Mundial 2026: un cierto olor a podrido
El negocio fuera de la cancha
Lo que México pierde si le quitan partidos: dinero,
empleo... y una red de economías locales que ya apostaron por el Mundial.
Por Jose Rafael Moya Saavedra
El Mundial no solo se juega en la cancha.
Se juega en reservas de hotel, contratos firmados, inversiones ejecutadas... y
expectativas que ya empezaron a gastarse antes de que ruede el balón.
Por eso, cuando se habla de mover partidos fuera de México,
la discusión suele quedarse en la seguridad o en la imagen del país. Pero hay
otra dimensión, menos visible y más concreta: el dinero.
Y ese dinero ya tiene dueño.
1. LO QUE ESTÁ EN
JUEGO
Las estimaciones más consistentes
apuntan a que el Mundial de 2026 podría dejar en México entre 2,700 y
3,000 millones de dólares en derrama económica directa. Turismo,
consumo, servicios, empleos temporales... y un empujón al crecimiento económico
de hasta 0.1–0.14 puntos del PIB.
Se habla de:
- hasta 100,000
empleos directos e indirectos vinculados al torneo
- entre 500,000
y 1,000,000 de visitantes internacionales que pasarían por sedes
mexicanas
- miles
de millones de pesos circulando en cuestión de semanas, sobre inversiones
que ya hoy se contabilizan en presupuestos públicos y planes de negocio
privados
Consultoras y despachos
especializados lo han dicho con crudeza: "cancelar" o mover el
Mundial en México sería económicamente inviable, porque implicaría tirar a la
basura presupuestos de obra, contratos y reservas que ya se ejecutaron.
Pero el dato más importante no es
cuánto se va a ganar... sino cuántas decisiones ya se tomaron esperando ese
dinero.
Mover partidos no elimina toda la
derrama —parte de la inversión ya está hecha—, pero sí recorta el flujo real de
consumo que activa la economía local.
Y ahí es donde el impacto deja de ser abstracto.
2. LA ECONOMÍA QUE NO SALE EN LA TRANSMISIÓN
El Mundial no es solo estadios llenos.
Es una cadena.
En la Ciudad de México,
no solo gana el Estadio Azteca. Ganan los hoteles de cadena en Reforma y
Polanco, pero también los hostales del Centro y las rentas temporales en
colonias intermedias; los restaurantes, los bares de barrio, el transporte, los
guías turísticos, las agencias que organizan tours, los proveedores de sonido,
montaje y limpieza. Toda una red de negocios que orbita alrededor de unos
cuantos días de partido.
Desde el gobierno, Clara Brugada
repite que la capital "llegará segura" al Mundial: presume
reducciones acumuladas en delitos de alto impacto y un sistema de
videovigilancia reforzado con decenas de miles de cámaras nuevas. El mensaje
oficial es claro: la CDMX está lista para recibir a los visitantes sin
sobresaltos. Pero mientras las autoridades hablan de seguridad, quienes viven
del turismo y de los servicios cuentan otra historia: la de obras alrededor del
estadio, reordenamientos viales y reubicaciones comerciales que ya absorbieron
costos sin haber visto todavía un solo minuto de juego.
En Guadalajara, el
efecto se extiende hacia corredores turísticos como Chapala y Tequila, donde se
proyectan flujos extraordinarios de visitantes, tours a destilerías y
ocupaciones hoteleras que duplican o triplican un fin de semana normal.
Restaurantes, bares, transportistas y guías ya hicieron sus cuentas con base en
esas proyecciones.
El gobernador Pablo Lemus, por su
parte, viaja y concede entrevistas para garantizar que "las tres sedes de
Jalisco están seguras" y que las preocupaciones por violencia son, en
buena medida, "cuestiones de percepción". Presume inversiones
millonarias en centros de inteligencia y operativos extendidos a Pueblos
Mágicos como Tequila y Tapalpa, para que la experiencia del visitante sea
impecable. La paradoja es que esa misma metrópoli carga con hallazgos de bolsas
con restos humanos y fosas clandestinas a pocos kilómetros del Estadio Akron,
documentados por colectivos de búsqueda y medios locales. El paisaje del
Mundial convive con un subsuelo de violencia que no aparece en las postales.
En Monterrey, la
lógica es similar: hoteles de negocio que apuestan por combinar turismo
corporativo y futbolero; cadenas restauranteras, bares y centros comerciales
alrededor del Estadio BBVA; empresas de logística y transporte que ya se
preparan para picos de demanda; proveedores industriales que adecuaron
estacionamientos, accesos y servicios en torno al recinto.
Mientras tanto, Samuel García
instala una "mesa FIFA" de coordinación de seguridad, presume que
Nuevo León vive "sus mejores cifras en 15 años" e inaugura un C5
desde el cual se monitoreará el torneo. El discurso es de control y modernidad.
Al mismo tiempo, su propio gobierno admite que tendrá que concentrar fuerzas en
corredores como la autopista Monterrey–Laredo, donde los robos y secuestros
cometidos por falsos policías llevan años afectando a transportistas y
viajeros.
Si un partido se mueve, no pierde
solo la sede. Pierde toda esa red. Porque alguien ya invirtió, alguien ya
contrató, alguien ya apostó.
Y en algunos casos, pierde dos veces: porque ya absorbió los
costos... sin recibir los beneficios.
