miércoles, 6 de mayo de 2026

 


OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026: un cierto olor a podrido

El Mundial en el país de ICE

La Copa del Mundo promete una fiesta global. En Estados Unidos, para miles de personas, también puede significar vigilancia, miedo… y la posibilidad de no salir del estadio igual que entraron.

Por Jose Rafael Moya Saavedra

La gran promesa del Mundial es siempre la misma: una fiesta global, una suspensión momentánea de las fronteras, un idioma común de camisetas, himnos y tribunas. Pero en Estados Unidos, sede de 78 partidos del torneo de 2026, esa promesa choca con una pregunta mucho menos festiva: ¿qué significa ir al Mundial en el país de ICE?

La pregunta no es retórica. Organizaciones de derechos humanos y medios han documentado que el endurecimiento de la política migratoria estadounidense ya se cruza con el calendario de la FIFA, y que la experiencia reciente del Mundial de Clubes 2025 dejó una advertencia inquietante: el mismo evento que se vende como celebración global puede funcionar, para miles de personas, como un espacio de vigilancia, miedo y posible detención.

El estadio no es neutral

Para un turista con visa vigente, pasaporte en regla y hotel reservado, el Mundial en Estados Unidos puede parecer la versión más segura del torneo: aeropuertos modernos, operativos federales, estadios blindados, tecnología antidrones y una red de seguridad nacional desplegada para proteger el espectáculo.

Pero esa no es la única experiencia posible. Para migrantes sin documentos, solicitantes de asilo, familias mixtas, trabajadores latinos con procesos abiertos o incluso visitantes con temor a revisiones arbitrarias, el estadio no necesariamente aparece como un lugar de fiesta. Puede aparecer como un punto de exposición.

Ahí está el problema de fondo: cuando se dice que Estados Unidos será "el lado seguro" del Mundial, casi nunca se aclara seguro para quién.

El antecedente que rompió la ficción

La preocupación no surge de la nada. Human Rights Watch documentó que un solicitante de asilo fue detenido por ICE tras acudir con sus hijos a la final del Mundial de Clubes de 2025 y posteriormente fue deportado, un caso que la organización presentó como una señal de alarma para la Copa del Mundo de 2026.

El dato más duro va más allá del caso individual: entre el 20 de enero y el 15 de octubre, ICE detuvo al menos a 92,392 personas en las ciudades sede del Mundial y sus alrededores, según datos oficiales analizados por HRW. Ese número no prueba que el torneo vaya a usarse formalmente para realizar redadas masivas, pero sí demuestra que el Mundial aterriza en un territorio donde la maquinaria migratoria ya está activa, aceptada y operando a gran escala.

Por eso el temor de activistas, sindicatos y comunidades migrantes no se reduce a la paranoia. Responde a una experiencia reciente y verificable: en Estados Unidos, un evento FIFA ya coincidió con una detención migratoria grave en las inmediaciones del espectáculo.

Una fiesta con puertas distintas

El problema no es solo ICE como sigla. Es la forma en que la seguridad estadounidense mezcla protección del evento, control fronterizo y vigilancia interior bajo una misma lógica.

En la práctica, eso significa varias cosas:

  • presencia de ICE y CBP en contextos vinculados a grandes eventos deportivos
  • posibilidad de operativos en espacios públicos cercanos a estadios, fan zones y aeropuertos
  • revisión de estatus migratorio y uso de bases de datos para rastrear personas con órdenes de deportación
  • miedo extendido en comunidades latinas a circular por zonas de alta vigilancia durante el torneo

Una legisladora estadounidense lo resumió con una frase que condensa el escándalo moral del asunto: el Mundial debería unir al mundo, no obligar a las familias a preguntarse si habrá agentes de ICE esperándolas afuera del estadio.

Esa es, quizá, la imagen más incómoda del torneo que viene: no la del barrista exaltado ni la del policía antimotines, sino la de una familia preguntándose si vale la pena ir al partido si el precio puede ser una detención.

Los latinos llenan la tribuna; ICE llena el fondo

Hay una ironía que atraviesa todo este debate. Buena parte de la energía cultural y comercial del futbol en Estados Unidos depende justamente de las comunidades migrantes y latinas que han llenado estadios, sostenido audiencias, comprado camisetas y convertido al soccer en un negocio cada vez más rentable.

La afición mexicana, centroamericana y sudamericana no es periférica en este mercado: es constitutiva. Sin ese público, el Mundial en Estados Unidos sería otro torneo. Con ese público, se vuelve un fenómeno de escala continental.

Y, sin embargo, son esas mismas comunidades las que enfrentan un riesgo diferencial. Reportes recientes advierten que las políticas migratorias de la administración Trump, la presencia de ICE en calles y aeropuertos y la posibilidad de operativos en ciudades santuario ya están afectando decisiones sindicales, laborales y de asistencia al torneo.

En Los Ángeles, por ejemplo, trabajadores vinculados al SoFi Stadium pidieron restricciones al acceso de ICE al recinto durante el Mundial, y el tema llegó incluso al terreno laboral y sindical. Es una señal importante: el miedo migratorio no solo afecta a los aficionados, también puede alterar la operación cotidiana del torneo.

