La
cruz y la consigna: Iglesia, poder y pueblo en tensión
Serie:
Entre la Cruz y la Consigna –Capítulo I
Por: Rafael Moya | Fuente: Catholic.net
¿Por qué, en amplios sectores de la sociedad
mexicana, la Iglesia católica es vista como un obstáculo más que como una
aliada del cambio? ¿Por qué algunos la perciben como una
fuerza de distracción o incluso de opresión, más que como una fuente de
consuelo y justicia?
Las respuestas no son simples,
pero están ancladas en una historia compartida, con heridas no sanadas y con
memorias que aún pesan.
Una historia que empieza en la cruz… pero
también en la conquista
Durante la colonización, la
Iglesia llegó junto con la espada. Evangelizó, sí, pero también legitimó la
ocupación, destruyó símbolos indígenas y alineó su poder con la corona
española. Aunque hubo figuras luminosas como Vasco de Quiroga o Bartolomé de las
Casas, el sistema eclesial fue parte del aparato colonial.
Esa imagen de la Iglesia como
aliada del poder y no del pueblo ha persistido, incluso cuando el contexto ha
cambiado.
La Iglesia como soporte del poder conservador
A lo largo del siglo XIX, la
jerarquía católica resistió las reformas liberales. Se opuso a la separación
entre Iglesia y Estado. Fue parte del intento de restaurar la monarquía con
Maximiliano. Se enfrentó con violencia simbólica y política a las leyes de
Reforma.
Como señala el historiador
Jean Meyer, la relación entre Iglesia y Estado en México ha estado marcada por
tensiones desde el siglo XIX.
El resultado fue un imaginario
fuerte en amplios sectores del pensamiento progresista: la jerarquía
eclesiástica mexicana, en determinados periodos, ha tomado posturas políticas
claras, mientras que otros sectores han promovido la neutralidad o la crítica
social.
La herida Cristera y el catolicismo perseguido
La Guerra Cristera (1926–1929)
dejó otra marca profunda: la del catolicismo combatiente y resistente, pero
también la del clero cerrado al cambio y enfrentado al proyecto moderno del
Estado. Se canonizaron mártires, pero también se congeló el diálogo entre fe y
sociedad.
Entre el marxismo y la cruz: años de ruptura
En las décadas de 1960 a 1980,
el discurso marxista —que veía la religión como “opio del pueblo”— ganó terreno
en universidades, sindicatos y movimientos sociales.
La fe fue percibida como
mecanismo de control emocional, que enseñaba a resignarse, no a rebelarse.
“Dios lo quiso así.” “Sufre ahora, que tu recompensa
será en el cielo.”
Esa pedagogía, basada en
culpa, obediencia y espera, reforzó la idea de una Iglesia que apacigua en
lugar de movilizar.
Una pastoral que inmoviliza… o libera
En muchas parroquias, la
evangelización se centró en la moral individual, no en la justicia colectiva.
Se hablaba del pecado personal, pero poco del pecado estructural:
situaciones sociales o sistemas que generan injusticia y sufrimiento colectivo,
más allá de las acciones individuales.
Se condenaban los cuerpos,
pero no se denunciaban los sistemas que empobrecían, desplazaban o explotaban.
Así, para muchos, la Iglesia
se volvió sinónimo de culpa y silencio, más que de transformación y esperanza.
Medios, escándalos y omisiones
El descrédito se ha
profundizado con los escándalos de abuso sexual, el enriquecimiento de líderes
religiosos y el silencio institucional frente a tragedias como Ayotzinapa, la
militarización o la desaparición forzada.
Cuando el pueblo grita, y la Iglesia calla, el juicio es
inevitable.
Pero también está la otra Iglesia
No todo es sombra. Está la
Iglesia de Samuel Ruiz en Chiapas. La del padre Solalinde entre migrantes. La
de los catequistas indígenas, los curas de base, las religiosas que trabajan en
las periferias. La de comunidades que leen el Evangelio con ojos críticos y
construyen comunión desde abajo.
Hay una Iglesia que acompaña,
denuncia, resiste y transforma. Pero rara vez es la que sale en los noticieros.
Las comunidades de base en
Oaxaca y Chiapas han impulsado proyectos de educación popular y defensa del
territorio, mostrando una Iglesia cercana a las luchas sociales.
Ejemplos como la Red de Iglesias por la Paz, la
labor de Sor Consuelo Morales (CADHAC), o las acciones de laicos en
Wirikuta y la Sierra Tarahumara enriquecen esta red de testimonios vivos.
En palabras de María, catequista en una comunidad rural: “Para
nosotros, la Iglesia es quien nos acompaña en las dificultades, no sólo quien
celebra la misa.”
En perspectiva latinoamericana
A diferencia de México, en
Brasil la Teología de la Liberación tuvo un impacto masivo en comunidades de
base, mientras que, en El Salvador la Iglesia, encabezada por figuras como
Monseñor Romero, se convirtió en un baluarte contra la represión estatal. En
Argentina, la Iglesia ha vivido tensiones internas por su papel durante las
dictaduras y la transición democrática.
Conclusión abierta
La Iglesia en México está en
disputa. Entre quienes la quieren como refugio espiritual apolítico, y quienes
la reclaman como fuerza profética y transformadora.
La pregunta no es si la
Iglesia frena al pueblo. La pregunta es: ¿qué Iglesia? ¿En manos de
quién? ¿Al servicio de qué Reino?
Porque si la cruz se convierte
en escudo para proteger privilegios, será estorbo. Pero si la cruz se convierte
en puente entre el dolor del pueblo y la esperanza del Evangelio, entonces será
semilla de redención.
¿Qué papel debería asumir la Iglesia ante los
nuevos desafíos sociales?
¿Cómo pueden las comunidades de fe contribuir a
la justicia y la paz en el México actual?
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