OTRA PERSPECTIVA
La vieja gloria en tiempo presente
Estados Unidos: la potencia que aún tiene fuerza… pero
perdió el rumbo
Por Jose Rafael Moya Saavedra
Hubo un tiempo en que Estados Unidos no necesitaba
explicarse.
Era la referencia.
El modelo económico, la
democracia funcional, el poder militar, la innovación tecnológica.
El mundo no solo lo miraba: lo seguía.
Hoy, en cambio, empieza a parecer
otra cosa: una potencia que todavía tiene fuerza... pero que ya no tiene rumbo.
Una vieja gloria en tiempo presente.
Primer momento: el enemigo interno
Todo imperio comienza a cambiar
cuando deja de mirar hacia afuera… y empieza a desconfiar de lo que tiene
dentro.
La política migratoria del
segundo mandato de Donald Trump marcó ese giro. La emergencia nacional en la
frontera, la restricción del asilo, las redadas masivas y la militarización del
control migratorio no fueron medidas aisladas, sino parte de una estrategia que
redefinió la relación del Estado con quienes sostenían, silenciosamente, buena
parte de su economía.
Los arrestos se multiplicaron en
espacios públicos y tribunales, con una presión sistemática sobre la población
migrante. Al mismo tiempo, las muertes en custodia de ICE comenzaron a
acumularse, evidenciando fallas estructurales en el sistema.
Pero el impacto no fue solo humano.
Fue estructural.
En estados como California, las
redadas redujeron de manera significativa la fuerza laboral agrícola, afectando
producción y precios. Lo que parecía una política de control terminó golpeando
directamente a los sectores que dependen de esa mano de obra: agricultura,
construcción, servicios.
La ecuación era simple: perseguir
al trabajador… termina por debilitar al sistema que depende de él.
Segundo momento: el poder que se impone... pero no
convence
Estados Unidos no solo endureció su política interna.
También cambió su forma de relacionarse con el mundo.
La presión arancelaria, la
declaración de múltiples emergencias nacionales, la designación de actores como
terroristas y una política exterior cada vez más coercitiva marcaron el tono.
La lógica dejó de ser cooperación… y empezó a ser
imposición.
En América Latina, esto se
tradujo en una relación cada vez más unilateral. En Europa, en tensiones con
aliados históricos.
La OTAN dejó de ser una alianza
sólida para convertirse en una relación incómoda, atravesada por desconfianzas
y diferencias estratégicas.
Cuando una potencia necesita
imponer su liderazgo… es porque ya no lo tiene garantizado.
Tercer momento: el mundo como campo de batalla
La escalada con Irán terminó de cerrar el círculo.
En 2026, Estados Unidos no solo
tensó la relación: entró en un conflicto abierto. Ataques coordinados,
respuestas con misiles y drones, el riesgo sobre el estrecho de Ormuz y el
impacto en el comercio energético global volvieron a colocar al mundo en un escenario
de alta incertidumbre.
El discurso volvió a ser el de siempre: seguridad, defensa,
control.
Pero el contexto ya no era el mismo.
Hoy, cada intervención genera más inestabilidad, más costos,
más enemigos.
Y menos capacidad de control.
Cuarto momento: la democracia fatigada
Mientras Estados Unidos
multiplica frentes externos, su frente interno se va desgastando.
La democracia que alguna vez se
presentó como modelo comienza a parecer un sistema exhausto, atrapado en una
confrontación permanente.
Las elecciones dejaron de ser un
ritual de consenso para convertirse en un campo de batalla donde cada resultado
se sospecha, se litiga y se denuncia antes incluso de terminar el conteo.
Las instituciones que antes
fungían como árbitros pasan a ser vistas como parte del conflicto, alineadas
con uno u otro bando.
El asalto al Capitolio no fue un
episodio aislado, sino el síntoma más visible de una polarización que convirtió
al adversario político en enemigo existencial.
La desconfianza se alimenta en
redes, medios y discursos oficiales que hablan más de fraude, conspiraciones y
traición que de proyecto compartido.
Y cuando una democracia se vive
como guerra interna, deja de ser referente para otros… y empieza a convertirse
en advertencia.
Quinto momento: la fractura silenciosa
Mientras todo esto ocurre, hay
algo más profundo que se está rompiendo: la narrativa de excepcionalidad.
Estados Unidos ya no es el modelo
al que se aspira, sino un caso más en un mundo donde otros actores —China,
Rusia, potencias regionales e incluso corporaciones tecnológicas— disputan el
relato de futuro posible.
La idea de que “no hay
alternativa” al modelo estadounidense se resquebraja al tiempo que se
multiplican otros órdenes, otras formas de poder, otros centros de decisión.
Estados Unidos deja de ser la
referencia inevitable y pasa a ser una opción más en un tablero cada vez más
fragmentado.
Esa transformación no es
abstracta. Se expresa en decisiones concretas: políticas migratorias que
generan rechazo interno, tensiones crecientes con aliados históricos y una
política exterior que, más que estabilizar, ha contribuido a abrir nuevos
frentes de incertidumbre.
Incluso dentro de su propio sistema, el consenso se
erosiona.
Y cuando una potencia pierde legitimidad… su poder empieza a ser cuestionado, incluso si sigue siendo fuerte.
Sexto momento: la potencia endeudada
Mientras la política se radicaliza y la narrativa de liderazgo se desgasta, hay un dato frío que atraviesa todo: la deuda.
El país que durante décadas financió guerras, rescates financieros y recortes
fiscales a gran escala, hoy vive con un nivel de endeudamiento que condiciona
cada decisión de gobierno.
El techo de la deuda se volvió una escena recurrente: plazos al límite, amenazas de cierre, negociaciones frenéticas en el Congreso.
Cada episodio no solo inquieta a los mercados, también exhibe que el corazón
financiero del imperio late con arritmia.
Estados Unidos sigue siendo el emisor de la moneda de reserva global, pero necesita renovar constantemente la confianza de quienes compran sus bonos para sostener un modo de vida que ya no se paga solo.
La potencia que antes prestaba al mundo ahora depende de que el mundo le siga
prestando a ella.
Cuando el poder se sostiene tanto de la fuerza como del crédito, cualquier fisura en la confianza termina siendo también una fisura en el relato de grandeza.
La vieja gloria ya no solo se mide en portaaviones y Silicon Valley, sino en cuánto tiempo más podrá seguir pateando hacia adelante la factura de su propio modelo.
Cierre
Lo que estamos viendo no es una caída inmediata.
Es algo más complejo… y más peligroso.
Estados Unidos no ha caído.
No ha dejado de ser poderoso.
No ha desaparecido del tablero.
Pero algo cambió.
Ya no marca el rumbo con claridad.
Ya no convence como antes.
Ya no representa lo que solía representar.
Y eso, en términos históricos, es más importante que
cualquier crisis.
Porque los imperios no terminan cuando pierden poder.
Terminan cuando dejan de ser referencia.
Dios bendiga a América.
La va a necesitar.
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