viernes, 26 de septiembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

La guardería de toga y birrete

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

Bienvenidos a la nueva Suprema Corte de Justicia versión 2025, también conocida —con mucho cariño y harto sarcasmo— como la “guardería de toga y birrete”. Un espacio donde los símbolos de solemnidad se mandaron a dormir la siesta y donde el relevo generacional llegó con lonchera, uniforme colorido y la promesa de que aquí nadie se siente más que nadie… salvo el dedazo que los puso ahí.

Porque claro, la toga y el birrete eran signos de elitismo insoportable. Pobres ministros, escondidos tras capas de tela negra, incapaces de expresar su “identidad cultural”. Hoy, en esta guardería, pueden ir de guayabera, de huipil, o de traje con corbata chillona de Piolín, siempre y cuando representen al pueblo bueno. ¿Qué importa la tradición de siglos? Lo importante es que se vean cercanos, ¿no?

El problema es que, entre tanta cercanía, lo que se nos aleja es la seriedad. Una Corte sin toga ni birrete puede terminar viéndose más como una kermés de jurisprudencia que como el tribunal constitucional que debería defender a la República. Y mientras los nuevos ministros practican sus primeros pasitos de independencia con ayuda de la andadera, los casos más delicados del país se resuelven a ritmo de canción de cuna.

La metáfora de la guardería pega porque retrata justo eso: la infantilización del Poder Judicial. Con perfiles sin trayectoria judicial de alto nivel, con un discurso que confunde solemnidad con elitismo, y con una narrativa que equipara el derecho a un taller de manualidades, la Corte parece más un aula improvisada que un poder autónomo.

La toga y el birrete, con todos sus defectos, recordaban que la justicia no es un juego de mesa ni un concurso de popularidad. Quitárselos no nos hace más democráticos: nos hace más frágiles, más vulnerables al poder político. Y ya lo dijo un viejo profesor de derecho: “cuando la justicia pierde su forma, pierde también su fondo”.

Así que sí: celebremos la nueva Corte, con su estética de escuelita progresista, sus ministros recién graduados de la confianza presidencial y su “nueva cercanía con el pueblo”. Eso sí, no olvidemos mandarles su refrigerio y su siesta a las 12, porque gobernar desde la guardería también cansa.

 

 



OTRA PERSPECTIVA

Guerrero: 11 años de Ayotzinapa, un Estado que Sangra

Opinion de jose Rafael Moya Saavedra

El 26 de septiembre de 2014, México se estremeció con la desaparición de 43 estudiantes normalistas en Iguala, Guerrero. Once años después, el caso Ayotzinapa no solo sigue sin resolverse: se ha convertido en símbolo de un estado donde la violencia estructural, la impunidad y la colusión entre crimen y política han marcado el rumbo.

La noche que cambió la historia

Aquella noche del viernes 26 de septiembre, policías municipales de Iguala, en complicidad con el crimen organizado, atacaron a los normalistas que habían llegado a la ciudad para tomar autobuses. El saldo inmediato: seis muertos, 17 heridos y 43 desaparecidos.
Las autoridades intentaron minimizar el hecho, pero el caso creció hasta alcanzar dimensiones nacionales e internacionales, revelando el grado de infiltración criminal en las instituciones de Guerrero.

Cronología de una década sangrienta

  • 2014-2018
    Tras Ayotzinapa, Guerrero se convirtió en epicentro de protestas sociales y denuncias de colusión entre autoridades y crimen. Periodistas, activistas y políticos fueron blanco de ataques sistemáticos.
  • 2018-2021
    Con la llegada de Morena al poder estatal, primero bajo el PRI con Héctor Astudillo y después con Evelyn Salgado, hija de Félix Salgado Macedonio, se consolidó un nuevo cacicazgo político.
  • 2021-2024
    Durante la gestión de los Salgado, se registraron al menos 32 asesinatos de actores políticos: dirigentes, exalcaldes, candidatos, funcionarios y familiares.
    La violencia entre los grupos criminales “Los Ardillos” y “Los Tlacos” escaló, extendiéndose a municipios estratégicos como Chilpancingo, Acapulco y Coyuca de Benítez.
  • 2023-2025
    Se documentaron homicidios de ediles y aspirantes, linchamientos en Taxco y enfrentamientos armados entre fuerzas federales y grupos delictivos.
    En 2024, Guerrero cerró con más de 1,600 homicidios, consolidándose como uno de los estados más violentos del país.

Morena, los Salgado y la política del crimen

La llegada de Evelyn Salgado a la gubernatura no redujo la violencia. Por el contrario, la videograbación de la alcaldesa de Chilpancingo, Norma Otilia Ramírez, reunida con líderes criminales, exhibió la cercanía entre el poder político y el hampa.

Las denuncias contra Félix Salgado por violencia sexual nunca lo apartaron de la escena política; su influencia se mantuvo intacta en el control del estado.

Guerrero hoy: impunidad como regla

Guerrero vive bajo un modelo de descomposición institucional donde las comunidades son rehenes de pactos entre crimen y política. La violencia ya no se concentra solo en los “grupos armados”, sino que se refleja en la vida cotidiana: cobro de cuotas, desplazamientos forzados, asesinatos de autoridades locales y represión contra voces críticas.

Colofón

Once años después de la desaparición de los 43, Guerrero no ha encontrado la paz.
La tragedia de Ayotzinapa no fue un hecho aislado: fue el espejo de un estado sangriento donde la política se juega con balas y la impunidad sigue siendo la ley no escrita.

Hoy, las familias de los normalistas siguen exigiendo justicia, mientras miles de guerrerenses viven atrapados en un círculo de violencia que no termina.

 

martes, 16 de septiembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

El grito del silencio, el grito de Claudia y los gritos ocultos de México

Opinión de José Rafael Moya Saavedra

El 15 de septiembre de 2025 marcó un antes y un después en la historia nacional. Claudia Sheinbaum, primera presidenta de México, encabezó desde el balcón de Palacio Nacional el Grito de Independencia. Por primera vez en 215 años, una mujer levantó la voz en el ritual cívico más emblemático de la nación.

