miércoles, 12 de noviembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA (PRESAGIOS)

16 de noviembre: el día en que el Zócalo dejó de ser el Zócalo

Por Jose Rafael Moya Saavedra

 

El 16 de noviembre de 2025 amaneció distinto.

No distinto como amanecen los días después de una tormenta, que limpian el aire y dejan a las ciudades oliendo a tierra mojada; sino distinto como amanecen las ciudades que cruzaron un umbral y ya no pueden regresar.

El 16 de noviembre el Zócalo no volvió.

·       Ni su respiración.

·       Ni su ritmo.

·       Ni ese pulso que mezclaba lo sagrado, lo popular y lo político en un solo latido centenario.

Lo que quedó fue otra cosa: una plaza sitiada, con vallas que parecían costillas metálicas sobresaliendo del cuerpo de una ciudad herida. Un lugar que todavía se llamaba Zócalo, pero que ya no se comportaba como tal.

La marcha del 15 no había terminado: solo había mutado en silencio, en sospecha, en presencia contenida.

Un corazón emparrado

Los viejos decían que el Zócalo podía con todo: sismos, elecciones, plantones, gritos, letanías, himnos, marchas, bailes, rezos y hasta exorcismos.
Pero en 2025 algo cambió.

Ese 16 de noviembre, el blindaje seguía ahí: vallas de tres metros, uniformes de ocre y negro, cascos que parecían mirar sin ojos, calles como Moneda, Corregidora y Seminario convertidas en pasillos estrechos donde el sonido se deslizaba con miedo.

El Zócalo, ese corazón que latía para todos, tenía ahora taquicardia de Estado.

La ciudad aprendió a caminar con alambradas

Algo más duro se reveló ese día: que la ciudad, resignada, aprendía a caminar con las alambradas como si antes no hubiera sido libre.

Que los ciudadanos rodeaban las vallas con el mismo gesto con que se rodea un socavón:
con fastidio, pero sin sorpresa.

Eso fue lo más apocalíptico: la costumbre. La normalidad torciéndose sin que nadie diera un golpe en la mesa.

Las ciudades no se quiebran cuando cae la primera valla, sino cuando se acepta la segunda.

El fantasma de Tlatelolco pasó lista

Nadie lo invocó, pero ahí estaba. El fantasma de 1968 recorriendo el perímetro, tocando las placas metálicas como quien reconoce una vieja técnica de contención.

No, no era Tlatelolco.
Pero era el aviso.
Un murmullo histórico:

“Ya hemos visto este cerco. Ya sabemos lo que pasa cuando el Estado decide cuidar más a los muros que a la gente.”

El 16 de noviembre, la memoria caminó entre las vallas como un recordatorio incómodo.

La plaza que resiste incluso sin gente

Y sin embargo, algo simbólico y terrible pasó: aunque las vallas siguieran, aunque la policía no se moviera, la plaza no se rindió.

El espacio seguía convocando, incluso vacío. El Zócalo, aún sitiado, brillaba con una especie de desafío silencioso, como si murmurara:

“Pueden encerrar el perímetro, pero no pueden encerrar lo que esta plaza significa.”

Ese 16 de noviembre quedó claro lo que pocos quieren admitir: la lucha ya no es por entrar al Zócalo, sino por decidir quién tiene derecho a nombrarlo.

Lo que se reveló —el verdadero apocalipsis

Apocalipsis no es destrucción: es revelación. Y el 16 de noviembre reveló tres verdades duras:

1. El Estado ya no confía en su propio pueblo.

Blindar la plaza antes de que llegue la gente siempre ha sido una confesión sin palabras.

2. La juventud ya no pide permiso para existir políticamente.

La marcha del 15 dejó huellas que ni las vallas pudieron barrer.

3. El Zócalo ya no es un espacio físico: es un campo de batalla simbólico.

Quien lo controle, controla el relato. Y en 2025, ese control se volvió frágil.

Epílogo: el día que la plaza habló en silencio

Así se recordará el 16 de noviembre: como el día en que el Zócalo quedó mudo de gente,
pero habló más que nunca.

Un día donde las vallas fueron metáforas, donde la policía fue alegoría, donde el silencio fue declaración política.

Un día en que la plaza dejó de ser escenario para convertirse en advertencia. Porque si el 15 de noviembre terminó en gritos, el 16 terminó en revelación:

México ya cambió.
La plaza lo sabe.
El gobierno todavía no.

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