miércoles, 13 de mayo de 2026

 

OTRA PERSPECTIVA

Mundial 2026 y malestar mexicano

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Hay momentos en la vida pública en los que el decorado no alcanza. Se cambian luminarias, se pintan bardas, se re-encarpetan avenidas y se inauguran líneas de transporte como si el país fuera un escenario que solo requiere mejores luces. El Mundial 2026 parece construirse bajo esa lógica: una operación de iluminación a gran escala. Pero debajo del asfalto recién extendido y de las campañas de “país anfitrión responsable”, persiste algo que no termina de disiparse. No es solamente el desgaste urbano ni el transporte saturado. Es el sedimento del malestar acumulado, de las cuentas pendientes con los vivos y con los muertos, de una violencia y una desigualdad que no caben en los videos promocionales.

Mientras la narrativa oficial intenta vender el torneo como un parteaguas —la oportunidad de “lavar la imagen”, atraer inversiones y demostrar que México puede organizar eventos de primer mundo—, otra línea de tiempo corre en sentido contrario. Transportistas anuncian bloqueos; campesinos preparan nuevos paros; maestras y maestros discuten en asambleas si el balón rodando debe entenderse como tregua o como momento de presión; madres buscadoras miran el calendario de partidos con el ojo clínico de quien ha aprendido a detectar cuándo el país, aunque sea por unos segundos, voltea hacia lo que normalmente prefiere ignorar.

El Mundial, más que una fiesta, comienza a perfilarse como una vitrina en disputa. Y la pregunta ya no es si permitirá mostrar un México moderno, sino cuánto de las fisuras del país terminará filtrándose por las grietas del espectáculo.

En la sala de espera del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, una madre buscadora mira dos pantallas al mismo tiempo. En una, los comentaristas ensayan la alineación de México para el partido inaugural; en la otra, casi sin volumen, aparece la nota sobre una fosa recién localizada en el estado donde desapareció su hijo. A su alrededor hablan del clima, del estadio, de si la selección llegará bien. Ella no levanta la vista cuando anuncian la ceremonia inaugural. Extiende sobre sus piernas la fotografía plastificada de su muchacho y la limpia despacio, con el mismo cuidado con el que otros limpian la pantalla del teléfono antes de grabar el primer gol.

Guadalajara, por ejemplo, no puede entenderse únicamente en clave de postal futbolera. La ciudad lleva años funcionando como laboratorio de violencia y control territorial. La escena se repite: un operativo contra un grupo criminal, vehículos incendiados en los accesos metropolitanos, transporte público suspendido, ciudadanía encerrada en casa mientras circulan videos de narcobloqueos. La sede mundialista no se levanta en un vacío, sino sobre esa memoria inmediata de parálisis inducida.

Cada anuncio de partido y cada video promocional de la FIFA con drones sobrevolando el Estadio Akron convive con otra imagen: la de una ciudad sitiada por actores que no necesitan boletos ni acreditaciones para alterar la narrativa internacional.

A unas cuadras del Estadio Azteca, en Santa Úrsula Coapa, unos niños juegan una cascarita entre bardas desconchadas cubiertas por anuncios del Mundial. El balón rebota contra un póster donde un jugador sonríe bajo el eslogan “Aquí se hace historia”. Del otro lado de la calle, varios vecinos cuelgan una manta improvisada: “No al desalojo por el estadio”. El partido continúa como si nada. Pero cada vez que la pelota golpea la barda, el eco parece repetir la misma palabra: fuera.

En la Ciudad de México la tensión adquiere otra forma. Aquí el riesgo principal no son convoyes armados incendiando carreteras, sino la acumulación de agravios sociales que convergen exactamente en el mismo espacio que el gobierno pretende convertir en escaparate global. El Estadio Azteca y sus alrededores —colonias presionadas por el aumento de rentas, comercios desplazados por obras, vialidades alteradas al ritmo de la industria del espectáculo— se han convertido en un ensayo general intensivo de gentrificación legitimada bajo el discurso del legado urbano.

Mientras el relato oficial habla de modernización, movilidad y desarrollo, en la vida cotidiana aparecen desalojos silenciosos, pérdida de vivienda accesible y crisis de agua cada vez más visibles. No se trata realmente de pacificar la ciudad; se trata de encapsular el Mundial.

En una vecindad de Pedregal de Santa Úrsula, la televisión transmite imágenes en 4K del Estadio Azteca iluminado: drones sobrevolando el inmueble, fuegos artificiales, tomas cerradas sobre las nuevas butacas. En el patio, una manguera pinchada deja caer un hilo de agua sobre cubetas alineadas. Una mujer comenta que “qué bonito se ve el estadio”, mientras calcula si el tinaco alcanzará para el resto de la semana. La ceremonia de inauguración avanza en la pantalla; el agua, en cambio, se corta sin previo aviso.

Ahí se cruzan las marchas feministas que denuncian desapariciones y violencia de género con las protestas de vecinos desplazados por el encarecimiento de la zona, y con las madres buscadoras que colocan fichas de sus hijos desaparecidos a unos metros de los accesos al coloso de Santa Úrsula. La fiesta, si ocurre, transcurre entre cercos, vallas, retenes y rutas alternas. Es un Mundial atravesado por bloqueos, plantones y protestas estratégicas; un torneo que difícilmente conseguirá expulsar el conflicto hacia los márgenes porque el propio dispositivo del espectáculo necesita ocupar el corazón político y emocional de la ciudad.