Su arenga incluyó 22 vivas, no solo a los héroes consagrados, sino a las heroínas de la independencia: Josefa Ortiz Téllez Girón, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra y Manuela Molina. También evocó a las heroínas anónimas, a las mujeres indígenas, a los migrantes y a los valores de dignidad, igualdad, democracia, libertad y justicia. El gesto se reforzó con símbolos inéditos: la escolta femenina del Heroico Colegio Militar entregando la bandera; la guardia de honor frente al retrato de Leona Vicario, primera mujer en ocupar un lugar en la galería principal del Palacio Nacional; el vestido morado artesanal de la presidenta, color de la lucha feminista; y la banda presidencial confeccionada por manos de mujeres del Ejército.

El momento fue solemne, histórico y reivindicativo. Por eso algunos lo llamaron “el grito del silencio”, porque rompió con siglos de exclusión y dio voz a quienes fueron borrados de la narrativa oficial: mujeres insurgentes, indígenas, migrantes y olvidados de la historia. Desde ese balcón resonó lo que nunca antes se había pronunciado.

La otra cara de la patria

Pero mientras en el Zócalo se vivía una fiesta de símbolos y reivindicaciones, en al menos 22 municipios de siete estados el Grito no se celebró. La violencia, el duelo y los conflictos sociales impusieron silencio.

En Sinaloa, municipios como Navolato, San Ignacio y Angostura cancelaron las celebraciones por segundo año consecutivo. En Michoacán, Uruapan, Zinapécuaro, Peribán y Tocumbo suspendieron sus actos patrios por amenazas y hechos violentos. En Oaxaca, seis comunidades —Zapotitlán Palmas, Santiago Yosondúa, Santa María Yolotepec, La Reforma, San Juan Bautista Guelache y Santiago Amoltepec— se quedaron sin festejo por conflictos sociales. En Veracruz, localidades como Coahuitlán, Coxquihui, Zozocolco y Cerro Azul optaron por la cancelación. En el Estado de México, Xalatlaco suspendió su ceremonia tras una masacre en un tianguis. En Iztapalapa, CDMX, la verbena popular fue cancelada tras la explosión de un tanque que dejó más de 13 muertos. Y en Campeche, Tepakán y Bécal suspendieron festejos en señal de duelo por tragedias recientes.

Mientras en la capital se hablaba de inclusión y esperanza, en estas comunidades la patria guardaba luto. El contraste fue evidente: un país que grita por igualdad, pero calla por miedo.

Los gritos que no se escucharon

El grito de Claudia fue simbólico, histórico y necesario. Pero en las entrañas de México laten otros gritos, más dolorosos, que no se reflejaron en la arenga presidencial.

Inseguridad y violencia

Con más de 121 mil personas desaparecidas y una de las tasas de homicidios más altas del mundo, México vive una herida que no cicatriza. Cada madre que busca a su hijo es un grito ahogado que no resonó en Palacio Nacional.

Desigualdad y pobreza

Al menos el 40% de la población vive alguna forma de pobreza. Los rezagos en salud y educación persisten en el sur y en comunidades marginadas. El grito de la patria no retumba igual en una casa donde falta agua, pan o medicinas.

Corrupción e impunidad

Políticos y empresarios corruptos, intocables bajo un sistema débil, minan la credibilidad institucional. La impunidad se volvió costumbre, y ese grito de indignación tampoco se escuchó.

Crisis ambiental y recursos

La crisis hídrica golpea tanto a las ciudades como al campo. Monterrey, Querétaro y CDMX han vivido ya el racionamiento. El grito de las presas vacías, de los campos secos y de la biodiversidad perdida tampoco llegó al balcón.

Estancamiento económico

Un crecimiento del PIB de apenas 1.2%, la informalidad laboral del 54% y la amenaza de desempleo reflejan un estancamiento que lastima a millones de familias. El grito económico, de frustración e incertidumbre, quedó fuera de las arengas.

Cultura del silencio

Quizá la herida más honda sea la indiferencia. Nos hemos acostumbrado al dolor ajeno, a las desapariciones sin nombre, a la violencia que ya no sorprende. La cultura de la impunidad perpetúa el silencio y debilita el tejido social.

El grito pendiente

El grito de Claudia marcó un hito: rompió silencios históricos y abrió un espacio para las voces invisibilizadas. Pero no basta con símbolos ni con consignas. Los gritos ocultos de México siguen esperando: los gritos de las madres que buscan, de los jóvenes desaparecidos, de los campesinos sin agua, de los trabajadores sin seguridad, de los migrantes sin derechos.

La Independencia se renueva cada año, pero solo cobra sentido cuando los mexicanos pueden gritar libres, seguros y con esperanza en el futuro. Ese es el grito pendiente. Ese es el silencio que México necesita romper.

lunes, 15 de septiembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

¡Viva México! Ser mexicano y ser católico

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

El 15 de septiembre, cuando el grito resuena en plazas y calles, la voz del pueblo no solo recuerda la independencia, sino también la esperanza de un país que quiere vivir en paz y justicia. Este año, la Conferencia del Episcopado Mexicano nos recordó que el “¡Viva México!” puede ser más que una consigna patriótica: puede ser una plegaria.

En su mensaje, los obispos mexicanos no se quedaron en la superficie de la fiesta. Transformaron el grito en oración: ¡Que viva México en sus niños, en sus jóvenes, en sus mujeres, en sus familias! Una exclamación que pide respeto a la vida desde la concepción, oportunidades para la juventud, dignidad para la mujer y fortaleza para la familia. No es un discurso político; es un llamado ético y espiritual.

