martes, 12 de mayo de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026: la ciudad detrás del espectáculo

Por José Rafael Moya Saavedra

Durante un mes, la Ciudad de México intentará parecerse a la versión de sí misma que quiere exportar al mundo. 

  • ·       Pantallas gigantes.
  • ·       Corredores turísticos blindados.
  • ·       Transporte vigilado.
  • ·       Policías bilingües.
  • ·       Campañas de hospitalidad.
  • ·       Las zonas de ventiladores son impecables.
  • ·       Drones sobrevolando avenidas.
  • ·       Estadios convertidos en vitrinas globales.

La narrativa oficial ya está construida: modernidad, turismo, derrama económica, orgullo internacional y una ciudad preparada para recibir al planeta.

Pero toda gran escenografía tiene zonas fuera de cuadro.

Y quizá ahí comienza la verdadera historia del Mundial 2026.

              Porque mientras las cámaras enfocan la fiesta, la ciudad real seguirá respirando debajo del espectáculo: la ciudad del transporte saturado, de las periferias olvidadas, de la violencia cotidiana, de la desigualdad estructural, de la precariedad laboral y de los grupos vulnerables que rara vez aparecen en los promocionales oficiales.

La propia Ciudad de México ha hecho algo poco frecuente en la antesala de un mega evento deportivo: reconocer explícitamente sus riesgos.

La "Agenda de Derechos Humanos rumbo al Mundial 2026", integrada por 119 acciones interinstitucionales, no se limita a enunciar compromisos abstractos. Reconoce amenazas concretas:
trata de personas, explotación sexual y laboral, incremento de violencias contra mujeres, niñas, niños y adolescentes, así como expresiones de racismo, homofobia, xenofobia y consumo problemático de alcohol y drogas.

En términos diagnósticos, el documento es difícil de impugnar.

Sin embargo, ese mismo reconocimiento abre una interrogante más exigente: ¿qué tan preparado está el Estado para gestionar de manera efectiva aquello que ya sabe que ocurrirá?

Porque el Mundial no introduce violencias nuevas.

Las acelera.

Las redistribuye.

Y en algunos casos, las oculta bajo la lógica de la excepcionalidad y del espectáculo global.

La experiencia internacional demuestra que los grandes eventos deportivos suelen funcionar como amplificadores urbanos.

La concentración masiva de visitantes, la expansión de economías formales e informales y la presión por garantizar una imagen internacional "ordenada" generan condiciones propicias para la intensificación de mercados ilegales, la explotación laboral, la violencia de género y la invisibilización estratégica de problemáticas incómodas.

Los grandes eventos no inventan las redes de explotación; les multiplican clientes, flujo y anonimato.

Mientras el turismo crece, también crecen las economías clandestinas que suelen moverse alrededor del consumo, la prostitución forzada, la trata y la informalidad precarizada.

Pero esos riesgos no se distribuyen de manera pareja en la ciudad. Para las mujeres y las niñas, el aumento del turismo y de las economías nocturnas suele traducirse en mayores posibilidades de explotación sexual y violencia de género en espacios donde el anonimato es la norma, no la excepción. Para las personas migrantes y refugiadas, los operativos "de seguridad" pueden significar detenciones arbitrarias, extorsiones, revisiones selectivas y un margen todavía más estrecho para circular sin miedo.

La población LGBT+ enfrenta el riesgo de agresiones en contextos marcados por la masculinidad futbolera y el consumo de alcohol, mientras que los adolescentes de barrios periféricos suelen ser vistos más como amenazas a contener que como jóvenes a proteger.

Y mientras el discurso institucional habla de inclusión, la ciudad puede comenzar a endurecer mecanismos silenciosos de exclusión.

Porque históricamente, muchas ciudades sede han recurrido a procesos de "limpieza urbana" disfrazados de reordenamiento:

·       desplazamiento de vendedores ambulantes,retiro

·       de población callejera,presión

·       sobre migrantes,hipervigilancia


de ciertas zonas y blindaje turístico selectivo.

