OTRA PERSPECTIVA
El país que siempre vuelve a creer
Por José Rafael Moya Saavedra
No era un partido de fútbol.
Eso decían los analistas, los
estadísticos y los especialistas. Hablaban de posesión del balón, de líneas de
presión, de porcentajes de efectividad y de probabilidades matemáticas.
Pero en las calles nadie hablaba de eso.
En una fonda de Oaxaca apagaron
la televisión para que nadie alabara la mala suerte antes de tiempo. En una
estación de bomberos de Monterrey dejaron preparado el camión por si sonaba una
emergencia, mientras el partido seguía desde un pequeño radio. En una comunidad
pesquera de Yucatán alguien acomodó la antena con la misma ceremonia con la que
otros encienden una vela.
Porque el fútbol, en México, nunca ha sido solamente fútbol.
Es el único momento en que
millones de personas, que jamás estarán de acuerdo en política, religión o
economía, deciden creer exactamente en lo mismo.
Creer.
No ganar.
Creer.
Los niños que nunca vieron jugar
a Hugo Sánchez repetían las historias que les contaban sus padres. Los padres
recordaban el penal de 1986. Los abuelos todavía podían describir dónde estaban
cuando Pelé levantó la Copa en el Azteca.
Cada generación heredaba una derrota como si fuera un
recuerdo de familia.
Y, sin embargo, también heredaba la esperanza.
Era extraño.
Los mexicanos aprendían desde
pequeños que la vida no siempre premiaba el esfuerzo. Sabían de terremotos, de
crisis económicas, de huracanes, de violencia y de despedidas inesperadas.
Pero cada cuatro años ocurría algo imposible.
El país decidía olvidar, durante
noventa minutos, todo aquello que parecía dividirlo.
Nadie preguntaba por quién votabas.
Nadie preguntaba cuánto ganabas.
Nadie preguntaba de qué estado venías.
Todos preguntaban exactamente lo mismo.
—¿Y si sí?
Esa era la verdadera utopía.
No levantar una copa.
Sino imaginar que un solo gol
podía demostrar que el destino también se cansa de repetirse.
Cuando el árbitro silbó el inicio, once jugadores corrieron
detrás de un balón.
Pero detrás de ellos corrían millones de historias.
El niño que soñaba con salir del barrio.
La madre que preparó la comida antes del partido para no
perderse un minuto.
El migrante que buscó una transmisión clandestina desde otro
continente.
El anciano que conservaba la misma camiseta desde hacía
treinta años.
Todos corrían al mismo tiempo.
Porque el balón nunca fue solamente un balón.
Era la posibilidad de derrotar
una vieja idea: que México siempre llega hasta donde los demás le permiten.
Entonces ocurrió.
No fue una jugada perfecta.
Ni un gol de museo.
Fue un rebote.
Uno de esos accidentes que el
fútbol, como la vida, reserva para quienes todavía permanecen ahí cuando todos
creen que ya es demasiado tarde.
El estadio quedó en silencio durante una fracción de
segundo.
Después vino el grito.
No era un grito de victoria.
Era un grito de liberación.
Como si millones de personas
hubieran soltado al mismo tiempo un peso que llevaban décadas cargando.
En ese instante nadie pensó en estadísticas.
Nadie recordó la maldición del quinto partido.
Nadie habló de probabilidades.
Simplemente comprendieron que hay
sueños que sobreviven precisamente porque nunca dejan de intentarse.
Y quizá esa sea la verdadera identidad de México.
No la de un país condenado a quedarse cerca.
Sino la de un país que, después
de cada derrota, vuelve a reunirse frente a una pantalla con la misma frase de
siempre.
"¿Y si sí?"
Porque la esperanza, cuando pertenece a todo un pueblo,
también juega de titular.
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