El Mundial del miedo

Lo que se dibuja entonces es algo más que un problema de relaciones públicas para la FIFA. Es una fractura en el corazón mismo del evento.

La FIFA habla de inclusión, universalidad y participación global. Pero si el torneo se juega en ciudades donde comunidades enteras podrían evitar los estadios o las fan zones por temor a redadas, deportaciones o revisión de papeles, entonces el Mundial deja de ser universal en la práctica.

No hace falta que haya redadas en cada partido para que el miedo ya haya ganado. Basta con que exista la posibilidad creíble de que una salida familiar al estadio se convierta en contacto con ICE. En política migratoria, el efecto disuasivo funciona precisamente así: no siempre hay que detener a todos; basta con que suficiente gente crea que puede ser la siguiente.

Desde esa perspectiva, el Mundial 2026 corre el riesgo de convertirse en otra cosa: no el torneo de la hospitalidad global, sino el torneo de la bienvenida condicionada.

México cruza la frontera, el miedo también

Para México, este ángulo tiene un peso especial. No solo porque comparte el torneo con Estados Unidos, sino porque una parte decisiva del público mexicano y mexicoamericano vive, trabaja o viaja precisamente en el ecosistema que ICE vigila.

Ir al Mundial en Estados Unidos no será la misma experiencia para todos los mexicanos. Para algunos será turismo deportivo; para otros, una decisión atravesada por el miedo. Miedo a los retenes, a los aeropuertos, a las revisiones de documentos, a los agentes en los alrededores del estadio, a la posibilidad de que una simple jornada de futbol se convierta en un expediente migratorio.

Por eso este no es solo un debate estadounidense. También es una discusión mexicana y latinoamericana sobre qué significa celebrar un torneo compartido cuando el socio principal organiza la seguridad con lógica de frontera, sospecha y expulsión.

Lo que la FIFA no quiere mirar

Human Rights Watch ha pedido a la FIFA que use su influencia para exigir una especie de "tregua con ICE" durante el Mundial y que garantice que los eventos no se utilicen para aplicar la ley migratoria. El simple hecho de que una organización de este peso tenga que plantearlo ya dice mucho sobre el momento.

La discusión, al fondo, no es solo jurídica. Es política y moral. ¿Puede un torneo que presume unir al mundo celebrarse en un entorno donde una parte del mundo entra al estadio sabiendo que otra parte puede ser cazada en sus inmediaciones?

La respuesta de la FIFA ha sido, hasta ahora, insuficiente. Y ese silencio importa. Porque cuando una institución global no fija límites claros al poder migratorio del Estado anfitrión, termina aceptando que la fiesta ocurra bajo condiciones desiguales.

Después del himno

Quizá la imagen más exacta del Mundial 2026 no sea la del balón rodando, sino la del contraste entre dos filas: la fila para entrar al estadio y la fila para acreditar que tienes derecho a seguir en el país.

Eso es lo que vuelve tan incómodo este torneo. No solo que se juegue entre dispositivos de seguridad masivos, sino que para millones de personas la seguridad no sea un paraguas, sino un filtro.

El Mundial promete una fiesta global. Pero en el país de ICE, la pregunta ya no es solo quién gana en la cancha. La pregunta es quién puede llegar al estadio sin miedo.

Recuadros

Qué es ICE

El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, conocido como ICE, es la agencia federal encargada de investigar violaciones a leyes migratorias y ejecutar detenciones, traslados y deportaciones dentro del país. En el contexto del Mundial, su sola presencia en ciudades sede altera la percepción de seguridad para comunidades migrantes, aunque el evento sea presentado oficialmente como una fiesta global.

Qué pidió HRW

Human Rights Watch pidió a la FIFA que use su influencia para evitar que el Mundial 2026 se convierta en plataforma de aplicación de la ley migratoria y planteó la necesidad de una "tregua con ICE" durante el torneo. La organización sostiene que la detención de un solicitante de asilo tras un evento de FIFA en 2025 demuestra que el riesgo no es teórico.

Qué pasó en el Mundial de Clubes

Durante el Mundial de Clubes 2025 en Estados Unidos, organizaciones civiles denunciaron la presencia de agencias migratorias y HRW documentó el caso de un hombre detenido por ICE tras asistir con sus hijos a la final, que luego fue deportado. Ese antecedente convirtió al torneo de 2026 en motivo de preocupación para activistas y comunidades latinas.

Dónde se concentra el riesgo

El riesgo migratorio no se distribuye igual en todas las sedes: se concentra especialmente en grandes áreas metropolitanas con alta presencia latina, fuerte actividad de ICE y gran afluencia internacional, donde estadios, aeropuertos y fan zones pueden convertirse en puntos de exposición. Por eso ciudades estadounidenses del Mundial aparecen no solo como sedes deportivas, sino como nodos simultáneos de turismo, vigilancia y control migratorio.

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