Aquí aparece el vínculo profundo entre ser mexicano y ser católico. La Virgen de Guadalupe, patrona y madre, vuelve a ser presentada como símbolo de unidad. En ella, fe e identidad nacional se entrelazan. No hay contradicción, sino complementariedad: la patria como casa, y la fe como techo que la resguarda.

El Episcopado denuncia con sutileza un México herido: violencia que desangra, ideologías que confunden, instituciones amenazadas. Y frente a esa realidad, propone no el odio ni la revancha, sino la oración y la confianza en que Dios no abandona a su pueblo. Ese es el matiz que diferencia un grito vacío de una promesa de esperanza.

La pregunta es si los mexicanos estamos dispuestos a gritar “¡Viva México!” no solo en la plaza, sino en la vida cotidiana: defendiendo la inocencia de los niños, el futuro de los jóvenes, la dignidad de las mujeres y la fortaleza de las familias. Esa sería la manera más honesta de que la patria viva de verdad.

Porque, al final, ser mexicano y ser católico es reconocer que nuestra identidad no está completa si se queda solo en los símbolos patrios o en los rituales religiosos. Es en la conjunción de ambos donde encontramos el sentido más profundo de nuestra historia y de nuestro destino.

¡Viva México, con fe y con esperanza!

jueves, 11 de septiembre de 2025

 



OTRA PERSPECTIVA

Los cabos sueltos que no se atan: marinos muertos y la sombra del huachicol fisca

Matando Cabos: la distopía que se volvió expediente

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

En 2004, el cine mexicano presentó Matando Cabos, una comedia negra donde los enredos, secuestros accidentales y ajustes improvisados hacían reír con un humor ácido: en lugar de “atar cabos”, los personajes los “mataban”.
Veintiún años después, esa ironía parece encarnar en la vida pública mexicana: no en la pantalla grande, sino en los expedientes judiciales del huachicol fiscal.

Muertes que no encajan en el guion oficial

En menos de un año, al menos siete marinos y funcionarios vinculados a investigaciones de contrabando de combustibles han muerto en circunstancias que, más que coincidencia, parecen capítulos de una misma trama:

  • Abraham Jeremías Pérez Ramírez, Capitán en Altamira, Tamaulipas. El 8 de septiembre de 2025 fue hallado muerto, oficialmente un suicidio, días después de ser señalado por recibir sobornos de 100 mil pesos para permitir descargas ilegales de diésel. Su nombre estaba en carpetas de la FGR.
  • Adrián Omar del Ángel Zúñiga, Capitán, murió en un “accidente de tiro” el 9 de septiembre de 2025 en Puerto Peñasco, Sonora. Antes fue subdirector de la Aduana de Manzanillo, un punto rojo en la trama del huachicol fiscal.
  • Gloria Cházaro, Capitana de Fragata, primera en morir en circunstancias extrañas; oficialmente suicidio tras denunciar hostigamiento. Su círculo de trabajo incluía contactos directos con implicados en la red.
  • Juan Carlos Sario Pichal, Capitán de Fragata, señalado en expedientes de la FGR por manipulación de documentación para descargas ilegales. Fue removido y trasladado tras filtraciones mediáticas; después, murió en circunstancias aún no esclarecidas.
  • Contralmirante Fernando Rubén Guerrero Alcántar, ejecutado en Manzanillo, Colima, tras haber denunciado a superiores por operaciones ilícitas. La FGR vinculó su homicidio con el de la funcionaria Magaly Janet Nava Ramos.
  • Ernesto Cuitláhuac Vásquez Reyna, delegado de la FGR en Tamaulipas, asesinado en agosto de 2025, tras liderar decomisos de combustible y desmantelar bodegas de huachicol.
  • A estos casos se suman funcionarios retirados y empresarios relacionados, como Sergio Carmona Angulo, “El Rey del Huachicol, asesinado en 2021 y considerado pieza clave para entender la red.

La narrativa oficial habla de accidentes, suicidios o hechos aislados. La coincidencia de los tiempos —mueren cuando los expedientes avanzan o después de filtraciones mediáticas— sugiere otra lectura: ¿estamos frente a un patrón de eliminación de testigos incómodos?

Del humor negro a la distopía criminal

En la película, matando cabos era un recurso cómico: personajes que, en su torpeza, creaban más caos al intentar resolver un problema. En el México actual, la frase se resignifica como metáfora oscura:

  • Ya no se atan cabos para esclarecer.
  • Se matan cabos para silenciar.

El resultado no es risa, sino miedo: la sospecha de que detrás de la red del huachicol fiscal se esconde una maquinaria capaz de “borrar” a quienes saben demasiado.

Instituciones en entredicho

La Fiscalía y el gobierno han pedido evitar especulaciones. Sin embargo, la acumulación de muertes bajo el mismo paraguas —el contrabando de combustibles, las aduanas, los sobornos— siembra desconfianza.
En esta distopía, los cabos que deberían ser atados para esclarecer la verdad aparecen como cabos sueltos… eliminados.

Epílogo: la risa que se volvió sospecha

La ironía cruel es que un título nacido para el humor negro hoy encierra un drama nacional. La vida pública mexicana se parece a la película, pero sin risas: un guion donde cada testigo caído parece más un “cabo” eliminado que un cabo atado.

En el cine, los enredos terminan con créditos finales. En México, la película sigue corriendo, con víctimas reales y un público que ya no ríe, sino que se pregunta: ¿quién será el próximo cabo en caer?

domingo, 7 de septiembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

Despertando al México Bronco: Dos marchas, un mismo grito

Opinión de José Rafael Moya Saavedra

El México bronco no siempre aparece con machetes ni caballos. A veces lo hace con pancartas, a veces con veladoras. En una misma semana, en dos escenarios distintos, la calle volvió a recordarle al poder que la paciencia social tiene límites.

