OTRA PERSPECTIVA
Mundial 2026: la ciudad detrás del espectáculo
Por José Rafael Moya Saavedra
Durante un mes, la Ciudad de México intentará parecerse a la versión de sí misma que quiere exportar al mundo.
- · Pantallas gigantes.
- · Corredores turísticos blindados.
- · Transporte vigilado.
- · Policías bilingües.
- · Campañas de hospitalidad.
- · Las zonas de ventiladores son impecables.
- · Drones sobrevolando avenidas.
- · Estadios convertidos en vitrinas globales.
La narrativa oficial ya está
construida: modernidad, turismo, derrama económica, orgullo internacional y una
ciudad preparada para recibir al planeta.
Pero toda gran escenografía tiene zonas fuera de cuadro.
Y quizá ahí comienza la verdadera historia del Mundial 2026.
Porque mientras las cámaras enfocan
la fiesta, la ciudad real seguirá respirando debajo del espectáculo: la ciudad
del transporte saturado, de las periferias olvidadas, de la violencia
cotidiana, de la desigualdad estructural, de la precariedad laboral y de los
grupos vulnerables que rara vez aparecen en los promocionales oficiales.
La propia Ciudad de México ha
hecho algo poco frecuente en la antesala de un mega evento deportivo: reconocer
explícitamente sus riesgos.
La "Agenda de Derechos
Humanos rumbo al Mundial 2026", integrada por 119 acciones
interinstitucionales, no se limita a enunciar compromisos abstractos. Reconoce
amenazas concretas:
trata de personas, explotación sexual y laboral, incremento de violencias
contra mujeres, niñas, niños y adolescentes, así como expresiones de racismo,
homofobia, xenofobia y consumo problemático de alcohol y drogas.
En términos diagnósticos, el
documento es difícil de impugnar.
Sin embargo, ese mismo
reconocimiento abre una interrogante más exigente: ¿qué tan preparado está el
Estado para gestionar de manera efectiva aquello que ya sabe que ocurrirá?
Porque el Mundial no introduce violencias nuevas.
Las acelera.
Las redistribuye.
Y en algunos casos, las oculta
bajo la lógica de la excepcionalidad y del espectáculo global.
La experiencia internacional
demuestra que los grandes eventos deportivos suelen funcionar como
amplificadores urbanos.
La concentración masiva de
visitantes, la expansión de economías formales e informales y la presión por
garantizar una imagen internacional "ordenada" generan condiciones
propicias para la intensificación de mercados ilegales, la explotación laboral,
la violencia de género y la invisibilización estratégica de problemáticas
incómodas.
Los grandes eventos no inventan
las redes de explotación; les multiplican clientes, flujo y anonimato.
Mientras el turismo crece,
también crecen las economías clandestinas que suelen moverse alrededor del
consumo, la prostitución forzada, la trata y la informalidad precarizada.
Pero esos riesgos no se
distribuyen de manera pareja en la ciudad. Para las mujeres y las niñas, el
aumento del turismo y de las economías nocturnas suele traducirse en mayores
posibilidades de explotación sexual y violencia de género en espacios donde el
anonimato es la norma, no la excepción. Para las personas migrantes y
refugiadas, los operativos "de seguridad" pueden
significar detenciones arbitrarias, extorsiones, revisiones selectivas y un
margen todavía más estrecho para circular sin miedo.
La población LGBT+ enfrenta el
riesgo de agresiones en contextos marcados por la masculinidad futbolera y el
consumo de alcohol, mientras que los adolescentes de barrios periféricos suelen
ser vistos más como amenazas a contener que como jóvenes a proteger.
Y mientras el discurso
institucional habla de inclusión, la ciudad puede comenzar a endurecer
mecanismos silenciosos de exclusión.
