Mundial 2026: un cierto olor a podrido
Dos inseguridades, un mismo espectáculo
México intenta contener su violencia. Estados Unidos impone control total. El
mismo Mundial se jugará entre dos modelos de seguridad.
Por Jose Rafael Moya Saavedra
El Mundial 2026 no se jugará en un solo país.
Se jugará entre dos formas de inseguridad.
A cien días del inicio, la conversación parece repetirse:
¿es seguro México?, ¿aguantan las sedes mexicanas? El Gobierno responde con
cifras, planes y conferencias; la FIFA pide informes y manda inspectores; los
medios hablan de presiones para mover partidos a Houston. Todo suena familiar.
Lo que casi no se dice es que el mismo torneo se disputará
también en un país que llega a la Copa con otros miedos: terrorismo,
ciberataques, guerras abiertas, crisis migratoria, polarización interna.
Mientras México vive bajo la sombra del crimen organizado y una violencia
territorial persistente, Estados Unidos opera en modo de alerta permanente, con
un aparato de seguridad nacional que no se apaga ni cuando suena el himno de la
FIFA.
El Mundial 2026 es, en realidad, un experimento político: el
mismo balón rodará en dos modelos de inseguridad distintos.
1. MÉXICO: LA
VITRINA DEL ESTADO QUE TODAVÍA QUIERE DEMOSTRAR
En el lado mexicano, el guion ya se conoce. El país llega al
torneo bajo tensión: Jalisco, Nuevo León y Ciudad de México son sedes
mundialistas y al mismo tiempo escenarios de una violencia estructural que no
se resuelve en un ciclo de noticias.
La respuesta oficial es el Plan Kukulkán: cerca de 100,000
elementos entre fuerzas armadas, Guardia Nacional, policías estatales y
municipales, más seguridad privada; fuerzas de tarea conjuntas, defensa aérea,
sistemas antidrones, monitoreo digital y cooperación internacional.
En el papel, México cumple la garantía de seguridad firmada
con la FIFA: proteger estadios, hoteles, aeropuertos y fan zones antes, durante
y después del torneo. En la práctica, el Plan Kukulkán es también una vitrina:
busca mostrar a la comunidad internacional un Estado capaz de ordenar, aunque
sea por unas semanas, un territorio que el resto del año se le desborda.
México no es el país más violento que ha organizado un
Mundial, pero llega con una violencia profundamente territorializada: estadios
rodeados de colonias en disputa, carreteras marcadas por robos y secuestros,
zonas metropolitanas donde las fosas clandestinas conviven con la promoción
turística.
Su inseguridad tiene geografía.
2. ESTADOS UNIDOS:
LA NORMALIDAD DE LA GUERRA PERMANENTE
Del otro lado de la frontera, la historia no es la de un
país tranquilo que ofrece refugio al Mundial. Es la de una potencia que
organiza el torneo desde una lógica de seguridad extendida.
El contexto es conocido: tensiones geopolíticas, amenazas
terroristas descentralizadas, crimen transnacional y conflictos abiertos. El
propio Mundial aparece, en análisis especializados, como un objetivo lógico
para ataques híbridos.
La respuesta es un operativo que integra defensa aérea,
tecnología antidrones, ciberseguridad, inteligencia artificial y coordinación
entre el Departamento de Seguridad Nacional, el FBI y agencias locales.
El torneo se trata, en la práctica, como un asunto de
seguridad nacional.
A eso se suma un elemento central: la participación de
agencias migratorias como ICE. Su inclusión en el esquema de seguridad ha
encendido el debate sobre si un organismo con historial de detenciones y
deportaciones debe formar parte visible del entorno del evento.
En Estados Unidos, la seguridad del Mundial no se separa de
la política migratoria ni de la lógica de guerra global. Forma parte del mismo
ecosistema.
3. DOS FORMAS DE
MIEDO
En México, el miedo tiene una gramática conocida: asesinato,
desaparición, secuestro, extorsión, territorios bajo control criminal. El
objetivo del operativo es contener esa violencia para que no irrumpa en la
transmisión global.
En Estados Unidos, el miedo se formula distinto: terrorismo,
ciberataques, sabotaje, disturbios, amenazas híbridas. El dispositivo busca
anticipar y neutralizar riesgos antes de que ocurran.
Pero hay otra capa: el miedo de millones de personas a ser detenidas, vigiladas o identificadas en el entorno del torneo.
Son dos formas de miedo distintas.
En México, el Estado parece decir: “podemos contener nuestra violencia cuando el mundo nos mira.”
En Estados Unidos, el mensaje es otro: “podemos controlar todo… incluso si eso implica vigilarlo todo.”
4. SEGURIDAD,
NEGOCIO Y GEOPOLÍTICA
Ambos países comparten una convicción: el Mundial es asunto
de seguridad nacional.
En México, el torneo funciona como prueba de estrés: si se
supera sin incidentes graves, mejora la reputación del país; si falla, refuerza
la narrativa de un Estado rebasado. La cooperación con Estados Unidos se
presenta como garantía, pero también abre la puerta a mayor influencia del
vecino del norte en materia de seguridad.
En Estados Unidos, el Mundial llega en medio de debates
sobre migración, presupuestos de seguridad y vigilancia. El torneo permite
exhibir capacidades tecnológicas, legitimar dispositivos de control y reforzar
una narrativa de fortaleza frente a amenazas globales.
En ambos casos, la seguridad sirve a algo más grande que el
futbol: reputación, influencia, control del relato.
5. EL MUNDIAL COMO
ESPEJO DE LA ÉPOCA
El Mundial 2026 es un evento de alta visibilidad,
concentración masiva de población y enorme impacto psicológico. No hace falta
que ocurra un incidente para que funcione como laboratorio: la preparación
misma revela cómo entienden los Estados la seguridad hoy.
En México, la respuesta es un operativo extraordinario sobre
una base frágil.
En Estados Unidos, es la extensión de un aparato de vigilancia ya consolidado.
En ambos, la fiesta del fútbol se monta sobre dispositivos
pensados para algo más que proteger porterías.
6. LA PREGUNTA DE
FONDO
La discusión no es cuál país es más seguro.
Es qué entendemos por seguridad.
¿Ausencia de violencia visible?
¿Capacidad de control estatal?
¿Protección para todos… o solo para algunos?
Porque un estadio puede estar perfectamente protegido… y aun así no ser un espacio igual para todos.
Ahí está la paradoja del Mundial 2026:
En México, el riesgo es que la violencia se administre para
que no se vea. En Estados Unidos, el riesgo es que el control se imponga sin que se cuestione
a quién excluye.
La pregunta decisiva no es si el torneo será seguro. Es para quién será vivible.
CIERRE
El Mundial será un espectáculo.
Pero también será una advertencia: no todas las inseguridades se enfrentan igual…
y no todas dejan las mismas consecuencias cuando termina el juego.
Cuando se apaguen las luces, ni el Plan Kukulkán ni los
dispositivos del aparato de seguridad estadounidense desaparecerán.
Se quedarán.
Y con ellos, la forma en que cada país decidió entender la
seguridad cuando el mundo entero estaba mirando.
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