El 31 de agosto en la Ciudad de México, la llamada “Marcha de la Resistencia tomó Paseo de la Reforma con más de 15 mil personas. Era un desfile opositor, sí, pero también un acto de advertencia: “México no se vende”, “Fuera Morena”, se leía en las mantas. Detrás estaban figuras como Vicente Fox, Margarita Zavala, Claudio X. González y colectivos ciudadanos que buscan frenar lo que llaman el deterioro democrático. El mensaje fue político, con la vista puesta en la concentración de poder y en la erosión de contrapesos.

Una semana después, el 7 de septiembre en Sinaloa, la “Marcha por la Paz” reveló otra cara del mismo hartazgo. No hubo consignas partidistas, sino rostros cansados, familias enteras exigiendo lo elemental: dejar de vivir con miedo. Alejandro Moreno lo resumió con crudeza: “Es el grito desesperado de un pueblo que ya no puede más”. Y tenía razón: las balas diarias, los secuestros y la impunidad constante son ya un modo de vida en el norte.

Dos marchas distintas, dos públicos distintos, pero un mismo trasfondo: la desconfianza absoluta en las instituciones.

  • En la capital, la percepción de que el poder se ha vuelto autoritario y sordo al diálogo.
  • En el norte, la certeza de que el Estado ha sido rebasado por el crimen organizado y que la justicia es un lujo inaccesible.

Jesús Reyes Heroles lo dijo hace décadas: “Hay un México bronco que debemos evitar que despierte”. Hoy ese México no solo despertó: se está organizando. A veces en marchas opositoras, a veces en reclamos sociales sin banderas. La diferencia es de formas, no de fondo.

Lo preocupante es que el poder político parece más ocupado en administrar la confrontación que en atender sus causas. Un país donde se normalizan los asesinatos políticos, los linchamientos comunitarios y la polarización como espectáculo, es un país donde lo bronco avanza sin freno.

          La historia advierte que lo bronco, una vez encendido, no se apaga con discursos ni con cifras maquilladas. Se apaga con instituciones sólidas, con justicia real, con gobiernos que escuchen y respondan.

Hoy las calles lo gritan: una marcha por la democracia, otra por la vida. Distintas consignas, pero un mismo mensaje: México no aguanta más indiferencia.

 

 



OTRA PERSPECTIVA

Populismo en América: balance hemisférico y lecciones para el futuro

Parte 7 y ultimo: Populismo en América: espejos y contrastes

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

El continente americano es un espejo roto donde cada país refleja, a su modo, la tensión eterna entre pueblo e instituciones. Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, Sheinbaum en México, Bukele en El Salvador, Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua y Díaz-Canel en Cuba: todos distintos, todos con un hilo común.

El populismo no es ideología, es estilo. Puede vestirse de izquierda o de derecha, de outsider millonario o de científica serena, de caudillo revolucionario o de influencer digital. Pero su esencia no cambia: dividir entre pueblo y élite, y usar la legitimidad popular como escudo para concentrar poder.

Tres rostros del populismo en América

  • Autoritarismos consolidados: Venezuela, Nicaragua y Cuba son la fotografía más oscura. El populismo dejó de ser promesa y se convirtió en régimen, devorando instituciones y cancelando la democracia.
  • Populismos en tensión institucional: Estados Unidos, Brasil, México, Argentina, Colombia y El Salvador muestran que las democracias pueden tambalear cuando un líder fuerte desafía las reglas. A veces resisten (EE. UU., Brasil), a veces se doblan (México, Colombia), a veces se rinden (El Salvador).
  • Contrapesos firmes: Uruguay, Chile y Canadá son recordatorio de que la democracia puede resistir si las instituciones pesan más que los nombres propios.

Lecciones que deja el mapa hemisférico

  1. El populismo no desaparece: se adapta. Puede gritar en un mitin, tuitear en un smartphone o hablar con bata de laboratorio.
  2. Las instituciones importan: donde son fuertes, el populismo se frena; donde son débiles, se convierte en autoritarismo.
  3. El pueblo necesita más que discursos: si las democracias no resuelven pobreza, desigualdad y violencia, el terreno queda fértil para cualquier líder que prometa soluciones inmediatas.
  4. La polarización es rentable, pero corrosiva: los líderes populistas dividen para ganar. Las sociedades que sobreviven son las que logran dialogar después de la división.
  5. La democracia no es automática: requiere cuidado diario, vigilancia ciudadana y contrapesos que no se dejen intimidar por el carisma del poder.

Colofón 

El populismo en América es advertencia y oportunidad. Advierte lo fácil que es debilitar instituciones cuando un líder concentra todo el poder. Pero también recuerda que hay países donde la democracia sigue viva, capaz de corregirse y de resistir.

El futuro del continente no depende de evitar al populismo —porque siempre regresará con otro rostro—, sino de construir instituciones que sobrevivan al aplauso, al grito y al tuit.

La lección final es clara: los líderes pasan, las instituciones quedan. Y si no quedan, lo que permanece no es democracia, sino silencio.

sábado, 6 de septiembre de 2025

 



OTRA PERSPECTIVA

Populismos que se volvieron régimen: Venezuela, Nicaragua y Cuba

Parte 6: Populismo en América: espejos y contrastes

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

El populismo suele empezar como una promesa. Habla de dignidad, de justicia social, de devolverle el poder al pueblo. Pero en Venezuela, Nicaragua y Cuba esa promesa ya no existe. Lo que quedó fue el cascarón del discurso, vacío de contenido, convertido en consigna para sostener regímenes que viven sin contrapesos.

De la esperanza al control absoluto

  • Venezuela: Hugo Chávez llegó como la voz de los olvidados, un militar que hablaba el lenguaje popular. Su sucesor, Nicolás Maduro, administra hoy un autoritarismo disfrazado de elecciones, donde la oposición es perseguida o anulada.
  • Nicaragua: Daniel Ortega, antiguo líder revolucionario, volvió al poder con la bandera del sandinismo. Hoy gobierna como un caudillo absoluto: elecciones sin competencia, adversarios encarcelados o exiliados, y la Iglesia convertida en blanco de persecución.
  • Cuba: la excepción y al mismo tiempo el espejo más antiguo. Desde 1959, la revolución se transformó en sistema de partido único, con un poder que nunca se sometió a la lógica democrática. Miguel Díaz-Canel no gobierna como líder electo, sino como administrador de una maquinaria que funde Estado y partido en un solo aparato.

