OTRA PERSPECTIVA
Mundial 2026: un cierto olor a podrido
El otro lado de la seguridad
Mientras México negocia con su violencia, Estados
Unidos blinda el Mundial con vigilancia, control migratorio y poder militar.
Por Jose Rafael Moya Saavedra
En el primer texto, el Mundial apareció como una operación
de seguridad.
En el segundo, como un negocio en disputa.
Este tercero muestra algo más incómodo: la seguridad también
es una forma de poder.
Porque si México despliega el
Plan Kukulkán para demostrar que todavía puede controlar su territorio, Estados
Unidos organiza el mismo torneo desde otro lugar: no desde la necesidad de
probar capacidad, sino desde la capacidad de imponer reglas.
Y esa diferencia importa.
Se suele decir que Estados Unidos es el lado
"seguro" del Mundial.
Pero la pregunta correcta no es si es seguro.
Es: ¿para quién?
1. EL MITO DE LO SEGURO
Estados Unidos llega al Mundial con una ventaja evidente:
capacidad estatal.
Más recursos, más tecnología, más
coordinación entre agencias federales, más presupuesto y más margen de maniobra
para desplegar operativos de gran escala. A diferencia de México, que necesita
convencer a la FIFA de que puede blindar tres sedes bajo sospecha, Estados
Unidos organiza el torneo desde una posición de fuerza institucional y
simbólica.
El discurso oficial es claro: el
país puede garantizar la seguridad del Mundial.
Y, en términos técnicos, probablemente tenga razón.
Solo que esa seguridad no es neutra.
Se construye sobre vigilancia
intensiva, despliegue policial masivo, inversión en sistemas antidrones,
monitoreo digital, ciberseguridad y coordinación directa del Departamento de
Seguridad Nacional. A eso se suma un dato clave: solo en tecnología de defensa
aérea y control de drones, Washington ha comprometido más de 115 millones de
dólares rumbo al torneo. El Mundial será tratado, en la práctica, como un
asunto de seguridad nacional.
Pero la potencia del aparato no
cancela sus grietas. Responsables de seguridad y transporte han advertido
retrasos presupuestales, dificultades para entrenar suficiente personal
aeroportuario y complicaciones derivadas del cierre parcial de agencias federales.
Es decir: la maquinaria existe, pero no opera en un vacío perfecto.
Por eso el mito de lo seguro
conviene matizarlo. Estados Unidos no es un territorio libre de amenazas.
Es un país con enorme capacidad
para responder a ellas... incluso cuando esa respuesta implique vigilar más,
militarizar más y concentrar más poder.
2. SEGURIDAD COMO VIGILANCIA
El Mundial en Estados Unidos no se prepara solo con
policías.
Se prepara con:
- sistemas
antidrones
- Monitoreo
Digital
- Inteligencia
artificial
- ciberseguridad
- Vigilancia
Aérea
- coordinación
del Departamento de Seguridad Nacional, el FBI y agencias locales
Es un modelo donde la amenaza no
es solo territorial, como en México, sino también global: terrorismo,
ciberataques, sabotaje digital, actores hostiles extranjeros, disturbios
internos y amenazas híbridas.
La respuesta es proporcional a
esa visión del mundo: más tecnología, más control, más vigilancia.
Ahí está una diferencia crucial
con México. Del lado mexicano, la gran novedad consiste en presentar
tecnologías como IA, monitoreo en la dark web y sistemas antidrones como parte
de un esfuerzo extraordinario —el famoso Plan Kukulkán— para demostrar capacidad
ante la FIFA. Del lado estadounidense, esas herramientas no son una novedad:
forman parte del ecosistema habitual de seguridad de un Estado que lleva años
integrando guerra exterior, inteligencia interior y vigilancia digital bajo la
misma lógica operativa.
En México, el aparato se monta
para el Mundial. En Estados Unidos, el Mundial se monta sobre un aparato que ya
existe.
Y esa diferencia cambia por completo el significado de la
palabra seguridad.
Porque en este modelo, la
seguridad deja de ser solo protección... y se convierte en supervisión
permanente.
3. ICE, CBP Y EL
MUNDIAL QUE NO TODOS VIVEN IGUAL
Hay un elemento que cambia
completamente la conversación: la participación de agencias migratorias como
ICE y CBP.
En eventos recientes vinculados a
FIFA, estas agencias ya han estado presentes en estadios y ciudades sede,
recordando a los asistentes la necesidad de acreditar su situación migratoria.
La experiencia del Mundial de Clubes 2025 fue especialmente reveladora: para el
aparato federal, la presencia de ICE y CBP se presentó como parte del protocolo
de seguridad; para organizaciones civiles y comunidades migrantes, fue una
advertencia.
El mensaje era simple y brutal: no
todos están igual de bienvenidos.
Human Rights Watch documentó un
caso que lo resume con crudeza: un solicitante de asilo fue detenido y
expulsado después de acudir con sus hijos a un evento ligado a FIFA. Más
ampliamente, la organización reportó decenas de miles de detenciones realizadas
por ICE en ciudades que serán sede del Mundial 2026. Visto así, el torneo no
solo se cruza con la política migratoria: se monta dentro de ella.
