sábado, 26 de julio de 2025


 

La cruz y la consigna: Iglesia, poder y pueblo en tensión

 Serie: Entre la Cruz y la Consigna –Capítulo I

Por: Rafael Moya | Fuente: Catholic.net

¿Por qué, en amplios sectores de la sociedad mexicana, la Iglesia católica es vista como un obstáculo más que como una aliada del cambio? ¿Por qué algunos la perciben como una fuerza de distracción o incluso de opresión, más que como una fuente de consuelo y justicia?

Las respuestas no son simples, pero están ancladas en una historia compartida, con heridas no sanadas y con memorias que aún pesan.

Una historia que empieza en la cruz… pero también en la conquista

Durante la colonización, la Iglesia llegó junto con la espada. Evangelizó, sí, pero también legitimó la ocupación, destruyó símbolos indígenas y alineó su poder con la corona española. Aunque hubo figuras luminosas como Vasco de Quiroga o Bartolomé de las Casas, el sistema eclesial fue parte del aparato colonial.

Esa imagen de la Iglesia como aliada del poder y no del pueblo ha persistido, incluso cuando el contexto ha cambiado.

La Iglesia como soporte del poder conservador

A lo largo del siglo XIX, la jerarquía católica resistió las reformas liberales. Se opuso a la separación entre Iglesia y Estado. Fue parte del intento de restaurar la monarquía con Maximiliano. Se enfrentó con violencia simbólica y política a las leyes de Reforma.

Como señala el historiador Jean Meyer, la relación entre Iglesia y Estado en México ha estado marcada por tensiones desde el siglo XIX.

El resultado fue un imaginario fuerte en amplios sectores del pensamiento progresista: la jerarquía eclesiástica mexicana, en determinados periodos, ha tomado posturas políticas claras, mientras que otros sectores han promovido la neutralidad o la crítica social.

La herida Cristera y el catolicismo perseguido

La Guerra Cristera (1926–1929) dejó otra marca profunda: la del catolicismo combatiente y resistente, pero también la del clero cerrado al cambio y enfrentado al proyecto moderno del Estado. Se canonizaron mártires, pero también se congeló el diálogo entre fe y sociedad.

Entre el marxismo y la cruz: años de ruptura

En las décadas de 1960 a 1980, el discurso marxista —que veía la religión como “opio del pueblo”— ganó terreno en universidades, sindicatos y movimientos sociales.

La fe fue percibida como mecanismo de control emocional, que enseñaba a resignarse, no a rebelarse.

Dios lo quiso así.” “Sufre ahora, que tu recompensa será en el cielo.”

Esa pedagogía, basada en culpa, obediencia y espera, reforzó la idea de una Iglesia que apacigua en lugar de movilizar.

Una pastoral que inmoviliza… o libera

En muchas parroquias, la evangelización se centró en la moral individual, no en la justicia colectiva. Se hablaba del pecado personal, pero poco del pecado estructural: situaciones sociales o sistemas que generan injusticia y sufrimiento colectivo, más allá de las acciones individuales.

Se condenaban los cuerpos, pero no se denunciaban los sistemas que empobrecían, desplazaban o explotaban.

Así, para muchos, la Iglesia se volvió sinónimo de culpa y silencio, más que de transformación y esperanza.

Medios, escándalos y omisiones

El descrédito se ha profundizado con los escándalos de abuso sexual, el enriquecimiento de líderes religiosos y el silencio institucional frente a tragedias como Ayotzinapa, la militarización o la desaparición forzada.

Cuando el pueblo grita, y la Iglesia calla, el juicio es inevitable.

Pero también está la otra Iglesia

No todo es sombra. Está la Iglesia de Samuel Ruiz en Chiapas. La del padre Solalinde entre migrantes. La de los catequistas indígenas, los curas de base, las religiosas que trabajan en las periferias. La de comunidades que leen el Evangelio con ojos críticos y construyen comunión desde abajo.

Hay una Iglesia que acompaña, denuncia, resiste y transforma. Pero rara vez es la que sale en los noticieros.

Las comunidades de base en Oaxaca y Chiapas han impulsado proyectos de educación popular y defensa del territorio, mostrando una Iglesia cercana a las luchas sociales.

Ejemplos como la Red de Iglesias por la Paz, la labor de Sor Consuelo Morales (CADHAC), o las acciones de laicos en Wirikuta y la Sierra Tarahumara enriquecen esta red de testimonios vivos.

En palabras de María, catequista en una comunidad rural: “Para nosotros, la Iglesia es quien nos acompaña en las dificultades, no sólo quien celebra la misa.”

En perspectiva latinoamericana

A diferencia de México, en Brasil la Teología de la Liberación tuvo un impacto masivo en comunidades de base, mientras que, en El Salvador la Iglesia, encabezada por figuras como Monseñor Romero, se convirtió en un baluarte contra la represión estatal. En Argentina, la Iglesia ha vivido tensiones internas por su papel durante las dictaduras y la transición democrática.

Conclusión abierta

La Iglesia en México está en disputa. Entre quienes la quieren como refugio espiritual apolítico, y quienes la reclaman como fuerza profética y transformadora.

La pregunta no es si la Iglesia frena al pueblo. La pregunta es: ¿qué Iglesia? ¿En manos de quién? ¿Al servicio de qué Reino?

Porque si la cruz se convierte en escudo para proteger privilegios, será estorbo. Pero si la cruz se convierte en puente entre el dolor del pueblo y la esperanza del Evangelio, entonces será semilla de redención.

¿Qué papel debería asumir la Iglesia ante los nuevos desafíos sociales?

¿Cómo pueden las comunidades de fe contribuir a la justicia y la paz en el México actual?


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