El vaciamiento de las instituciones

En los tres casos, las instituciones dejaron de ser contrapeso para convertirse en engranes del poder:

  • En Venezuela, el Tribunal Supremo y el Consejo Electoral funcionan como brazos del chavismo.
  • En Nicaragua, el Congreso y la Corte son extensiones de Ortega.
  • En Cuba, no existen siquiera las condiciones de pluralismo: el aparato estatal y el partido único son indistinguibles.

No hay debate, solo obediencia.

El populismo como máscara

El discurso del pueblo resiste en boca de estos regímenes, pero ya no es voz viva: es coartada.

  • Se repite la consigna de la resistencia contra el “imperialismo”.
  • Se habla de defender al pueblo mientras se le reprime o se le empuja al exilio.
  • La retórica populista es ahora un cascarón vacío que sostiene la permanencia de un poder absoluto.

La factura social

El precio de este autoritarismo no es abstracto, se mide en vidas:

  • Venezuela: más de siete millones de personas huyeron, víctimas de pobreza, inflación y servicios colapsados.
  • Nicaragua: un país silenciado, donde hablar cuesta la cárcel y callar cuesta la dignidad.
  • Cuba: la escasez se volvió normalidad, la migración masiva un escape y el miedo cotidiano una herramienta de control.

El espejo roto

Estos tres países muestran el desenlace más oscuro del populismo. La legitimidad que un día nació en las urnas o en la épica revolucionaria se convirtió en excusa para cancelar la democracia.

Ya no existe tensión entre caudillo e instituciones, porque las instituciones fueron devoradas por el caudillo. Lo que queda es un espejo roto donde el poder se mira a sí mismo y el pueblo apenas resiste en silencio o se marcha.

Colofón

Venezuela, Nicaragua y Cuba son la prueba de que el populismo, cuando deja de ser estilo, se convierte en régimen. En estos países ya no se debate si la democracia resiste: lo que queda es sobrevivir al silencio que deja el poder absoluto.

viernes, 5 de septiembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

Democracias que resisten: Uruguay, Chile y Canadá

Parte 5: Populismo en América: espejos y contrastes

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

En un continente marcado por populismos que gritan y se imponen a las instituciones, hay países que recuerdan que la democracia no sobrevive por milagro, sino por disciplina y convicción. Uruguay, Chile y Canadá son la otra cara del espejo: democracias que, con sus matices y tensiones, siguen resistiendo al hechizo del poder absoluto.

Uruguay: la joya institucional de América Latina

En medio de la tormenta populista regional, Uruguay brilla como excepción. No es casualidad: es tradición. Durante más de un siglo, este pequeño país cultivó una cultura política de alternancia, negociación y respeto a las reglas.

El presidente Luis Lacalle Pou gobierna con firmeza, pero dentro de un marco donde izquierda y derecha se suceden sin deslegitimarse mutuamente. Aquí no hay asaltos a congresos ni reformas para perpetuarse: hay un sistema que funciona porque la sociedad lo defiende. Uruguay demuestra que la democracia puede ser frágil en tamaño, pero sólida en convicción.

Chile: la democracia puesta a prueba

Chile vivió su terremoto político en 2019 con el estallido social. Las calles clamaron por una nueva Constitución, y el proceso parecía la antesala de una refundación histórica. Pero el camino fue accidentado: un proyecto constitucional rechazado en plebiscito y un segundo intento aún enredado.

Muchos lo vieron como fracaso; en realidad fue un acto de madurez democrática. La sociedad dijo “no” y el sistema corrigió sin derrumbarse. Gabriel Boric, joven presidente, enfrenta la difícil tarea de gobernar con altas expectativas y un Congreso dividido. Su fortaleza no está en imponer, sino en someterse a la institucionalidad, aunque eso desgaste su popularidad. Chile nos recuerda que la democracia también se mide por su capacidad de enmendar.

Canadá: el equilibrio del norte

Más al norte, Canadá muestra otra lección. Justin Trudeau es un líder carismático, con discurso progresista y estilo mediático que fácilmente podría caer en excesos populistas. Pero el sistema parlamentario, los contrapesos federales y la tradición de diálogo limitan cualquier tentación.

Aquí las instituciones pesan más que los nombres. El resultado es un país donde la estabilidad democrática no significa ausencia de conflicto, sino reglas claras para resolverlo. En un continente donde el presidencialismo suele ser el terreno fértil del caudillo, Canadá muestra la fuerza de un diseño institucional pensado para equilibrar.

El otro lado del espejo

Uruguay, Chile y Canadá no son paraísos. Tienen desigualdades, protestas, divisiones y crisis. Pero han probado que las instituciones, cuando son fuertes, pueden contener al populismo y evitar que el poder se convierta en cheque en blanco.

Colofón

Uruguay, Chile y Canadá nos recuerdan que la democracia no sobrevive por inercia: se cultiva todos los días, se defiende en las crisis y se fortalece cuando las instituciones pesan más que los nombres propios.

jueves, 4 de septiembre de 2025

 


OTRA PERSPECTIVA

 Bukele: el populismo millennial

Parte 4: Populismo en América: espejos y contrastes

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

Nayib Bukele no gobierna desde el Palacio Nacional. Gobierna desde su cuenta de Twitter —o mejor dicho, desde X. Con gorra hacia atrás, frases cortas y la seguridad de un influencer, convirtió la política en espectáculo digital. Si Trump fue el reality show y Bolsonaro el mitin de masas, Bukele es el populismo millennial: el poder administrado a golpe de clic.