La paradoja es brutal: mientras el Mundial habla de integración global, las ciudades pueden volverse más agresivas con quienes no encajan en la postal de la FIFA.

En este contexto, la Agenda de Derechos Humanos debe leerse no solo como una herramienta preventiva, sino también como un artefacto político que revela tensiones estructurales.

Porque reconocer el riesgo no equivale necesariamente a tener capacidad real para contenerlo.

La ausencia de indicadores públicos claros, presupuestos específicos verificables y mecanismos independientes de monitoreo deja abierta la posibilidad de que muchas acciones terminen funcionando más como contención discursiva que como transformación efectiva.

Y ahí aparece otro tema incómodo: la administración de la narrativa.

Porque el Mundial no solo organiza partidos.

También organiza aquello que merece ser visto.

Habrá perímetros blindados, filtros de acceso, control de movilidad, zonas altamente vigiladas y espacios hiperregulados donde el espectáculo deberá mantenerse limpio, ordenado y comercialmente rentable.

Pero fuera de esos perímetros seguirá existiendo la otra ciudad: la que no aparece en la toma aérea.

La que convive diariamente con desapariciones, feminicidios, precariedad y miedo.

La que seguirá enfrentando problemas estructurales mucho después de que termine el último partido.

Ahí el papel del periodismo será fundamental.

No solamente para narrar goles.

Sino para documentar tensiones sociales, contradicciones urbanas y costos humanos que suelen esconderse detrás de los grandes eventos globales.

México llegará al Mundial siendo, al mismo tiempo, país sede y uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo fuera de zonas de guerra.

La misma ciudad que será retratada en 4K es aquella donde muchos reporteros siguen cubriendo desapariciones, violencias y corrupción con miedo y sin garantías.

Esa contradicción debería bastar para encender alertas.

Porque mientras la FIFA buscará controlar la imagen global del torneo, muchos periodistas tendrán que moverse entre perímetros de seguridad, restricciones operativas y relatos oficiales cuidadosamente administrados.

El Mundial no solo producirá espectáculo. También producirá control narrativo.

Y quizá uno de los mayores riesgos sea precisamente ese: que el brillo del evento termine funcionando como una enorme operación estética donde las heridas estructurales simplemente se cubran durante unas semanas.

La experiencia comparada no invita al optimismo ingenuo.

En Brasil 2014, las promesas de desarrollo coexistieron con desplazamientos urbanos, represión de protestas y persistencia de explotación laboral.

En Qatar 2022, pese a las reformas ampliamente difundidas, organismos internacionales siguieron documentando abusos contra trabajadores migrantes.

Más recientemente, organizaciones como Human Rights Watch han advertido que varias ciudades sede del Mundial 2026 aún carecen de planes robustos en materia de derechos humanos y de mecanismos verificables de implementación.

La gran pregunta no es si México puede organizar partidos.

La pregunta es otra: ¿puede organizar un Mundial sin profundizar las desigualdades que ya existen?

Porque cuando las luces se apaguen, los turistas regresen a casa y las transmisiones terminen, la ciudad seguirá aquí.

Y entonces quedará el marcador más importante: el de la vida cotidiana de quienes nunca estuvieron en la zona VIP del espectáculo.

El Mundial durará unas semanas.

Las consecuencias urbanas, sociales y humanas podrían quedarse durante años.

Y la verdadera evaluación de esa Agenda de Derechos Humanos no estará en los discursos de inauguración, sino en lo que ocurra —y en lo que no cambie— en esa ciudad que se queda cuando se desmonta la escenografía.

 

NOTAEl documento completo de la "Agenda de Derechos Humanos rumbo al Mundial 2026" de CDMX todavía no está circulando como PDF descargable público; lo que hay son notas oficiales y presentaciones donde se describen sus ejes y algunas de las 119 acciones. (Proceso)

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