2,5. QUIÉN PAGA LA CUENTA SI SE VA UN PARTIDO
Cuando alguien propone "por
seguridad" mover un partido a Houston, la frase suena técnica. Pero detrás
hay una lista muy concreta de perdedores:
- Gobiernos
locales que destinaron miles de millones de pesos a obras de
acceso, movilidad, imagen urbana y seguridad extra alrededor de los
estadios.
- Empresarios que
remodelaron hoteles, ampliaron restaurantes, tomaron créditos para adecuar
locales o invertir en nuevas sucursales.
- Trabajadores contratados
para la "temporada Mundial": meseros, choferes, guías, personal
de limpieza, seguridad, organización de eventos.
- Proveedores
secundarios: imprentas, empresas de publicidad exterior, catering,
empresas de sonido, de montaje, de renta de mobiliario, que ataron parte
de su año a unas cuantas fechas del calendario.
Del otro lado de la frontera,
ciudades como Houston y Dallas no se quedan cruzadas de brazos: autoridades
texanas han tejido alianzas con Monterrey para "coordinar esfuerzos"
rumbo al torneo, explorar paquetes turísticos compartidos y reforzar su propia
infraestructura. Nadie lo dice así en público, pero la lógica es evidente: si
un partido se mueve, no desaparece; se reubica en alguna ciudad que también
está haciendo fila para quedarse con la derrama.
Mover un partido no es solo
cambiar de estadio.
Es decidir quién se queda con el
negocio y quién se traga los costos hundidos.
3. EL MUNDIAL COMO OPORTUNIDAD CRIMINAL
Hay otro ángulo que rara vez se
aborda con claridad: el Mundial también amplía el mercado para el crimen.
No necesariamente en forma de
violencia espectacular, sino en delitos más rentables y menos visibles:
- venta
de boletos falsos
- fraudes
en hospedaje y renta vacacional
- extorsión
a comercios y prestadores de servicios alrededor de sedes y fan zones
- secuestros
exprés y "virtuales"
- trata
de personas y explotación sexual
- robos
dirigidos a turistas y transporte turístico
Análisis recientes han enumerado
hasta ocho "áreas de oportunidad" para el crimen organizado durante
el Mundial, basados en entrevistas con especialistas en seguridad: no se trata
de que el torneo invente delitos nuevos, sino de que concentra más víctimas
potenciales y más efectivo en espacios y tiempos acotados.
Un investigador lo describía sin
eufemismos: el Mundial es un "Black Friday" del delito de
oportunidad. Más gente, más prisa, más dinero en efectivo y más margen para que
los grupos que ya controlan la plaza cobren su peaje.
Es decir: el torneo no solo atrae
visitantes... también multiplica oportunidades de negocio para estructuras
criminales que ya operan en esos territorios.
El riesgo no es solo que pase algo grave.
Es que pase lo que ya pasa... pero a mayor escala.
4. ENTRE EL MIEDO Y LA REALIDAD
En ese contexto aparece una
narrativa recurrente: la idea de que el Mundial podría convertirse en escenario
de "revancha" del crimen organizado.
Pero conviene separar con cuidado.
Una cosa son los riesgos Probables —fraudes,
extorsión, delitos de oportunidad—, ampliamente documentados en otros mundiales
y en eventos masivos dentro de México.
Y otra, muy distinta, es la
hipótesis de ataques espectaculares contra turistas extranjeros, pensados como
mensajes políticos.
Hasta ahora, los análisis más
serios muestran que los grupos criminales operan bajo lógica de negocio y
control territorial, no de confrontación directa con actores internacionales
que puedan detonar respuestas fuera de su alcance. Para los cárteles, un turista
suele ser un cliente, una mercancía o una víctima rentable, no un objetivo
estratégico; matar aficionados de forma masiva sería dispararse no en el pie,
sino en la cabeza.
Eso no elimina el riesgo. Pero sí
obliga a entenderlo con precisión.
Y obliga también a mirar más allá
de los nombres rimbombantes: la discusión no puede quedarse solo en planes como
Kukulkán o en conferencias donde se anuncian drones e inteligencia artificial.
Para el comerciante, el taxista o la trabajadora migrante, la pregunta es otra:
quién los protégé de los delitos que ya conocen cuando llegue una avalancha de
gente que no conocen.
5. LO QUE REALMENTE SE JUEGA
Al final, la discusión sobre
mover o no partidos del Mundial no es solo deportiva, ni siquiera
exclusivamente política.
Es económica.
Cada partido que se mantiene en
México sostiene una red de ingresos, empleos y decisiones que ya se tomaron.
Cada partido que se pierde abre
un vacío que no siempre se puede recuperar: reservas canceladas, créditos que
hay que pagar igual, trabajos temporales que se esfuman antes de empezar.
Y en medio, un ruido de fondo:
mientras México hace cuentas y despliega su propio teatro de seguridad, Estados
Unidos se prepara a su manera, con ejército, agencias federales y la presencia
de policías migratorias como ICE y CBP en estadios y ciudades sede. El mismo
Mundial se jugará en dos modelos de seguridad distintos: uno que quiere probar
que aún controla su violencia territorial, y otro que normaliza la guerra
permanente y la cacería migratoria como parte del espectáculo.
Porque el Mundial no solo deja dinero... también deja huecos
cuando no ocurre como se esperaba.
CIERRE
El balón rueda noventa minutos. Pero
el negocio empieza mucho antes... y puede venirse abajo mucho después.
Mover partidos no sería solo una
decisión técnica. Sería alterar una economía que ya apostó por el espectáculo y
redistribuir quién gana y quién pierde en la cadena.
Y en ese terreno, el Mundial
también se gana —o se pierde— fuera de la cancha.
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