OTRA PERSPECTIVA
Mundial 2026: un cierto olor a podrido
El Mundial en el país de ICE
La Copa del Mundo promete una fiesta global. En Estados
Unidos, para miles de personas, también puede significar vigilancia, miedo… y
la posibilidad de no salir del estadio igual que entraron.
Por Jose Rafael Moya Saavedra
La gran promesa del Mundial es
siempre la misma: una fiesta global, una suspensión momentánea de las
fronteras, un idioma común de camisetas, himnos y tribunas. Pero en Estados
Unidos, sede de 78 partidos del torneo de 2026, esa promesa choca con una pregunta
mucho menos festiva: ¿qué significa ir al Mundial en el país de ICE?
La pregunta no es retórica.
Organizaciones de derechos humanos y medios han documentado que el
endurecimiento de la política migratoria estadounidense ya se cruza con el
calendario de la FIFA, y que la experiencia reciente del Mundial de Clubes 2025
dejó una advertencia inquietante: el mismo evento que se vende como celebración
global puede funcionar, para miles de personas, como un espacio de vigilancia,
miedo y posible detención.
El estadio no es neutral
Para un turista con visa vigente,
pasaporte en regla y hotel reservado, el Mundial en Estados Unidos puede
parecer la versión más segura del torneo: aeropuertos modernos, operativos
federales, estadios blindados, tecnología antidrones y una red de seguridad
nacional desplegada para proteger el espectáculo.
Pero esa no es la única
experiencia posible. Para migrantes sin documentos, solicitantes de asilo,
familias mixtas, trabajadores latinos con procesos abiertos o incluso
visitantes con temor a revisiones arbitrarias, el estadio no necesariamente
aparece como un lugar de fiesta. Puede aparecer como un punto de exposición.
Ahí está el problema de fondo:
cuando se dice que Estados Unidos será "el lado seguro" del Mundial,
casi nunca se aclara seguro para quién.
El antecedente que rompió la ficción
La preocupación no surge de la
nada. Human Rights Watch documentó que un solicitante de asilo fue detenido por
ICE tras acudir con sus hijos a la final del Mundial de Clubes de 2025 y
posteriormente fue deportado, un caso que la organización presentó como una
señal de alarma para la Copa del Mundo de 2026.
El dato más duro va más allá del
caso individual: entre el 20 de enero y el 15 de octubre, ICE detuvo al menos a
92,392 personas en las ciudades sede del Mundial y sus alrededores, según datos
oficiales analizados por HRW. Ese número no prueba que el torneo vaya a usarse
formalmente para realizar redadas masivas, pero sí demuestra que el Mundial
aterriza en un territorio donde la maquinaria migratoria ya está activa,
aceptada y operando a gran escala.
Por eso el temor de activistas,
sindicatos y comunidades migrantes no se reduce a la paranoia. Responde a una
experiencia reciente y verificable: en Estados Unidos, un evento FIFA ya
coincidió con una detención migratoria grave en las inmediaciones del espectáculo.
Una fiesta con puertas distintas
El problema no es solo ICE como sigla. Es la forma en que la
seguridad estadounidense mezcla protección del evento, control fronterizo y
vigilancia interior bajo una misma lógica.
En la práctica, eso significa varias cosas:
- presencia
de ICE y CBP en contextos vinculados a grandes eventos deportivos
- posibilidad
de operativos en espacios públicos cercanos a estadios, fan zones y
aeropuertos
- revisión
de estatus migratorio y uso de bases de datos para rastrear personas con
órdenes de deportación
- miedo
extendido en comunidades latinas a circular por zonas de alta vigilancia
durante el torneo
Una legisladora estadounidense lo
resumió con una frase que condensa el escándalo moral del asunto: el Mundial
debería unir al mundo, no obligar a las familias a preguntarse si habrá agentes
de ICE esperándolas afuera del estadio.
Esa es, quizá, la imagen más
incómoda del torneo que viene: no la del barrista exaltado ni la del policía
antimotines, sino la de una familia preguntándose si vale la pena ir al partido
si el precio puede ser una detención.
Los latinos llenan la tribuna; ICE llena el fondo
Hay una ironía que atraviesa todo
este debate. Buena parte de la energía cultural y comercial del futbol en
Estados Unidos depende justamente de las comunidades migrantes y latinas que
han llenado estadios, sostenido audiencias, comprado camisetas y convertido al
soccer en un negocio cada vez más rentable.
La afición mexicana,
centroamericana y sudamericana no es periférica en este mercado: es
constitutiva. Sin ese público, el Mundial en Estados Unidos sería otro torneo.
Con ese público, se vuelve un fenómeno de escala continental.
Y, sin embargo, son esas mismas
comunidades las que enfrentan un riesgo diferencial. Reportes recientes
advierten que las políticas migratorias de la administración Trump, la
presencia de ICE en calles y aeropuertos y la posibilidad de operativos en ciudades
santuario ya están afectando decisiones sindicales, laborales y de asistencia
al torneo.
En Los Ángeles, por ejemplo,
trabajadores vinculados al SoFi Stadium pidieron restricciones al acceso de ICE
al recinto durante el Mundial, y el tema llegó incluso al terreno laboral y
sindical. Es una señal importante: el miedo migratorio no solo afecta a los
aficionados, también puede alterar la operación cotidiana del torneo.
