martes, 30 de junio de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

El país que siempre vuelve a creer

Por José Rafael Moya Saavedra

No era un partido de fútbol.

Eso decían los analistas, los estadísticos y los especialistas. Hablaban de posesión del balón, de líneas de presión, de porcentajes de efectividad y de probabilidades matemáticas.

Pero en las calles nadie hablaba de eso.

En una fonda de Oaxaca apagaron la televisión para que nadie alabara la mala suerte antes de tiempo. En una estación de bomberos de Monterrey dejaron preparado el camión por si sonaba una emergencia, mientras el partido seguía desde un pequeño radio. En una comunidad pesquera de Yucatán alguien acomodó la antena con la misma ceremonia con la que otros encienden una vela.

Porque el fútbol, en México, nunca ha sido solamente fútbol.

Es el único momento en que millones de personas, que jamás estarán de acuerdo en política, religión o economía, deciden creer exactamente en lo mismo.

Creer.

No ganar.

Creer.

Los niños que nunca vieron jugar a Hugo Sánchez repetían las historias que les contaban sus padres. Los padres recordaban el penal de 1986. Los abuelos todavía podían describir dónde estaban cuando Pelé levantó la Copa en el Azteca.

Cada generación heredaba una derrota como si fuera un recuerdo de familia.

Y, sin embargo, también heredaba la esperanza.

Era extraño.

Los mexicanos aprendían desde pequeños que la vida no siempre premiaba el esfuerzo. Sabían de terremotos, de crisis económicas, de huracanes, de violencia y de despedidas inesperadas.

Pero cada cuatro años ocurría algo imposible.

El país decidía olvidar, durante noventa minutos, todo aquello que parecía dividirlo.

Nadie preguntaba por quién votabas.

Nadie preguntaba cuánto ganabas.

Nadie preguntaba de qué estado venías.

Todos preguntaban exactamente lo mismo.

¿Y si sí?

Esa era la verdadera utopía.

No levantar una copa.

Sino imaginar que un solo gol podía demostrar que el destino también se cansa de repetirse.

Cuando el árbitro silbó el inicio, once jugadores corrieron detrás de un balón.

Pero detrás de ellos corrían millones de historias.

El niño que soñaba con salir del barrio.

La madre que preparó la comida antes del partido para no perderse un minuto.

El migrante que buscó una transmisión clandestina desde otro continente.

El anciano que conservaba la misma camiseta desde hacía treinta años.

Todos corrían al mismo tiempo.

Porque el balón nunca fue solamente un balón.

Era la posibilidad de derrotar una vieja idea: que México siempre llega hasta donde los demás le permiten.

Entonces ocurrió.

No fue una jugada perfecta.

Ni un gol de museo.

Fue un rebote.

Uno de esos accidentes que el fútbol, como la vida, reserva para quienes todavía permanecen ahí cuando todos creen que ya es demasiado tarde.

El estadio quedó en silencio durante una fracción de segundo.

Después vino el grito.

No era un grito de victoria.

Era un grito de liberación.

Como si millones de personas hubieran soltado al mismo tiempo un peso que llevaban décadas cargando.

En ese instante nadie pensó en estadísticas.

Nadie recordó la maldición del quinto partido.

Nadie habló de probabilidades.

Simplemente comprendieron que hay sueños que sobreviven precisamente porque nunca dejan de intentarse.

Y quizá esa sea la verdadera identidad de México.

No la de un país condenado a quedarse cerca.

Sino la de un país que, después de cada derrota, vuelve a reunirse frente a una pantalla con la misma frase de siempre.

"¿Y si sí?"

Porque la esperanza, cuando pertenece a todo un pueblo, también juega de titular.

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