Porque históricamente, muchas
ciudades sede han recurrido a procesos de "limpieza urbana"
disfrazados de reordenamiento:
·
desplazamiento de vendedores ambulantes,retiro
·
de población callejera,presión
·
sobre migrantes,hipervigilancia
de ciertas zonas y blindaje turístico selectivo.
La paradoja es brutal: mientras
el Mundial habla de integración global, las ciudades pueden volverse más
agresivas con quienes no encajan en la postal de la FIFA.
En este contexto, la Agenda de
Derechos Humanos debe leerse no solo como una herramienta preventiva, sino
también como un artefacto político que revela tensiones estructurales.
Porque reconocer el riesgo no
equivale necesariamente a tener capacidad real para contenerlo.
La ausencia de indicadores
públicos claros, presupuestos específicos verificables y mecanismos
independientes de monitoreo deja abierta la posibilidad de que muchas acciones
terminen funcionando más como contención discursiva que como transformación
efectiva.
Y ahí aparece otro tema incómodo: la administración de la
narrativa.
Porque el Mundial no solo organiza partidos.
También organiza aquello que merece ser visto.
Habrá perímetros blindados,
filtros de acceso, control de movilidad, zonas altamente vigiladas y espacios
hiperregulados donde el espectáculo deberá mantenerse limpio, ordenado y
comercialmente rentable.
Pero fuera de esos perímetros
seguirá existiendo la otra ciudad: la que no aparece en la toma aérea.
La que convive diariamente con
desapariciones, feminicidios, precariedad y miedo.
La que seguirá enfrentando
problemas estructurales mucho después de que termine el último partido.
Ahí el papel del periodismo será fundamental.
No solamente para narrar goles.
Sino para documentar tensiones
sociales, contradicciones urbanas y costos humanos que suelen esconderse detrás
de los grandes eventos globales.
México llegará al Mundial siendo,
al mismo tiempo, país sede y uno de los países más peligrosos del mundo para
ejercer el periodismo fuera de zonas de guerra.
La misma ciudad que será
retratada en 4K es aquella donde muchos reporteros siguen cubriendo
desapariciones, violencias y corrupción con miedo y sin garantías.
Esa contradicción debería bastar para encender alertas.
Porque mientras la FIFA buscará
controlar la imagen global del torneo, muchos periodistas tendrán que moverse
entre perímetros de seguridad, restricciones operativas y relatos oficiales
cuidadosamente administrados.
El Mundial no solo producirá
espectáculo. También producirá control narrativo.
Y quizá uno de los mayores
riesgos sea precisamente ese: que el brillo del evento termine funcionando como
una enorme operación estética donde las heridas estructurales simplemente se
cubran durante unas semanas.
La experiencia comparada no invita al optimismo ingenuo.
En Brasil 2014, las promesas de
desarrollo coexistieron con desplazamientos urbanos, represión de protestas y
persistencia de explotación laboral.
En Qatar 2022, pese a las
reformas ampliamente difundidas, organismos internacionales siguieron
documentando abusos contra trabajadores migrantes.
Más recientemente, organizaciones
como Human Rights Watch han advertido que varias ciudades sede del Mundial 2026
aún carecen de planes robustos en materia de derechos humanos y de mecanismos
verificables de implementación.
La gran pregunta no es si México puede organizar partidos.
La pregunta es otra: ¿puede
organizar un Mundial sin profundizar las desigualdades que ya existen?
Porque cuando las luces se
apaguen, los turistas regresen a casa y las transmisiones terminen, la ciudad
seguirá aquí.
Y entonces quedará el marcador
más importante: el de la vida cotidiana de quienes nunca estuvieron en la zona
VIP del espectáculo.
El Mundial durará unas semanas.
Las consecuencias urbanas, sociales y humanas podrían
quedarse durante años.
Y la verdadera evaluación de esa
Agenda de Derechos Humanos no estará en los discursos de inauguración, sino en
lo que ocurra —y en lo que no cambie— en esa ciudad que se queda cuando se
desmonta la escenografía.
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