Lo que aparece deteriorado no es el futbol en sí mismo. Un Mundial no deja de ser una excusa, un amplificador de tensiones previas. Lo que aflora es la distancia entre la promesa y la experiencia cotidiana. Se prometió pacificación y llegó la normalización de los muertos y desaparecidos. Se ofreció combatir la corrupción y terminó consolidándose una nueva arquitectura de impunidad selectiva. Bajo la consigna de poner a 'los pobres primero”

En ese contexto, utilizar el Mundial como escenario de protesta deja de parecer un capricho y se convierte en una lectura lúcida de cómo funciona la atención en el capitalismo contemporáneo. Los movimientos sociales saben que una marcha más puede diluirse en la rutina informativa. En cambio, una protesta frente al estadio el día inaugural, un bloqueo carretero durante la llegada de selecciones o un performance de madres buscadoras en una fan zone tienen la capacidad de romper la burbuja mediática global.

El cálculo es sencillo: si el Estado decide concentrar recursos simbólicos, económicos y de seguridad en el espectáculo, entonces ese mismo espectáculo se convierte en el punto de máxima vulnerabilidad política.

El gobierno, mientras tanto, juega en dos tableros simultáneos. En el primero, el de la comunicación política, insiste en que el Mundial representa confianza internacional, modernidad y estabilidad. En el segundo, el de la operación cotidiana, debe negociar con transportistas, contener conflictos magisteriales, administrar tensiones territoriales y enfrentar organizaciones criminales cuya capacidad de paralizar regiones enteras sigue intacta.

Ahí aparece otra forma de descomposición: la fragilidad de una gobernabilidad sostenida muchas veces en pactos informales, negociaciones de emergencia y la esperanza de que nada estalle justo cuando las cámaras del mundo estén encendidas.

La experiencia internacional muestra que esta tensión no es exclusiva de México. Brasil 2014 vivió protestas masivas contra el gasto público y la desigualdad bajo la consigna “No son solo 20 centavos”; en Sudáfrica 2010 la discusión giró en torno a pobreza, desplazamiento urbano y violencia; en Qatar 2022 las críticas se concentraron en derechos laborales y control político. Los mega eventos rara vez borran los conflictos estructurales: normalmente los iluminan.

En México, sin embargo, la fractura adquiere una dimensión particularmente dolorosa por la convivencia permanente entre celebración y duelo. Organizar una fiesta global mientras persiste una crisis de desapariciones no resuelta implica apostar por una especie de anestesia colectiva. Se pide a la sociedad “voltear a ver lo positivo”, como si la alegría y la indignación fueran emociones incompatibles.

Pero las calles suelen desmentir ese guion. Es posible celebrar un gol y, al mismo tiempo, recordar que existen cuerpos sin identificar, carpetas sin investigar y familias que siguen buscando en fosas clandestinas mientras en otra parte se ensaya una ceremonia de inauguración.

Quizá el verdadero ensayo general no sea el de los equipos afinando tácticas en la cancha, sino el de una sociedad ensayando nuevas formas de hacerse visible frente al espectáculo. Lo que está en juego no es solamente si el Mundial “saldrá bien” a ojos de la FIFA y los patrocinadores, sino qué lectura hará la ciudadanía de este experimento de país-escaparate.

Si el torneo terminará siendo recordado como un paréntesis eufórico que no modificó nada, o como el momento en que distintas luchas encontraron un territorio compartido para escribir sus agravios sobre la misma pantalla global.

En esa ambivalencia se moverá el México del Mundial 2026: entre la promesa de fiesta y la persistencia del duelo, entre la operación de imagen y la operación de memoria. El balón, cuando ruede, no borrará las ausencias ni silenciará el rumor subterráneo del enojo. Más bien podría amplificarlos.

Y quizá ahí se encuentra el verdadero problema del decorado: por más luces que se enciendan y por más banderas que se cuelguen, hay fisuras del país que ya no aceptan permanecer fuera de cuadro.

 

 

Anexo

Radiografía del conflicto alrededor del Mundial 2026

Si todo esto parece demasiado abstracto, basta mirar con lupa quiénes están alzando la voz y cómo han decidido usar el Mundial como palanca. Detrás de cada escena —la madre en el aeropuerto, la cascarita en Santa Úrsula, la vecindad sin agua— hay organizaciones, agendas, calendarios y territorios concretos. Lo que sigue no es un inventario neutro, sino la radiografía de ese sistema de presiones que intenta colarse en la toma abierta del espectáculo

Lo que aparece en las calles no son protestas aisladas, sino un sistema de presión distribuido donde distintos actores han identificado el Mundial como un momento óptimo de visibilidad política, negociación y disputa por la narrativa pública.

La siguiente matriz resume actores, demandas, tácticas, territorios y momentos críticos que podrían converger durante el torneo.

 

Vista en conjunto, la matriz deja una conclusión incómoda: el problema no es únicamente la posibilidad de protestas durante el Mundial, sino la coexistencia entre una operación global de espectáculo y una sociedad que sigue intentando hacerse escuchar entre desapariciones, desigualdad, violencia y despojo.

El balón puede ordenar el calendario. Lo que no garantiza es el silencio.

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