OTRA PERSPECTIVA
Distopías Mexicanas IV: El País del Agua
Ausente
Por José Rafael Moya Saavedra
“No
hay recurso más político hoy que el agua.”
México ya no solo se divide en
ideologías o clases sociales: también se parte en su relación con el agua.
Mientras el norte se agrieta bajo el sol, el sur se ahoga entre lluvias
desbordadas. Y en el centro —donde late la capital del país— se racionaliza el
líquido vital con una resignación que debería escandalar.
Vivimos ya en una distopía
climática. Pero la estamos administrando como si fuera una sequía más.
I. Norte seco, sur inundado: país partido por
el clima
Sequía extrema en el norte
Sonora, Chihuahua, Coahuila y
Nuevo León enfrentan una desertificación galopante. Las presas operan por
debajo del 20% de su capacidad; algunas, como la Adolfo Ruiz Cortines, apenas
conservan un 1%. En Chihuahua, la presa Las Lajas se mantiene al 7%. El campo,
las ciudades y las familias están al borde del colapso hídrico.
Inundaciones en el sur
Tabasco, Veracruz, Chiapas y
la costa del Golfo experimentan lluvias torrenciales e irregulares. Las
afectaciones no solo son materiales: cultivos arrasados, pueblos aislados,
enfermedades derivadas de la humedad y desplazamientos silenciosos por agua.
II. La Ciudad de México se acerca al Día Cero
En 284 colonias de 10
alcaldías de la CDMX se vive con cortes tandeados, tambos en patios y pipas
como nueva forma de abastecimiento.
El sistema Cutzamala opera a niveles mínimos históricos, y expertos advierten
que el Día Cero —el momento en que no habrá agua suficiente para
abastecer a la ciudad— podría llegar en 2028.
¿Y qué pasa mientras tanto?
La gente se adapta. Se resigna. Se organiza. Y el gobierno
administra la escasez.
III. El campo que se seca… y se rinde
Las olas de calor, las lluvias
impredecibles y la degradación de los suelos reducen la producción de maíz,
frijol y trigo hasta en un 10% a nivel nacional. En regiones específicas, la
pérdida alcanza el 80%.
Esto no solo amenaza la
seguridad alimentaria: también erosiona el tejido rural, fuerza la migración,
favorece al crimen organizado… y convierte al campesino en especie en
extinción.
IV. El agua como poder: ¿despojo hídrico o
política pública?
Más del 49% del territorio nacional sufre algún grado de
sequía. Pero no todos sufren igual.
“¿Por qué en las casas de los ricos nunca falta
el agua?” es un reclamo tan común como incómodo.
Mientras comunidades rurales y
barrios populares reciben menos, empresas, agroindustrias y gobiernos
intercambian concesiones como si fueran favores o moneda de negociación. El
agua se convierte en instrumento de poder, no en derecho humano.
V. ¿Gobiernos sostenibles… o administradores
del colapso?
El Acuerdo Nacional por el
Derecho Humano al Agua, el Plan Hídrico Nacional 2024–2030 y la Estrategia
Climática 2050 de la CDMX son avances en papel. Pero su implementación real aún
depende de la voluntad política y de frenar los intereses de élites extractivas.
Voces críticas advierten que
las acciones oficiales suelen ser tardías o simbólicas, incapaces de frenar el despojo
hídrico, la inequidad territorial o la expansión de modelos
agrícolas y urbanos insostenibles.
VI. Ecos literarios: la sequía como
advertencia, la novela como espejo
La literatura mexicana del
siglo XX no se limitó a retratar regímenes autoritarios. También anticipó,
con notable intuición, la crisis hídrica y ecológica que hoy
enfrentamos. En estas obras, el agua simboliza más que un recurso: representa
la continuidad de la vida, la dignidad colectiva y el vínculo ético con la
tierra.
Homero Aridjis – La
leyenda de los soles (1993):
“Los ríos bajaban como
hilos enfermos y los lagos eran piel cuarteada de un país que ya no soñaba.”
Un México devastado por el
colapso ambiental, donde la sequía es cataclismo mítico y social.
Carlos Fuentes – Cristóbal
Nonato (1987):
“¿Qué clase de nación
es esta, tan sedienta de orden que aceptó la corrupción como sistema
hidráulico?”
Un país al borde del abismo,
donde la falta de agua y la degradación institucional son parte de la misma
descomposición.
Francisco Martín Moreno – México
Sediento (2008):
“El oro azul se volvió más valioso que el
petróleo, más codiciado que el poder, más sangriento que la droga.”
Una novela que anticipa las
guerras por el agua en un México donde todo se decide a partir de su control.
Marcela del Río – Proceso
a Faubritten (1976):
“Ya no necesitaban soldados para dominar,
bastaba con cortar el suministro.”
Distopía tecnocrática donde el
agua y otros recursos son herramientas de obediencia social.
Gerardo Horacio Porcayo – La
primera calle de la soledad (1993):
“La ciudad entera era un zumbido eléctrico… y bajo
él, cuerpos resecos caminando sin saber si buscaban agua o dignidad.”
Primera novela cyberpunk
mexicana, donde el colapso hídrico se entrelaza con la vigilancia digital y la
desesperanza.
Estas obras nos muestran que la
sequía no solo agrieta la tierra… agrieta también el alma nacional. Nos
advierten que la escasez de agua no es solo un desastre ecológico, sino el
signo de un proyecto civilizatorio en crisis.
VII. El agua no es solo recurso: es destino
Lo que está en juego no es
únicamente el acceso al agua potable. Es la forma en que México existe como
comunidad política y ética.
Un país sin agua no solo será
más pobre.
Será menos habitable, menos justo, menos humano.
Epílogo: ¿Y si resistir también es narrar?
La distopía climática no tiene
uniforme ni villano. Tiene cálculos de omisión, discursos
bienintencionados pero débiles, y una costumbre nacional de adaptarse al
desastre.
Por eso escribir —como lo
hicieron Fuentes, Aridjis, Martín Moreno, Porcayo— es ya una forma de
resistencia.
Porque si todo puede ser escaneado, monitoreado y
privatizado…
la palabra aún puede escapar.
Y aún puede sembrar.
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