OTRA PERSPECTIVA
Mundial 2026 y malestar mexicano
Por Jose Rafael Moya Saavedra
Hay momentos en la vida pública
en los que el decorado no alcanza. Se cambian luminarias, se pintan bardas, se re-encarpetan
avenidas y se inauguran líneas de transporte como si el país fuera un escenario
que solo requiere mejores luces. El Mundial 2026 parece construirse bajo esa
lógica: una operación de iluminación a gran escala. Pero debajo del asfalto
recién extendido y de las campañas de “país anfitrión responsable”,
persiste algo que no termina de disiparse. No es solamente el desgaste urbano
ni el transporte saturado. Es el sedimento del malestar acumulado, de las
cuentas pendientes con los vivos y con los muertos, de una violencia y una
desigualdad que no caben en los videos promocionales.
Mientras la narrativa oficial
intenta vender el torneo como un parteaguas —la oportunidad de “lavar la
imagen”, atraer inversiones y demostrar que México puede organizar
eventos de primer mundo—, otra línea de tiempo corre en sentido contrario.
Transportistas anuncian bloqueos; campesinos preparan nuevos paros; maestras y
maestros discuten en asambleas si el balón rodando debe entenderse como tregua
o como momento de presión; madres buscadoras miran el calendario de partidos
con el ojo clínico de quien ha aprendido a detectar cuándo el país, aunque sea
por unos segundos, voltea hacia lo que normalmente prefiere ignorar.
El Mundial, más que una fiesta,
comienza a perfilarse como una vitrina en disputa. Y la pregunta ya no es si
permitirá mostrar un México moderno, sino cuánto de las fisuras del país
terminará filtrándose por las grietas del espectáculo.
En la sala de espera del
Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, una madre buscadora mira dos
pantallas al mismo tiempo. En una, los comentaristas ensayan la alineación de
México para el partido inaugural; en la otra, casi sin volumen, aparece la nota
sobre una fosa recién localizada en el estado donde desapareció su hijo. A su
alrededor hablan del clima, del estadio, de si la selección llegará bien. Ella
no levanta la vista cuando anuncian la ceremonia inaugural. Extiende sobre sus
piernas la fotografía plastificada de su muchacho y la limpia despacio, con el
mismo cuidado con el que otros limpian la pantalla del teléfono antes de grabar
el primer gol.
Guadalajara, por ejemplo, no
puede entenderse únicamente en clave de postal futbolera. La ciudad lleva años
funcionando como laboratorio de violencia y control territorial. La escena se
repite: un operativo contra un grupo criminal, vehículos incendiados en los
accesos metropolitanos, transporte público suspendido, ciudadanía encerrada en
casa mientras circulan videos de narcobloqueos. La sede mundialista no se
levanta en un vacío, sino sobre esa memoria inmediata de parálisis inducida.
Cada anuncio de partido y cada
video promocional de la FIFA con drones sobrevolando el Estadio Akron convive
con otra imagen: la de una ciudad sitiada por actores que no necesitan boletos
ni acreditaciones para alterar la narrativa internacional.
A unas cuadras del Estadio
Azteca, en Santa Úrsula Coapa, unos niños juegan una cascarita entre bardas
desconchadas cubiertas por anuncios del Mundial. El balón rebota contra un
póster donde un jugador sonríe bajo el eslogan “Aquí se hace historia”.
Del otro lado de la calle, varios vecinos cuelgan una manta improvisada: “No
al desalojo por el estadio”. El partido continúa como si nada. Pero cada
vez que la pelota golpea la barda, el eco parece repetir la misma palabra: fuera.
En la Ciudad de México la tensión
adquiere otra forma. Aquí el riesgo principal no son convoyes armados
incendiando carreteras, sino la acumulación de agravios sociales que convergen
exactamente en el mismo espacio que el gobierno pretende convertir en escaparate
global. El Estadio Azteca y sus alrededores —colonias presionadas por el
aumento de rentas, comercios desplazados por obras, vialidades alteradas al
ritmo de la industria del espectáculo— se han convertido en un ensayo general intensivo
de gentrificación legitimada bajo el discurso del legado urbano.
Mientras el relato oficial habla
de modernización, movilidad y desarrollo, en la vida cotidiana aparecen
desalojos silenciosos, pérdida de vivienda accesible y crisis de agua cada vez
más visibles. No se trata realmente de pacificar la ciudad; se trata de
encapsular el Mundial.
En una vecindad de Pedregal de
Santa Úrsula, la televisión transmite imágenes en 4K del Estadio Azteca
iluminado: drones sobrevolando el inmueble, fuegos artificiales, tomas cerradas
sobre las nuevas butacas. En el patio, una manguera pinchada deja caer un hilo
de agua sobre cubetas alineadas. Una mujer comenta que “qué bonito se ve el
estadio”, mientras calcula si el tinaco alcanzará para el resto de la
semana. La ceremonia de inauguración avanza en la pantalla; el agua, en cambio,
se corta sin previo aviso.
Ahí se cruzan las marchas
feministas que denuncian desapariciones y violencia de género con las protestas
de vecinos desplazados por el encarecimiento de la zona, y con las madres
buscadoras que colocan fichas de sus hijos desaparecidos a unos metros de los
accesos al coloso de Santa Úrsula. La fiesta, si ocurre, transcurre entre
cercos, vallas, retenes y rutas alternas. Es un Mundial atravesado por
bloqueos, plantones y protestas estratégicas; un torneo que difícilmente
conseguirá expulsar el conflicto hacia los márgenes porque el propio
dispositivo del espectáculo necesita ocupar el corazón político y emocional de
la ciudad.