El Mundial del miedo
Lo que se dibuja entonces es algo
más que un problema de relaciones públicas para la FIFA. Es una fractura en el
corazón mismo del evento.
La FIFA habla de inclusión,
universalidad y participación global. Pero si el torneo se juega en ciudades
donde comunidades enteras podrían evitar los estadios o las fan zones por temor
a redadas, deportaciones o revisión de papeles, entonces el Mundial deja de ser
universal en la práctica.
No hace falta que haya redadas en
cada partido para que el miedo ya haya ganado. Basta con que exista la
posibilidad creíble de que una salida familiar al estadio se convierta en
contacto con ICE. En política migratoria, el efecto disuasivo funciona precisamente
así: no siempre hay que detener a todos; basta con que suficiente gente crea
que puede ser la siguiente.
Desde esa perspectiva, el Mundial
2026 corre el riesgo de convertirse en otra cosa: no el torneo de la
hospitalidad global, sino el torneo de la bienvenida condicionada.
México cruza la frontera, el miedo también
Para México, este ángulo tiene un
peso especial. No solo porque comparte el torneo con Estados Unidos, sino
porque una parte decisiva del público mexicano y mexicoamericano vive, trabaja
o viaja precisamente en el ecosistema que ICE vigila.
Ir al Mundial en Estados Unidos
no será la misma experiencia para todos los mexicanos. Para algunos será
turismo deportivo; para otros, una decisión atravesada por el miedo. Miedo a
los retenes, a los aeropuertos, a las revisiones de documentos, a los agentes
en los alrededores del estadio, a la posibilidad de que una simple jornada de
futbol se convierta en un expediente migratorio.
Por eso este no es solo un debate
estadounidense. También es una discusión mexicana y latinoamericana sobre qué
significa celebrar un torneo compartido cuando el socio principal organiza la
seguridad con lógica de frontera, sospecha y expulsión.
Lo que la FIFA no quiere mirar
Human Rights Watch ha pedido a la
FIFA que use su influencia para exigir una especie de "tregua con
ICE" durante el Mundial y que garantice que los eventos no se utilicen
para aplicar la ley migratoria. El simple hecho de que una organización de este
peso tenga que plantearlo ya dice mucho sobre el momento.
La discusión, al fondo, no es
solo jurídica. Es política y moral. ¿Puede un torneo que presume unir al mundo
celebrarse en un entorno donde una parte del mundo entra al estadio sabiendo
que otra parte puede ser cazada en sus inmediaciones?
La respuesta de la FIFA ha sido,
hasta ahora, insuficiente. Y ese silencio importa. Porque cuando una
institución global no fija límites claros al poder migratorio del Estado
anfitrión, termina aceptando que la fiesta ocurra bajo condiciones desiguales.
Después del himno
Quizá la imagen más exacta del
Mundial 2026 no sea la del balón rodando, sino la del contraste entre dos
filas: la fila para entrar al estadio y la fila para acreditar que tienes
derecho a seguir en el país.
Eso es lo que vuelve tan incómodo
este torneo. No solo que se juegue entre dispositivos de seguridad masivos,
sino que para millones de personas la seguridad no sea un paraguas, sino un
filtro.
El Mundial promete una fiesta
global. Pero en el país de ICE, la pregunta ya no es solo quién gana en la
cancha. La pregunta es quién puede llegar al estadio sin miedo.
Recuadros
Qué es ICE
El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados
Unidos, conocido como ICE, es la agencia federal encargada de investigar
violaciones a leyes migratorias y ejecutar detenciones, traslados y
deportaciones dentro del país. En el contexto del Mundial, su sola presencia en
ciudades sede altera la percepción de seguridad para comunidades migrantes,
aunque el evento sea presentado oficialmente como una fiesta global.
Qué pidió HRW
Human Rights Watch pidió a la FIFA que use su influencia
para evitar que el Mundial 2026 se convierta en plataforma de aplicación de la
ley migratoria y planteó la necesidad de una "tregua con ICE" durante
el torneo. La organización sostiene que la detención de un solicitante de asilo
tras un evento de FIFA en 2025 demuestra que el riesgo no es teórico.
Qué pasó en el Mundial de Clubes
Durante el Mundial de Clubes 2025 en Estados Unidos,
organizaciones civiles denunciaron la presencia de agencias migratorias y HRW
documentó el caso de un hombre detenido por ICE tras asistir con sus hijos a la
final, que luego fue deportado. Ese antecedente convirtió al torneo de 2026 en
motivo de preocupación para activistas y comunidades latinas.
Dónde se concentra el riesgo
El riesgo migratorio no se distribuye igual en todas las
sedes: se concentra especialmente en grandes áreas metropolitanas con alta
presencia latina, fuerte actividad de ICE y gran afluencia internacional, donde
estadios, aeropuertos y fan zones pueden convertirse en puntos de exposición.
Por eso ciudades estadounidenses del Mundial aparecen no solo como sedes
deportivas, sino como nodos simultáneos de turismo, vigilancia y control
migratorio.
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