El presidente influencer

Bukele entendió algo que sus antecesores no: las redes no son un complemento de la política, son el nuevo escenario central. No necesita ruedas de prensa ni largos discursos. Un meme, un post, un hilo viral, bastan para instalar la narrativa del día.

Se vende como outsider que derrotó a los partidos tradicionales y como el joven que vino a limpiar la corrupción con métodos “nuevos”. En su versión digital, la política es simple: pueblo contra criminales, presidente contra viejos políticos, justicia inmediata contra un enemigo visible.

Los éxitos a la vista

La realidad también juega a su favor. El Salvador, que fue durante años uno de los países más violentos del mundo, ha visto caer sus homicidios de manera drástica bajo su régimen de excepción. Las maras, que parecían invencibles, han sido debilitadas como nunca antes.

Ese resultado, tangible y visible, le da a Bukele un apoyo popular que roza lo absoluto. Mientras otros presidentes pelean con encuestas divididas, él gobierna con una aprobación envidiable en toda América Latina.

El costo oculto

Pero detrás del aplauso hay una factura peligrosa.

Miles de detenciones arbitrarias, familias enteras denunciando abusos, cárceles abarrotadas y sin debido proceso. El Congreso y la Corte Suprema ya no son contrapesos, sino extensiones del Ejecutivo. La reelección inmediata, prohibida por la Constitución salvadoreña, se convirtió en realidad gracias a jueces alineados.

El resultado: una institucionalidad debilitada, que funciona mientras Bukele mantenga el aplauso, pero que deja un precedente frágil para el día en que otro intente usar el mismo camino.

El laboratorio del populismo digital

Bukele es pionero. Si el populismo clásico usaba mítines, micrófonos y plazas, el suyo usa hashtags, tendencias y transmisiones en vivo. Convirtió likes y retuits en legitimidad política. Transformó el aplauso digital en capital de poder real.

El Salvador es hoy el laboratorio de un autoritarismo digital: un régimen donde la democracia se somete a la inmediatez de las redes sociales y el carisma del líder se mide en trending topics.

El dilema regional

El modelo Bukele seduce. Presidentes y candidatos en todo el continente lo miran con atención: resultados inmediatos, popularidad arrasadora, crítica internacional neutralizada con un simple meme. Pero la pregunta es incómoda: ¿qué queda de la democracia cuando todo el poder se concentra en una cuenta de usuario?

Cierre editorial

Bukele es el espejo futurista del populismo: gobierna con un clic, concentra el poder con un decreto y convence al mundo con una selfie. El Salvador es hoy el escenario donde la democracia se prueba frente a un autoritarismo que ya no marcha con botas ni discursos de plaza, sino con emojis y algoritmos.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

 

OTRA PERSPECTIVA

Sheinbaum: la heredera del populismo mayoritario

Parte 3: Populismo en América: espejos y contrastes

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

Claudia Sheinbaum no llegó al poder como outsider, como caudillo militar ni como millonario excéntrico. Su historia es distinta: científica de formación, mujer de estilo sereno, administradora eficaz. Pero detrás de esa diferencia hay un hilo rojo que la conecta con Trump y Bolsonaro: el populismo como fuerza que tensa la democracia.

La continuidad de un proyecto

Sheinbaum no es ruptura, es continuidad. Hereda el capital político de Andrés Manuel López Obrador y con él la legitimidad de las urnas, que le entregaron mayorías amplias en Congreso y poder para moldear instituciones. Su discurso es menos incendiario, pero igual de claro: “el pueblo decidió”. Esa frase funciona como llave maestra para abrir cualquier puerta y para derribar cualquier muro institucional que se interponga.

El estilo diferente

A diferencia de Trump o Bolsonaro, Sheinbaum no busca la confrontación diaria ni el insulto como arma. Su tono es técnico, incluso académico. Habla de datos, de medio ambiente, de ciencia. Pero el fondo es el mismo: utilizar la legitimidad popular para justificar la concentración del poder.

La serenidad no elimina la tentación. La disfraza.

La tentación del poder absoluto

Con una mayoría legislativa cómoda, Sheinbaum tiene en sus manos la posibilidad de reformar la Constitución. Y ya se habla de cambios profundos en materia judicial, electoral y administrativa.

  • Los organismos autónomos se ven como obstáculos (casi eliminados)
  • La Suprema Corte, Capturada.
  • La crítica, como ruido innecesario.

El populismo mayoritario no necesita gritar: actúa con la tranquilidad de saber que tiene los votos para hacerlo.

El dilema mexicano

México vive en un umbral delicado.

Puede consolidar una democracia socialdemócrata con instituciones fuertes, capaz de enfrentar la desigualdad y la violencia desde un marco de legalidad.

O puede repetir el guion latinoamericano: el populismo centralizador que convierte las mayorías en cheque en blanco y debilita los contrapesos hasta dejarlos irrelevantes.

Un populismo en clave mexicana

Sheinbaum no grita como Trump ni provoca como Bolsonaro. No se viste de outsider ni de mesías. Pero enfrenta el mismo dilema: usar el respaldo popular como herramienta de gobierno o como excusa para arrasar con lo que incomoda.

El futuro mexicano dependerá menos del estilo y más de la decisión: gobernar con instituciones o gobernar sobre ellas.

martes, 2 de septiembre de 2025

 



OTRA PERSPECTIVA

Todo el poder: señales de una democradura mexicana

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

Anoche, en el salón de plenos de la Suprema Corte, cuatro figuras se alzaron como símbolo de una nueva etapa en la vida pública mexicana: Claudia Sheinbaum en la Presidencia; Sergio Gutiérrez en la Cámara de Diputados; Laura Itzel Castillo en el Senado; y Hugo Aguilar, nuevo presidente de la Corte, exfuncionario cercano a López Obrador.

Por primera vez en tres décadas, el oficialismo controla simultáneamente los tres poderes de la Unión.

