jueves, 24 de julio de 2025


 

OTRA PERSPECTIVA

El Empate Letal: Cómo Tabasco se convirtió en la plataforma de una red criminal protegida

Opinion de José Rafael Moya Saavedra

 ¿Qué significa el “empate”?

En política, el empate no siempre es neutralidad. En algunos contextos, puede ser complicidad. En Tabasco, durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, se configuró un “empate letal” entre actores clave del poder federal, estatal y operativo que, en vez de contener al crimen organizado, terminaron facilitando su arraigo y expansión. El general Audomaro Martínez Zapata, el entonces gobernador Adán Augusto López Hernández y el secretario de Seguridad Pública estatal, Hernán Bermúdez Requena —alias “El comandante H”— tejieron una red de nombramientos, lealtades y respaldos que derivó, según diversas investigaciones, en una de las más graves infiltraciones criminales recientes: la consolidación de la organización La Barredora.

La tríada de poder: Audomaro, Adán Augusto y el comandante H

Audomaro Martínez, exdirector del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y uno de los hombres de máxima confianza de López Obrador, no solo avaló la designación de Bermúdez en el cargo estatal, sino que, de acuerdo con fuentes periodísticas y judiciales, fue el garante del “visto bueno” federal para su nombramiento.

Adán Augusto, por su parte, heredó a Bermúdez de antiguas estructuras priistas y lo convirtió en su secretario de Seguridad. La confianza entre ambos venía de tiempo atrás, incluso antes de la fundación de Morena. Con el aval de Audomaro y la cercanía personal con Adán Augusto, Bermúdez consolidó un margen de maniobra sin precedentes. Bajo su dirección, los indicadores oficiales de seguridad mejoraron —pero en paralelo, crecía en la sombra una organización con nombre propio.

La expansión de La Barredora

Según documentos de inteligencia, reportajes y órdenes judiciales vigentes, La Barredora —una filial regional del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG)— operaba bajo el liderazgo directo de Bermúdez. Sus actividades incluían extorsión, secuestro, tráfico de drogas, robo de combustible, trata de personas y control de negocios nocturnos.

Lo alarmante no fue solo su capacidad operativa, sino el uso de la estructura oficial para blindarse: policías estatales que respondían al "comandante H", funcionarios coludidos y una red de protección que escaló hasta que el escándalo rebasó el control político. En 2025, Bermúdez huyó del país. Hoy tiene ficha roja de Interpol y es buscado en más de 190 países.

 Chiapas como tierra de omisiones

Pero la historia no se detiene en Tabasco. La Barredora se expandió hacia Chiapas, especialmente en municipios fronterizos como Reforma, Palenque y Ocosingo, aprovechando rutas migratorias, vacíos institucionales y la cercanía política entre Tabasco y el gobierno de Rutilio Escandón, exgobernador chiapaneco y excuñado de Adán Augusto.

Denuncias de funcionarios como Willy Ochoa, gobernador interino, e investigaciones filtradas (incluidos los Guacamaya Leaks) señalan que la red delictiva operó bajo omisión institucional —cuando no bajo protección activa—. A pesar de los señalamientos, la Fiscalía de Chiapas ha negado sistemáticamente la presencia de La Barredora durante ese periodo.

 ¿Captura del Estado o incompetencia estratégica?

Lo que se debate hoy no es solamente si hubo delito, sino si hubo captura del Estado: la conversión de las instituciones públicas en herramientas al servicio de intereses criminales. Algunos defienden la versión de la ingenuidad: “no sabían en qué estaba metido Bermúdez”. Pero los hechos, los reportes y las omisiones reiteradas apuntan más a un pacto de impunidad sostenido en la confianza personal, no en la evaluación profesional.

En este empate, la línea entre la complicidad y la negligencia quedó peligrosamente desdibujada.

La guerra contra el narco que no fue

El caso de Tabasco y Chiapas es una advertencia: mientras el discurso oficial proclamaba una transformación en la estrategia de seguridad, en los hechos se consolidó una nueva forma de cohabitación entre crimen organizado y poder político. El “abrazos no balazos” derivó, en ciertos territorios, en blindaje institucional para las mafias.

La historia de Audomaro, Adán Augusto y el Comandante H no es solo un episodio tabasqueño. Es el espejo de una lógica nacional: redes de poder que se entretejen en nombre de la confianza, pero que terminan sirviendo a los intereses del crimen. Es tiempo de preguntarnos: ¿cuántos más están jugando este empate letal… y a qué costo?

 

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