OTRA PERSPECTIVA (PRESAGIOS)
16 de noviembre: el día en que el Zócalo dejó de ser el
Zócalo
Por Jose Rafael Moya Saavedra
El 16 de noviembre de 2025
amaneció distinto.
No distinto como amanecen los
días después de una tormenta, que limpian el aire y dejan a las ciudades
oliendo a tierra mojada; sino distinto como amanecen las ciudades que cruzaron
un umbral y ya no pueden regresar.
El 16 de noviembre el Zócalo no volvió.
·
Ni su respiración.
·
Ni su ritmo.
·
Ni ese pulso que mezclaba lo sagrado, lo popular
y lo político en un solo latido centenario.
Lo que quedó fue otra cosa: una plaza
sitiada, con vallas que parecían costillas metálicas sobresaliendo del
cuerpo de una ciudad herida. Un lugar que todavía se llamaba Zócalo, pero que
ya no se comportaba como tal.
La marcha del 15 no había
terminado: solo había mutado en silencio, en sospecha, en presencia contenida.
Un corazón emparrado
Los viejos decían que el Zócalo
podía con todo: sismos, elecciones, plantones, gritos, letanías, himnos,
marchas, bailes, rezos y hasta exorcismos.
Pero en 2025 algo cambió.
Ese 16 de noviembre, el blindaje
seguía ahí: vallas de tres metros, uniformes de ocre y negro, cascos que
parecían mirar sin ojos, calles como Moneda, Corregidora y Seminario
convertidas en pasillos estrechos donde el sonido se deslizaba con miedo.
El Zócalo, ese corazón que latía
para todos, tenía ahora taquicardia de Estado.
La ciudad aprendió a caminar con alambradas
Algo más duro se reveló ese día: que
la ciudad, resignada, aprendía a caminar con las alambradas como si antes no
hubiera sido libre.
Que los ciudadanos rodeaban las
vallas con el mismo gesto con que se rodea un socavón:
con fastidio, pero sin sorpresa.
Eso fue lo más apocalíptico: la
costumbre. La normalidad torciéndose sin que nadie diera un golpe en la
mesa.
Las ciudades no se quiebran
cuando cae la primera valla, sino cuando se acepta la segunda.
El fantasma de Tlatelolco pasó lista
Nadie lo invocó, pero ahí estaba.
El fantasma de 1968 recorriendo el perímetro, tocando las placas metálicas como
quien reconoce una vieja técnica de contención.
No, no era Tlatelolco.
Pero era el aviso.
Un murmullo histórico:
“Ya hemos visto este cerco. Ya sabemos lo que pasa
cuando el Estado decide cuidar más a los muros que a la gente.”
El 16 de noviembre, la memoria
caminó entre las vallas como un recordatorio incómodo.
La plaza que resiste incluso sin gente
Y sin embargo, algo simbólico y
terrible pasó: aunque las vallas siguieran, aunque la policía no se moviera, la
plaza no se rindió.
El espacio seguía convocando,
incluso vacío. El Zócalo, aún sitiado, brillaba con una especie de desafío
silencioso, como si murmurara:
“Pueden encerrar el perímetro, pero no pueden encerrar
lo que esta plaza significa.”
Ese 16 de noviembre quedó claro
lo que pocos quieren admitir: la lucha ya no es por entrar al Zócalo, sino por
decidir quién tiene derecho a nombrarlo.
Lo que se reveló —el verdadero apocalipsis
Apocalipsis no es
destrucción: es revelación. Y el 16 de noviembre reveló tres verdades
duras:
1. El Estado ya no confía en su propio pueblo.
Blindar la plaza antes de que
llegue la gente siempre ha sido una confesión sin palabras.
2. La juventud ya no pide permiso para existir
políticamente.
La marcha del 15 dejó huellas que
ni las vallas pudieron barrer.
3. El Zócalo ya no es un espacio físico: es un campo de
batalla simbólico.
Quien lo controle, controla el
relato. Y en 2025, ese control se volvió frágil.
Epílogo: el día que la plaza habló en silencio
Así se recordará el 16 de
noviembre: como el día en que el Zócalo quedó mudo de gente,
pero habló más que nunca.
Un día donde las vallas fueron
metáforas, donde la policía fue alegoría, donde el silencio fue declaración
política.
Un día en que la plaza dejó de
ser escenario para convertirse en advertencia. Porque si el 15 de noviembre
terminó en gritos, el 16 terminó en revelación:
México ya cambió.
La plaza lo sabe.
El gobierno todavía no.
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