martes, 29 de julio de 2025


 

OTRA PERSPECTIVA

Distopías Mexicanas I: Cuando la Ficción Alcanzó al Poder

Por: José Rafael Moya Saavedra

“Las distopías mexicanas dejaron de ser literatura.”

Durante décadas, escritores, ensayistas y periodistas imaginaron futuros oscuros para México. Novelas que hablaban de ciudades colapsadas, presidentes mesiánicos, escasez de agua, censura ideológica, violencia sistémica y ciudadanos programados para obedecer o sobrevivir.

Hoy, en plena consolidación de la Cuarta Transformación y ante la llegada de Claudia Sheinbaum al poder, no leemos esas distopías como ficción.
Las leemos como bitácoras anticipadas de un presente que se volvió ineludible.

Las letras que lo advirtieron todo

Carlos Fuentes nos dibujó en La silla del Águila (2003) un México gobernado por un presidente que elimina la crítica, controla la narrativa nacional y decide el futuro desde un despacho cerrado, rodeado de aduladores.

Hoy, los paralelos con el discurso vertical de la 4T —concentrado en una figura que lo absorbe todo— son imposibles de ignorar.

Homero Aridjis, en La leyenda de los soles, imaginó una Ciudad de México apocalíptica: contaminada, caótica, sin oxígeno ni sentido. Un Estado que colapsa desde adentro mientras el pueblo sobrevive entre ruinas, simulacros y fe.

Francisco Martín Moreno, con México sediento, adelantó la pesadilla hídrica que ya toca a Monterrey, a Sonora, a la misma CDMX. Su relato de un país dividido entre los que tienen agua y los que no, hoy parece reporte técnico más que novela.

Y tantos otros: Gabriel Trujillo Muñoz, Marcela del Río, José Agustín, los ensayistas del desencanto de los años noventa y los periodistas que en sus columnas encendieron alarmas que nadie quiso leer.

La Cuarta Transformación como espejo distópico

El discurso fundacional de la 4T se presenta como redentor: el pueblo por fin en el poder, la historia corregida, el neoliberalismo enterrado.
Pero como en toda distopía… el problema no es el relato. Es quién lo controla.

·       Cuando la crítica se convierte en traición,
cuando la disidencia es “conservadurismo”,
cuando el presidente es la única voz legítima,
el sueño empieza a parecerse al encierro.

La figura de AMLO como líder carismático que acapara sentido, narrativa y moral pública ya fue advertida en la literatura mexicana. Y ahora, su sucesión con Claudia Sheinbaum, más que un cambio, parece una continuidad calculada.

Sheinbaum hereda no solo el gobierno, sino la narrativa.
Y esa narrativa —de transformación irreversible— se acerca peligrosamente al dogma.

 Literatura, periodismo y distopía: el poder de la sospecha

No es que Sheinbaum sea una tirana. No lo es.

Pero los signos de una sociedad donde el poder se absolutiza, la prensa se deslegitima, y las instituciones pierden autonomía ya han sido retratados con fuerza simbólica por escritores y periodistas mucho antes de esta década.

  • La idea de un México dividido entre “pueblo bueno” y “enemigos del cambio”.
  • El centralismo presidencial que decide la moral, el rumbo, la verdad.
  • La invisibilidad de voces críticas en el sistema de medios estatales.
  • La hipervigilancia social, no digital… sino narrativa.

Todo eso ya lo vimos en los libros.
Y ahora lo vemos en los noticieros.

Si la distopía llegó… no es tiempo de callar

La literatura distópica mexicana nos ofreció una advertencia.

Hoy, con un nuevo gobierno que hereda la narrativa de un cambio total y una nación profundamente fracturada, no basta con leer esas ficciones como pasado. Hay que activarlas como herramientas de análisis.

Porque lo que está en juego no es solo el rumbo político.
Es la libertad de imaginar futuros no impuestos.
Es la posibilidad de disentir sin ser señalado.
Es el derecho a cuestionar incluso a quienes dicen estar “del lado correcto de la historia”.

Cuando la distopía se normaliza,
el arte, la palabra y la crítica deben volver a ser trinchera.

¿Qué sigue?

        Lectores, periodistas, escritores, comunidades: el relato oficial no puede ser el único.
Aún hay tiempo de escribir otra historia.
        Pero solo si nos atrevemos a imaginarla sin miedo.

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