La escena fue presentada como una “colaboración institucional”, pero el mensaje es claro: después de años de confrontación con jueces, magistrados y organismos autónomos, la 4T ha logrado algo que ni el PRI en sus últimos años ni el PAN en su momento de auge pudieron alcanzar: un poder sin contrapesos efectivos.

Democracia, autoritarismo, dictadura… y la sombra de la democradura

Las palabras importan. Decir “democracia” sigue sonando a promesa de igualdad y libertades; decir “dictadura” sigue oliendo a cárcel, censura y miedo. Pero lo inquietante está en el medio: en ese terreno gris donde los gobiernos llegan por el voto, pero gobiernan como si fueran dueños.

Democracia

En teoría, es el ideal: el poder del pueblo expresado en elecciones libres, con instituciones que equilibran al Ejecutivo, con jueces independientes, libertad de prensa y ciudadanos capaces de criticar sin miedo. Su fuerza radica en la diversidad y en el respeto a la ley.

Autoritarismo

Cuando un líder concentra poder y usa el Estado como prolongación de su voluntad, la democracia empieza a resquebrajarse. El autoritarismo no siempre cancela elecciones: a veces las manipula, controla medios, persigue críticos o debilita contrapesos hasta vaciarlos de sentido.

Dictadura

La dictadura es la forma extrema del autoritarismo: la desaparición total de libertades, el encarcelamiento de opositores, la censura abierta y el control absoluto del poder. No disimula: se impone con miedo, represión y fuerza.

Democradura

La palabra suena incómoda, pero define demasiado bien nuestro presente. Son regímenes que conservan las urnas, pero vacían las instituciones. Gobiernos que se apoyan en su legitimidad electoral para debilitar la justicia, silenciar la prensa, reescribir las reglas y concentrar el poder en una sola voz.
La democradura es peligrosa porque se siente legítima: se apoya en el pueblo para callar al pueblo. Dice defender la democracia, pero en realidad solo defiende al líder.

 La democracia domesticada

La democracia no muere de un día para otro. No necesita tanques en la calle ni discursos de botas. Muere en silencio: en cada ley aprobada a golpe de mayoría, en cada juez desacreditado desde un micrófono, en cada periodista convertido en enemigo del pueblo.
Es la democracia domesticada, la que obedece al líder y no a las instituciones.

El autoritarismo que se disfraza

El autoritarismo de hoy no se llama dictadura. Se viste de urnas, presume encuestas, pero teme al debate. Prefiere aplaudidores antes que opositores. Se alimenta de la polarización, porque dividir es gobernar.

La dictadura sin uniforme

La dictadura clásica —la de los militares con gafas oscuras y comunicados en cadena nacional— parece cosa del pasado. Pero en Venezuela, Nicaragua o Cuba todavía se recuerda que esa cara existe: censura abierta, presos políticos, opositores en el exilio.
Ahí ya no hay disimulo. Ahí la democracia no es adorno: es cadáver.

El espejo roto de América

  • En México, la mayoría legislativa se convierte en máquina de reformas que tensan la Constitución.
  • En Brasil y Estados Unidos, los populismos de derecha han puesto a prueba la resistencia institucional.
  • En El Salvador, el aplauso popular cubre el desmantelamiento de garantías básicas.
  • En Venezuela y Nicaragua, el experimento ya mutó en dictadura abierta.

Colofón

La pregunta no es si queremos democracia o dictadura.
La pregunta real es: ¿cuánto autoritarismo estamos dispuestos a tolerar antes de admitir que ya no vivimos en democracia?

Porque la democradura no avisa: se instala poco a poco. Y cuando despertamos, ya no hay parlamento que escuche ni jueces que resistan. Solo queda la voz del líder, amplificada hasta el cansancio, ocupando el lugar de todas las demás.

 

 

OTRA PERSPECTIVA

Trump y Bolsonaro: el eco populista a ambos lados del continente

 Parte 2: Populismo en América: espejos y contrastes

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

Dos hombres distintos, un mismo libreto.

Donald Trump, magnate inmobiliario convertido en outsider político, y Jair Bolsonaro, capitán retirado del Ejército brasileño con décadas en el Congreso, parecían no tener mucho en común. Pero bastó escucharlos un par de veces para reconocer el eco: el mismo tono desafiante, el mismo enemigo —“la élite corrupta”— y la misma promesa de devolver la grandeza perdida a sus naciones.

El espejo hemisférico

Bolsonaro no escondió su admiración por Trump. Tomó de él el estilo confrontativo, la guerra abierta contra la prensa, el uso de las redes sociales como arma política y hasta la asesoría de Steve Bannon.

El “Make America Great Again” se tropicalizó en un “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos”.

El resultado fue el mismo: sociedades divididas, polarizadas y atrapadas en un permanente estado de campaña.

El choque con las instituciones

Los dos líderes llevaron su cruzada más allá de la retórica.

En Estados Unidos, el asalto al Capitolio en enero de 2021 mostró hasta dónde podía llegar la retórica incendiaria de Trump.

En Brasil, el ataque a los Tres Poderes en Brasilia, en enero de 2023, fue una réplica aún más brutal de ese guion.

La diferencia estuvo en la respuesta: la justicia brasileña procesó a Bolsonaro por intento de golpe; en Estados Unidos, Trump enfrenta condenas por delitos comerciales, pero su papel en el asalto al Capitolio aún permanece en la penumbra judicial.

Dos estilos, un mismo riesgo

Trump se presentó como el empresario que venía a limpiar la “ciénaga” de Washington; Bolsonaro como el exmilitar que encarnaba al “pueblo contra el sistema”.
Uno en inglés y otro en portugués, ambos hablaban el idioma del populismo: el del líder que dice representar directamente a las masas y que, en nombre de esa legitimidad, considera secundarias las instituciones.

Más allá de la anécdota

Trump y Bolsonaro no inventaron el populismo, pero sí lo llevaron al extremo:

  • La política como espectáculo.
  • La confrontación como método.
  • El poder por encima de las reglas.

