lunes, 30 de marzo de 2026

 

Otra Perspectiva

El Mundial sobre fosas

Por José Rafael Moya Saavedra

La tarde de la reinauguración del Estadio Banorte, mientras las cámaras seguían la entrada de las selecciones, una mujer levantaba una cartulina con el rostro de su hijo desaparecido. No estaba ahí por México ni por Portugal. Estaba ahí porque entendió que, para que alguien mire lo que falta, a veces hay que plantarse justo donde todos los demás quieren ver un espectáculo.

Mientras México se prepara para recibir al mundo en la Copa Mundial de la FIFA 2026, hay lugares donde el aplauso no alcanza a tapar el ruido de la tierra removida. El país se alista para mostrarse moderno, capaz, hospitalario: estadios renovados, operativos de seguridad, inversiones millonarias, discursos de orgullo nacional. Todo parece indicar que estamos listos para el espectáculo.

Pero hay otra escena.

Afuera del recién rebautizado Estadio Banorte, en la Ciudad de México, y en los alrededores del Estadio Akron, en Guadalajara, no solo hay banderas y filtros de acceso. También hay madres con fichas de búsqueda, colectivos que denuncian desplazamiento y territorios marcados por hallazgos de restos humanos: en el entorno de Akron, por ejemplo, las autoridades han contabilizado cientos de bolsas con restos en distintos puntos desde hace años.

El contraste no es menor. Es estructural.

El Mundial no es solo un torneo. Es un dispositivo que reordena prioridades, redefine territorios y decide, muchas veces sin decirlo, qué historias se vuelven visibles y cuáles se empujan fuera de cuadro. Bajo la lógica del megaevento, la ciudad se vuelve escaparate: se limpia, se embellece, se reorganiza para ser vista.

Pero lo que no desaparece... Insiste.

En el sur de la capital, la reapertura del estadio vino acompañada de protestas vecinales por agua, vivienda y presión inmobiliaria. La palabra "gentrificación" dejó de ser un concepto académico para convertirse en experiencia cotidiana de quienes ven cómo su barrio empieza a encarecerse y transformarse para otros: renta turística, obras que no consultan a nadie, negocios pensados más para el visitante que para el vecino.

Y junto a esa disputa urbana, otra mucho más profunda: la de las desapariciones.

Madres buscadoras se hicieron presentes en los alrededores del estadio no para boicotear el partido, sino para algo más elemental: ser vistas. Recordarle al país —y al mundo— que hay una crisis que no se suspende por calendario deportivo.

En Guadalajara, el panorama es aún más brutal. En las inmediaciones del Estadio Akron, sede mundialista, colectivos han documentado durante años la localización de cientos de bolsas con restos humanos. La geografía del entretenimiento convive, literalmente, con la geografía del hallazgo forense.

Dos realidades superpuestas.

Dentro del estadio: luces, pantallas, narrativa global.
Fuera: duelo, búsqueda, memoria.

Lo ocurrido recientemente en la reinauguración del Estadio Banorte lo dejó claro: el espectáculo puede estar listo, pero la gestión integral del riesgo —social, urbano, humano— sigue siendo el eslabón más débil. Porque aquí no hablamos solo de logística, accesos o seguridad privada. Hablamos de un sistema de riesgos superpuestos: multitudes, consumo de alcohol, tensiones sociales acumuladas, protestas, violencia estructural y una narrativa oficial que intenta mantener todo bajo control.

Pero no todo cabe en el control.

Ni en el encuadre.

El Mundial, en este contexto, se convierte en algo más que un evento deportivo: es una vitrina que pone a prueba la capacidad del país para sostener una narrativa sin que la realidad la fracture. Y la realidad ya está hablando.

No en los discursos, sino en los márgenes.
No en la transmisión oficial, sino en las calles que rodean los estadios.

Banorte y Akron son hoy dos laboratorios de la misma paradoja: estadios de clase mundial montados sobre ciudades atravesadas por desapariciones, fosas y procesos de gentrificación que amenazan con expulsar a quienes les dieron vida a esos barrios mucho antes de que la FIFA se fijara en ellos.

La pregunta, entonces, no es si México está listo para organizar una Copa del Mundo. La pregunta es otra, más incómoda:

¿Qué significa celebrar un Mundial en un país donde hay que ir a los estadios para que alguien mire lo que falta?

Porque si el legado del 2026 se mide solo en infraestructura, turismo, plusvalía y rentas al alza alrededor de los estadios, será un éxito parcial... y una omisión profunda. Un verdadero legado tendría que incluir algo más difícil de mostrar en pantalla: memoria, justicia y el derecho de las personas a no desaparecer... ni de la ciudad, ni del país, ni de la historia.

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