Lo que aparece deteriorado no es
el futbol en sí mismo. Un Mundial no deja de ser una excusa, un amplificador de
tensiones previas. Lo que aflora es la distancia entre la promesa y la
experiencia cotidiana. Se prometió pacificación y llegó la normalización de los
muertos y desaparecidos. Se ofreció combatir la corrupción y terminó
consolidándose una nueva arquitectura de impunidad selectiva. Bajo la consigna
de poner a 'los pobres primero”
En ese contexto, utilizar el
Mundial como escenario de protesta deja de parecer un capricho y se convierte
en una lectura lúcida de cómo funciona la atención en el capitalismo
contemporáneo. Los movimientos sociales saben que una marcha más puede diluirse
en la rutina informativa. En cambio, una protesta frente al estadio el día
inaugural, un bloqueo carretero durante la llegada de selecciones o un
performance de madres buscadoras en una fan zone tienen la capacidad de romper
la burbuja mediática global.
El cálculo es sencillo: si el
Estado decide concentrar recursos simbólicos, económicos y de seguridad en el
espectáculo, entonces ese mismo espectáculo se convierte en el punto de máxima
vulnerabilidad política.
El gobierno, mientras tanto,
juega en dos tableros simultáneos. En el primero, el de la comunicación
política, insiste en que el Mundial representa confianza internacional,
modernidad y estabilidad. En el segundo, el de la operación cotidiana, debe
negociar con transportistas, contener conflictos magisteriales, administrar
tensiones territoriales y enfrentar organizaciones criminales cuya capacidad de
paralizar regiones enteras sigue intacta.
Ahí aparece otra forma de
descomposición: la fragilidad de una gobernabilidad sostenida muchas veces en
pactos informales, negociaciones de emergencia y la esperanza de que nada
estalle justo cuando las cámaras del mundo estén encendidas.
La experiencia internacional
muestra que esta tensión no es exclusiva de México. Brasil 2014 vivió protestas
masivas contra el gasto público y la desigualdad bajo la consigna “No son
solo 20 centavos”; en Sudáfrica 2010 la discusión giró en torno a
pobreza, desplazamiento urbano y violencia; en Qatar 2022 las críticas se
concentraron en derechos laborales y control político. Los mega eventos rara
vez borran los conflictos estructurales: normalmente los iluminan.
En México, sin embargo, la
fractura adquiere una dimensión particularmente dolorosa por la convivencia
permanente entre celebración y duelo. Organizar una fiesta global mientras
persiste una crisis de desapariciones no resuelta implica apostar por una especie
de anestesia colectiva. Se pide a la sociedad “voltear a ver lo
positivo”, como si la alegría y la indignación fueran emociones
incompatibles.
Pero las calles suelen desmentir
ese guion. Es posible celebrar un gol y, al mismo tiempo, recordar que existen
cuerpos sin identificar, carpetas sin investigar y familias que siguen buscando
en fosas clandestinas mientras en otra parte se ensaya una ceremonia de
inauguración.
Quizá el verdadero ensayo general
no sea el de los equipos afinando tácticas en la cancha, sino el de una
sociedad ensayando nuevas formas de hacerse visible frente al espectáculo. Lo
que está en juego no es solamente si el Mundial “saldrá bien” a
ojos de la FIFA y los patrocinadores, sino qué lectura hará la ciudadanía de
este experimento de país-escaparate.
Si el torneo terminará siendo
recordado como un paréntesis eufórico que no modificó nada, o como el momento
en que distintas luchas encontraron un territorio compartido para escribir sus
agravios sobre la misma pantalla global.
En esa ambivalencia se moverá el
México del Mundial 2026: entre la promesa de fiesta y la persistencia del
duelo, entre la operación de imagen y la operación de memoria. El balón, cuando
ruede, no borrará las ausencias ni silenciará el rumor subterráneo del enojo.
Más bien podría amplificarlos.
Y quizá ahí se encuentra el
verdadero problema del decorado: por más luces que se enciendan y por más
banderas que se cuelguen, hay fisuras del país que ya no aceptan permanecer
fuera de cuadro.
Anexo
Radiografía del conflicto alrededor del Mundial 2026
Si todo esto parece demasiado
abstracto, basta mirar con lupa quiénes están alzando la voz y cómo han
decidido usar el Mundial como palanca. Detrás de cada escena —la madre en el
aeropuerto, la cascarita en Santa Úrsula, la vecindad sin agua— hay organizaciones,
agendas, calendarios y territorios concretos. Lo que sigue no es un inventario
neutro, sino la radiografía de ese sistema de presiones que intenta colarse en
la toma abierta del espectáculo
Lo que aparece en las calles no
son protestas aisladas, sino un sistema de presión distribuido donde distintos
actores han identificado el Mundial como un momento óptimo de visibilidad
política, negociación y disputa por la narrativa pública.
La siguiente matriz resume
actores, demandas, tácticas, territorios y momentos críticos que podrían
converger durante el torneo.
Vista en conjunto, la matriz deja
una conclusión incómoda: el problema no es únicamente la posibilidad de
protestas durante el Mundial, sino la coexistencia entre una operación global
de espectáculo y una sociedad que sigue intentando hacerse escuchar entre
desapariciones, desigualdad, violencia y despojo.
El balón puede ordenar el
calendario. Lo que no garantiza es el silencio.
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