El espejo hemisférico que forman no es casualidad: es advertencia. Cuando las democracias se dejan seducir por el ruido, los gritos del líder terminan ahogando las voces de las instituciones.

lunes, 1 de septiembre de 2025

 


OTRA PERSPECTIVA

Populismo en América: espejos y contrastes

Opinion de Jose Rafael Moya Saavedra

 

Populismo: palabra que incomoda, poder que seduce.

Todos hablan de populismo, pero pocos saben realmente qué significa. La palabra se usa como insulto, como elogio o como arma de campaña. Lo cierto es que el populismo no es una ideología, sino un estilo: una forma de dividir el mundo entre “el pueblo bueno” y “la élite corrupta”.

El imán del populismo

El populismo surge cuando la política tradicional se agota. Llega en tiempos de crisis, cuando la gente siente que nadie la escucha. Entonces aparece un líder que promete ser la voz directa del pueblo, sin intermediarios, sin partidos, sin instituciones que “estorben”.
Su fuerza es emocional: conecta con el enojo, con la frustración, con la esperanza de que alguien, por fin, “les diga sus verdades” a los poderosos.

El doble filo

El populismo puede ser bálsamo o veneno.

  • Regenera cuando devuelve poder a los olvidados y sacude a las élites adormecidas.
  • Deteriora cuando concentra poder, destruye instituciones y convierte la voz del pueblo en excusa perfecta para imponer la voz de uno solo.

Por eso incomoda: porque nunca es neutro. Es motor de esperanza o ruta al autoritarismo.

El mapa americano

Hoy el continente está lleno de espejos populistas:

  • Autoritarismos consolidados: Venezuela, Nicaragua, Cuba. Ahí el populismo dejó de ser promesa y se volvió dictadura.
  • Tensiones institucionales: México, Estados Unidos, Brasil, Colombia, Argentina, El Salvador. Países donde el populismo vive un pulso constante con las instituciones: unas resisten, otras se doblan.
  • Contrapesos firmes: Uruguay, Chile, Canadá. Lugares donde las reglas democráticas aún pesan más que el carisma de un líder.

El mapa americano

Hoy el continente está lleno de espejos populistas: 

País / Líder

Estilo de liderazgo

Rasgos populistas

Situación institucional

Nivel de riesgo democrático

EE. UU. – Donald Trump

Outsider, confrontativo

“America First”, ataques a prensa y jueces

Instituciones tensionadas pero resilientes

Alto, contenido

Brasil – Jair Bolsonaro

Exmilitar, conservador

Polarización, desprestigio a tribunales, negacionismo COVID

Justicia procesó intento de golpe

Alto, con reacción

México – Claudia Sheinbaum (AMLO antecedente)

Científica, serena

Legitimidad mayoritaria, reformas contra contrapesos

Mayorías legislativas, tensión con SCJN

Medio-Alto

El Salvador – Nayib Bukele

Carismático, digital

Populismo millennial, régimen de excepción

Congreso y Corte bajo control

Alto, hacia autoritarismo

Venezuela – Nicolás Maduro

Autoritario

Populismo chavista degenerado en dictadura

Institucionalidad colapsada

Máximo

Nicaragua – Daniel Ortega

Caudillo revolucionario

Populismo revolucionario devenido dictadura

Eliminación total de elecciones libres

Máximo

Cuba – Miguel Díaz-Canel

Continuidad castrista

Retórica revolucionaria, partido único

Sin pluralismo político real

Máximo

Argentina – Javier Milei

Libertario, disruptivo

Anti-“casta política”, estilo personalista

Instituciones tensionadas por decretos

Medio-Alto

Colombia – Gustavo Petro

Progresista, exguerrillero

Discurso antiélites, polarización

Tensiones con justicia y FF.AA.

Medio

Chile – Gabriel Boric

Progresista joven

Reformista, institucional

Proceso constituyente fallido pero democrático

Medio-Bajo

Uruguay – Lacalle Pou

Liberal moderado

No populista

Institucionalidad robusta

Bajo

Canadá – Justin Trudeau

Carismático, parlamentario

Liderazgo personalista limitado

Contrapesos sólidos

Bajo

Haití – Estado sin liderazgo

Colapso estatal

No populismo, vacío de poder

Instituciones fallidas

Máximo


Una historia larga, una tentación recurrente

El populismo en América no nació ayer.

  • Orígenes clásicos: a inicios del siglo XX, con Vargas en Brasil, Cárdenas en México, Perón en Argentina o Velasco Ibarra en Ecuador, que movilizaron a las masas con nacionalismo, redistribución y desafío a las élites.
  • La represión militar: en la segunda mitad del siglo XX, dictaduras sofocaron movimientos populistas en Argentina, Chile y Uruguay.
  • Neopopulismo del siglo XXI: con Chávez, Evo, Correa, AMLO, Bolsonaro y Trump, el populismo se modernizó: ahora usa redes sociales, discursos polarizantes y promesas de refundación nacional.

Incluso Estados Unidos tuvo su propia versión: el “populismo de la pradera” del siglo XIX, con agricultores enfrentados a banqueros y políticos urbanos. Fue efímero, rural y blanco. Muy distinto al latinoamericano, que fue urbano, obrero, inclusivo y de larga duración.

Qué es el populismo

En términos simples: el populismo es un enfoque político que apela al pueblo contra las élites, con un líder carismático que se presenta como intérprete único de la voluntad popular.

  • Fuerza: da voz a los olvidados, rompe monopolios de poder, sacude sistemas cerrados.
  • Debilidad: simplifica la política, erosiona instituciones, alimenta caudillismos.

El dilema de siempre

El populismo no desaparece. Se transforma, cambia de rostro y de bandera. Puede vestirse de izquierda, de derecha, de outsider millonario o de científica serena. Su esencia, sin embargo, es la misma: el atajo político que promete devolver el poder al pueblo.

La pregunta no es si habrá populismo, sino qué harán las instituciones para resistirlo o dejarse arrasar por él.

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