Para algunos aficionados, la
presencia de estas agencias puede parecer un detalle más del operativo. Para
otros —personas sin documentos, migrantes con procesos abiertos, familias
mixtas, comunidades latinas racializadas— el estadio deja de ser un espacio de
fiesta global y se convierte en un lugar donde pueden ser observados,
identificados, rastreados y eventualmente removidos.
Eso cambia por completo la pregunta sobre la seguridad.
No se trata solo de quién está
protegido frente a un atentado o un disturbio. Se trata también de quién entra
al dispositivo como posible amenaza.
Y ahí el Mundial estadounidense
revela una verdad incómoda: la seguridad no se distribuye de forma igualitaria.
Se ofrece como protección para algunos y se experimenta como control para
otros.
En ese sentido, el torneo puede
convertirse en una vitrina de hospitalidad para el turista internacional con
papeles en regla, al mismo tiempo que funciona como una zona de riesgo para
millones de personas que viven en esas ciudades bajo la sombra de ICE.
4. GUERRA AFUERA, CONTROL ADENTRO
Estados Unidos llega al Mundial en un contexto de alta
tensión internacional.
Conflictos abiertos, operaciones
exteriores, narrativa renovada de guerra contra amenazas globales y alertas
constantes por terrorismo, sabotaje digital y seguridad de infraestructura
crítica. En otras palabras: no es que el Mundial active una lógica de guerra;
es que el Mundial aterriza en un país que ya vive en clave de guerra
permanente.
Eso se traduce en un enfoque claro:
- alertas
de seguridad elevadas
- refuerzo
de defensa aérea
- Protocolos
Federales Extraordinarios
- posibilidad
de intervención directa en ciudades sede
- coordinación
entre seguridad interior y aparatos construidos para amenazas exteriores
El modelo es distinto al mexicano.
México enfrenta una violencia
territorial, fragmentada, con actores locales y regionales que disputan plazas,
rutas y mercados criminales. Estados Unidos enfrenta —o dice enfrentar—
amenazas globales, y responde con concentración de poder, vigilancia digital y
despliegue federal.
En ambos casos, la seguridad es
central. Pero no significa lo mismo.
En México, la seguridad del
Mundial se vende como prueba de que el Estado todavía puede controlar lo
suficiente como para no perder sedes.
En Estados Unidos, la seguridad se da por sentada como facultad soberana: una
capacidad para ordenar el territorio, la movilidad y los cuerpos que lo
transitan.
Por eso, mientras México hace
diplomacia de seguridad, Estados Unidos ejerce seguridad como hegemonía.
5. DOS MODELOS, UN
MISMO TORNEO
El Mundial 2026 no se jugará en un solo país.
Se jugará en dos modelos de seguridad.
En México:
- Violencia
visible
- necesidad
de demostrar control
- seguridad
como negociación internacional
- blindaje
extraordinario para unas semanas específicas
En Estados Unidos:
- Control
estructural
- capacidad
de vigilancia extendida
- seguridad
como ejercicio cotidiano de poder
- integración
entre seguridad del evento, política migratoria y lógica de guerra
permanente
La diferencia no es solo técnica.
Es política.
México intenta demostrar que
todavía es capaz de producir seguridad "de vitrina" durante unas
cuantas semanas, aunque esa burbuja conviva con fosas, hallazgos de restos
humanos, secuestros y extorsión alrededor de las ciudades sede. Estados Unidos
no necesita demostrar que puede montar la vitrina: su vitrina es el propio
aparato con el que administra fronteras, amenazas globales, aeropuertos, datos
y flujos humanos.
Dicho de otro modo: México
negocia con su fragilidad. Estados Unidos organiza desde su capacidad de
imponer.
Pero eso no vuelve más justa su
seguridad. Solo la vuelve más eficaz para decidir quién pertenece, quién
circula y quién queda bajo sospecha.
6. LA PREGUNTA DE FONDO
Al final, la discusión no es cuál país es más seguro.
Es qué entendemos por seguridad.
¿Ausencia de violencia visible?
¿Capacidad de control estatal?
¿Protección para todos... ¿o solo para algunos?
¿Un estadio blindado cuenta como espacio seguro si parte de su público entra
con miedo a ser vigilado por agencias migratorias?
Porque un recinto puede estar
perfectamente protegido frente a drones, ciberataques o disturbios... y aun así
no ser un espacio igual para todos los que lo pisan.
Ahí está la gran paradoja del Mundial 2026.
En México, el riesgo consiste en
que la violencia se administre para que no se vea.
En Estados Unidos, el riesgo consiste en que el orden se imponga de tal forma
que ya no se discuta a quién excluye.
Por eso la pregunta decisiva no
es si el torneo será seguro. La pregunta es para quién será vivible.
CIERRE
El Mundial promete ser una fiesta global.
Pero no todos la viven igual.
En un lado, la violencia se administra para que no se vea.
En el otro, el orden se impone para que no se cuestione.
Y entre ambos modelos, el torneo avanza.
Porque en el fútbol, como en la política, la seguridad no
solo protege.
También clasifica.
También vigila.
También decide quién pertenece... y quién no.
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