan, sueñan.
La de quienes no aceptan la mentira, ni la renuncia, ni el olvido.
Colofón: No estamos condenados a estas distopías
Este epílogo no es un lamento: es un llamado.
A recuperar la palabra como acto de libertad.
A reconstituir comunidad donde hubo dispersión.
A defender la verdad, aunque incomode.
A reclamar futuro, incluso en medio del colapso.
Porque incluso entre ruinas, florece la dignidad.
Porque aún hay voces que resisten desde la trinchera del lenguaje.
Porque, como en toda gran literatura, la historia no se cierra con un punto final… sino con la posibilidad de escribir otra página.

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